N° 2065 - 26 de Marzo al 01 de Abril de 2020
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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acá“Lo prometido es deuda”, dice el refrán. Y como lo anunciáramos en la última columna, persistimos en ocuparnos de algún tema estrictamente futbolístico, en lugar de dar cuenta puntual de la nómina –cada vez más extensa– de jugadores de todo el mundo afectados por esta preocupante pandemia.
Por ello, hemos conformado una selección ideal (puesto por puesto) integrada esta vez con los mejores futbolistas extranjeros que vimos jugar en clubes de nuestro medio, desde la década del 50. Aunque con un par de salvedades. La primera es que no logramos completar la última línea defensiva al no encontrar en ambos laterales a jugadores provenientes del exterior con una categoría comparable a la de quienes jugaron en los restantes puestos. Ello se explica porque el fútbol nuestro se ha caracterizado desde siempre por tener, y en abundancia, a defensas de gran jerarquía, por lo que los clubes priorizaron la contratación de jugadores de ofensiva provenientes del exterior. La restante salvedad es que, en razón de la antes expresada falencia, y además por las características de los futbolistas elegidos para los otros puestos, trocamos el clásico esquema táctico 1-2-3-5, utilizado para conformar la selección con los uruguayos, por un más apropiado 1-4-3-3.
En el arco, la elección del brasileño Manga es insoslayable. Llegó a Nacional en 1969 con algunos títulos logrados en Brasil, pero con una discreta actividad en la selección de su país en el Mundial de 1966. Sin embargo, defendiendo el arco tricolor hasta el año 1974, ganó prácticamente todo, a escala nacional e internacional: (cuatro torneos uruguayos, una Copa Libertadores, una Intercontinental y una Interamericana). De gran físico, al principio mostró ciertas dificultades para el juego por alto sobre su arco, lo que prontamente corrigió, transformándose en un golero casi inexpugnable, que intimidaba a los rivales.
En los puestos centrales de la línea de cuatro (ya se dijo que declaramos “desierta” la elección de los dos laterales) aparecen dos futbolistas aurinegros de épocas casi consecutivas. El primero fue el paraguayo Juan Vicente Lezcano. Con su equipo Olimpia había perdido la final de la primera Copa Libertadores ante Peñarol en 1960, pero al año siguiente llegó a filas aurinegras, en donde se aburrió de cosechar títulos (seis campeonatos uruguayos, dos Libertadores y dos Intercontinentales). No tenía una técnica depurada, pero con su reciedumbre se hacía respetar por los muy buenos delanteros de esa época. A su lado (jugaba en ambos puestos de la zaga) incluimos al chileno Elías Ricardo Figueroa, que poseía una mezcla casi irrepetible de fortaleza física y técnica depurada, solo comparable con los grandes zagueros de su época. Puntal de la selección de su país, llegó a un Peñarol que venía de una época gloriosa, y fue bicampeón uruguayo en 1967 y 1968. ¡Un auténtico crack!
En un hipotético mediocampo con tres hombres, no puede faltar Juan Eduardo Hohberg. Para quien esto escribe fue el futbolista más completo que actuó en nuestro medio. Tenía absolutamente todo: buen físico, fuerza y temperamento, una técnica depurada y, sobre todo, un inigualable remate con ambas piernas. Fue idolatrado por la gente aurinegra y temido por los adversarios. Integró la famosa delantera aurinegra del año 1949, siendo varias veces campeón uruguayo (en dos ciclos separados por varios años). Argentino de nacimiento, aunque nacionalizado uruguayo, supo integrar nuestra selección en Suiza en 1954, anotando tres goles en los dos partidos que jugó (dos en el histórico choque ante Hungría, y el restante, ante Austria, por el tercer puesto). En una ubicación central (solía desplazarse de un área a la otra) ubicamos a Rinaldo Martino. Formado en San Lorenzo, está considerado como uno de los más grandes futbolistas argentinos de todos los tiempos. En 1950, jugando en la Juventus de Italia, quiso venirse a Boca, pero no habilitaron su pase y recaló en Nacional a mitad del año, saliendo campeón uruguayo. Pudo finalmente incorporarse a Boca, pero poco tiempo después regresó a Nacional. Y en la “tarde de Reyes” de 1952, marcó los tres goles, con los que Nacional venció a Peñarol. Fue tan fantástico su despliegue, que –aunque teníamos apenas 10 años– su imagen quedó grabada a fuego en nuestra memoria. Completando esta línea de tres elegimos al también argentino Ermindo Onega. Un futbolista de larga trayectoria en su país, y una descollante actuación en la selección que jugó el Mundial de 1966. Como él mismo lo reconociera en cierto reportaje, “llegó tarde” a Peñarol, cuando de aquel formidable equipo de años anteriores apenas quedaban unos pocos jugadores, lo que no le impidió mostrar toda su magia.
Para conformar el trío de atacantes tenemos que forzar alguna ubicación. Así, para hacerle el lugar que se merece, correremos a Luis Artime al lado derecho (aunque su lugar favorito era el área contraria). Tras defender a varios equipos de su país, Argentina, pasó en 1969 al Palmeiras de Brasil, saliendo campeón y goleador del torneo. Y ese mismo año llegó a Nacional, donde con su extraño olfato para el gol, fue el artífice de un largo reguero de victorias tricolores, tanto en el plano local como internacional (fue tricampeón uruguayo y goleador entre 1969 y 1971, ganando también las copas Libertadores e Intercontinental de ese mismo año). Aunque con limitaciones técnicas, tenía el don de estar en el momento y lugar exactos para mandar la pelota al fondo del arco rival. En el centro de la ofensiva Alberto Spencer tiene un lugar asegurado. Nacido en Ancón (Ecuador), era casi un desconocido cuando llegó a Peñarol en 1959, pero se convirtió en uno de los futbolistas más laureados de la rica historia del club (ocho torneos uruguayos, tres Libertadores y dos Copas Intercontinentales, siendo el goleador histórico del máximo torneo continental). Sus mayores virtudes fueron su potentosa velocidad, un gran juego aéreo y su inigualable capacidad goleadora. Finalmente, completamos el terceto ofensivo con al peruano Juan Joya. De la selección de su país pasó a River argentino, para llegar poco después a Peñarol, en donde brilló durante nueve temporadas (desde 1961 a 1969). Ostenta prácticamente los mismos títulos que Spencer, aunque su tipo de juego era algo diferente. Hizo menos goles, aunque algunos muy importantes, pero poseía una infrecuente mezcla de potencia y velocidad, para generar buen fútbol por el sector izquierdo del avance aurinegro.
Esta es pues nuestra selección con futbolistas extranjeros. ¡Y hubo muchos otros que bien pudieron figurar en este equipo ideal! Obviamente, y pensado como un equipo que funcione como tal, este aparece desequilibrado (faltan hombres de marca y sobran los de creación). E incluso algunos no aparecen en sus puestos habituales. Pero, aun con esas salvedades, definitivamente estos son los que mejor nos impresionaron, entre los cientos que vimos y disfrutamos en tantos años cerca del fútbol.