N° 2071 - 14 al 20 de Mayo de 2020
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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáEn días no han sido tantos, pero ¡cuánto hace que nos hemos quedado sin fútbol por causa de esta funesta y preocupante pandemia! Claro está que también nos hemos visto privados de muchas otras cosas: de la habitual visita de los hijos o de los nietos, del encuentro con los amigos de siempre, de poder salir, aunque más no sea a la vereda de nuestras casas para tomar un poco de aire fresco. Y hasta ya nos hemos acostumbrado a cubrirnos el rostro con un tapabocas, como asaltantes “de mentira”, cuando no tenemos más alternativa que salir a la calle. O a untarnos las manos con alcohol en gel a cada rato, o a frotarlas con jabón, durante treinta segundos que parecen eternos. Echamos de menos todo lo que ya no podemos hacer, y nos cuestan las rutinas que se nos han impuesto. Pero ¡la ausencia del fútbol se padece de un modo superlativo! No en balde, aunque el brote epidémico dista de estar controlado, en casi todo el mundo ya ha empezado a especularse con la posibilidad de que se reanude la suspendida actividad futbolística y cuáles habrán de ser las condiciones que deban imponerse para que ello suceda de un modo sanitariamente aceptable.
Cierto es que, en todo este tiempo, el fútbol ha estado presente de una u otra manera, en el obligado confinamiento hogareño. Sin dudas, la alternativa que más han utilizado nuestros canales de televisión fue la de poner en el aire las imágenes de partidos disputados en el pasado, lógicamente seleccionados entre aquellos que perviven intactos en el mejor recuerdo de los aficionados. Lo que permitió —además de la evocación de momentos particularmente gratos— seguir las alternativas de juego despojados de los nervios de entonces y sin la incertidumbre de cuál sería el resultado, aunque para algunos esto último le quita parte de su encanto (César Luis Menotti, reporteado al respecto por un diario de su país, señaló que “el único fútbol que me gusta es el que no sé lo que pasó”). También fue tiempo para que en algunos programas deportivos (y creemos haber sido de los precursores) se armaran todo tipo de equipos o de selecciones ideales, con aquellos futbolistas elegidos como los mejores en cada puesto. También se pudo ver a muchos futbolistas más o menos famosos colaborando en actos benéficos para la gente más carenciada, o bien captados en el living de su casa haciendo ejercicios de musculación con algún hijo de pocos años montado en el empeine de su pie. Aun así, cabe reconocer que, en este último tiempo, la pantalla televisiva ha cambiado de dueño. Y que son los hombres de ciencia (esos héroes tan bien aplaudidos como mal remunerados) los que han saltado de golpe a un inimaginable primer plano, disfrazados de astronautas o con sus rostros semiocultos por sus mascarillas o barbijos.
Así las cosas, en los últimos días —aunque la pandemia siga haciendo estragos por todo el mundo— el tema que se ha instalado fuertemente en los medios deportivos de muchos países tiene relación con la reanudación más o menos próxima de la actividad deportiva. Y, como es dable suponer, las etapas más avanzadas en tal sentido se han ido dando en aquellos países en los que los estragos del coronavirus se manifestaron más tempranamente y por tanto ya se vislumbra alguna luz al final del camino (bien se sabe que una solución integral en esta materia está aún muy lejos de lograrse). Se trata entonces de ver qué salida puede haber entretanto, buscando la mejor manera de volver a la competencia, aunque minimizando lo más posible los eventuales riesgos que ello conlleva. Es claro, en tal sentido, que ello dependerá en buena medida del tipo de deporte de que se trate. Así, correrán con ventaja aquellos que se desarrollen en espacios abiertos y ventilados, en los que la expansión del virus resulta poco probable. Pero existen también otros factores diferenciales. Así, todo hace suponer que por ejemplo el tenis (con los contendientes muy distantes entre sí, a un lado y otro de la red) debiera ser uno de los primeros en poder reanudarse. Y que otro tanto debería suceder con el ciclismo o el atletismo. Por el contrario, las artes marciales, el boxeo, el rugby e incluso el básquetbol, por citar solo algunos, en cuanto son típicos deportes de contacto, pueden verse más rezagados en su posible reanudación.
Pero ¿qué sucede con el fútbol? Si se disputa con un absoluto apego a las reglas de juego, el contacto físico entre los actores está prohibido, lo que no quita que ello ocurra con cierta frecuencia en el curso de un partido. Pero fuera del escenario de juego (en el vestuario, por ejemplo) ¿cómo puede lograrse ese distanciamiento social que se considera esencial para mantener a raya una posible vía de contagio? Ello, sin perjuicio de que habrá que desterrar de la tradicional coreografía del fútbol, tanto el caballeresco y tradicional apretón de manos de los capitanes, previo al inicio del partido, como el arracimado festejo de los goles. Un conocido filósofo francés Michel Serres dijo una vez que el deporte “era una manera de estar juntos”. Sin embargo, ello ya no será así, y quién sabe por cuánto tiempo.
El otro aspecto a considerar tiene que ver con la asistencia de los aficionados a los partidos, un ingrediente que ha sido tradicional desde que el fútbol existe. Estos primeros pasos que han empezado a darse para la vuelta del fútbol han optado por soslayar (al menos hasta este momento) la vuelta de los aficionados a las canchas, desaconsejada por la ciencia médica. Pero este es un punto que hace mucho más a los usos y costumbres tradicionales que a los aspectos que hoy imperan en el oscuro negocio del fútbol, para el cual hace mucho tiempo que la hinchada es una suerte de escenografía. Lo que realmente necesita es la televisión. Por cada 50 o 60.000 personas que, con suerte, van a una cancha, hay muchos millones que “lo miran por TV”. Y ocurre que —inesperadamente— la razonabilidad de la advertencia de los científicos y la cautela o temor de la clase dirigente, por lo que pudiera ocurrir si ella se desoye, vinieron a poner la cuestión en sus exactos términos. Es probable, pues, que aunque no en un plazo más o menos breve la pelota empiece a rodar otra vez en los campos de juego de todo el mundo. Pero nos tememos que los partidos habrán de disputarse con las tribunas vacías (o quizás tenuemente decoradas con algunos parciales desperdigados en ella); cuanto menos hasta que no se descubra, y esté efectivamente operativa, esa vacuna contra el coronavirus, que procura ahincadamente la más rancia comunidad científica del universo.