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    Remando de atrás

    N° 2036 - 05 al 11 de Setiembre de 2019

    Finalmente habrán de ser Liverpool y River Plate los equipos que definirán el Torneo Intermedio, tras ganar sus respectivas series clasificatorias. El elenco negriazul derrotó a Plaza Colonia el sábado pasado, y los darseneros hicieron otro tanto el día siguiente ante Danubio. Nadie puede desconocer los méritos de ambos para acceder a esa preciada condición; más aún de River, pues le tocó en suerte integrar el mismo grupo que los dos equipos grandes. Es claro además, que tratándose de un torneo corto, la chance de los equipos chicos se ve robustecida, al punto que antes de esta última fecha otros tres estaban en condiciones de acceder a la final, si llegaban a darse ciertos resultados. Y vale recordar que aquel que triunfe en el desempate por el título clasifica en forma directa a la próxima Copa Sudamericana, lo que no es poca cosa.

    Pese a ello (y la historia así lo manda), el foco de atención de la afición estaba preferentemente centrado en el tradicional clásico del fútbol uruguayo, en el que tanto Peñarol como Nacional —ambos aún con alguna chance secundaria de llegar a definir dicho certamen— porfiarían por algo que consideraban mucho más importante, o sea, sumar puntos para la tabla anual, la que sí podía pesar decisivamente para la ulterior definición del título de campeón uruguayo.

    Ambos llegaban a esta nueva cita en condiciones diferentes. Luego de ganar el primer torneo del año, Peñarol ostentaba una sólida ventaja sobre Nacional (eran nueve puntos cuando Álvaro Gutiérrez asumió su dirección técnica), pero a lo largo del Torneo Intermedio, aún con ciertas bruscas oscilaciones, esa distancia se había ido acortando, hasta quedar en apenas dos puntos, previo al partido del pasado domingo. Así las cosas, el principal interés de este nuevo clásico era ver si el equipo aurinegro lograba enderezar el rumbo y estirar la ventaja con la que llegaba o si, por el contrario, un triunfo tricolor lograba cambiar el curso de las cosas, sobrepasando —por vez primera— la línea de su eterno rival.

    Y ese cambio finalmente se dio… ¡y de qué manera! Convengamos que, en lo previo al cotejo, y no obstante esa remontada tricolor, ninguno de los rivales llegaba en un buen nivel, y todo hacía suponer un trámite bastante equilibrado. Y fue precisamente esa la tónica del primer tramo del partido, quizás con un leve predominio de Peñarol. El que pareció que podía acentuarse cuando, en el minuto 23, Bergessio se resintió de la lesión que había puesto en duda su presencia, y debió abandonar el campo; cuando es bien sabido lo mucho que gravita el goleador argentino en propios y extraños. Sin embargo, nadie podía imaginar que lo que iba a acontecer en los minutos siguientes habría de sellar anticipadamente la suerte del partido, y en un sentido opuesto al que podía lógicamente suponerse.

    Con Bergessio apenas vuelto al banco de suplentes (y el juvenil Vecino en su lugar), una certera habilitación profunda de Zunino encontró al Chori Castro sin marca en la izquierda del área, y su remate esquinado puso en ventaja al tricolor. Tonificado con algo que no estaba en los cálculos más optimistas, Nacional pasó a adueñarse por completo de las riendas del partido ante un rival desconcertado. Y apenas 10 minutos después llegó la jugada cumbre del match. Dawson salió a cortar un envío aéreo cerca del borde de su área, por entre un grupo de jugadores de ambos equipos, y su largo rechazo con el puño fue recogido por el mismo Gonzalo Castro, quien de primera y como venía, sacó una tremenda volea de 35 metros de distancia, que se coló en el arco aurinegro cuando el golero regresaba atónito sobre sus pasos. Un golazo de antología que seguramente quedará en la mejor historia de los clásicos, y que —aunque aún faltaba un largo trecho para el final del partido— situaba ya a Nacional en la senda del triunfo frente a un rival claramente desbordado y casi sin respuesta. Tanto fue así que en los minutos siguientes el tricolor bien pudo haber marcado un par de goles más y bajarle la cortina al partido.

    De allí en adelante, vimos a un Peñarol sorprendentemente carente de ideas y hasta de respuesta anímica para remontar el tanteador adverso, al punto que solo pudo generar una única situación de gol, tras una pifia del zaguero Carvalho que Gastón Rodríguez no pudo capitalizar apenas por centímetros. Y ni siquiera los cambios que su técnico hizo en el segundo tiempo (sorprendió que el primero fuera el del bisoño Pellistri) lograron cambiar ese tan pobre panorama. Y fue finalmente Nacional, aunque de modo fortuito (un remate sin pretensiones de Cotugno, que se desvió en el cuerpo de Felipe Carballo, descolocando a Dawson), el que llegó al tercer gol que selló definitivamente el marcador.

    De seguro que ni el más optimista hincha tricolor aguardaba una victoria tan amplia y cómoda como esta. Es que esa remontada en las últimas fechas se había debido más a los impensados traspiés de Peñarol (que de 15 puntos que disputara en las 5 anteriores, había ganado solo 2) que a sus propios méritos. Sin embargo, hubo en este partido un acierto indiscutible en la variante táctica que utilizó el técnico tricolor, sorprendiendo con un volante más en el sector central de la cancha, que suele ser el fuerte de Peñarol. A lo que se sumó la ya mentada capacidad de todo el equipo para revertir una adversidad prematura e imprevista y, a partir de allí, lograr construir un triunfo resonante y ampliamente merecido. Del otro lado, en tanto, apareció un Peñarol extrañamente errático y bajo anímicamente, que fue una pálida sombra del equipo del Apertura (quizás producto de las varias importantes figuras de las que fue desprendiéndose en los últimos tiempos).

    Igualmente nos espera un Clausura de incierto resultado. Han sido tantos los altibajos de ambos equipos a lo largo de estos meses, y tantos también los favores recíprocos entre ellos —dilapidando graciosamente las oportunidades que alternativamente se concedieron—, que sensatamente nadie puede asegurar que esta mínima ventaja que hoy Nacional tiene en la tabla anual perdure en el tiempo. En especial, por cuanto seguramente Peñarol redoblará esfuerzos para recuperar posiciones y buscar reeditar los éxitos de la pasada temporada. Con una importante diferencia en su favor, pues por haber ganado el Apertura tiene ya asegurado un lugar en la definición del Campeonato Uruguayo.

    Lo que viene de decirse sin perjuicio de que paradojalmente no es ninguno de ambos equipos grandes sino el muy orondo Cerro Largo el que —como tercero en discordia— está actualmente liderando, sorprendente y orgullosamente, la tabla anual, en una campaña excepcional que seguramente desea continuar y que está cimentada en su inconmovible invulnerabilidad cuando juega de local.

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