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Solas ante el mundo

Editora Jefa de Galería

Cada vez que se conoce una nueva historia de una mujer que ha quedado sola con sus hijos y ha logrado salir adelante con éxito, en cierta manera es un homenaje a todas las mujeres en esa misma situación, que siguen luchando a diario esperando que un día el universo se acuerde de ellas. Y son muchas. Muchas.

Criar sola a los hijos mientras, al mismo tiempo, se procura el sustento económico, trabajando de sol a sol, es una tarea titánica. La atención, el esfuerzo y la energía se dividen entre esas dos megaempresas y al final del día poco resto queda para cualquier otra tarea o actividad. Y por las noches, la sensación de soledad invade el alma. De soledad no física, tampoco afectiva porque el amor de los hijos es más que suficiente, la soledad de no ver a nadie al lado tirando del carro con la misma entrega. Porque se sabe que cualquier esfuerzo cuando se divide en dos es la mitad de difícil. 

Todos conocemos uno o más de un caso similar, y, sin embargo, a pesar de que a priori se reconozca la dificultad que puede presentar la situación, no se llega a dimensionar realmente lo que esas mujeres enfrentan, se sacrifican, cómo la vida se les hace cuesta arriba y no pueden ni pensar en bajar los brazos. Esto ha sucedido siempre, desde que el mundo es mundo y el humano habita esta Tierra. Pero, sabemos, la civilización ha ido avanzando, los derechos de minorías se han ido ganando y, sin embargo, para estas mujeres solitarias nada ha cambiado. No existen políticas, ni mecanismos públicos, ni apoyos económicos. Solo unas magras asignaciones familiares para las de ingresos más bajos; las de clase media no reciben nada, simplemente parecería que están condenadas a empobrecerse. Todo lo que consigan va a ser exclusivamente por su propio esfuerzo —como si no tuvieran suficiente— porque nadie les va a regalar ni facilitar nada.   

La vida se presenta difícil y deben seguir dando batalla. Hasta que en un momento empiezan a ver la fuerza que hay dentro de ellas, que tienen una capacidad que no sabían que tenían, que pueden hacerlo, que son más fuertes de lo que se pensaban. Saben de adversidades, de luchas y de miedos, y entonces ahora también saben de soluciones, de recursos y de aceptaciones. Se vuelven más sabias. 

Gabriela Bordabehere es una productora rural que llevaba una vida feliz hasta que un accidente de tránsito la dejó viuda con una hija de 11 y un hijo de nueve. Lo primero que pensó es que no iba a poder. No iba a poder mantener a sus hijos, criarlos, seguir adelante con el campo que administraban junto con su marido. Tenía los estudios necesarios pero le faltaba el conocimiento sobre ella misma. La vida la puso a prueba, la obligó a demostrarse todo lo que podía. Los años por delante no fueron fáciles. Debió separarse de sus hijos para que pudieran avanzar en los estudios, pues cada vez que llovía alguna de las siete cañadas que debían de cruzar para ir a la escuela no les daba paso. Perder primero a su esposo y separarse luego de sus hijos debe de haber sido devastador. Pero seguro pensó que todo ese sufrimiento tenía que valer la pena.

Hoy Gabriela Bordabehere es noticia en todos los diarios del país porque ganó el premio Acción Climática de la Cámara Nacional de la Moda Italiana y comenzará a producir lana para la reconocida marca de ropa Gucci. Gabriela logró que su lana fuera la mejor del mundo. O una de las mejores. Seguramente, en las noches, sola en la estancia, se prometía que esas lágrimas de tristeza y dolor iban a ser vengadas, y se puso el objetivo de lograr hacer la mejor lana que pudiera producir. Y salió a buscar la manera y el camino. Y lo encontró.

Hubo un factor que la ayudó: el amor. Pero no solo el amor de y por sus hijos. El amor por el campo. El amor por la tarea que desempeña. Seguramente allí radicó el factor que la llevó a alcanzar su meta. Sin amor a lo que uno hace es casi imposible lograr el éxito.

La historia de Gabriela, muy bien contada por Federica Chiarino en la nota que publicamos en este número, es una inspiración para todas aquellas mujeres que creen que no pueden, que la vida las golpea duro y no ven una salida. La esperanza está en dejarse llevar por el amor, ese que se siente al hacer algo que se quiere. Pero, es verdad, para eso se necesita valentía, porque no siempre estamos en el camino de lo que queremos. Hay que buscarlo y encontrarlo, porque es el que nos va a llevar a donde deseamos estar.

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