N° 2031 - 01 al 07 de Agosto de 2019
N° 2031 - 01 al 07 de Agosto de 2019
Accedé a una selección de artículos gratuitos, alertas de noticias y boletines exclusivos de Búsqueda y Galería.
El venció tu suscripción de Búsqueda y Galería. Para poder continuar accediendo a los beneficios de tu plan es necesario que realices el pago de tu suscripción.
En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáQuienes esperan encontrarse con un comentario futbolístico, al ver el título de esta columna seguramente se habrán sorprendido. ¿Es que alguien ha visto alguna vez un escarabajo en una cancha de fútbol? Claro que no. Pero si a usted, estimado lector, le atrae el deporte en general, sabrá que esa es la forma con la que se alude —en el mundo del ciclismo— a los escaladores colombianos, o sea, aquellos que logran trepar mejor que nadie las imponentes montañas de los más importantes eventos de ese deporte en el mundo (entre ellos los renombrados Tour de France y Giro d’Italia).
¿Por qué esa curiosa denominación, cuando el escarabajo es un insecto que no tiene entre sus características definitorias la capacidad para escalar? Cuenta una crónica del entonces ignoto Gabriel García Márquez, en sus inicios como periodista, que el autor de ese mote fue un narrador radial colombiano al que, en una de las primeras Vuelta de Colombia, impactado al ver cómo un ciclista, maltrecho por una fuerte caída, igual escalaba con pasmosa facilidad una imponente montaña, se le representó la figura de un saltamonte, aunque ganado por la emoción, exclamó en su relato “Parece un escarabajo”.
Cierta o no esa versión, ocurre que —por estos días— ese peculiar calificativo ha tomado una dimensión muy singular, en virtud de la obtención, por parte de un muy joven ciclista colombiano, del clásico Tour de France, que finalizó hace apenas unos días en los famosos Champs Elysées de París. Considerada la más importante carrera por etapas del mundo, tuvo su primera edición en 1903 y desde entonces a la fecha solo no pudo disputarse a causa de las dos guerras mundiales (desde 1915 hasta 1918 y de 1940 a 1946). El primer ganador de la prueba —en ese entonces con solo seis etapas— fue el francés Maurice Garin. Y, desde entonces, han sido los ciclistas europeos los dueños y señores de esta tradicional competencia.
En su muy extenso historial aparecen algunos hitos imborrables. Así, el italiano Gino Bartali ganó la última edición antes de la Segunda Guerra, en 1938, y también la primera disputada después de ella, en 1948. En esta misma edición entró en escena el legendario Campionissimo Fausto Coppi, triunfador en 1949 y 1952. Los años siguientes mostraron la aparición del francés Jacques Anquetil, quien triunfó en 1957 por primera vez, sumando luego cuatro victorias más en forma consecutiva, entre 1961 y 1964. Luego irrumpió el belga Eddy Merck —considerado por muchos el mejor ciclista de la historia— quien igualó el récord de Anquetil, con cinco coronaciones entre 1969 y 1974. Y tras este llegó el ciclo victorioso de Bernard Hinault, sumando igual número de triunfos, entre fines de la década de los 70 y comienzos de la de los 80. La década siguiente tuvo como neto dominador al español Miguel Indurain, quien también completó un quinquenio, bien que en años consecutivos. Y el comienzo del siglo XX aparece dominado con la fulgurante trayectoria del estadounidense Lance Armstrong, quien tiene el récord de victorias (7 en total), entre 1999 y 2005, aunque años después, la Agencia Antidopaje de EE.UU. decidió retirarle todos esos títulos por dopaje, además de suspenderlo de por vida, sanción que posteriormente ratificara la Unión Ciclista Internacional (UCI). En los años posteriores se fueron alternando los ganadores, sin que ninguno lograra establecer una primacía tan marcada, a excepción del ídolo español Alberto Contador; en tanto que las más recientes ediciones fueron exclusividad de corredores británicos.
Pero volvamos a los “escarabajos” colombianos. Casi todos ellos provenían de carenciadas zonas campesinas, mayoritariamente ubicadas en las escarpadas zonas montañosas del país. Contando con la bicicleta como exclusivo medio de transporte, fueron encontrando en el ciclismo el medio más adecuado para sacar partido de una genética privilegiada. Esa que propulsaba incansable sus cuerpos, por lo general pequeños, para ascender con sin par naturalidad las cuestas más pronunciadas. Ya fueran las de su propio terruño, como también las de los Alpes o Pirineos, adonde paulatinamente fueron llegando, con hambre de gloria. Lucho Herrera fue el que abrió el camino y ganó algunas etapas del Tour en 1987. El año siguiente Fabio Parra ocupó la tercera posición en el podio, y Oliverio Rincón la cuarta, en una edición posterior, siendo habituales participantes del Tour en ocho ediciones consecutivas. En los años siguientes otros dos ciclistas -ya formando parte de un equipo- lograron acceder al pódium final en París: así Nairo Quintana fue subcampeón en dos ocasiones y tercero en otra y Rigoberto Urán subcampeón en el año 2017.
Ya estaban, pues, los “escarabajos”, figurando en las marquesinas del ciclismo de alto nivel. Y su creciente presencia en las más grandes competencias carreteras de Europa convirtió al ciclismo en el deporte más importante de Colombia, por encima incluso del fútbol. Y quedaron casi perdidas en el tiempo las épicas proezas de Martín Cochise Rodríguez —el ciclista más glorioso de su historia— quien en 1970 batió el récord del mundo de la hora, y un año después, en Italia), obtuvo el campeonato mundial de persecución individual.
Así las cosas, solo faltaba que alguien diera la ansiada estocada final a ese laborioso y ascendente proceso. Y en la edición del Tour del presente año, con un total de 21 etapas (una tercera parte con finales en la altura), parecían dadas las circunstancias propicias para acceder por fin a lo más alto del podio. Y ese honor le cupo finalmente a Egan Bernal, un chico de apenas 22 años (el ganador más joven en 110 años de historia), que protagonizó la hazaña tan anhelada, apenas en su segunda participación en dicha competencia, y superando a quien precisamente había sido el ganador de la anterior edición.
Y como si esto no fuera bastante, el ciclismo sudamericano sumó últimamente otra proeza de una valía casi semejante, pues el ecuatoriano Richard Carapaz obtuvo, el pasado mes de junio, la otra gran prueba del ciclismo de ruta, el tradicional Giro d’Italia.
Entre tanto, nuestro hoy alicaído ciclismo, sin las grandes figuras de otrora y salpicado por algunos casos de dopaje, solo puede apelar al recuerdo —ya muy lejano— de las proezas del gran Atilio François, vicecampeón mundial de persecución individual en Francia, en 1947, y 4º en la misma prueba en los Juegos Olímpicos de Londres, un año después; y la más reciente de Milton Wynants en los de Sydney, del año 2000, siendo medalla de plata en la prueba por puntos en pista.
Permítasenos, por esta vez, haber cambiado el fútbol por el ciclismo. Aunque suponíamos que la suerte de los grandes en las dos copas en trámite, ya estaba casi echada antes de viajar a Brasil, preferimos prudentemente —y ya con ambos resultados a la vista— ocuparnos del tema en nuestra próxima columna.