La camioneta de Gabriela toma la
salida a la rambla polanqueña y recorre un camino en el que, entre una cortina
infinita de pinos, se puede ver una orilla de arena. En contacto con esa
orilla, el río Negro, esa masa de agua que recorre el Uruguay de punta a punta
y que pasa por la estancia La Soledad.
Foto: Adrián Etcheverriaga
El tour por San Gregorio
termina allí. “Vamos para campaña”, decide la ingeniera. Toma la ruta y al cabo
de unos minutos anuncia la llegada a destino. Debajo del cartel con el nombre
de la estancia se encuentra uno que dice “Establecimiento certificado” y lleva
el sello de Nativa Precious Fiber, una marca global del grupo francés
Chargeurs, que provee lanas finas a la industria textil en varios países del
mundo.
En el camino que atraviesa el campo
desde la portera hasta la casa se ven algunas ovejas pastando. Antes de llegar,
una parada más: un punto alto del terreno, una cima rocosa desde donde se ve un
gran caudal de río. Gabriela tiene campo con playa, playa de verdad, con arena
fina y de un amarillo bien pálido. Se ve el departamento de Durazno y el puente
que se está construyendo para conectar ese departamento con San Gregorio de
Polanco. En ese punto, ella se sienta a veces a ver salir la luna llena: esa
redonda y reluciente que antes incluía en sus pinturas.
Foto: Adrián Etcheverriaga
“No voy a poder”. Bordabehere nació en Montevideo, pero al mes de vida ya
vacacionaba con sus padres en La Soledad. “Desde muy chica supe que yo quería
vivir en este lugar, más allá de lo que me pasara en la vida”. Con la mente
puesta en ese objetivo fue que estudió Agronomía. Aunque después descubrió que
esa era su vocación y disfrutó de la carrera, la hizo para poder vivir en la
estancia en la que pasó gran parte de su infancia.
Ella y su marido, Alejandro
Maranges, fueron la tercera generación familiar en administrar esos campos. Los
primeros habían sido los abuelos de ella, después vino un tío y al tiempo él
les propuso delegarles la administración del establecimiento. Sin dudarlo, tomaron
la decisión de instalarse allí, en una casa antigua, sin luz, con vicios de
construcción y humedades. Vivieron sin vehículo, sin teléfono, sin televisión,
sin radio.
Con los años llegaron los hijos,
primero Florencia y después Santiago. “Era una vida tan perfecta, lo que
siempre había soñado”, recordó. Si bien ella y su marido eran los dos
ingenieros agrónomos, en realidad quien administraba el negocio era él. Ella
acompañaba, cuidaba a los niños, pintaba, realizaba obra social en San
Gregorio.
Un día como cualquiera de 2013, a
las seis de la mañana Gabriela recibió un llamado telefónico. Del otro lado, la
noticia de que su marido había fallecido en un accidente de tránsito. Cortar,
procesar la información y verse sola, con una hija de 11 años y un hijo de
nueve, en el medio del campo. “¿Cómo voy a salir adelante con todo esto?”,
pensaba. Casi no tenía dinero, desconocía de qué monto eran los ingresos de su
marido y, aunque había estudiado, “no sabía nada del manejo del campo”, contó.
A Bordabehere le preguntaron si se
animaba a hacerse cargo de La Soledad y dijo que sí. Tenía que hacerlo, “no
tenía otra cosa”. Pero por dentro pensaba: “¿Cómo voy a hacer? ¿Qué voy a
hacer? ¡Mis hijos!”. En lo único que pensaba era en Santiago y en Florencia,
pero a ellos les aseguraba que todo iba a estar bien, que iban a salir
adelante.
Se repitió durante años la frase
“No voy a poder”, pero mientras tanto sorteaba una y mil dificultades, y podía.
Y pudo. Pidió ayuda a amigos, a técnicos, a vecinos. Era una mujer que quedaba
a cargo de un campo que antes había sido siempre manejado por hombres. Y tuvo
que empezar a vincularse con el capataz y con el resto del personal, también
hombres. Aun así, reconoció que lo hizo “sin problema ninguno”.
Más adelante, Gabriela decidió
separarse de sus hijos, después de años en los que tenían que faltar a la
escuela cuando llovía. No podían atravesar las siete cañadas que se encontraban
en el camino hasta la ruta o la camioneta se quedaba empantanada en el barro y
debían atravesar el campo caminando, embarrando sus túnicas blancas.
Los niños se fueron a vivir a la
capital con su abuela materna, que también había enviudado. Quedaron a 350 kilómetros
de La Soledad, pero, mientras su madre trabajaba, ellos asistían a un colegio
privado que les había ofrecido una beca parcial. Si bien hoy Bordabehere
reconoce que fue “lo mejor” que pudo “hacer por ellos”, admite que fue “la
época más dura” de su vida, “una cosa devastadora”. Con lágrimas en los ojos,
recuerda que los trabajadores de la estancia la contenían y la acompañaban.
Foto: Adrián Etcheverriaga
“Una historia más”. En La Soledad conviven vacas y ovejas. En la parte
vacuna, el establecimiento es netamente criador y tiene un rodeo de raza
Hereford. En ovinos, una majada de merino australiano. De esta última se extrae
la lana, el producto estrella. Durante muchos años, Gabriela realizó esfuerzos
en pos de mejorar la calidad y en la actualidad puede reconocer que lo logró.
Obtuvo certificaciones, premios y reconocimientos de todo tipo. Tanto en
vacunos como en ovinos, La Soledad alcanzó un destaque importante en
porcentajes de preñez y otros indicadores, y logró un nivel de producción del
que su administradora se enorgullece.
¿Cuáles fueron las claves de estos
logros? “Mucho esfuerzo, involucrar al equipo de trabajo, reconocer con
humildad que hay gente que sabe más y consultar a las instituciones. Tienen que
ser amigas del productor, están para eso, para que toda la información y todo
lo que generan llegue al productor. Pero yo toco puertas. Ese vínculo
permanente es lo que me ha ayudado a crecer”.
Foto: Adrián Etcheverriaga
Esta productora piensa siempre en
las historias de otras productoras, y también productores hombres. Piensa en
todos los que viven y trabajan en el campo. Durante sus 33 años en La Soledad,
siempre volvió sobre una misma reflexión: “¡Qué increíble que uno vive en el
campo, somos productores de alimento, vestimenta, y el mundo no nos mira! Somos
los que producimos. Abrí tu heladera, mirá todo lo que hay adentro y lo que
consumís día a día. Atrás de todo eso está el esfuerzo de alguien que
seguramente vive en el campo”.
Su testimonio de vida incluye
sacrificio y momentos devastadores, pero también logros, certificaciones y el
vínculo con Gucci para ser proveedora de lanas finas para sus prendas. Pero
para Bordabehere, la suya es “una historia más” entre las de millones de
productores.
Cuidar el suelo. “La sustentabilidad es parte de mi manera de pensar y
de encarar la vida, mi filosofía del mundo, cuidar la tierra, esa que heredamos
con mucho esfuerzo de nuestros abuelos”, dice Bordabehere. Esa forma de pensar
fue la que la llevó a alcanzar destacados estándares de calidad. Y esos
estándares los logró con su trabajo pero también con su formación, con sus
golpes de puerta para pedir ayuda y sus esfuerzos por obtener la certificación
de Nativa.
Con la marca miembro de Chargeurs
comenzó primero un vínculo comercial. En La Soledad, ella producía lana y
durante muchos años la vendía a través de una licitación a quien le ofreciera
el mejor precio. Un día, la empresa Lanas Trinidad —líder en el peinado de
lana, cuidado del medio ambiente y economía circular— le propuso certificar el
establecimiento para reconocer su calidad. Así logró ser una de las más de 200
empresas Nativa de Uruguay.
Foto: Adrián Etcheverriaga
Este año, la marca de Chargeurs le
propuso que La Soledad fuese establecimiento piloto para un programa de
ganadería regenerativa. El programa en Uruguay involucra a productores y a
Lanas Trinidad. La directora de Marketing de Nativa-Chargeurs, María Estrada,
dijo a Galería que se trata de un proyecto que “incluye a productores
que no hacían prácticas regenerativas y que a partir de ahora y con el apoyo de
Nativa y de institutos socios, como Instituto Nacional de Investigación
Agropecuaria (INIA) y Quantis (una empresa norteamericana), los ayudamos a
hacer una transición hacia la producción regenerativa”.
Por “los objetivos de La Soledad y de Gabriela como
persona responsable”, según Estrada, Nativa le propuso dar un paso más. Junto
con INIA y Quantis, empezaron a solicitarle a la productora lanera que tomara
registros de todo lo que se hacía en su establecimiento durante un año: ventas,
compras, actividades ganaderas. Ella se comprometió a llevar adelante la tarea
mientras se fue generando un vínculo estrecho.
Al mismo tiempo, Nativa comenzaba a
entablar una relación comercial con Gucci. No era algo tan novedoso, teniendo
en cuenta que desde hace muchos años Uruguay exporta lanas de alta calidad para
el mercado textil europeo. Pero Nativa quiso incluir a Bordabehere y su
establecimiento en ese negocio. Allí surgió la idea de presentarle a la marca
italiana un video que mostrara el origen de la lana uruguaya que tenían para
ofrecer. Entre los 13 productores que conforman el programa de producción
regenerativa Nativa Regen, seleccionaron a la responsable de La Soledad para
mostrar su forma de vida a través de un video.
En la filmación, Bordabehere se
mostró auténtica, se movió y expresó con la misma humildad con la que recorre
San Gregorio de Polanco. Se vistió como todos los días, trabajó como todos los
días, mientras la cámara la seguía. Nativa envió ese video a Milán y de forma
rápida se hizo viral dentro de la empresa Gucci.
Meses después, Nativa le informó a la productora lanera
que Gucci presentaría el proyecto de ganadería regenerativa en la Cámara
Nacional de la Moda Italiana, que todos los años, en el último día de la Semana
de la Moda de Milán, entrega premios a la sustentabilidad. Luego le comentaron
que integraría una terna de candidatos a obtener el premio Acción Climática. A
Bordabehere le pareció algo “divino”, pero así como recibió la noticia siguió
con su vida. Sabía que se trataba de La Soledad, Tacuarembó, Uruguay,
Latinoamérica. Sabía que era muy difícil ganar el premio.
Un tiempo después, desde Gucci
solicitaron una reunión virtual con Bordabehere que aceptó, no sin antes
estudiar, estresarse, pensar en qué idioma tendría que hablar, cómo tendría que
hacerlo.
El día de la reunión Gabriela estaba
sola en la estancia. Prendió la cámara de la computadora y se conectó.
Aparecieron en pantalla 10 personas de Gucci y otras tantas de Nativa. Uno a
uno, se presentaron. “Te estamos convocando porque ganaste el premio en tu
categoría”, le informaron. Bordabehere no podía creer lo que escuchaba. No le
salía otra palabra más que “¡gracias!” y la repetía una y otra vez. “Los
agradecidos somos nosotros, que con tu historia de vida podemos ser capaces de
mostrar al mundo cómo se produce la lana con la que vamos a hacer el producto
final”, le respondieron desde Gucci.
Por último, le rogaron que no
hiciera pública la noticia. Y así tuvo que guardar el secreto, sin compartirlo
con nadie más que con sus hijos. Cuatro días antes de la entrega de premios en
la Semana de la Moda de Milán, recibió los pasajes. Lanas Trinidad le ofreció
pagarle el pasaje a su hijo para que pudiera acompañarla. Y allá se fueron los
dos.
Foto: Adrián Etcheverriaga
La alfombra roja. Cuando entró a la habitación del hotel en la capital de
la moda italiana, Bordabehere tenía dos vestidos colgados marca Gucci. Días
antes le habían mandado un mail con cinco fotos de distintos atuendos
para que ella pudiera elegir qué vestir el día de la premiación. Eligió el
anaranjado con brillos y flores en amarillo.
El primer día, la vicepresidenta de
Gucci, Antonella Centra, se acercó hasta el hotel en el que se alojaba para
conocerla y conversar con ella. Hablaron una hora y media y Bordabehere le
obsequió una ruana hecha con lana de merino australiano. Se sacaron una foto
juntas y entonces comenzó el show.
Cuando llegaron a la sede de la
Semana de la Moda, Gabriela tuvo que pasar por la alfombra roja. “¡Gabriela!
¡Qué placer conocerte!”, le decían las distintas autoridades de Gucci.
“Imaginate en ese medio, ¡San Gregorio de Polanco en La Scala de Milán!”,
resaltó aún sin poder creerlo. Saludó al CEO de Gucci, Marco Bizzarri, recibió
las felicitaciones de integrantes del jurado, se sacó muchísimas fotos y
recibió su premio, con un discurso en el que el elemento principal era el
agradecimiento. Para Bordabehere, el reconocimiento no hubiese sido posible sin
el personal que trabaja en La Soledad. “A esto no se llega solo. Acá hay mucha
gente que, en el camino, puso su granito y su amor para que esto culminara
así”, enfatizó.
A medida que el secreto dejó de ser tal y en Uruguay
empezó a correrse la noticia de que una uruguaya había recibido el premio
Acción Climática en la Semana de la Moda de Milán, y de que sus lanas llegarían
a Gucci, a Bordabehere le explotó el celular de llamadas y mensajes. Entre esas
llamadas, una muy inesperada para ella: la de la vicepresidenta uruguaya,
Beatriz Argimón.
Pero para la productora lanera lo
importante “es que se hable del proyecto, de Nativa. Que se hable de los
productores que estamos comprometidos en esto, que se hable de la raza, del
rubro ovino. Es una linda oportunidad también para dar visibilidad a historias.
Esta vez me tocó a mí, pero que se
sepa que hay muchos que le están poniendo el hombro al país, y sobre todo
mujeres”.
El acuerdo de la agrónoma con el
proyecto Nativa Regen no terminó con el premio en Milán. De hecho, se trata de
un compromiso a largo plazo que recién empieza. “Nosotros quedamos en el medio,
entre lo que están haciendo a nivel de campo y lo que están buscando las marcas
finales, pero hay una colaboración muy cercana de varios años”, explicó
Estrada. La Soledad y otros 12 establecimientos ganaderos se encuentran en una
etapa inicial.
“Creo que su historia de vida y su
forma de trabajo fueron gran parte del motivo que le hicieron merecer este
premio. El premio es a Gabriela, fue a Gucci también y fue para nuestro
programa. Se lo quisieron dar a ella como persona, como productora comprometida
en esto. Tiene un interés fuerte que haya una persona detrás”, reflexionó la
directora de Marketing de Nativa.
Gabriela tiene 59 años y piensa en empezar a bajar el
ritmo de trabajo, pero no en desvincularse de sus actividades. Sus hijos
estudiaron carreras universitarias vinculadas al campo. Florencia es ingeniera
agrónoma y Santiago es veterinario. Pero, según ella, no estudiaron pensando en
trabajar en ese establecimiento, sino por vocación. De hecho, en la actualidad
cada uno tiene sus propias actividades, aunque en lo que pueden colaboran con
su madre.
La productora que proveerá de lana
merino australiano a Gucci no sabe si en el futuro sus hijos se harán cargo de
La Soledad. “La idea está, no sé si van a ser capaces de sostener una familia
con lo que les toque de campo, que no va a ser mucho. El amor al campo está y
Dios dirá. Ojalá. Me encantaría no tener que ser yo la que baje la cortina
porque me dolería. Pero bueno, si hay
que hacerlo habrá que hacerlo”, concluye.