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Cómo la uruguaya Gabriela Bordabehere tejió su camino hacia Gucci, la marca a la que le venderá lanas finas

A partir del premio Acción Climática de la Cámara Nacional de la Moda Italiana, la productora rural Gabriela Bordabehere venderá lanas finas para Gucci

Ese viernes de octubre la ingeniera agrónoma Gabriela Bordabehere madruga, como siempre. En el establecimiento rural en el que vive —que también dirige y administra— desayuna y conversa con el personal sobre las tareas que tienen por delante. En “su lugar en el mundo” llamado La Soledad, en el paraje Picada de Oribe, muy cerca de San Gregorio de Polanco, comienza una jornada de esquila. Mientras, ella deja todo pronto para recibir gente más tarde.

Sobre las 10 de la mañana llega a San Gregorio para la entrevista con Galería, saluda y conversa una hora. Se ríe, se sonroja de vergüenza ante los halagos, se emociona, lagrimea. Y cuenta su historia con la misma humildad con la que un mes atrás pasó por la alfombra roja de la Semana de la Moda de Milán luciendo un vestido anaranjado con brillos y flores amarillas de Gucci. Con la misma sencillez con la que se paró en el teatro La Scala junto al presidente y CEO de la marca de moda italiana, Marco Bizzarri, recibió el premio Acción Climática de la Cámara Nacional de la Moda Italiana y agradeció en su discurso a sus hijos, a sus abuelos, a su tío.

Después de la entrevista, Bordabehere se sube a su camioneta y propone un recorrido por el balneario. Con los vidrios bajos, saca el brazo por la ventana para señalar un boliche que era de sus abuelos. Llama la atención sobre los murales y el “museo a cielo abierto” que ofrece el lugar. Al doblar por el borde de un espacio verde cuenta que allí, el Rotary Club San Gregorio de Polanco plantará un bosque nativo, un proyecto en el que colaboró su marido y ella participó en alguna charla.

Pasa por una casa antigua que era de los primos de su abuelo y hoy sigue siendo de sus familiares. Próximamente se encargará de pintar en esa fachada un casco de estancia. Le gusta la pintura y tiene experiencia en ello, aprendió de forma autodidacta mientras vivía en La Soledad con su marido, pero lograba cuadros que parecían profesionales. En la primera década en la que habitaron la estancia no había luz, así que Bordabehere pintaba por las noches con ayuda de un farol, y en todos sus cuadros incluía una luna. Siempre la maravilló la luna.

Durante un tiempo enseñó a pintar a niños y no tan niños en el balneario de Tacuarembó. Dio clases de catequesis y de “educación en el amor”, como le llamaban en aquel entonces a la educación sexual. También trabajó en el hogar de ancianos de San Gregorio. Siempre quiso “colaborar en la medida en que pudiera, siendo mamá, ama de casa y viviendo la vida que quería tener”, cuenta a Galería. “Mis hijos estaban todo el día en el campo con su padre, era perfecto”, agrega.

La camioneta de Gabriela toma la salida a la rambla polanqueña y recorre un camino en el que, entre una cortina infinita de pinos, se puede ver una orilla de arena. En contacto con esa orilla, el río Negro, esa masa de agua que recorre el Uruguay de punta a punta y que pasa por la estancia La Soledad.

Foto: Adrián Etcheverriaga Foto: Adrián Etcheverriaga

El tour por San Gregorio termina allí. “Vamos para campaña”, decide la ingeniera. Toma la ruta y al cabo de unos minutos anuncia la llegada a destino. Debajo del cartel con el nombre de la estancia se encuentra uno que dice “Establecimiento certificado” y lleva el sello de Nativa Precious Fiber, una marca global del grupo francés Chargeurs, que provee lanas finas a la industria textil en varios países del mundo.

En el camino que atraviesa el campo desde la portera hasta la casa se ven algunas ovejas pastando. Antes de llegar, una parada más: un punto alto del terreno, una cima rocosa desde donde se ve un gran caudal de río. Gabriela tiene campo con playa, playa de verdad, con arena fina y de un amarillo bien pálido. Se ve el departamento de Durazno y el puente que se está construyendo para conectar ese departamento con San Gregorio de Polanco. En ese punto, ella se sienta a veces a ver salir la luna llena: esa redonda y reluciente que antes incluía en sus pinturas.

Foto: Adrián Etcheverriaga Foto: Adrián Etcheverriaga

“No voy a poder”. Bordabehere nació en Montevideo, pero al mes de vida ya vacacionaba con sus padres en La Soledad. “Desde muy chica supe que yo quería vivir en este lugar, más allá de lo que me pasara en la vida”. Con la mente puesta en ese objetivo fue que estudió Agronomía. Aunque después descubrió que esa era su vocación y disfrutó de la carrera, la hizo para poder vivir en la estancia en la que pasó gran parte de su infancia. 

Ella y su marido, Alejandro Maranges, fueron la tercera generación familiar en administrar esos campos. Los primeros habían sido los abuelos de ella, después vino un tío y al tiempo él les propuso delegarles la administración del establecimiento. Sin dudarlo, tomaron la decisión de instalarse allí, en una casa antigua, sin luz, con vicios de construcción y humedades. Vivieron sin vehículo, sin teléfono, sin televisión, sin radio.

Con los años llegaron los hijos, primero Florencia y después Santiago. “Era una vida tan perfecta, lo que siempre había soñado”, recordó. Si bien ella y su marido eran los dos ingenieros agrónomos, en realidad quien administraba el negocio era él. Ella acompañaba, cuidaba a los niños, pintaba, realizaba obra social en San Gregorio.

Un día como cualquiera de 2013, a las seis de la mañana Gabriela recibió un llamado telefónico. Del otro lado, la noticia de que su marido había fallecido en un accidente de tránsito. Cortar, procesar la información y verse sola, con una hija de 11 años y un hijo de nueve, en el medio del campo. “¿Cómo voy a salir adelante con todo esto?”, pensaba. Casi no tenía dinero, desconocía de qué monto eran los ingresos de su marido y, aunque había estudiado, “no sabía nada del manejo del campo”, contó.

A Bordabehere le preguntaron si se animaba a hacerse cargo de La Soledad y dijo que sí. Tenía que hacerlo, “no tenía otra cosa”. Pero por dentro pensaba: “¿Cómo voy a hacer? ¿Qué voy a hacer? ¡Mis hijos!”. En lo único que pensaba era en Santiago y en Florencia, pero a ellos les aseguraba que todo iba a estar bien, que iban a salir adelante.

Se repitió durante años la frase “No voy a poder”, pero mientras tanto sorteaba una y mil dificultades, y podía. Y pudo. Pidió ayuda a amigos, a técnicos, a vecinos. Era una mujer que quedaba a cargo de un campo que antes había sido siempre manejado por hombres. Y tuvo que empezar a vincularse con el capataz y con el resto del personal, también hombres. Aun así, reconoció que lo hizo “sin problema ninguno”.

Más adelante, Gabriela decidió separarse de sus hijos, después de años en los que tenían que faltar a la escuela cuando llovía. No podían atravesar las siete cañadas que se encontraban en el camino hasta la ruta o la camioneta se quedaba empantanada en el barro y debían atravesar el campo caminando, embarrando sus túnicas blancas.

Los niños se fueron a vivir a la capital con su abuela materna, que también había enviudado. Quedaron a 350 kilómetros de La Soledad, pero, mientras su madre trabajaba, ellos asistían a un colegio privado que les había ofrecido una beca parcial. Si bien hoy Bordabehere reconoce que fue “lo mejor” que pudo “hacer por ellos”, admite que fue “la época más dura” de su vida, “una cosa devastadora”. Con lágrimas en los ojos, recuerda que los trabajadores de la estancia la contenían y la acompañaban.

Foto: Adrián Etcheverriaga Foto: Adrián Etcheverriaga

“Una historia más”. En La Soledad conviven vacas y ovejas. En la parte vacuna, el establecimiento es netamente criador y tiene un rodeo de raza Hereford. En ovinos, una majada de merino australiano. De esta última se extrae la lana, el producto estrella. Durante muchos años, Gabriela realizó esfuerzos en pos de mejorar la calidad y en la actualidad puede reconocer que lo logró. Obtuvo certificaciones, premios y reconocimientos de todo tipo. Tanto en vacunos como en ovinos, La Soledad alcanzó un destaque importante en porcentajes de preñez y otros indicadores, y logró un nivel de producción del que su administradora se enorgullece.

¿Cuáles fueron las claves de estos logros? “Mucho esfuerzo, involucrar al equipo de trabajo, reconocer con humildad que hay gente que sabe más y consultar a las instituciones. Tienen que ser amigas del productor, están para eso, para que toda la información y todo lo que generan llegue al productor. Pero yo toco puertas. Ese vínculo permanente es lo que me ha ayudado a crecer”.

Foto: Adrián Etcheverriaga Foto: Adrián Etcheverriaga

Esta productora piensa siempre en las historias de otras productoras, y también productores hombres. Piensa en todos los que viven y trabajan en el campo. Durante sus 33 años en La Soledad, siempre volvió sobre una misma reflexión: “¡Qué increíble que uno vive en el campo, somos productores de alimento, vestimenta, y el mundo no nos mira! Somos los que producimos. Abrí tu heladera, mirá todo lo que hay adentro y lo que consumís día a día. Atrás de todo eso está el esfuerzo de alguien que seguramente vive en el campo”.

Su testimonio de vida incluye sacrificio y momentos devastadores, pero también logros, certificaciones y el vínculo con Gucci para ser proveedora de lanas finas para sus prendas. Pero para Bordabehere, la suya es “una historia más” entre las de millones de productores. 

Cuidar el suelo. “La sustentabilidad es parte de mi manera de pensar y de encarar la vida, mi filosofía del mundo, cuidar la tierra, esa que heredamos con mucho esfuerzo de nuestros abuelos”, dice Bordabehere. Esa forma de pensar fue la que la llevó a alcanzar destacados estándares de calidad. Y esos estándares los logró con su trabajo pero también con su formación, con sus golpes de puerta para pedir ayuda y sus esfuerzos por obtener la certificación de Nativa.

Con la marca miembro de Chargeurs comenzó primero un vínculo comercial. En La Soledad, ella producía lana y durante muchos años la vendía a través de una licitación a quien le ofreciera el mejor precio. Un día, la empresa Lanas Trinidad —líder en el peinado de lana, cuidado del medio ambiente y economía circular— le propuso certificar el establecimiento para reconocer su calidad. Así logró ser una de las más de 200 empresas Nativa de Uruguay.

Foto: Adrián Etcheverriaga Foto: Adrián Etcheverriaga

Este año, la marca de Chargeurs le propuso que La Soledad fuese establecimiento piloto para un programa de ganadería regenerativa. El programa en Uruguay involucra a productores y a Lanas Trinidad. La directora de Marketing de Nativa-Chargeurs, María Estrada, dijo a Galería que se trata de un proyecto que “incluye a productores que no hacían prácticas regenerativas y que a partir de ahora y con el apoyo de Nativa y de institutos socios, como Instituto Nacional de Investigación Agropecuaria (INIA) y Quantis (una empresa norteamericana), los ayudamos a hacer una transición hacia la producción regenerativa”.

Por “los objetivos de La Soledad y de Gabriela como persona responsable”, según Estrada, Nativa le propuso dar un paso más. Junto con INIA y Quantis, empezaron a solicitarle a la productora lanera que tomara registros de todo lo que se hacía en su establecimiento durante un año: ventas, compras, actividades ganaderas. Ella se comprometió a llevar adelante la tarea mientras se fue generando un vínculo estrecho.

Al mismo tiempo, Nativa comenzaba a entablar una relación comercial con Gucci. No era algo tan novedoso, teniendo en cuenta que desde hace muchos años Uruguay exporta lanas de alta calidad para el mercado textil europeo. Pero Nativa quiso incluir a Bordabehere y su establecimiento en ese negocio. Allí surgió la idea de presentarle a la marca italiana un video que mostrara el origen de la lana uruguaya que tenían para ofrecer. Entre los 13 productores que conforman el programa de producción regenerativa Nativa Regen, seleccionaron a la responsable de La Soledad para mostrar su forma de vida a través de un video.

En la filmación, Bordabehere se mostró auténtica, se movió y expresó con la misma humildad con la que recorre San Gregorio de Polanco. Se vistió como todos los días, trabajó como todos los días, mientras la cámara la seguía. Nativa envió ese video a Milán y de forma rápida se hizo viral dentro de la empresa Gucci.

Meses después, Nativa le informó a la productora lanera que Gucci presentaría el proyecto de ganadería regenerativa en la Cámara Nacional de la Moda Italiana, que todos los años, en el último día de la Semana de la Moda de Milán, entrega premios a la sustentabilidad. Luego le comentaron que integraría una terna de candidatos a obtener el premio Acción Climática. A Bordabehere le pareció algo “divino”, pero así como recibió la noticia siguió con su vida. Sabía que se trataba de La Soledad, Tacuarembó, Uruguay, Latinoamérica. Sabía que era muy difícil ganar el premio.

Un tiempo después, desde Gucci solicitaron una reunión virtual con Bordabehere que aceptó, no sin antes estudiar, estresarse, pensar en qué idioma tendría que hablar, cómo tendría que hacerlo.

El día de la reunión Gabriela estaba sola en la estancia. Prendió la cámara de la computadora y se conectó. Aparecieron en pantalla 10 personas de Gucci y otras tantas de Nativa. Uno a uno, se presentaron. “Te estamos convocando porque ganaste el premio en tu categoría”, le informaron. Bordabehere no podía creer lo que escuchaba. No le salía otra palabra más que “¡gracias!” y la repetía una y otra vez. “Los agradecidos somos nosotros, que con tu historia de vida podemos ser capaces de mostrar al mundo cómo se produce la lana con la que vamos a hacer el producto final”, le respondieron desde Gucci. 

Por último, le rogaron que no hiciera pública la noticia. Y así tuvo que guardar el secreto, sin compartirlo con nadie más que con sus hijos. Cuatro días antes de la entrega de premios en la Semana de la Moda de Milán, recibió los pasajes. Lanas Trinidad le ofreció pagarle el pasaje a su hijo para que pudiera acompañarla. Y allá se fueron los dos.

Foto: Adrián Etcheverriaga Foto: Adrián Etcheverriaga

La alfombra roja. Cuando entró a la habitación del hotel en la capital de la moda italiana, Bordabehere tenía dos vestidos colgados marca Gucci. Días antes le habían mandado un mail con cinco fotos de distintos atuendos para que ella pudiera elegir qué vestir el día de la premiación. Eligió el anaranjado con brillos y flores en amarillo.

El primer día, la vicepresidenta de Gucci, Antonella Centra, se acercó hasta el hotel en el que se alojaba para conocerla y conversar con ella. Hablaron una hora y media y Bordabehere le obsequió una ruana hecha con lana de merino australiano. Se sacaron una foto juntas y entonces comenzó el show.

Cuando llegaron a la sede de la Semana de la Moda, Gabriela tuvo que pasar por la alfombra roja. “¡Gabriela! ¡Qué placer conocerte!”, le decían las distintas autoridades de Gucci. “Imaginate en ese medio, ¡San Gregorio de Polanco en La Scala de Milán!”, resaltó aún sin poder creerlo. Saludó al CEO de Gucci, Marco Bizzarri, recibió las felicitaciones de integrantes del jurado, se sacó muchísimas fotos y recibió su premio, con un discurso en el que el elemento principal era el agradecimiento. Para Bordabehere, el reconocimiento no hubiese sido posible sin el personal que trabaja en La Soledad. “A esto no se llega solo. Acá hay mucha gente que, en el camino, puso su granito y su amor para que esto culminara así”, enfatizó.

A medida que el secreto dejó de ser tal y en Uruguay empezó a correrse la noticia de que una uruguaya había recibido el premio Acción Climática en la Semana de la Moda de Milán, y de que sus lanas llegarían a Gucci, a Bordabehere le explotó el celular de llamadas y mensajes. Entre esas llamadas, una muy inesperada para ella: la de la vicepresidenta uruguaya, Beatriz Argimón.

Pero para la productora lanera lo importante “es que se hable del proyecto, de Nativa. Que se hable de los productores que estamos comprometidos en esto, que se hable de la raza, del rubro ovino. Es una linda oportunidad también para dar visibilidad a historias. Esta vez me tocó a mí, pero que se sepa que hay muchos que le están poniendo el hombro al país, y sobre todo mujeres”.

El acuerdo de la agrónoma con el proyecto Nativa Regen no terminó con el premio en Milán. De hecho, se trata de un compromiso a largo plazo que recién empieza. “Nosotros quedamos en el medio, entre lo que están haciendo a nivel de campo y lo que están buscando las marcas finales, pero hay una colaboración muy cercana de varios años”, explicó Estrada. La Soledad y otros 12 establecimientos ganaderos se encuentran en una etapa inicial.

“Creo que su historia de vida y su forma de trabajo fueron gran parte del motivo que le hicieron merecer este premio. El premio es a Gabriela, fue a Gucci también y fue para nuestro programa. Se lo quisieron dar a ella como persona, como productora comprometida en esto. Tiene un interés fuerte que haya una persona detrás”, reflexionó la directora de Marketing de Nativa.

Gabriela tiene 59 años y piensa en empezar a bajar el ritmo de trabajo, pero no en desvincularse de sus actividades. Sus hijos estudiaron carreras universitarias vinculadas al campo. Florencia es ingeniera agrónoma y Santiago es veterinario. Pero, según ella, no estudiaron pensando en trabajar en ese establecimiento, sino por vocación. De hecho, en la actualidad cada uno tiene sus propias actividades, aunque en lo que pueden colaboran con su madre.

La productora que proveerá de lana merino australiano a Gucci no sabe si en el futuro sus hijos se harán cargo de La Soledad. “La idea está, no sé si van a ser capaces de sostener una familia con lo que les toque de campo, que no va a ser mucho. El amor al campo está y Dios dirá. Ojalá. Me encantaría no tener que ser yo la que baje la cortina porque me dolería. Pero bueno, si hay que hacerlo habrá que hacerlo”, concluye. 

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