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Entre tristeza, frustración y agotamiento: La cara invisible de la maternidad

La maternidad idealizada y poco realista está quedando atrás, y deja lugar a una que también asume y acepta su lado angustioso, triste y oscuro

Jhonny (Joaquin Phoenix), encargado de cuidar a su sobrino Norman por un tiempo, le pregunta por teléfono a su hermana Viv si su hijo tiene problemas para dormir. 

—¿Le diste azúcar?, ¿lo dejaste ver cosas en tu computadora? Eso lo enloquece.

—Estás acostumbrada.

—No estoy acostumbrada. A veces lo odio. Es decir, lo amo más de lo que se puede comprender y eso es lo que lo vuelve aún peor. A veces apenas soporto estar en la misma habitación que él, hablando sin parar, interrumpiendo mis pensamientos. Entre hacerle el almuerzo y después la cena, y después el almuerzo y después las compras. Es una maldita pesadilla. 

Del otro lado, silencio. “¿Ya pensás que soy terrible?”, pregunta Viv, interpretada por la actriz Gaby Hoffman. “No, no, siento mucha compasión”, responde su hermano.

Este no es un diálogo central de la película C'mon C'mon. El de Viv es un papel secundario, y la maternidad es el tema de base, aunque no de sustancia, ya que trata sobre la relación entre adultos y niños, en general. 

Pero que esa parte del guion no sea central es lo que la hace aún más poderosa. Viv reconoce que a veces no soporta a su hijo. Alejada por unos días de su cotidianidad —para acompañar a su esposo que pasa por un brote psiquiátrico—, admite su asfixia. Y eso no representa ningún escándalo. Jhonny no la juzga; por el contrario, la escucha, se compadece, el diálogo termina y la película sigue su rumbo. 

C'mon c'mon se estrenó en septiembre del 2021. Al mes siguiente apareció en cartel Madres paralelas, de Pedro Almodóvar, donde la maternidad sí es un tema clave, aunque no intenta ser un retrato sobre lo que se entiende por buena o mala madre Janis (Penélope Cruz) y Ana (Milena Smit) hacen lo que pueden. Sin embargo, en un lugar secundario aparece Teresa, mamá de Ana, a ocupar ese espacio de la madre imperfecta. Se define como “la peor madre del mundo” por haber distanciado de su hija para dar prioridad a su carrera como actriz. Pero no parece sentir culpa por ello. Se da cuenta algo tarde —según dice— de que en realidad nunca eligió ser madre. Y cuando le tocó serlo, compaginar maternidad y trabajo no parecía ser una opción. Teresa es presentada de una manera tan honesta que a nadie parece generarle rechazo. La maternidad no es algo para todas, y punto.

C'mon C'mon C'mon C'mon

Un caso más extremo y tabú es el que tiene lugar en La hija oscura, estrenada en diciembre de 2021. Leda, interpretada por Olivia Colman y por Jessie Taylor a través de varios flashbacks, se ahoga en la maternidad. “Es domingo, te toca a ti, me estoy ahogando”, le dice a su esposo mientras intenta trabajar en su casa frente a la computadora. Se muestra a una mujer que perdió cualquier tipo de espacio propio; no puede dialogar con sus hijas, ni hablar por teléfono con su jefe, ni masturbarse. La interrupción de sus niñas es una constante. Y se va. Deja a sus hijas con su marido durante tres años y en ese tiempo vive un affaire con una colega. ¿Y cómo te sentiste?, le preguntan en la película a una Leda de 48 años que se está tomando unas vacaciones en Grecia. “Genial”, responde. 

Tanto Madres Paralelas como La hija oscura fueron nominadas a mejor película en los Premios Oscar, motivo de sobra para afirmar que estos relatos llegaron a un público mayor que muchos otros estrenos. Las tres (junto con C'mon c'mon) se estrenaron en un lapso de tres meses, y muestran de distintas maneras no solo que ser madre es un sacrificio —que no es novedad— sino la oscuridad, el agobio y la angustia que a veces se oculta en las profundidades de la maternidad.

Madres paralelas. Madres paralelas.

Este domingo se celebra en Uruguay el Día de la Madre y en las semanas previas salta a la vista como nunca la idealización hacia esa figura. Mujeres siempre sonrientes que asumieron el sacrificio de parir y criar pero no se quejan, porque la satisfacción de ser madres debería actuar como una especie de fuerza compensatoria. Mujeres que deben compaginar su vida laboral con la de madres y encima tienen que hacer lo posible por mantener la calma y encontrar el equilibrio, porque ser madre debería sentirse como una experiencia maravillosa, o incluso la mejor en la vida de una mujer. 

En paralelo, el cine y la literatura envían otras señales. Muestran que entre tanta luz tambien hay mucha oscuridad. Que la maternidad puede ser lo mejor pero también lo peor de la vida de una mujer. O que puede ser todo al mismo tiempo. Como espejos de la realidad en muchos casos, dicen lo que nunca se dijo, interpelan, instalan conversaciones y aparecen para dar un poco de sentido a lo que parecía no tenerlo. Amar y odiar, sufrir y sentirse feliz, tener ganas y estar agotada, todo eso que puede sentirse como incompatible, fallado, roto, es lo que en verdad constituye a la maternidad. Adriana Frechero, psicóloga e integrante de la Coordinadora de Psicólogos del Uruguay, explica que la maternidad se construye a partir de sentimientos “muy ambivalentes”. “La ambivalencia la constituye. El problema es que es muy fuerte el mandato cultural a reprimir las corrientes hostiles, los sentimientos agresivos. Hay una represión que sigue funcionando”, apunta. Destaca, por otro lado, que las mujeres están empezando a hablar, tanto en la terapia como entre ellas: “Cuando un terapeuta habilita a la paciente, puede llegar a decir que tuvo más hijos de los que hubiera querido, que a veces quisiera no tenerlos, que a veces tiene ganas de que se vayan, que necesita tiempo sola”. 

Y lo hablan, cada vez más, vía redes sociales. Las argentinas Julieta Puleo y Sabrina Graña (la China), crearon AyMamucha, una cuenta de Instagram para “hacer catarsis sobre la maternidad”. Florencia Sichel , también argentina, filósofa y docente, crea contenido sobre maternidad real para su Instagram homónimo y el newsletter Hartas para hablar de todo aquello que le hubiera gustado saber antes de ser madre.

Dulce y amargo. Las palabras de Sabrina, fundadora de AyMamucha, parecen sacadas del guión de la película C'mon c'mon.“Amo a mi hija con toda mi alma pero no hay nada que odie más que la maternidad. No es lo mío. Tengo este cartel, para mí es difícil esto, todos los días es un desafío no disponer de mi tiempo, perder mi independencia, que un ser humano tan chiquitito depende totalmente de vos para seguir con vida para mí es casi imposible, pero no hay nada en el mundo que ame más que a mi hija”. Julieta y la China se conocieron en un evento, charlaron unas dos horas e intercambiaron redes sociales. Volvieron a contactarse cuando se enteraron de que estaban embarazadas al mismo tiempo. “Vi una foto de ella, era pandemia, no vi a nadie. Le hablé y desde ahí no paramos de hablar”, comenta Julieta. Sabrina vive en Los Ángeles, pero eso no impidió que formaran una amistad sólida a 9.500 kilómetros de distancia y se convirtieran en lo que llaman tribu. “Lloramos al teléfono, chateamos a cualquier hora, ni nosotras podemos creer el personal”, dice Julieta al teléfono desde Argentina junto a Sabrina, quien al momento de la conversación con Galería estaba visitando el país. “Hace dos días nos dimos el primer abrazo de nuestra vida en persona”, cuenta Julieta.

Ambas sintieron la ambivalencia desde los primeros meses de embarazo. “Ni bien nos embarazamos sentimos que estábamos en falta, no haciendo lo suficiente o esperado para el resto. Todo el mundo te felicita, te dice que es lo mejor de la vida, y si, y no. Es increíble, sí, pero también lo más difícil y casi imposible que tiene que atravesar una mujer”, explica Graña. Es sus primeros días de madre, la gente se acercaba en la calle para decirle que disfrutara cada instante, porque pasaba rapidísimo. “Y yo estaba tratando de sobrevivir. Los primeros días no te parece que pasen rapidísimo para nada, los días tienen 500.000 horas, y la verdad es que la mayoría no se disfrutan, se sobreviven al principio”.

La idealización de la maternidad, en su experiencia, solo trajo mayor desgaste, agotamiento, frustración y mucha culpa. “Imaginate que si tu entorno te dice que esto es increíble, lo mejor, un momento hermoso, cuando te sentiste horrible o tenés un día malísimo te sentiste supermal, como que hay algo que no estás haciendo bien”, apunta Puleo. 

Según la psicóloga Silvana Sottolano, la maternidad se idealiza por motivos culturales pero también biológicos. Desde el embarazo se siente una sensación de completud, empoderamiento. “Sentimos que podemos con todo. Es una fantasía de que somos lo mejor del mundo para esa persona, nos hace sentir todopoderosas”, indica. 

El tema es cuando esa idealización impide escuchar al propio cuerpo y toda su montaña rusa de emociones. “Socialmente está muy mal visto que una mujer pueda admitir sentimientos negativos hacia la maternidad. Es más asfixiante el vínculo si a nosotras como madres nos cuesta soportar nuestras carencias y el no saberlo todo. Nos exigimos tanto que termina siendo una relación cargada de ambivalencia, de pérdida de libertad. Hay mujeres que se olvidaron de lo que eran antes de ser madres, les cuesta volver a lo que ellas desean”, remarca. El miedo y la tristeza, lejos de ser emociones extrañas y ajenas a la maternidad, son probablemente inherentes al rol de madres.

Confiada en el famoso instinto maternal y en su amplia red de apoyo, Florencia Sichel nunca se había planteado la maternidad como un problema. Hasta que en los primeros días como madre sintió el sacudón. “La maternidad me sacudió muchísimo, me encontré muy vulnerable, muy sola. No me considero solitaria, cuento con mucha red, y sin embargo me sentí muy sola, no entendía cómo podía ser que teniendo ayuda y un compañero presente igual me sintiera tan sola”, cuenta a Galería. 

El esperado instinto maternal no apareció al rescate; de hecho, duda de su existencia. “Cuando fui mamá no sé si tuve instinto materno. No me pasó eso de sentir a primera vista un amor desmesurado por ese bebé, deseada y buscada, que salía de adentro de mí. Me sentí angustiada y con miedo por cargar con la responsabilidad de esta nueva vida. Sí tuve la necesidad de cuidarla. De protegerla. De asistirla. ¿Tuve o no tuve instinto materno?, se pregunta en su newsletter Hartas. 

Sichel sintió una profunda necesidad de exteriorizar todo lo que le estaba pasando. “Sentía que si no lo hablaba iba a explotar, tenía ganas de ponerlo en común”. Un día hizo un posteo en su Instagram y ahora su cuenta tiene casi 30.000 seguidores. 

Aunque se dirige principalmente a madres, Sichel apunta a que la maternidad se convertirá en un tema social y político. “No habría tanta soledad si tuviéramos más licencia, más red, un sistema de cuidados integrales”, señala. A esto también se refiere Frechero: “Tiene que quedar a la vista que la maternidad tiene sus zonas oscuras y no hay que negarlas. Si queremos tener madres en una sociedad tenemos que apoyar, cuidar, estimular, no dejar a las mujeres solas. En este país las madres están muy solas, no solo porque los hombres no siempre acompañan, tampoco acompaña la comunidad, no acompaña mucho el Estado, hay muy pocos sostenes”.

Florencia Sichel no cree que haya un lado A y uno B de la maternidad, porque la experiencia es ambivalente; o mar, luz y oscuridad al mismo tiempo. “Es tan bello, porque es hermoso estar con mi hija, pero es angustiante. Para mí la maternidad es un dulce amargo al mismo tiempo todo el tiempo. La paso bárbaro con mi hija pero por momentos siento que está agotado, se desdibuja mi identidad”.

Entre turbulencias. No es casualidad que desde varios alrededores se esté instalando la conversación sobre la ambivalencia de la maternidad. Mientras que el mundo cambia y las mujeres ocupan un lugar cada vez más importante en el mercado laboral, los preceptos sobre qué se entiende por buena o mala madre se siguen imponiendo con fuerza. La exigencia, por tanto, es cada vez mayor. “Te diría que cada vez es más esclavizante”, añade Frechero.

Julieta, una de las creadoras de la cuenta de Instagram AyMamucha, fue tajante: “Se nos pide que trabajemos como si no maternáramos y que maternemos como si no tuviéramos que trabajar”. 

Frechero atribuye esa mayor exigencia no solo a que las mujeres ahora deben hacer malabares para compaginar su vida laboral con la maternidad, sino también a que nuevos mandatos parecen brotar a cada minuto. Que no hay que dar ultraprocesados, que hay que sacarles las pantallas de la vista, que el colecho hace mal, que el colecho hace bien, que dar la teta está bien pero que dar la teta si no tenés ganas está mal, y así infinitamente . Alcanza con googlear ante cualquier duda para encontrarte con una biblioteca entera llena de reglas que pueden ser hasta contradictorias. “Más exigencia cae sobre ellas y además hay una hiperinformación. Esto sucede en desmedro de esos saberes intuitivos que antes las mujeres se desplegaron, y cierto corrimiento de los saberes ancestrales que se transmiten de generación en generación. Todo se busca”, indica. Desde que una mujer se embaraza dispone de aplicaciones para seguir mes a mes lo que le está pasando al embrión. Se dedica a estudiarlo, a leer todo lo necesario para ser una supuesta buena madre mientras también estudia un doctorado. “Cumplir con todo se torna una tarea titánica”, dice Frechero. 

Y en ese intento, se corre el riesgo de replicar dogmatismos de los que se busca en realidad escapar. Así lo cree Sichel, creadora de Hartas. “En el primer tiempo mi hija lloraba muchísimo, tenía cólicos. Comencé a meterme en todos los grupos de Facebook, Instagram, a leerme todos los libros. Entendiendo de dónde viene. Venimos de una época donde queremos despegarnos de ciertas formas de crianza, pero en el afán de despegarnos, corremos el riesgo de salir de una caverna para entrar en otra. ¿Cuántos libros tengo que leer para ser madre? ¿Cuántos cursos tengo que hacer?”. 

Frechero aclara que la forma de encarar la maternidad sigue dependiendo del sector social y las condiciones de vida y aspiraciones de cada mujer. Esa brecha es cada vez más clara, ya que las mujeres con cierto nivel educativo trabajan, emprenden, tienen en muchos casos grandes aspiraciones y cumplen con ellas. Antes, ser mujer y ser madre iban de la mano, independientemente del nivel socioeconómico y educativo. “Y si no lo era, le faltaba algo, eran mujeres incompletas, se sentían así, la cultura las hacían sentir así. Eso de a poco se está acabando”. Y el estilo de crianza no parecía ser otro que el de madre abnegada, dedicada enteramente a sus hijos. 

La psicóloga considera que la generación millennial es la primera en cuestionarse el deseo de ser madres. “Me parece bueno, saludable, que esta novedad se pueda profundizar, que la mujer pueda evaluar todo lo que significa, son mucho más conscientes que las generaciones anteriores de los costos que tiene la maternidad”, apunta. De todas formas, aclara que la sociedad sigue ejerciendo presión sobre aquellos que deciden no tener hijos. “Una presión fuerte, jodida”. 

Y si antes la maternidad era un destino predeterminado para todas las mujeres, parece lógico y esperable afirmar que existen también las madres arrepentidas. Justamente, así, Madres arrepentidas, se llama el libro de la israelí Orna Donath publicado en 2016. El ensayo hizo tambalear muchos mitos sobre la maternidad; entre ellos, sacar a luz la existencia de madres que se arrepintieron de serlo porque abandonaron su individualidad, o porque sus hijos les causan dolor. 

Frechero prefiere hablar de maternidades, en plural. “Somos la buena y la mala madre alternativamente, las dos cosas que nos constituyen, porque tenemos instintos amorosos profundos por momentos y sentimientos hostiles profundos”. Aceptar la ambivalencia y soltar los mandatos y reglas, dice Sottolano, es lo que a fin de cuentas permitirá estar más atentos a lo que de verdad necesita un hijo. “Correrse del ego de 'puedo con todo' nos permite ver al niño en su dimensión real”, subraya.