La historia de Jessica y Beatriz: madre e hija por elección

La joven vivía en el Cottolengo Femenino Don Orione debido a su parálisis cerebral; allí conoció a una médica que tiempo después la adoptó

La médica Beatriz López, especializada en Administración Hospitalaria y Salud Ocupacional, estaba completamente dedicada a su trabajo. En un momento de su vida la adopción había sido una posibilidad que tuvo en cuenta para convertirse en mamá. Sin embargo, las circunstancias no permitieron que se concretara.

Desde los dos años, Jessica vivía en el Cottolengo Femenino Don Orione, donde pasó sus primeros días envuelta en la soledad del desapego familiar. Tiene parálisis cerebral. Las chicas del hogar le dieron el cobijo necesario para que su nueva vida transcurriera con la sonrisa que la define.

Hace 17 años Beatriz visitó el Cottolengo para inspeccionarlo por un trámite de habilitación y en esa recorrida vio a una niña morocha con cabellera enrulada comiendo torta. La saludó y trató de conversar, pero la aparente timidez de Jessica no permitió más que un diálogo con monosílabos. Sin imaginarlo, esas pocas palabras serían el inicio de la transformación de sus vidas.

Jessica no era para nada introvertida, por el contrario, es una chica conversadora, decidida y audaz. Nada la detiene. Así fue que luego de ese primer encuentro, Jessica le pidió a la madre superiora que llamara a la médica para saber cuándo iría a visitarla. Esa pregunta tan poderosa fue el punto de partida de su camino juntas.

Las visitas al hogar se tornaron cada vez más habituales y las salidas a pasear, momentos de diversión que resguardaban. Su afecto fue creciendo enhebrando recuerdos de su recorrido que terminó siendo de madre e hija.

La adopción que antes no se había dado para Beatriz finalmente se logró con Jessica después de un largo proceso. Esa enorme responsabilidad que asumió se compensa con el ángel y la alegría permanente de su hija. Esta nueva familia de a dos atesora momentos felices y de los otros. Estudios, vacaciones y viajes pero también la pérdida de la madrina de Jessica, varias operaciones, el tratamiento en Teletón y una vida con ganas infinitas de nunca rendirse. Su meta de mejorar el equilibrio y caminar sola ya la cumplió a partir de su tesón, intervenciones y ejercicios físicos continuos. Logró recuperar músculos, se viste y calza sin ayuda y realiza actividades cotidianas como cualquier joven de su edad.

A poco de haber cumplido 21 años, está cursando bachillerato y se recibió de asistente en Educación Inicial. Desde niña y a pesar de sus dificultades, ha podido vencer los obstáculos y cada meta que se impone la cumple. Jessica es una joven reflexiva, luchadora, que siempre tiene una palabra de amor y con su madre —siempre apuntalándola— comparten una vida de superación y felicidad.

Vas al liceo, además tenés clases de apoyo y de gimnasia… ¿Qué planes tenés para el futuro?

Jessica López: En el futuro me veo dedicándome al área de la educación. Me acabo de recibir de asistente en Educación Inicial, el 26 de febrero. El año pasado también hice un curso de Educación Inclusiva y ahora estoy haciendo un curso de Lengua de Señas para comunicarme con los niños sordomudos, porque a veces los educadores no tienen posibilidades de comunicarse directamente sin tener que pedir una mano extra. Además, estoy en el liceo haciendo primero de bachillerato.

¿Cuándo hiciste el curso de educadora?

J. L.: Me demoré en hacerlo cuatro años por la pandemia y después con todo lo que tenía para hacer se me fue atrasando. Pero bueno, a mí me encanta estudiar. Tengo metas, no son metas muy grandes, pero para mí lo son. En un futuro me gustaría ir a la universidad y hacer una licenciatura en Educación Inicial. Y obviamente también quiero trabajar. Yo tengo claro que no quiero que mi mamá me pague la universidad, me la quiero pagar yo. Sacrificio por sacrificio.

Beatriz López: Siempre le digo que tiene que enfocarse en lo que está haciendo, tiene esa meta hermosa, que si Dios quiere la va a cumplir. Pero tiene que ir saldando etapas, paso a paso.

J. L.: Sí, primero tengo que terminar cuarto año, el liceo para mí es una bendición. En el liceo 27 los profesores son divinos en todo sentido. Hay dos materias que me cuestan, Física y Matemáticas, y los profesores me ayudan y si no puedo hacer algo, me lo adaptan para que lo pueda hacer. Además, tengo clases extracurriculares de Inglés, Matemáticas, Física y Gimnasia.

Entonces tenés días muy ocupados. También ibas al coro, ¿algo más?

J. L.: Sí, soy voluntaria en el Cottolengo Femenino­. Iba los sábados pero ahora no estoy yendo por temas del liceo, y también soy socia de Unicef y me llaman para ir a eventos como voluntaria activa.

¿Cómo fue que ustedes se encontraron?

J. L.: Hay que volver mucho tiempo atrás, a abril de 2007. Ella entró en el hogar…

B. L.: Fui a hacer una inspección al hogar donde estaba Jessica.

J. L.: Y yo estaba comiendo. Hay una foto de ese momento que yo estaba comiendo una torta. No me acuerdo bien pero me contaron que me preguntó: “Hola, ¿está rica la comida?, ¿está rica la torta?”. Y como me habían dicho que no hablara con extraños, me quedé mirándola casi sin responderle. Y me seguía preguntando: “¿Está rica la comida?”.

¿Y después qué pasó?

J. L.: La hermana Beatriz, que era la superiora en aquel momento, le preguntó la fecha del cumpleaños, y el día de su cumpleaños la llamamos por teléfono.

B. L.: Pero antes de eso la asistente social, que era la que seguía los trámites de la habilitación del hogar, fue al ministerio a levantar unas observaciones. Justo me la encuentro en el corredor y le pregunté cómo estaba aquella nena que había conocido. Como la hermana me había contado un poco su historia, le pedí que me avisara si necesitaba algo. Es decir, me ofrecí como uno se ofrece, cualquier cosa que necesiten, me llaman.

¿Y cuándo se volvieron a ver?

J. L.: Pasó el tiempo y ese 14 de diciembre le pedí a la hermana si podía llamar a la doctora. Me acuerdo que era un teléfono grande, de esos de oficina, y cuando mi madre atendió, la hermana me pasó el teléfono.

B. L.: Pero esperá un poquito. Atendí y me habló la hermana Beatriz y pensé que me llamaba por el trámite, pero me dijo que me llamaba porque había una persona que quería hablar conmigo. ¡Y era ella! Tenía cuatro años.

J. L.: Y ahí me pasó el teléfono y le dije: “Hola, Bea, ¿cuándo me vas a venir a visitar?”.

Pasó de no contestar a pedirte que la visites...

B. L.: Cuando me dijo eso no sabés cómo me impactó, porque fijate que no habíamos hablado casi nada, eran todos monosílabos. En ese momento fue bastante tímida. Capaz que en el hogar era bandida pero con un extraño mantenía cierta distancia. Y pasó a decirme: ¿cuándo me vas a venir a visitar? Me encantó que me lo pidiera pero la verdad es que me impactó. Y le dije: “Bueno, no tengo problemas en ir a visitarte cuando la hermana me autorice”, y entonces le pasó el teléfono a la hermana.

¿Para que te autorizara? ¡Con cuatro años!

B. L.: Sí, para que me autorizara. Me pasó los horarios de la visita, y le compré unas cosas, porque cuando vas a ver a un niño le llevas juguetes, regalos. Me preparé y la fui a visitar.

J. L.: Y así empezamos a hacer salidas en la tarde. Y después, algunos días me quedé en su casa.

B. L.: Yo era muy rigurosa con los horarios. Pero a la hora de volver al hogar, Jessica­ empezaba­ a decir que le dolía el estómago, que le dolía esto, que le dolía lo otro, que no se quería ir porque se sentía mal. Y yo le decía: “Bueno, mi amor, si te duele vamos al hogar”. Entonces me autorizaron para que se quedara conmigo un día a la semana. Y pasábamos bárbaro juntas.

J. L.: Obviamente no me quería ir porque la pasaba tan bien con ella, entonces un día le dije: “Tengo algo para decirte. Quiero venir a vivir contigo”.

¿Y eso cuándo fue?

J. L.: En el 2009.

B. L.: Dos años después de conocerla.

J. L.: Mi mamá me dijo que primero tenía que hacer todos los papeles, entonces yo le dije: “Quedate tranquila que lo arreglo con Guadalupe­”, la asistente social.

Pero tenías seis años…

B. L.: Sí, cuando me propuso venir a vivir conmigo le expliqué que era una cosa seria y entonces me contestó que ella hablaba con la asistente social, que no había problema. Estoy segura de que ella andaba por todos lados en el hogar, incluso con su dificultad para caminar, y escucharía todo lo que hablaban.

Empecé a hacer los trámites en el INAU en 2009, cuando Jessica tenía seis años. Me hicieron todos los estudios psicológicos y físicos y la adopción recién salió en 2014.

J. L.: Y me acuerdo que en ese momento le había dado a entender a mi madrina que me iba a ir del hogar.

¿Por qué?, ¿qué pasó?

J. L.: Un día Nuri, una empleada del hogar, me dijo: “Vamos a hacer el bolso que te vas”. Me emociono cuando hablo de Nuri porque estuvo conmigo desde bebé. Entonces cuando mi madrina Nancy se dio cuenta de que me había ido se puso muy triste. Se quiso quedar con algunos buzos míos.

¿La seguís viendo?

J. L.: No, mi madrina murió cuando yo tenía 15. Fue el 24 de noviembre del 2018 cuando me enteré que estaba internada. Estaba entrando del liceo cuando mi mamá atendió a Mimi, la monjita que es como mi madre, por así decirlo. Gracias a Dios tengo dos mamás. Y bueno, Mimi le comentó que Nancy estaba internada en el CTI y no se sabía si iba a salir.

B. L.: Ese fue un momento que nos quebró muchísimo, sobre todo a ella. Fue muy duro perder a su madrina, que la recibió en el hogar, fue su primer contacto afectivo.

J. L.: Jeannie, la fisioterapeuta del Cottolengo­, y Nancy fueron las dos que me recibieron. Pero con Nancy tuve mi primer contacto afectivo más allá de mi abuelo. Le digo abuelo al esposo de mi abuela sanguínea. Y bueno, mi abuelo se hizo cargo de mí desde recién nacida hasta los dos años. Me iba a visitar al hogar hasta que un día dejó de ir. Las primeras noches en el Cottolengo, me cuentan las chicas, me sentía sola y dormía con Mimi o con las chicas. Y después a medida que fui creciendo, me fui acostumbrando. Después no tuve pena de estar ahí. Pero igual le agradezco a mi abuelo que por lo menos me dejó en un lugar en el que estaba segura.

Y por las vueltas de la vida, se conocieron cuando Beatriz fue a inspeccionar el hogar.

B. L.: Sí. Después pasó algo que me sorprendió mucho. Al principio, cuando se quedaba una vez por semana en casa, dormía conmigo. Y cuando me dijo que quería venir a vivir conmigo, me dijo: “Quiero que seas mi mamá”. Entonces me propuso que simuláramos que ella salía de mi panza. Se metió debajo de las sábanas y dijo: “Ahora salí de tu panza, levantó la sábana y salió”.

Con ese acto se convertía en tu hija verdadera.

B. L.: Sí, salió de mi panza como mi hija. Tiene tanta imaginación, yo nunca me hubiera imaginado plantearlo así.

Beatriz, ¿cómo cambió tu vida? Porque tenías trabajo que te demandaba muchas horas, un consultorio y de repente esa llamada modificó todo.

B. L.: Adoptar me cambió todo porque la prioridad es Jessica. Entonces, dado el amor que nos brindamos, las cosas se fueron dando y yo fui cambiando mi vida, por supuesto, sin que me pesara. Desde cambiar el auto hasta pensar en mudarme porque antes vivíamos en un apartamento en un piso alto y ella no tenía espacio ni para jugar ni para correr. Ahora estamos en un entorno mejor para ella, con sus amigas, vecinos, podemos bajar con el triciclo. En realidad mi vida cambió por completo pero sin pesar.

Y además tenías que ver qué tratamientos podrían ayudarla en su recuperación. Fueron a Teletón.

J. L.: Sí, el 24 de diciembre de 2010 le dije a mamá que quería que Papá Noel me diera de regalo la posibilidad de ir a la Teletón. Nosotras mirábamos la Teletón, pero en el hogar no tenían­ los recursos económicos para llevarme.

Y entonces tu sueño de ir a la Teletón se cumplió y hubo una mejoría.

B. L.: Sí, pero además tuvo varias operaciones muy importantes.

J. L.: En 2014 me operaron de la rodilla, de la cadera y del pie, que fue una operación conjunta. Esa fue de las más fuertes que he tenido. Después en 2009 me habían operado de los talones para enderezar el pie, porque tengo el pie izquierdo para adentro. Me han operado varias veces y ahora tengo una operación pendiente, pero con todo esto del liceo y los estudios, no quiero atrasarme. El tema de las operaciones es un tema delicado de contar para mí porque cuando iba a la escuela perdí muchas muchas clases. Tuve que repetir años.

Beatriz, ¿qué te enseñó Jessica?

B. L.: Me enseñó muchas cosas y me enseña todos los días. Primero, a tener mucha paciencia. Pero lo mejor de todo es que cuando uno da amor, recibe amor. Y eso es lo más lindo de una relación. Se ve que cuando iniciamos el vínculo, ella sintió que podía confiar en mí, que podíamos tener el afecto que nos tuvimos desde el primer momento. Para mí lo más lindo es el amor que nos tenemos. Me enseñó a confiar y a amar. Y después me enseña que todo se puede. Hay cosas que yo pude hacer en mi vida y otras que no. Pero ella en ese aspecto me superó, porque estoy segura de que ella terminará sabiendo mucho más que yo en la vida.

J. L.: Si tuvieras que decir una cosa sola que yo te enseñé.

B. L.: A tener una sonrisa. Jessica siempre está con una sonrisa y eso es lo bueno. Y bueno, la felicidad de vivir, la felicidad de aceptar las cosas y no darse por vencida, eso me parece muy bueno en ella. Ella ha superado todos los pronósticos médicos y pedagógicos iniciales.

J. L.: Yo siempre le digo que hay que ser positiva ante todo. Te pasa algo malo, pues te pasa una vez. Siempre estoy positiva porque lo traigo naturalmente.

Te animás a todo

B. L.: A veces tengo que frenarla un poco, sobre todo si hay riesgos. Por ejemplo, quería ir a un baile y yo le insisto para que pida que le abran la puerta pero le cuesta pedir, o donde hay una escalera de piedra laja en la que se puede resbalar. En determinados momentos tiene que pedir ayuda.

Sos muy positiva y parece que no existen barreras para vos.

J. L.: Los límites son de uno mismo. Hago todo lo que me planteo, estudiar, salir adelante. En ese sentido, no tengo problema.

Y ¿qué van a hacer el Día de la Madre?

J. L.: Salir en familia… pero no sé qué quiere mi madre para el Día de la Madre. Cantar Luis Miguel, porque a mi madre le encanta.

El Día de la Madre es día de agradecimiento y vos elegiste a una muy buena madre.

J. L.: Ella me eligió a mí y yo la elegí a ella.