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Qué es el mommy brain, cuánto puede durar y qué herramientas existen para sobrellevarlo

Expertas en psicología, psiquiatría y perinatalidad explicaron los cambios neurobiológicos que ocurren en las mujeres desde el momento de la gestación

“¡Un amigo me llegó a decir que en el parto, con la placenta, expulsaría parte de mi cerebro!”, escribe con letras irónicas la periodista ganadora de un premio Pulitzer y escritora estadounidense Katherine Ellison en su libro El cerebro de mamá. La autora se burla de esto y de quienes perciben a las embarazadas y puérperas como seres intelectualmente inferiores. Resalta, sin embargo, que muchas veces son las propias mujeres las que alimentan ese prejuicio cuando cometen un olvido o una distracción y lo achacan a la maternidad.

Sí es cierto que el cerebro se transforma. Es cierto que ocurren cambios, además de físicos, hormonales y neurológicos desde el momento de la gestación. Las mujeres pueden notarse más distraídas, olvidadizas o con dificultad para concentrarse, una serie de síntomas que se nombran en blogs, medios y redes sociales con los términos en inglés mommy brain o baby­ brain (en español: “cerebro de mamá” o “cerebro de bebé”).

Sin embargo, otros autores y expertos en el tema defienden que la capacidad cerebral aumenta, que las madres podrían incluso volverse más inteligentes durante el embarazo y el puerperio. Michael Merzenich, pionero en el estudio del desarrollo cerebral de la Universidad de California en San Francisco, Estados Unidos, afirma que, a nivel neuronal, “tener un hijo implica una revolución”. “Cambia la vida porque presenta desafíos físicos, mentales y mecánicos: tienes que responder a infinidad de desastres a un tiempo. Y como todo reviste una gran importancia, es lógico que sea una época de aprendizaje y de cambios mentales. Pocas cosas harán más por tu cerebro que tener un hijo”, añade Merzenich, según cita Ellison en su libro.

Desde el momento en que nace un bebé, de manera inmediata captura la atención de la madre. También de muchos adultos que se llenan de ternura, que los encuentran hermosos y adorables, que no pueden dejar de mirarlos. A nivel neurológico, se dice que estas características de los bebés están diseñadas para su supervivencia. Su frente grande, sus ojos, sus mejillas. Todo está hecho para capturar la atención del adulto y, sobre todo, de su madre. Y cuando la atención queda secuestrada por esa nueva persona, difícil resulta atender otras cuestiones que no tengan que ver con ella.

Plasticidad adaptativa. Desde lo más primitivo, cualquier ser vivo que engendra otro cambia. Tiene que hacerlo. Muchas mujeres se frustran ante una expectativa, de su entorno o de ellas mismas, de que al parir su cuerpo vuelva rápido a ser el mismo y su mente también. “De pronto es un bebé que nace y pretendemos que la mujer vuelva a su cuerpo y a su estado con un recién nacido que depende de ella, de un día para el otro”, reflexionó Gimena González, psicomotricista, diplomada en Salud Mental Perinatal y cofundadora de Círculo de Maternidades, un espacio de acompañamiento en etapas de embarazo, parto, posparto y puerperio. Estas expectativas llevan a las mujeres a lograr “una capacidad adaptativa en corto tiempo”, que es lo que la psiquiatría y la psicología definen como plasticidad adaptativa.

Para explicar este concepto, Inés Acosta, psiquiatra especializada en primera infancia y perinatalidad (y una de las integrantes de Gestando, un equipo de profesionales especializado en Salud Mental Perinatal) comparó al cerebro humano con un cuenco de arcilla húmedo, que se puede moldear, estirar, adaptar a una nueva forma. Ya desde la gestación, la sustancia gris del cerebro se modifica. Allí es donde surgen los prejuicios en torno al mommy brain y la creencia de que esas modificaciones vuelven a las mujeres menos inteligentes, incluso tontas.

“Si bien las últimas investigaciones han mostrado que hay una reducción de esa sustancia gris, en realidad esto no tiene que ver con una pérdida de funciones, sino todo lo contrario”, aseguró Acosta en diálogo con Galería. “Tiene que ver con un afinamiento de la habilidad de decodificar a ese otro, a ese bebé, de inferir sus estados emocionales para responder de la manera más sensible posible”, añadió.

A la metáfora del cuenco de arcilla puede sumársele otra, la del jardinero. Quien se dedica a las plantas, a veces tiene que podar algunos sectores, algunos tallos, para que florezcan con más fuerza. Del mismo modo, el cerebro de una madre corrige y “poda” algunas zonas para que otras adquieran mayor sensibilidad o trabajen de una forma más específica para las nuevas tareas que surgen en torno a la atención de una nueva vida. “Más que desde la mirada de la pérdida de funciones, creo que está bueno enfocar el tema desde la ganancia y desde una transformación, además de vital, muy maravillosa”, dijo Acosta.

El cerebro de las madres es sabio y es selectivo. Sí puede suceder que las mujeres en esas etapas vitales se sientan distraídas, que tengan olvidos en ciertas cosas. Pero la mayoría recuerda con lujo de detalle cuánto pesaba su bebé en el último control pediátrico, cuándo le dieron las vacunas, a qué hora le toca tomar pecho o la mamadera y cuándo fue la última vez que le cambiaron el pañal. En esas cosas es donde se enfoca su atención durante un período de tiempo.

“¿Qué pretendemos? Que esa mujer vuelva a ser útil para el sistema. Y en realidad esa persona está siendo útil para esa díada madre-hijo, para ese ser humano que depende 100% de un adulto. Si hay algo que tenemos los humanos es que tenemos una exterogestación muy larga y dependemos de un otro durante mucho tiempo para poder sobrevivir”, explicó González.

La cofundadora del Círculo de Maternidades se refirió también a la característica “adaptativa” de esa plasticidad cerebral, lo que hace que el ser humano reaccione de tal o cual manera frente a “cambios abruptos”. “La maternidad se vive como: qué divino, nació, ahora tenés que estar feliz, pero en realidad es un cambio abrupto, que ocurre en horas, y que de pronto ya no sos vos, no tenés tu tiempo, no tenés tu espacio, tenés un ser humano que depende 100% de vos. Y tenés que adaptar tu sueño, tu alimentación, toda tu vida a ese ser humano”, reflexionó. Es entonces cuando las hormonas y las neuronas se adaptan. Todo se reconfigura para que la mujer que acaba de ser madre pueda seguir adelante. 

Nueva identidad. Cuando una mujer es madre, lo es para siempre. Es un nuevo rol, una etapa vital que mantiene lo de “nueva” por poco tiempo y que, aunque va cambiando y sigue generando adaptaciones del cerebro, dura toda la vida. A nivel físico, muchas esperan volver a ser las mismas, volver a tener el cuerpo de antes, y quizás esto sí sea posible. ¿Pero es posible que el cerebro vuelva a ser el de antes de parir o de quedar embarazadas?

“Lo que nos sucede es que nos empezamos a sentir como extrañas, decimos: ‘Esta no soy yo’, ‘yo antes hacía tal cosa y ahora no puedo’. Desde ese lugar nos sentimos diferentes. Y la sociedad a veces no lo entiende o las propias madres tampoco lo entendemos. Ahí vamos a lo más profundo, que es la identidad: ¿quién soy?, ¿soy la que era antes?, ¿soy otra ahora? Y es importante decir: ahora soy mamá, tengo un nuevo rol y eso forma parte de mi identidad. Hay que tenerlo en cuenta”, dijo a Galería Fernanda Leites, psicóloga y cofundadora, junto con González­, del Círculo de Maternidades.

No existe un consenso sobre cuánto puede durar el mommy brain. Algunos artículos sobre el tema hablan de unos meses posparto, otros de un año y otros de hasta dos. Acosta dijo que “todavía se está demostrando, pero se sabe que, si bien algunos aspectos de estas transformaciones cerebrales de a poquito vuelven a su situación original, muchos de estos cambios perduran por mucho tiempo. Incluso se cree que muchos de ellos son para siempre”.

Una vez más: el rol de madre dura para toda la vida. Y el cerebro continúa adaptándose a las necesidades de ese hijo. Es que no requiere lo mismo un recién nacido que un bebé de un año, un niño de cinco o un adolescente. “Nos vamos transformando con ellos en cada etapa. Es muy distinto a cómo era la mujer antes. No sé si volvemos a ser las mismas”, dijo Leites.

Pero, además: ¿con qué vara mide una mujer si vuelve a ser la misma o no? A veces, las fundadoras del Círculo de Maternidades preguntan a las madres qué es lo que esperan de “volver a ser la misma”. Las respuestas que más se repiten tienen que ver con recuperar su carrera universitaria o profesional, rendir en el trabajo, retomar determinada actividad. Esas respuestas están todas relacionadas con factores externos, que nada tienen que ver con capacidades cerebrales, ni con las neuronas ni con las hormonas.  

“Lo que pasa es que tal vez quiero ser la que soy hoy, pero seguir funcionando en esos espacios, no volver a ser la que era antes. A veces quiero cambiar un poco la mirada, seguir perteneciendo, no dejar la carrera, no modificar mi situación laboral y todo lo que eso implica. Nos negamos a abrazar la que somos hoy y seguimos añorando quienes éramos antes cuando, en realidad, no podemos desandar el camino”, reflexionó González. Como contrapartida, agregó que las madres sí pueden alcanzar sus metas y “reestructurarse” para llegar a donde quieren siendo madres. Salvando las diferencias, la diplomada en Salud Mental Perinatal dijo que ocurre algo similar con la pérdida de un ser querido. Se trata de algo irreversible, pero las personas aprenden a vivir con su nueva realidad, a ser una nueva versión de sí mismas.

Matrescencia. En la actualidad, muchos psicólogos y psiquiatras retoman un concepto que surgió en los años 70 y que comparaba a la maternidad con la adolescencia. Se llama matrescencia­ y relaciona las transformaciones que ocurren en el cerebro de los niños al convertirse en adolescentes con las que ocurren en el cerebro de las mujeres al convertirse en madres.

“Se ha visto que hay muchísimos cambios que son parecidos, lo cual es esperable, porque estamos hablando de una crisis evolutiva, una crisis del desarrollo. Y eso requiere poner en marcha nuevas habilidades, nuevos aprendizajes”, explicó Acosta. “Nadie cree que un adolescente pierde capacidades. Capaz que está menos flexible que antes, pero todo eso es para adquirir nuevas funciones que le permitan adaptarse a la vida adulta. Y en la maternidad sucede algo muy parecido; estas transformaciones tienen el fin de adaptarse a las demandas físicas y emocionales de un recién nacido”, agregó.

Pero hay una diferencia significativa entre estas dos crisis vitales: la adolescencia es un proceso paulatino, que dura varios años. La maternidad es un cambio abrupto, para el que la mujer se prepara durante solo nueve meses (a veces incluso menos).

Herramientas. Tsunamis, torbellinos, huracanes, remolinos. Por su dimensión, se tiende a comparar los cambios que trae aparejados la maternidad con desastres naturales. Aunque de nada sirve ser alarmistas o seguir cargando a esta etapa vital de términos negativos. Hay varias estrategias o herramientas con las que las mujeres pueden contar para sobrellevar el popular mommy brain y no sentirse en una situación de pérdida de capacidades, memoria o hasta identidad.

El sueño y el buen descanso son un aspecto fundamental, aunque a veces difícil de controlar en las madres. Pero, dentro de lo posible, Acosta recomendó ponerle atención y cuidarlo. Para ello es fundamental pedir ayuda, tender “redes de apoyo”. Contar con una pareja en la crianza, o con otra madre, un grupo terapéutico o lo que a cada una le sirva. Pedir ayuda en la logística, en lo material, pero también en lo emocional y psicológico, expresarse, hablar.

“Después, todo lo que tiene que ver con la gestión de las preocupaciones, como técnicas de relajación, entre otras. Todo lo que nos pueda hacer bajar el estrés para mejorar la capacidad atencional”, añadió la psiquiatra de Gestando­. También, tratar de librarse de culpas y estigmas. Elegir solo aquellas voces y opiniones que aportan y que hacen sentir mejor a las madres, y dejar de lado las que generan el efecto contrario.

Una de las frases que más repiten las fundadoras del Círculo de Maternidades es “juntas es mejor”. González y Leites coinciden en la importancia de tener con quién hablar, ya sean pares, otras madres, amigos o miembros de la familia que tengan una mirada empática. Y también evaluar la posibilidad de asistir a terapia, ya sea de forma individual o en grupo.

“El relacionarse con otra mujer que esté en esta etapa nos ayuda también a visibilizar y sobrellevar las cosas. Hacerlo en tribu nos ayuda también a escuchar a la otra, a hacer contacto. Damos fe de que cuando se juntan mamás y una cuenta algo, se arma como una especie de efecto dominó, es automático. Porque lo vivimos, porque nos pasó por el cuerpo, no es solo algo que nos contaron, nos atraviesa”, dijo González.