Para explicar este concepto, Inés Acosta, psiquiatra especializada en
primera infancia y perinatalidad (y una de las integrantes de Gestando, un
equipo de profesionales especializado en Salud Mental Perinatal) comparó al
cerebro humano con un cuenco de arcilla húmedo, que se puede moldear, estirar,
adaptar a una nueva forma. Ya desde la gestación, la sustancia gris del cerebro
se modifica. Allí es donde surgen los prejuicios en torno al mommy brain
y la creencia de que esas modificaciones vuelven a las mujeres menos
inteligentes, incluso tontas.
“Si bien las últimas investigaciones han mostrado que hay una reducción
de esa sustancia gris, en realidad esto no tiene que ver con una pérdida de
funciones, sino todo lo contrario”, aseguró Acosta en diálogo con Galería.
“Tiene que ver con un afinamiento de la habilidad de decodificar a ese otro, a
ese bebé, de inferir sus estados emocionales para responder de la manera más
sensible posible”, añadió.
A la metáfora del cuenco de arcilla puede sumársele otra, la del
jardinero. Quien se dedica a las plantas, a veces tiene que podar algunos
sectores, algunos tallos, para que florezcan con más fuerza. Del mismo modo, el
cerebro de una madre corrige y “poda” algunas zonas para que otras adquieran
mayor sensibilidad o trabajen de una forma más específica para las nuevas
tareas que surgen en torno a la atención de una nueva vida. “Más que desde la
mirada de la pérdida de funciones, creo que está bueno enfocar el tema desde la
ganancia y desde una transformación, además de vital, muy maravillosa”, dijo
Acosta.
El cerebro de las madres es sabio y es selectivo. Sí puede suceder que
las mujeres en esas etapas vitales se sientan distraídas, que tengan olvidos en
ciertas cosas. Pero la mayoría recuerda con lujo de detalle cuánto pesaba su
bebé en el último control pediátrico, cuándo le dieron las vacunas, a qué hora
le toca tomar pecho o la mamadera y cuándo fue la última vez que le cambiaron
el pañal. En esas cosas es donde se enfoca su atención durante un período de
tiempo.
“¿Qué pretendemos? Que esa mujer vuelva a ser útil para el sistema. Y en
realidad esa persona está siendo útil para esa díada madre-hijo, para ese ser
humano que depende 100% de un adulto. Si hay algo que tenemos los humanos es
que tenemos una exterogestación muy larga y dependemos de un otro durante mucho
tiempo para poder sobrevivir”, explicó González.
La cofundadora del Círculo de Maternidades se refirió también a la
característica “adaptativa” de esa plasticidad cerebral, lo que hace que el ser
humano reaccione de tal o cual manera frente a “cambios abruptos”. “La
maternidad se vive como: qué divino, nació, ahora tenés que estar feliz, pero
en realidad es un cambio abrupto, que ocurre en horas, y que de pronto ya no
sos vos, no tenés tu tiempo, no tenés tu espacio, tenés un ser humano que
depende 100% de vos. Y tenés que adaptar tu sueño, tu alimentación, toda tu
vida a ese ser humano”, reflexionó. Es entonces cuando las hormonas y las
neuronas se adaptan. Todo se reconfigura para que la mujer que acaba de ser
madre pueda seguir adelante.
Nueva
identidad. Cuando una mujer es madre, lo es para siempre. Es un nuevo rol, una etapa
vital que mantiene lo de “nueva” por poco tiempo y que, aunque va cambiando y
sigue generando adaptaciones del cerebro, dura toda la vida. A nivel físico,
muchas esperan volver a ser las mismas, volver a tener el cuerpo de antes, y
quizás esto sí sea posible. ¿Pero es posible que el cerebro vuelva a ser el de
antes de parir o de quedar embarazadas?
“Lo que nos sucede es que nos empezamos a sentir como extrañas, decimos:
‘Esta no soy yo’, ‘yo antes hacía tal cosa y ahora no puedo’. Desde ese lugar
nos sentimos diferentes. Y la sociedad a veces no lo entiende o las propias
madres tampoco lo entendemos. Ahí vamos a lo más profundo, que es la identidad:
¿quién soy?, ¿soy la que era antes?, ¿soy otra ahora? Y es importante decir:
ahora soy mamá, tengo un nuevo rol y eso forma parte de mi identidad. Hay que
tenerlo en cuenta”, dijo a Galería Fernanda Leites, psicóloga y
cofundadora, junto con González, del Círculo de Maternidades.
No existe un consenso sobre cuánto puede durar el mommy brain.
Algunos artículos sobre el tema hablan de unos meses posparto, otros de un año
y otros de hasta dos. Acosta dijo que “todavía se está demostrando, pero se
sabe que, si bien algunos aspectos de estas transformaciones cerebrales de a
poquito vuelven a su situación original, muchos de estos cambios perduran por
mucho tiempo. Incluso se cree que muchos de ellos son para siempre”.
Una vez más: el rol de madre dura para toda la vida. Y el cerebro
continúa adaptándose a las necesidades de ese hijo. Es que no requiere lo mismo
un recién nacido que un bebé de un año, un niño de cinco o un adolescente. “Nos
vamos transformando con ellos en cada etapa. Es muy distinto a cómo era la
mujer antes. No sé si volvemos a ser las mismas”, dijo Leites.
Pero, además: ¿con qué vara mide una mujer si vuelve a ser la misma o no?
A veces, las fundadoras del Círculo de Maternidades preguntan a las madres qué
es lo que esperan de “volver a ser la misma”. Las respuestas que más se repiten
tienen que ver con recuperar su carrera universitaria o profesional, rendir en
el trabajo, retomar determinada actividad. Esas respuestas están todas
relacionadas con factores externos, que nada tienen que ver con capacidades
cerebrales, ni con las neuronas ni con las hormonas.
“Lo que pasa es que tal vez quiero ser la que soy hoy, pero seguir
funcionando en esos espacios, no volver a ser la que era antes. A veces quiero
cambiar un poco la mirada, seguir perteneciendo, no dejar la carrera, no
modificar mi situación laboral y todo lo que eso implica. Nos negamos a abrazar
la que somos hoy y seguimos añorando quienes éramos antes cuando, en realidad,
no podemos desandar el camino”, reflexionó González. Como contrapartida, agregó
que las madres sí pueden alcanzar sus metas y “reestructurarse” para llegar a
donde quieren siendo madres. Salvando las diferencias, la diplomada en Salud
Mental Perinatal dijo que ocurre algo similar con la pérdida de un ser querido.
Se trata de algo irreversible, pero las personas aprenden a vivir con su nueva
realidad, a ser una nueva versión de sí mismas.
Matrescencia.
En la actualidad, muchos psicólogos y psiquiatras retoman un concepto que
surgió en los años 70 y que comparaba a la maternidad con la adolescencia. Se
llama matrescencia y relaciona las transformaciones que ocurren en el
cerebro de los niños al convertirse en adolescentes con las que ocurren en el
cerebro de las mujeres al convertirse en madres.
“Se ha visto
que hay muchísimos cambios que son parecidos, lo cual es esperable, porque
estamos hablando de una crisis evolutiva, una crisis del desarrollo. Y eso
requiere poner en marcha nuevas habilidades, nuevos aprendizajes”, explicó
Acosta. “Nadie cree que un adolescente pierde capacidades. Capaz que está menos
flexible que antes, pero todo eso es para adquirir nuevas funciones que le
permitan adaptarse a la vida adulta. Y en la maternidad sucede algo muy
parecido; estas transformaciones tienen el fin de adaptarse a las demandas
físicas y emocionales de un recién nacido”, agregó.
Pero hay una diferencia significativa entre estas dos crisis vitales: la
adolescencia es un proceso paulatino, que dura varios años. La maternidad es un
cambio abrupto, para el que la mujer se prepara durante solo nueve meses (a
veces incluso menos).
Herramientas.
Tsunamis, torbellinos, huracanes, remolinos. Por su dimensión, se tiende
a comparar los cambios que trae aparejados la maternidad con desastres
naturales. Aunque de nada sirve ser alarmistas o seguir cargando a esta etapa
vital de términos negativos. Hay varias estrategias o herramientas con las que
las mujeres pueden contar para sobrellevar el popular mommy brain y no
sentirse en una situación de pérdida de capacidades, memoria o hasta identidad.
El sueño y el buen descanso son un aspecto fundamental, aunque a veces
difícil de controlar en las madres. Pero, dentro de lo posible, Acosta
recomendó ponerle atención y cuidarlo. Para ello es fundamental pedir ayuda,
tender “redes de apoyo”. Contar con una pareja en la crianza, o con otra madre,
un grupo terapéutico o lo que a cada una le sirva. Pedir ayuda en la logística,
en lo material, pero también en lo emocional y psicológico, expresarse, hablar.
“Después, todo lo que tiene que ver con la gestión de las preocupaciones,
como técnicas de relajación, entre otras. Todo lo que nos pueda hacer bajar el
estrés para mejorar la capacidad atencional”, añadió la psiquiatra de
Gestando. También, tratar de librarse de culpas y estigmas. Elegir solo
aquellas voces y opiniones que aportan y que hacen sentir mejor a las madres, y
dejar de lado las que generan el efecto contrario.
Una de las frases que más repiten las fundadoras del Círculo de
Maternidades es “juntas es mejor”. González y Leites coinciden en la
importancia de tener con quién hablar, ya sean pares, otras madres, amigos o
miembros de la familia que tengan una mirada empática. Y también evaluar la
posibilidad de asistir a terapia, ya sea de forma individual o en grupo.
“El relacionarse con otra mujer que esté en esta etapa nos ayuda también
a visibilizar y sobrellevar las cosas. Hacerlo en tribu nos ayuda también a
escuchar a la otra, a hacer contacto. Damos fe de que cuando se juntan mamás y
una cuenta algo, se arma como una especie de efecto dominó, es automático.
Porque lo vivimos, porque nos pasó por el cuerpo, no es solo algo que nos
contaron, nos atraviesa”, dijo González.