Relatos de madres que acompañaron a sus hijos hacia la realización

Reflexiones sobre maternidad, el significado de estar presentes y los errores que aparecen con el tiempo

Todas las madres piensan que su hijo es el mejor, por lo que si se tomara por cierto que siempre llevan la razón, la sociedad estaría plagada de superhijos. La forma más irrebatible de conocer a una persona es retrotraerse a su infancia, y qué mejor que el relato de una madre para ir a esa etapa tan ingenua y despreocupada pero significativa de la vida.

Así como los logros de una persona no necesariamente son el resultado del trabajo de su madre, tampoco ellas definen su valor por el éxito de sus hijos.

Nueve madres de diferentes uruguayos destacados en sus áreas comparten cuál fue su experiencia a través de anécdotas y reflexiones que desnudan la matriz de figuras como la vicepresidenta de la República, Beatriz Argimón; la licenciada en Bioquímica y premio L’Oréal por las Mujeres en la Ciencia 2020, Victoria Calzada; la comunicadora Patricia Madrid; la primera bailarina del Sodre, Rosina Gil; la emprendedora y fundadora de Vopero, Maggie Ferber; la creadora de contenido Lucía Magliano; el pintor y emprendedor inmobiliario Rodrigo Zorrilla de San Martín; el vocalista de No Te Va Gustar (NTVG), Emiliano Brancciari, y el futbolista Andrés Scotti.

Nunca depender de un hombre (María Esther Cedeira, mamá de Beatriz Argimón, vicepresidenta de la República)

Chichita, junto a sus hijas Estela y Beatriz.Chichita, junto a sus hijas Estela y Beatriz.

Las madres que tuvieron que quedarse en casa después de casadas y remitirse “a hablar de pañales, comida y el hogar”, son las que más se rebuscan para enseñarles a sus hijas que “no pueden depender de un hombre para comprarse un calzón”.

María Esther Cedeira, más conocida como Chichita, hoy es una bisabuela muy lúcida de 90 años que en su momento supo “padecer” a sus dos hijas: Estela y Beatriz. A esta última siempre le gustó llamar la atención, y cuando estaban mirando la tele, ella se ponía delante a cantar y bailar. Si bien Beatriz era una niña muy aplicada, Chichita recuerda las “grandes agarradas” que tenía con un profesor de historia. Ella blanca y él colorado, se podían pasar horas discutiendo. Ella misma (la madre) ya había tenido problemas con una maestra, en un año tan crítico como 1973, en el que el padre de Beatriz se había quedado sin trabajo y ella había tenido que empezar a tejer para sostener la casa. “No era la época en que las madres íbamos a pegarle, a las maestras”, pero Chichita dejaba las cosas claras: “Política a mi hija, no. Ellas van a elegir lo que quieran, no la que le vayamos a inculcar nosotros ni ustedes”. Si hay algo que la caracterizaba, dicho por sus propias hijas, es su, aunque dulce, rigurosidad; la misma que mantuvo tan cómplices a las hermanas en su infancia.

Lo de no hablar de política —al menos hasta que “la chiflada esta” empezara— no era una cuestión de tabúes, sino, de permitirles tener el espacio para pensar y desarrollar un espíritu crítico. Beatriz nunca la sentó para contarle a qué quería dedicarse, Chichita ya lo sabía y todo iba a estar bien siempre y cuando estudiara.

Hoy Beatriz es vicepresidenta de la República. “A veces me felicitan por eso y yo digo que es todo mérito suyo”, dice Chichita, “porque yo no solo no me meto sino que si fuera por mí, no estaba metida ella tampoco”, contó a Galería. “Yo me felicito por haberles dado una educación”.

Chichita sufre el éxito de su hija, pero aunque no quiere que se exponga ni que la “relajen” —por eso dejó de ver los informativos—, está muy orgullosa de hasta dónde llegó. Nunca le puso ningún freno. “Solo una vez”, cuando en un paro de estudiantes Beatriz le dijo que se iba a quedar a pasar la noche en la institución. “Te doy hasta las nueve. Vos sabés que yo no preciso a la policía, entro y te saco de los pelos”.

De todos los errores que podía cometer, cometió el más imperdonable de todos: era la única hincha de Nacional en una familia de Peñarol. Por lo demás, la madre se siente tranquila, piensa que hizo las cosas bien al ver que sus hijas no dependen de nadie.

Foto: Adrián Echeverriaga Foto: Adrián Echeverriaga

No llevarle la contra a los genes (María Inés Guichón, madre de Rodrigo Zorrilla, pintor)

María Inés junto a Mirlo Zorrilla.María Inés junto a Mirlo Zorrilla.

“Mi hijo me dio una cantidad enorme de satisfacciones en la vida”, dice María Inés Guichón, madre del pintor y fundador de la inversora inmobiliaria Gómez Zorrilla, Rodrigo Zorrilla de San Martín, más familiarmente conocido como Mirlo.

Se acuerda cuando lo bañaba de pequeño junto a sus hermanos y los iba sentando delante de la estufa de leña para que se secaran. Con cinco años, mientras esperaba que bañaran a los otros dos, Mirlo ya agarraba algunas maderas y jugaba a armar “macaquitos de todo tipo”. “Nació con los genes artísticos de los Zorrilla”; Juan, el escritor, era su tatarabuelo.

Su abuela arrendaba campos y con el dinero que hacía compraba cuadros. Siempre les enseñó a sus hijos y nietos a apreciar “la buena pintura” y Mirlo tendría 14 años cuando decidió que eso era lo suyo. Pero primero lo primero para su madre: terminar el liceo. Era bastante disperso, pero Inés lo encaminó sin dejar nunca de estimular sus “aspiraciones más artísticas”: “nunca le faltaron pinceles”.

Si bien una madre pasa por muchas dudas, a veces le toca poner las cosas “en manos de Dios”, porque “los seres humanos llegamos hasta cierto punto”. Sin embargo, a pesar de las inseguridades, darle la libertad a su hijo para desarrollarse era lo principal, y hasta el día de hoy Mirlo agradece que en su familia lo ayudaran a ver el arte como una posibilidad.

Foto: Sofía Torres Foto: Sofía Torres

Lo más deseado por dos personas (Aída Martínez, madre de Patricia Madrid, periodista)

Aída y Patricia.Aída y Patricia.

La vida supo ser dura para Aída Martínez. Cuando se casó, quería tener hijos, pero no podía. En los años 80 asumir incapacidades biológicas era un tema complejo, y el mandato era real: si una mujer no conseguía quedar embarazada, “no servía”. “Siempre le echan el achaque a ella, hasta que después de que te revientan toda, resulta que el que no servía era el hombre. Lo viví con mi marido”, contó Aída a Galería.

Al principio su suegra le decía que no quedaba embarazada porque “era loca”. Y cuando Aída se paró desde el lugar más transgresor y decidió adoptar, decían que ese niño o niña no iba a ser el hijo de su hijo. Después de cuatro años de espera, llegó Patricia y “estaban estúpidos con ella”. Sería su primera y única hija, pero por más deseada que fuera, eso no lo haría más fácil. “Aunque me la dieron y ya la quise, cuando adoptás, los nervios existen. No sabés con lo que te vas a encontrar porque no conocés la ascendencia, qué enfermedades…”. Madre primeriza y adoptiva, llegó a pesar 47 kilos de lo mucho que se obsesionó con la beba se mantuviera viva. “Me despertaba y la iba a ver si estaba respirando”, después se me pasó. En los primeros meses, con toda la dedicación del mundo, Aída le colocaba un relojito en la cuna para simular los latidos del corazón de su madre.

Siempre quiso una hija para darle mucho cariño y malenseñarla, “que para amarguras ya iba a tener tiempo en la vida”. “Jamás se quedó con nadie, siempre íbamos de arriba para abajo con la petisa abajo del brazo”. Patricia, entonces, fue muy apegada a sus padres, al punto de no dejar el país para perseguir la fantasía de ser geóloga.

Su madre la recuerda como una niña “superviva”, dinámica, graciosa y con mucho carácter. Eso sí, tenía un ángel especial.

Nunca tuvo que sentarse a explicarle nada de la escuela. “Yo sé sola”, le decía. Sabía muy bien que la niña iba a terminar dedicándose a las letras; primero, porque con las matemáticas “se llevaba horrible”, y segundo, porque ella también escribía. Cuando su hija le contó que quería ser periodista, Aída no esperaba otra cosa: “Si es una lora parlanchina”.

Juega el papel de ser su mayor crítica, y aunque le encante la forma de ser de su hija, “a veces le tengo que decir que se le patinó el embrague”. Una de las mayores satisfacciones de Aída es ver que su hija hoy tiene muchos amigos: “Eso es por lo buena persona que es”. Cuando era adolescente, todos sus compañeros iban a su casa a hacer bailes. El jardín tenía arboles frutales, entonces arrancaban las ciruelas y limones y hacían guerrilla con la fruta.

Ahora bien, ser lo más deseado por dos personas tiene su contrapartida. Desde muy chica “te están empoderando tanto, tenés el ego tan elevado que pensás que todo lo que hagas va a estar bien, porque casi siempre todo estaba bien”, contó Patricia a Galería, sorprendiendo hasta a su madre. Después, “la vida te va dando porrazos de todo tipo y color”. Acostumbrada a ser “la especial”, ¿qué pasa cuando cambian las reglas del juego? Patricia considera que había momentos donde sus padres podrían haberla “bajado” un poco más, pero para Aída, “era imposible”. La amaban demasiado y para su madre eso no podía ser ningún error.

Ella ve la maternidad como una bendición y considera que todos pueden lograrla, solo que hay que dejar de pensar en ella como “una mujer embarazada” y verlo también a través de la adopción. Ambas siempre trataron el tema con total naturalidad. Patricia desde muy pequeña escuchaba aquello de ser una “hija del corazón”, y aunque al principio pensaba que había embarazos “de panza” y otros que se daban entre aurículas y ventrículos, que se haya dado de esa forma tan poco “secreta” lo agradece siempre.

Lo único que Aída tiene para reclamarle a su hija es lo que reclaman muchas madres: el nieto. “Mi hermana tiene no sé cuántos nietos, un montón, ¿y yo? ¡No tengo ninguno! Me voy a ir a la quinta del ñato y nadie me va a poder comunicar en el infierno si ya nació”. Pero muy a pesar de las bromas de su madre, la maternidad no se trata de un mandato familiar. Aun así es un proyecto en la vida de Patricia, y hay dos cosas de Aída que también va a tener esta madre: el gusto por dar mimos —a las dos les encantan los besos y los abrazos— y las ganas de transgredir lo establecido. Todavía tiene guardado el relojito que le dejaba su mamá en la cuna.

Foto: Adrián Echeverriaga Foto: Adrián Echeverriaga

Estaba cantado (Vilma Amarilla, madre de Emiliano Brancciari, músico)

Vilma con sus dos hijos, Emiliano y Cynthia.Vilma con sus dos hijos, Emiliano y Cynthia.

La maternidad temprana había sido muy deseada por Vilma Amarilla. La primera en llegar a su vida fue Cynthia, a sus 20 años, y tres años después apareció Emiliano. La suya era una familia de raíces italianas, donde las reuniones siempre eran multitudinarias y “bochincheras”. Nadie se lo inculcó, simplemente “hay muchas cosas que se transmiten sin que te lo propongas”, contó a Galería.

“Un día Emi me dijo: Enseñame los tonos”. Tendría siete u ocho años. Ella le mostró unos pocos acordes y él siguió solo. Por un lado, su madre le fomentaba que se dedicara a lo musical, pero por otro quería “que se forjara un futuro”. No era tan fácil como desearlo; su hijo se paseaba de una facultad a otra mientras lo que le gustaba estaba ahí, en las guitarreadas en familia y con su “bandita” del liceo N° 10, que se convirtió en la médula de NTVG.

A sus 18 años le robaron la guitarra, y como su madre no estaba en condiciones de comprarle otra, se enojó y volvió a Buenos Aires con su padre. Fue “una anécdota más de la vida” para Vilma, quien esperó pacientemente el momento en que su hijo la llamara para decirle que la extrañaba y, con total apertura, lo invitó a que volviera a casa cuando quisiera.

“Muchas veces lo extraño. Tiene una gira detrás de la otra, ¿cuando para? Me afecta porque (la familia) son cosas que se pierden por el tipo de trabajo que tiene”. Sin embargo, Vilma conoce perfectamente cuál es el lugar que ocupa, por lo que se limita a dejarle bien claro que “los mimos de la madre” y “una comida que le guste” nunca le van a faltar.

Prefiere quedarse con lo mucho que disfruta que la feliciten, aunque entiende que los logros de su hijo son exactamente eso: de su hijo. Ellos no son propiedad de la madre, ni de la casa, sino “de la vida”: “Entonces hay que darles alas”. Y eso tiene recompensa: NTVG estrenó en la Sala Zitarrosa el disco donde salió La única voz, la canción que Emiliano dedicó a su madre. “Mi papá se puso traje para ir a verlo. Fue muy emotivo porque la gente pasaba, te apretaban el hombro, mamá lloraba…”, recuerda Vilma. Cada vez que lo escucha reafirma que su hijo en realidad sí tiene un título, se había recibido de poeta.

Foto: Lucía Durán Foto: Lucía Durán

Compartir en la maternidad (Cecilia Ponce de León, madre de Andrés Scotti, exjugador de la selección de fútbol)

Los hermanos Scotti.Los hermanos Scotti.

Cecilia Ponce de León creció con 10 hermanos y juraba que en un futuro iba a tener 15 hijos. Pero tuvo que detenerse al quinto, porque sufrió grandes problemas de anemia; desde el primer embarazo ya arrastraba una endometriosis “brutal” por la que tuvieron que extirparle el útero. “Los médicos no se explicaban cómo había quedado embarazada más veces”, contó a Galería.

Dice que fue más fácil criar a cinco que a un solo hijo, porque “la gente con uno solo agarra mucha más aprehensión”. Ella piensa que se debe a que las generaciones de ahora esperan a ser madres después de los 30, lo que las hace mucho más temerosas . “Yo a los 22 años ya era madre, en una etapa más inconsciente”. Así fue que escuchó más de una vez que “había sido formada” para criar niños: “Para mí, no; una es madre cuando le toca y todas aprendemos sobre la marcha”.

La maternidad para Cecilia fue muy compartida. Ella y sus hijos tenían “una orgullosa vida de barrio” y hoy lamenta que sus nietos, limitados por “la reja”, no la tengan. Mientras a algunas madres les cuesta confiar en terceros a la hora de cuidar de sus hijos, “con cinco tenías que hacerlo sí o sí”. Cecilia siempre sintió y agradeció el apoyo de la familia y los vecinos ante las dificultades económicas y la ausencia del padre.

Andrés y su hermano Diego empezaron muy temprano con el baby fútbol, a los siete u ocho años. Un día apareció el primer contratista, que invitó a Cecilia a firmar por ellos mencionando la cantidad de dólares que podría llegar a ganar. “Qué dólar ni qué dólar, a esa edad se iban a formar”.

Pero la gran incertidumbre siempre era la misma: la parte económica. Las veces que salía a buscar trabajo la rechazaban por la cantidad de hijos que tenía, y eran sus hermanos los que “no dejaban que faltara nunca nada”. Hoy se siente plena de ver a sus hijos tan unidos como lo era ella con sus hermanos, y además, “son unos padrazos”. “Están todos separados pero mantienen una buena relación con la otra parte, y viste que para el manejo de los hijos eso es fundamental, y yo no la tuve”.

A los dos varones los acompañó “todo lo que pudo”, porque aunque ellos tenían la actitud para llevar su vocación adelante, “es muy difícil soltarlos en el fútbol”: “Siempre hay temores con ese rubro, uno escucha cosas… No los podés alejar de algo que les gusta, pero tampoco los podés dejar solos”. Cecilia les enseñó a no firmar nada sin leer, sacar fotocopia de todos sus papeles, y el alma le volvía al cuerpo cuando veía que se rodeaban de “gente buena” y otros jugadores que tenían una familia igual que ellos.

Con un hijo que puso a la selección entre los cuatro mejores del mundo, lo más difícil en su maternidad fue mantenerse fuerte ante el reclamo de sus hijas: “Me decían que me dedicaba más a ellos”. Por eso, cada vez que Andrés volvía a casa y “se juntaba un pueblo” lo primero que Cecilia pedía era un aplauso para las mujeres que lo acompañaban, porque “no es para cualquiera”.

Cecilia y Andrés. Foto: Sofía Torres Cecilia y Andrés. Foto: Sofía Torres

Compañerísimas (Luján Banchero, madre de Rosina Gil, primera bailarina del Sodre)

Luján y Rosina.Luján y Rosina.

Luján Banchero tiene 62 años y es ingeniera agrónoma. Fue madre muy joven, a sus 23, y aunque estuviera entre sus proyectos serlo, contó que a esa edad todavía no estaba planificado. Sin embargo, desde antes de nacida había cosas que ya la unían a Rosina casi sin saberlo. Uno de sus primeros trabajos fue dentro de la dirección de espectáculos del mismo Sodre, donde años más tarde su hija estrenaría Sueños de una noche de verano.

En esa esquina de Mercedes y Andes también fue donde Luján le contó a una de sus “más amigas” que estaba embarazada. En ese momento seguía en la facultad, y aún siendo mamá, terminó la carrera, siempre apoyándose en su propia madre.

De pequeña a Rosina le gustaba mucho bailar, y su madre empezaba a ver la vocación en ella. Sin dudarlo la anotó en una escuela de expresión corporal, y dio la casualidad —otra casualidad— de que esa academia era de una bailarina del Sodre. Fue allí donde una profesora le aconsejó llevarla a una escuela de danza porque “tenía condiciones” para el ballet.

Para el día de las audiciones había más de 500 niñas inscriptas y, cuando llegaron al edificio, ya había algunas llorando por no haber quedado entre las 25 elegidas. Las llamaban de a 10 y muchas veces no quedaba ninguna. “Me entraron unos nervios. Pensaba: ¿para qué la traje?”, contó a Galería. Pero Rosina sí quedó, y lo celebraron con bizcochos.

Con el tiempo, llegaron las primeras calificaciones, y era un mundo tan exigente que también festejaban con margaritas si su hija pasaba del regular al BR. “No se podían creer (las notas), no era para nada motivador”. El problema era que se usaba la misma escala que en la primaria, donde a Rosina le iba “precioso”.

Con ese panorama, hacerse a la idea de que su hija quería dedicarse a fondo al ballet no fue nada fácil. Hubo profesoras que le pedían adelgazar delante de toda la clase, con 10 años y siendo de “complexión delgada”. “Era horrible. Yo no la iba a poner a régimen”, sentenció la madre, que, enojada entre las notas y los métodos, la quería sacar de la escuela de danza. Pero Rosina lloraba por quedarse.

De las 25 que entraron, a fin de año solo quedaban 12.

“Como madre te preguntás por qué tiene que sufrir todo eso a su edad. Lo lógico es que pases por esas situaciones cuando empezás a trabajar, y no con 6, 7 u 8 años”. Luján todavía recuerda el día en que, espantada, conoció la zapatilla de punta.

Fue todo un sacrificio durante más de seis años llevando y pasando a buscar a Rosina a la escuela de danza todos los días. Su hija la destaca, porque “no es nada común que una madre de bailarina sea así de crítica”, y considera que fue justamente eso lo que la hizo ser diferente.

A los 14 años Rosina empezó a viajar y pasó 14 años afuera (primero fue a Paraguay y después a España, Río de Janeiro y Estados Unidos), y llegó un punto donde Luján ya no podía seguir preocupándose: “Tenía que confiar”. Rosina se estaba buscando un lugar dentro del ballet nacional y del mundo. Luján entendía que su rol, a pesar de los miedos y las dudas, era “dejarla ir”.

Foto: Lucía Durán Foto: Lucía Durán

No solamente una vocación en común (Estela Falcón, madre de Victoria Calzada, licenciada en Bioquímica, ganadora del premio L’Oréal)

Estela y Victoria cumpliendo años.Estela y Victoria cumpliendo años.

Estela Falcón es profesora de Química, pero soñaba con dedicarse a la investigación en bioquímica, como lo hace hoy su hija Victoria. Sin embargo, dice no haber tenido nada que ver en esa decisión. La licenciatura no existía cuando ella tuvo que elegir qué estudiar, y si bien, cuando apareció en 1997, se dio la oportunidad de probarla, no la terminó. Allí fue cuando Victoria, con 11 años, conoció que existía una Facultad de Ciencias.

De niña no se cayó nunca hasta los cinco años, mientras su hermano, que era “una topadora”, se caía todos los días. Tenía esa fibra de observadora que “le tiraba desde muy chiquitita”: se trepaba a todos los árboles, pero con mucho cuidado de dónde apoyaba el pie, y en el patio de la casa de sus abuelos, se entretenía viendo a los sapos dentro de sus madrigueras. “Les tiraba agüita para que salieran y se pasaba horas jugando”. Con todo eso, Estela supo que su hija era una investigadora nata, aunque mirando la televisión se le ocurriera “ser de todo”, hasta presidenta. “Le gustaba cantar, pobrecita”, pero como su madre no era complaciente, se encargó de hacerle ver lo mucho que desafinaba. “Fue uno de mis grandes errores, nunca pudo ser buena cantante por mandato de la madre que se pasó diciéndole que cantaba mal toda la vida”, bromeó.

De adolescente, si tenía dudas sobre sexualidad, acudía al ginecólogo y no a su madre. Era una mezcla de pudor con querer averiguar las cosas por su cuenta. Estela no iba a decir que eso no le preocupaba, pero su hija siempre lo resolvía. En definitiva, era lo que le había transmitido: a valerse.

La madre trabajaba mucho y pasaba muchas horas fuera de casa. “Ahora la veo a ella que trabaja todo el día y digo: eso es mío. Ahí es donde ves cuando educás con hechos y no con palabras”.

En el liceo Victoria no se destacaba por las notas, según su madre, porque estudiaba lo mínimo y era difícil incentivarla. Un día llegó a casa “contentísima” porque había sacado un 6 en un escrito de Matemáticas sin estudiar. A Estela la vena de madre y docente le estalló: “El escrito entero vale 12, si sacaste 6, tenés la mitad mal. Y si no tenés dificultad en la materia, eso es una mediocridad”. La palabra mediocre fue como una puñalada en el pecho para la hija.

Un día Estela volvió a casa con un libro de ejercicios de matemática para estimular “niños más grandecitos”. Victoria se enamoró de ese libro y todavía lo tiene guardado. Está lleno de correcciones que ella se hacía, y por los cambios en la caligrafía, se nota que volvía más de una vez a completarlo con diferentes edades.

Mientras busca parecerse lo menos posible a su madre, hoy son vecinas, comparten la vocación y les encanta comer juntas. Ella está orgullosa de los logros de su hija, pero tiene claro que no son suyos, más allá de haber influenciado en la educación, que, sin duda, “construye personalidad”.

Foto: Sofía Torres Foto: Sofía Torres

Connecting dots (Laura Skidelsky, madre de Maggie Ferber, fundadora de Vopero)

Irse, hacía años atrás, implicaba “romper una familia”. Teniendo una hermana en el exterior, Laura Skidelsky nunca se animó a irse “para no darles otra tristeza” a sus padres. Pero cuando Maggie, su hija, llegó, siempre la incentivó a estudiar afuera.

A sus 18 años los padres de Maggie le dieron la posibilidad de estudiar en la Herbert Business School de Miami, pero hasta el día de hoy ella le recrimina a su madre —un poco en chiste y otro poco en serio— que quería estudiar diseño en Los Ángeles. “Nos había mostrado una universidad (por Internet) y la llevamos a conocerla. No sabés, eran creativos locos y tuvimos que decirle que eso no era para ella”. Pero Laura estaba convencida de que todo pasa por algo.

Cuando su hija terminó la carrera un profesor destacó su desempeño en diseño web, y le recomendó una escuela de dirección de arte. Allí comenzó a especializarse en branding e instaló Vopero. Aunque al principio esa idea no convencía del todo a su madre —que no se imaginaba que “alguien de su edad” pudiera usar ropa usada—, la apoyó. “Yo creo tanto en ella que le digo que sí a todo. Hay que confiar y acompañar los sueños de los hijos”.

Gracias a la aparición de WhatsApp, es como si Guillito, su nieto, y Maggie estuvieran con ella todo el tiempo. “Hay veces que me llama queriendo cerrar todo, cansada, que no hay dinero. Yo la escucho y sigo dando para adelante”. Para Laura, lo más importante es estar disponible y no juzgar desde su propia educación que fue “tan distinta”.

No te marees (Andrea López, madre de Lucía Magliano, influencer)

Andrea y Lucía.Andrea y Lucía.

Lucía Magliano es creadora de contenido, además de fotógrafa; dos ocupaciones que no cualquier madre acompañaría. Sin embargo, Andrea López, a sus 47 años, entiende a la perfección a sus dos hijas centennials.

En su momento comprendió que la mala conducta de Lucía era “una etapa normal en cualquier adolescente” y que “todo pasa”. Bueno, casi todo. “Le dolió en el alma” que su hija se haya ido a vivir con su novio, y aunque diga que lo tiene superado, las dos hermanas no piensan lo mismo. Sin embargo, la independencia de su hija se termina cuando empieza a extrañar la “comida de verdad”.

Andrea todavía se emociona cuando pasa frente a algún local y se topa con alguna de las campañas para las que trabaja Lucía, al punto de entrar solo para decir: “¡Esa es mi bebé!”.

“Siempre les dijimos que pueden hacer lo que quieran mientras no joroben a nadie”, contó Andrea. Y aunque de chica “no la dejaban ni ensuciarse”, ahora su madre tuvo que aprender a soltarle un poco más del brazo. Confía en las capacidades de sus hijas, básicamente porque hagan lo que hagan “el papá y la mamá siempre van a estar”.

Así fue, sobre todo, para ayudar a Lucía a que no se maree, cuando en realidad “es muy fácil marearse” dentro del mundo en el que ella se mueve.

Foto: Sofía Torres Foto: Sofía Torres