Un amigo en la librería: vida y lecturas de cinco libreros de Montevideo

Porque sus principales virtudes son tan humanas y raras a la vez como escuchar, entender, intuir y hasta adivinar, el oficio es uno de esos que difícilmente la inteligencia artificial pueda sustituir

No hay caso, a pesar de que los avances tecnológicos amenacen con su extinción, el día que las ciudades se queden sin librerías todavía está muy lejos de llegar. De hecho, grandes urbes como Lisboa, Melbourne, Buenos Aires o Hong Kong forman el ranking de ciudades con más librerías del mundo, y no es que alguna de ellas se haya quedado sin experimentar la modernización.

Si bien ya no existen esos legendarios clanes de la Edad Media para los cuales ser librero era la vocación de la familia, hay algo mitológico en este oficio. Y es que el librero no es un tipo de vendedor más. Además de que su producto es también lo que gatilla su pasión: el libro físico; son compradores, proveedores, curadores, difusores y comerciantes del conocimiento y servidores y promotores de la cultura, cuyas formas, comentarios, consejos, mañas y recomendaciones no encuentran sustitución en la inteligencia artificial.

Aunque algunos sí supieron adaptarse a las nuevas tecnologías, otros acondicionaron su librería como un túnel del tiempo. Sea cual sea el caso, el librero se comporta como un amigo; hay que tenerle la misma confianza y el mismo aprecio, e ir a visitarlo cada tanto.

Si bien Google tiene un conocimiento cultural infinito, el librero tiene una historia de vida. Y no suelen ser los que venden bestsellers. El de pura cepa está en un mostrador, leyendo mientras espera un nuevo visitante en su templo. O escuchando atentamente a algún cliente —porque ser librero es ser, por defecto, un buen escucha— preguntar por un libro o hablar sobre la vida.

El librero está en constante formación porque su principal cualidad es saber recomendar un libro. Y eso le exige estar actualizado sin olvidar los libros que pueden caer en el olvido. Porque hay un lector perfecto para cada libro, y un libro perfecto para cada lector, encontrarlo es el don de buen librero. Sus madrigueras

con olor a libro representan entonces un espacio de encuentro al que los lectores bien recomendados regresan.

Los libreros representan el arte de conectar personas con los libros.

“Hay mucha paciencia y vocación. Tenés que buscar el matiz de cada cliente

Micaela Faingola, de Germina (Carlos Roxlo 1370 bis). Foto: Mauricio Rodríguez

Micaela Faingola, de Germina (Carlos Roxlo 1370 bis). Foto: Mauricio Rodríguez

Todo el mes de mayo Germina se prepara para el Día del libro. En esos 31 días las visitas a la librería crecen y las compras online también; aumentan las consultas por Instagram, su principal vía de comunicación, la concurrencia a ferias, las bibliotecas circulantes, los pedidos de recomendaciones de maestras. Un movimiento grande para una librería pequeña, pero para el que se preparan y viven con gran entusiasmo. “Es una movida agotadora, pero es relinda”, dice su fundadora y propietaria, Micaela Faingola.

Apasionada de los libros infantiles, Micaela estaba un poco predestinada a seguir el camino de la literatura por tradición familiar. “Siempre estuve vinculada al libro porque mi padre tiene una distribuidora, Aletea, famosa por traer a Ziraldo (referencia de la literatura infantil brasileña) toda la vida”. Ahora, ambos comparten local, ella el que da a la calle, él el que sigue al fondo, ubicado algo así como en el detrás de escena de Germina.

La formación de Micaela, educadora inicial, también habla de su amor por la infancia. “En el jardín donde trabajé leíamos muchos libros, así que traigo mucho por ese lado también”. Profesión y tradición confluyen en Germina, inaugurada en

febrero de 2021 y orientada exclusivamente a la literatura infantil. El nombre, que dice mucho de la esencia e identidad de la librería, se le ocurrió a su padre, con la indicación de su hija de que no podía ser en diminutivo. Micael le agregó el “libros para crecer”, no quería limitarse a definirla como librería infantil porque el emprendimiento, de alguna manera, trasciende ese concepto. “Vendemos además libros de crianza, y el ‘libros para crecer’ alude a eso”.

El diseño de la librería también está pensado para niños. Y sus padres. “Sabemos que el niño va a querer correr, por eso la librería está despejada. Viste que tu hijo pone un pie en un local y te dice ‘quiero ir al baño’. Bueno, tenemos baño en el fondo”, cuenta Micaela. “Es reimportante, cuando sos madre o padre, que te den la tranquilidad de ‘está todo bien’, porque esta es una sociedad en la que siempre miran al niño que grita o que corre pensando ‘va a romper algo”.

La mesa central, como ocurre en general en las librerías, habla de la esencia de Germina. Allí se dispone una buena selección del tipo de libros que Germina jerarquiza, algunos de editoriales que difícilmente se encuentren en otros sitios.

En las estanterías de Germina los libros están clasificados por editorial, no por edad ni por temática. “Hasta el día de hoy viene gente y te pide un libro para tres años. Nosotros les mostramos, pero después se van dando cuenta de que el niño puede estar para un poco más, entonces no importa tanto la edad”. Empieza a asomar ahí el oficio de librero: escuchar, sugerir, orientar. “Hay mucha paciencia y vocación. Tenés que buscar el matiz (de cada cliente)”.

Micaela dice estar en una “militancia” por el libro ilustrado para niños más grandes, de quinto o sexto año de escuela, edad en que a veces ya incursionaron en las novelas y quedan atrás otras opciones, también apropiadas para esa edad. Hay, incluso, un “nicho” de adultos aficionados a la literatura infantil. “Vienen y se pasan horas, y se rebuscan solos y encuentran joyas”. Muchas veces el libro ilustrado (sea para niños o para adultos, que los hay) es una pieza de arte en sí mismo.

Los libros infantiles uruguayos han tenido un gran impulso en el último tiempo, y Uruguay no se queda atrás. En cantidad y también en calidad de la encuadernación. “Se asociaba mucho a los autores nacionales con los libros rústicos, con historias preciosas pero finitos (de tapa blanda). Ahora te podés llevar un lindo libro uruguayo a un precio bastante accesible y de tapa dura, hojas satinadas”.

Germina trabaja también con proyectos independientes, autores autopublicados que se acercan y dejan sus libros.

En la librería conviven libros comerciales (aunque son la minoría) con tesoros como los libros de una editorial española, que están impresos en papel de piedra, un papel que reduce el impacto ambiental en su producción y es a la vez más resistente a los desgarros; perfecto para libros infantiles. “Siempre contamos en la librería que es un papel ecológico, que se hace sin cortar árboles”, cuenta Michael. Saber esos detalles de los libros y compartirlos con los clientes es, también, trabajo del librero.

Mientras Micaela conversaba con Galería, entró a la librería una señora buscando un libro sobre la muerte para un niño pequeño. Las recomendaciones de Germina, muchas veces, tienen que ver con acompañar procesos: “está dejando la teta, está dejando el pañal, nos separamos, nos mudamos”.

Otras temáticas se van imponiendo, al ritmo de los cambios en la sociedad, como el cuidado del cuerpo y el autocuidado, y la identidad sexual. Temas clásicos como los piratas, los animales, los planetas también siguen vigentes, y en esos casos, las sugerencias de Germina suelen empezar “desde lo más común para ir escalando en complejidad”.

La propietaria también invita a ofrecer a los niños libros con ilustraciones más sobrias: “No todo tiene que ser Disney, color, brillo; uno tiende a pensar eso, pero no, ellos también aprecian (otros estilos). Tiene que ver con no subestimar el gusto del niño”. Sucede también a veces que, como al adulto no le gusta, directamente no lo ofrece.

Según Micaela, los adultos suelen ser reticentes a comprar libros con comienzos o finales tristes, aunque con las películas tal vez no se haga tanto esa discriminación. “Si un libro tiene un final triste, es parte de la vida también”. Muchas veces, es una buena oportunidad para conversar de ciertos temas difíciles de abordar.

Recomendaciones de Micaela: 

La merienda del señor verde, de Javier Sáez Castán

“Este libro se trabaja en un quinto y sexto año de escuela. Puede parecer para chicos, pero empezás a ver el contenido, lo que podés trabajar, la estética, y te das cuenta que es para más grande. Da para charlar después”, dice Micaela.

Un globo de Cantoya, de Laura Santullo e ilustraciones de Alfredo Söderguit

“El año pasado reeditaron este libro por los 10 años y lo presentaron en la Feria del Libro. Son dos amigos recontra futboleros que van a pedir deseos y los tiran a un globo de cantoya, hasta que en un momento pasa algo en la familia de uno de ellos y da un vuelco la historia”.

La voz del bosque, de Susanna Isern

“Es un acercamiento al acoso escolar o el bullying, y está buenísimo el mensaje, porque el castor no se anima a hablar y la ardilla empieza a repartir cartas, a empapelar el bosque, contando lo que está pasando, y así es como se enterar todos, y los padres del agresor. Está bueno el mensaje de alzar la voz cuando ves que alguien no puede alzarla”.

“Una librería es el lugar donde se habla de las cosas que no se hablan en la calle”

Gerardo Beyhaut, de Libros Moebius (peatonal Perez Castellano 1430, Ciudad Vieja). Foto: Adrián Echeverriaga

Gerardo Beyhaut, de Libros Moebius (peatonal Perez Castellano 1430, Ciudad Vieja). Foto: Adrián Echeverriaga

En sus propias palabras, Gerardo es “materia de psicoanálisis“. La semana pasada recibió a Galería desde el fondo de su librería, escondido entre cacharros antiguos, cuadros, libros, el cuello de su abrigo, lentes y una boina.

En su lugar la bienvenida a Moebius la daba una planta, un cochecito de bebé y libros colgando de la luminaria, entre ellos, Bomba, el niño de la selva; una novela ilustrada sobre “una especie de Tarzán pero del Amazonas”, que es el primer libro que Gerardo leyó. El lugar era algo estrafalario, casi tanto como él.

Es librero de Moebius hace más de una década y trabaja sobre todo con turistas; mantiene conversaciones en inglés y portugués, conoce fórmulas de cortesía en japonés, chino y polaco, sabe maldecir en irlandés, y acababa de asegurar la venta de un par de pinturas a dos estadounidenses.

Su guarida es el paraíso de los coleccionistas. Vender cuadros y antigüedades le reditúa mucho más que vender libros, aunque esa sea su verdadera pasión. Después de eso, aunque no sepa tener un día libre porque no sabe qué hacer por fuera de la librería, talla muñequitos en madera de cedro —proveniente en su mayoría de restos de muebles—, “obsesión” que sencillamente no termina de explicarse. Solo sabe que siempre se interesó por el arte, de forma estética y como inversión.

Una sociedad con el artista Daniel Barbeito —que se acabó por la pandemia— fue el principio de Moebius en Montevideo, que primero supo ser Libros del Duende en Atlántida antes de convertirse en un chalet prestado en La Pedrera, proyecto que soñó con la madre de sus hijos.

Para Gerardo las librerías no cierran, y lo dice con propiedad después de haber atravesado la crisis del 2002 y el Covid. “Yo no sé cómo me podría jubilar. ¿Qué hace un librero jubilado?”, cuestiona.

Nació hace cinco décadas y media pero siente que tiene más de 200 años, aunque no se siente un intelectual por dedicarse a los libros. Dice que con el paso del tiempo acumula más dudas e incertidumbre que seguridades y certezas. La lectura para él es la forma de salirse de una realidad que le resulta tediosa y absurda.

Entró a la escuela sabiendo leer, habiendo agotado la biblioteca Amado Nervo del barrio Buceo en donde se crió. “En casa faltarían muchas cosas, pero libros no. Vengo de esa generación, del medio rural, donde por distintos motivos no se podía estudiar y sobrevaloraban al libro“, cuenta.

Pero nunca va a borrar la imagen de su padre quemando una pila de libros al interior de un gallinero durante el golpe de Estado. En ese momento no se lo explicó, pero le dolió con el tiempo: “ver aquello sagrado tirado dentro de un pozo, ardiendo y convirtiéndose en cenizas, es muy duro“.

Gerardo piensa que siempre fue un inútil para cualquier otra materia que no fueran los libros. Torpe en los deportes, a los recreos llevaba siempre uno consigo y leía solo —puede leer hasta en el desfile de Carnaval, no sufre de problemas para concentrarse—, pero nunca fue víctima de “esa cosa que hoy llaman bullying”, dice. “Me parece un concepto exagerado de la contemporaneidad”.

Es una persona solitaria —y con los años “peligrosamente” más— y lo admite, aunque lo padezca en muchos sentidos. “A las 19 hs cierro el local agotado, son las 20 y no quiero saber más nada con nadie. Nadie. Así me fue en mis matrimonios”, bromea. Con el tiempo aprendió a reconocer a las personas solitarias como él a kilómetros de distancia. A Moebius llega mucha gente sola, en su mayoría hombres: “vienen queriendo hablar, porque hay poca oreja fuera de las librerías. Es el lugar donde se habla de las cosas que no se hablan en la calle. Acá no se habla de fútbol, no nos interesa quién se acostó con quien…”.

Aunque a veces vaya a comprar milanesas y se olvide que no tiene aceite en casa para freírlas, con los libros es diferente. Como si tuviera una capacidad mnemotécnica aparte para ellos. De hecho, hay veces que recuerda cosas que no sabía que recordaba.

Recomendación: <em> Cien años de Soledad</em>, de Gabriel García Márquez (1967)

Recomendación: Cien años de Soledad, de Gabriel García Márquez (1967)

Gerardo una vez soñó que se moría. En realidad, más de una vez. No sabe por qué pero el de la muerte era un sueño recurrente. En una de esas veces soñó además que sus seres queridos, para homenajearlo, lanzaban ejemplares de 100 años de soledad, de Gabriel García Márquez, al mar. 100 años de soledad es su recomendación por defecto. Él considera que la literatura son imágenes y esta obra de García Márquez es “una secuencia fotográfica imborrable muy bien construida”. Por otro lado, William Faulkner es su escritor favorito y el hombre que Gerardo siempre quiso ser.

“Recomendar una lectura es el ejercicio permanente de ponerse en el lugar del otro”

Fabricio de Zuasnabar, de Librería Lautréamont (Maldonado 2045 esquina Pablo de María). Foto: Adrián Echeverriaga

Fabricio de Zuasnabar, de Librería Lautréamont (Maldonado 2045 esquina Pablo de María). Foto: Adrián Echeverriaga

Siendo hoy su oficina un reducido espacio con más libros que metros cuadrados, Fabricio, un eterno enamorado del olor a libro, siempre estuvo cerca de ellos y lo sigue estando. Su escritorio se pierde entre los colores de los lomos, tiene sobre él más de un texto empezado y se nota que es muy cuidadoso con el orden.

Su tío se dedicaba a vender y entregar libros puerta a puerta y él solía acompañarlo de pequeño. No era un niño del todo común; mientras sus primos odiaban que su padre les regalara libros para sus cumpleaños, él, lejos de considerarlos el regalo más aburrido del mundo, no podía esperar a que llegara la fecha para que su tío se apareciera con un título nuevo.

El primero de ellos, su puerta de entrada a este “fascinante mundo” recuerda que fue una edición de Alfaguara de La historia interminable de Michael Ende. Desde esa dulce infancia hasta ahora Fabricio se la pasa leyendo para nutrirse, ya sea de lo que le gusta o para conocer lo que está leyendo todo el mundo. “Me falta bañarme y estar leyendo un libro. Por lo demás, en el ómnibus o hasta cuando voy caminando aprovecho cada tiempo de lectura”, cuenta.

Durante su adolescencia Fabricio se mudó a Estados Unidos y terminó el liceo allí, enamorado de autores clásicos de la literatura como Truman Capote, Emily Dickinson, Herman Melville, George Orwell o Henry David Thoreau. Pero para ser librero, además de leer, había que saber entender a la gente, y la cultura norteamericana era muy diferente a la uruguaya.

Fabricio volvió a su país, se convirtió en librero y trabaja en esto desde 2010; es un muchacho simpático y, sobre todo, paciente. No existe otro camino que armarse de paciencia cuando, por ejemplo, una clienta se aparece en Lautréamont buscando una secuela de El diario de Ana Frank.

“Pasan cosas insólitas en las librerías”, cuenta. Pero la mayor de las complicaciones es cuando alguien entra preguntando por una recomendación. "Recomendar una lectura es el ejercicio permanente de ponerse en el lugar del otro”, dijo Fabricio a Galería. Allí se ve obligado a hacerle al cliente demasiadas preguntas, para saber —entre otras cosas— qué género está buscando y así no caer en recomendar lecturas de criminología o terror psicológico, de esas que especialmente le encantan, desde Lovecraft o Edgar Allan Poe hasta Richard Mason o Mariana Enríquez. “Voy primero por los clásicos. Si no conocés a alguien, clásicos. Si la persona se está iniciando en la lectura, clásicos. Nunca puede fallar un 1984 o un Rebelión en la granja”, opina.

Fabricio no puede ignorar la enorme responsabilidad que hay detrás de la recomendación de un libro, como cuando algún padre o madre le pide una lectura para un hijo con depresión. Una vez, recuerda, se convirtió en cupido cuando recomendó un título a una chica que, tiempo después, realizó un viaje a Europa y mientras lo leía en el tren alguien se acercó a elogiar a la autora y hoy están felizmente casados.

Esa sería la situación ideal: que el vínculo con el cliente termine en una buena recomendación. Para eso tiene que generar esa química instantánea pero momentánea con la gente que entra al local. “La idea es que la sugerencia les guste y vuelvan por otro libro”.

Por otro lado, en Lautréamont no creen en los estereotipos. No existe un perfil marcado de cliente así como tampoco existe de librero. Fabricio no se considera un intelectual por leer mucho. De hecho, observa que es justamente por eso que muchas veces se le entreveran los autores, las historias, las palabras, más aún cuando se disfruta de leer más de un libro a la vez como él. El mal común del librero, parece, es luchar contra la pérdida de memoria. Allí se vuelve indispensable “esta maquinita”, dice Fabricio, en referencia al celular y por ende a Internet.

Para él su lugar de trabajo es “un templo al alma” y los libros una oportunidad. “De repente hay gente que no puede viajar, ya sea por motivos económicos o de salud, pero siempre va a poder hacerlo a través de los libros”.

“Lo que nos da placer de tener una librería es mostrar lo que nos gusta, porque creemos que puede ser interesante para otro”

Mateo Cortés y Agostina Borzacconi, de Bonhomía (Chucarro 1112 bis).

Mateo Cortés y Agostina Borzacconi, de Bonhomía (Chucarro 1112 bis).

En octubre de 2018 abría las puertas una pequeña librería en pleno Pocitos. ¿Los emprendedores? Una pareja de estudiantes de comunicación aficionados a la lectura, Mateo Cortés y Agostina Borzacconi. Pero la historia empieza un año antes cuando Mateo, fanático del fútbol, decidió empezar un proyecto de librería virtual especializada en fútbol. “Aspiraba a ser absolutamente online. Vendía por WhatsApp”, cuenta. Poco después, le planteó a Agostina la posibilidad de poner una librería en conjunto. “Yo le dije: bueno, pero la condición es que haya libros lindos, que la tapa sea linda. Cuando te dicen que no hay que juzgar un libro por su portada, para mí es mentira”. Hoy, las lindas portadas, de ediciones estéticamente cuidadas, y la sección de fútbol, son algunos de los diferenciales de Bonhomía.

Aunque la idea inicial era, también, vender online y comunicarse con sus clientes vía Instagram, se dieron cuenta de que la gente quería ver los libros, tocarlos. Vivir la experiencia de una librería física.

A casi seis años de su apertura, la mayoría de los clientes son del barrio (Chucarro 1112 Bis). A muchos de ellos Agostina y Mateo los conocen por el nombre y saben sus gustos. Es el caso de Marta, que vive enfrente. “Marta nos trae cosas de comer. Si damos talleres y nos tenemos que ir, al terminar la persona que está dando el taller cruza y le deja la llave de Marta”, cuenta Agostina. Ese es un ejemplo de la cercanía que suelen generar con los clientes habituales. “Hablamos de temas que no tienen nada que ver con la librería”, dice Mateo. “Es lo que te diferencia tal vez de una librería grande, el valor de ser chiquito”.

A veces, les toca un poco jugar a ser detectives. Por ejemplo, cuando llegan personas pidiendo un libro que vieron nombrar en la prensa, o escucharon en la radio o la televisión. A veces la consulta viene sin el nombre del libro, ni del autor. En ese caso, Mateo y Agostina se ponen a investigar. Si fue en la radio, indagan en qué programa; si la persona no lo recuerda, preguntan el día, la hora, para ir afinando la búsqueda. A veces terminan escuchando fragmentos del programa. Por lo general, dan con el título.

Entre los clientes del barrio los libros más pedidos suelen ser los de política. “Salió el libro de Sanguinetti, Mujica; sale un libro de Diego Fischer, y se recontra venden. Lo mismo pasa con Ken Follet”, explica Agostina. Por eso necesitan tener también en stock los libros más populares, aunque no sea el foco de Bonhomía.

El fútbol, en cambio, sí es uno de sus fuertes, por la pasión de Mateo y los inicios de la librería. En los estantes destinados al tema pueden encontrarse verdaderas rarezas que la pareja trae de España y Argentina. “Es impresionante, tenemos un público muy específico que viene a comprar eso, porque acá se encuentran con una sección que de repente en otro lado no hay”.

A través de Instagram llegan clientes de otras zonas inspirados por títulos que vieron en la cuenta de Bonhomía. Suele pasar con la literatura feminista. “Subimos un montón de cosas y vienen a buscar eso, porque saben que acá lo encuentran”.

La propia experiencia y los pedidos de los clientes fueron marcándoles el camino, a veces uno diferente del que pensaban a priori. La sección de Autoayuda es un ejemplo. “Cuando empezamos creo que había un solo estante, y ahora tenemos como cuatro”, cuenta Agostina. “Mucha gente del barrio viene a comprar libros de autoayuda, y desde que empezó todo esto de la manifestación, más”.

Otro sector que creció notoriamente es el infantil, al que actualmente dedican más espacio.

Entre las bibliotecas, un estante de “recomendados” llama a los ojos curiosos. “Tratamos de armar una recomendación de libros que hemos leído, y también de cosas que han leído clientes y nos recomiendan”. Porque los roles a veces se invierten, y Mateo y Agostina siempre están dispuestos a escuchar comentarios y sugerencias de lectura.

“Lo que nos da placer de tener una librería es mostrar lo que nos gusta, porque creemos que puede ser interesante para otro. Esto (la mesa central) me parece auténtico, siento que nos representa. No hay mejor forma de mostrar la identidad de una librería que con lo que uno exhibe. No nos traicionamos nunca. Por supuesto, hay una cuestión comercial y hay cosas que están porque sabemos que se venden. Pero después hay un porcentaje altísimo de libros que están acá porque nosotros queremos que estén acá, ese es el valor nuestro”.

Recomendaciones:

De Agostina: Segunda casa, de Rachel Cusk

Una mujer invita a un prestigioso pintor a pasar una temporada con ella y su familia en una casa de invitados que acaban de construir junto a la remota marisma en la que viven; profundamente conmovida por su pintura, alberga la esperanza de que la particular mirada del artista ilumine desde una nueva perspectiva su propia existencia.

De Mateo: El historiador en el estadio, de Toni Padilla

Una fascinante exploración del papel del fútbol en nuestro mundo. La política y el fútbol siempre han ido de la mano. Desde los mundiales, donde se enfrentan selecciones estatales tras sonar sus respectivos himnos en grandes estadios, pasando por las copas con nombres de reyes y presidentes, política y fútbol guardan una inextricable relación desde su nacimiento.

Sugerencia compartida: Sostiene Pereira, de Antonio Tabucchi.

Lisboa, 1938. La opresiva dictadura de Salazar, el furor de la guerra civil española llamando a la puerta, al fondo el fascismo italiano. En esta Europa recorrida por el virulento fantasma de los totalitarismos, Pereira, un periodista dedicado durante toda su vida a la sección de sucesos, recibe el encargo de dirigir la página cultural de un mediocre periódico, el Lisboa.

“Es uno de esos libros que leímos en voz alta. Lo leímos antes de ir a Lisboa y después amamos Lisboa, es nuestra ciudad favorita. Cuando volvimos lo leímos juntos de nuevo y ahora a cada país que vamos lo compramos en otro idioma”.