Hace dos temporadas que la arquitecta Florencia Lockhart y el diseñador de modas Adrián Szterman están al frente de Amoreira, un restaurante jardín en Manantiales para quienes gustan de comer variado y especiado
Hace dos temporadas que la arquitecta Florencia Lockhart y el diseñador de modas Adrián Szterman están al frente de Amoreira, un restaurante jardín en Manantiales para quienes gustan de comer variado y especiado
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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acá¿Cómo la arquitecta Florencia Lockhart y el diseñador de modas Adrián Szterman llegaron a abrir un restaurante en Manantiales hace dos temporadas? Ambos respondieron al unísono: "Por amor a la cocina". Aficionada a las artes culinarias, esta dupla tomó el desafío de llevar las riendas de Amoreira a comienzos de 2020 (un espacio que tiene ya seis años) y lo mantuvo abierto durante todo el año. En sus manos, este restaurante cambió su perfil hippie por uno más "ondero", aunque este término no exista en el diccionario. En palabras de Lockhart: "Está más ordenado, más prolijo, le pusimos un deck y aprovechamos la barra de tragos". A esto le suman un servicio atento y relajado, que apoya en la generación de una atmósfera placentera.
Marcado por un pequeño fogón, a Amoreira se entra por el garage de una casa sobre la calle Maldonado, a media cuadra de la Ruta 10. En la puerta recibe una amable chica con tapabocas, que coloca alcohol en gel en las manos de todos los clientes. A pocos pasos, en el fondo, se ve la barra, revestida en madera y pintada de blanco, decorada con luminarias en forma de nido construidas con finas varas de madera superpuestas, que difuminan la luz y generan cierta intimidad. El bartender también tiene puesto su tapabocas.
A la izquierda de la barra se abre un gran jardín con algunas mesas a la altura del suelo y otras distribuidas sobre un deck de madera, todas bien distanciadas como indica el protocolo. En el mismo espacio también hay livings, y al final de la casa una generosa huerta donde cosechan muchos de los alimentos que se utilizan en el menú.
"Durante el invierno la carta fue corta, pero ahora decidimos ampliarla para abarcar a todos. Queremos que la gente que vuelve tenga opciones diferentes para probar", explica Szterman. Además, utilizan nomenclatura para señalar qué platos son vegetarianos, veganos o libres de gluten. Como resultado ofrecen una cocina sin una identidad definida, donde conviven un cebiche peruano con una pasta rellena casera servida en un recipiente de hierro caliente, un pad thai de origen tailandés (salteado de fideos de arroz, hongos shiitake, con langostinos o tofu, huevos, frutos secos y especias) y unas croquetas de cerdo braseado de estilo español.
La carta es un mix de los gustos de ambos dueños, pero durante el invierno quien estuvo al frente de la cocina fue Lockhart. "Soy arquitecta, cantante y me gusta mucho la cocina. Vengo de familia de cocineras. Mi madre tuvo restaurante toda la vida, como El Carrasco Kite Center, por ejemplo, y también un catering. A veces le daba una mano en la cocina, en la sala o en la administración. En Amoreira, durante el verano estoy en la gestión más que en la cocina", cuenta.
En los últimos días del año, la mesa de dos de Galería llegó a este restaurante por la noche, gracias a la recomendación de algunos de los tantos montevideanos que decidieron radicarse en Manantiales este año. Para comenzar se pidieron varias entradas. Muchas veces las entradas suelen ser más atractivas que los platos principales, y en este restaurante no es la excepción, aunque también tiene algunas opciones tentadoras entre los platos fuertes, como los raviolones que sirven en una fuente de hierro caliente con salsa a base de crema o fileto.
Aquella noche, el menú empezó con unas croquetas de cerdo braseado con alioli y salsa brava que se derretían en la boca; unas empanadas de lomo cortado a cuchillo con paté de morrón de masa casera y relleno jugoso; y la provoleta con mermelada de tomate y frutillas. Este último es de los platos más pedidos del restaurante, pero a la mesa le resultó tan dulce que terminó por empalagarse. Este sabor al igual que el picante causan sensación de saciedad, por eso al comenzar una cena siempre conviene elegir platos de acidez elevada, porque hacen salivar y abren el apetito. Quedó pendiente el cebiche hecho con leche de tigre de maracuyá que seguramente hubiera cumplido este último cometido.
Para acompañar los platos se eligieron copas de vinos de Pinot Noir Atlántico Sur, un tinto liviano versátil que, servido apenas frío, resulta ideal para los días de calor y para acompañar platos de sabores tan variados. "Todos los vinos son uruguayos e incluimos bodegas que la gente no conoce tanto en la zona, como Bracco Bosca y Bresesti, por ejemplo", dice Szterman. El pinot noir también supo armonizar con los platos principales: unos raviolones de masa de remolacha rellenos de espinaca, zapallo cabutiá y castañas de cajú, pero con salsa fileto en vez de crema de albahaca, queso azul y crocante de bondiola que sugiere la carta; y un pad thai de langostinos en lugar de tofu.
Los habitués de Amoreira también recomiendan la pesca del día que puede llegar a la mesa con bastones de boniato y canela, mix de verdes y cherry, cremoso de papa gratinada o berenjenas asadas. Para los amantes de la carne hay bife ancho y en invierno un pastel de carne que, dicen, es muy bueno.
La cena concluyó sin postre, pero no por falta de opciones. En el menú hay una barra de dátiles y mantequilla de maní, piña al horno de barro, el clásico brownie con salsa de caramelo -que a pesar de que técnicamente no es un postre está entre los dulces preferidos de los uruguayos-, cheesecake o un tradicional panqueque con dulce de leche.
Construido todo al aire libre, con huerta propia, medidas sanitarias aplicadas y música, Amoreira es uno de esos espacios privilegiados de refugio ventilado en el cual sentirse a gusto en tiempos de pandemia. n
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