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Barbifrenesí

Este artículo es un acto de contrición. No sé ni cómo me atrevo a escribir en prensa cuando soy la peor pitonisa del mundo a la hora de anticipar tendencias políticas, sociales, etcétera. Por supuesto me equivoqué a la hora de predecir el resultado de las pasadas elecciones, pero visto que todo el mundo se columpió no me voy a mortificar con demasiados golpes de pecho. En cambio me asombra mi falta de sintonía con aquello que le gusta a la gente y lo que no. Por ejemplo: sale al mercado un nuevo producto, un yogur, una barra de labios, un perfume o lo que sea. Si a mí me parece horrible, el éxito es clamoroso y se vende como rosquillas. En cambio, si me gusta, seguro que al poco tiempo lo retiran del mercado. Lo mismo me pasa con libros, música, objetos de arte… lo que menos me gusta, más triunfa. Sí, ya sé lo que están pensando. Que soy un dinosaurio, un gasterópodo, una ameba fósil. Es verdad, no en vano cumplí setenta añazos el mes pasado. Pero, como nunca es tarde para resetearse, he decidido ponerme al día. Y lo primero que pienso hacer es ir con mis nietos a ver Barbie, la película del momento (164 millones de dólares de recaudación en los primeros días de estreno). A Jaime, Luis y Martín sospecho que tendré que sobornarlos, porque están aún en esas edades en las que las niñas les parecen unas cursis redomadas. Con Carmen y Mariana creo que lo tendré más fácil, aunque Carmen es muy chicazo, de modo que, a lo peor, también deberé sobornarla. Mientras tanto, he estado informándome sobre este fenómeno cósmico. Sé, por ejemplo, que, además de arrasar en taquilla y de haber puesto de moda furibunda el color rosa chicle, las mules de tacón alto y el pelo cardado tres pisos, ha producido un conflicto internacional: Vietnam ha prohibido su exhibición. ¿Por qué? ¿Será porque lo consideran un producto hiperglucémico que produce diabetes mental? ¿Será porque la muñeca es un icono imperialista yanqui? ¿Por encarnar la decadencia de Occidente? No, señor. La razón es que, cuando en la peli Barbie se ve obligada a exiliarse de Barbilandia porque tiene pies planos, en su búsqueda de un nuevo país consulta un barbie-mapa en el que aparece el mar de la China Meridional con una línea punteada en forma de U que representa las reclamaciones territoriales de China sobre esta región en disputa con varios países. “No otorgamos licencia a la película —han comunicado formalmente las autoridades vietnamitas— porque contiene una imagen ofensiva para nuestra patria”. Como se imaginarán, el conflicto internacional Vietnam-Barbilandia no ha hecho más que disparar el taquillazo. Para que vean lo pésima augur que soy, cuando semanas antes de su estreno vi el tráiler, pensé: Qué manera de tirar el dinero. Margot Robbie es monísima, pero tiene lo menos 10 años más que el personaje que encarna. ¿Y Ryan Gosling? Con su sólida reputación como intérprete de películas independientes, ¿qué necesidad tiene de poner cara de pánfilo oxigenado y convertirse en Ken? Ya lo ven, a mi lado, Nostradamus un aprendiz. En la columna anterior les hablaba de las personas-síntoma y en esta podríamos hablar de las pelis-síntoma. Si uno intenta ir al cine (y sí, también soy de los jurásicos a los que les gusta este ritual), las películas que se exhiben son todas infantiles. Entre superhéroes de Marvel, filmes de la factoría Disney —y bodrios sobre ruedas como Fast & Furious— no hay espacio para nada más. Comprendo que el cine es un espectáculo de masas y que Gritos y susurros, Al final de la escapada o cualquier otra película de tiempos más reposados no pueden tener su equivalente hoy en día. ¿Pero no existe un término medio? ¿Entre Bergman y Barbie no hay nada? Aún no he ido a ver Oppenheimer, pero en ella tengo depositadas todas mis esperanzas. Al menos parece que la historia del padre de la bomba atómica despierta interés comercial y compite con Barbie en número de espectadores. Ojalá haga escuela. En un mundo donde el único baremo es la cuenta de resultados, ya estaba resignándome a perder para siempre el placer de ir al cine. O peor aún, seguir yendo, pero solo para que Dwayne Johnson y Tom Cruise (los dos actores mejor pagados del momento, por cierto) nos licúen el cerebro con sus golpes, tiros, mamporros y patadas.