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Cisnes negros

En el año 2020 el ensayista e investigador Nassim N. Taleb publicó un libro en el que elaboraba una interesante teoría. Taleb, que se autodefine como un empirista escéptico, cree que los economistas y estudiosos tienden a interpretar los acontecimientos históricos usando argumentos racionales cuando, en realidad, mucho de lo que sucede, responde a criterios aleatorios. En su libro, El cisne negro, que lleva por subtítulo El impacto de lo altamente improbable argumenta que, a posteriori, todos somos profetas pero que eso no es más que un tonto espejismo. Como no podemos tener toda la información relevante y siempre hay algo que escapa incluso a los analistas y observadores más perspicaces, hechos tan decisivos como el estallido de la Primera Guerra Mundial, la epidemia de gripe de 1918 o la caída de las Torres Gemelas se produjeron sin que nadie los previera y pudiese por tanto evitarlos. Más recientemente y siguiendo esta misma línea argumental podríamos citar otros “cisnes negros” tan relevantes como sorpresivos. El primero es la llegada de Donald Trump a la presidencia de los Estados Unidos. Usando la razón y el sentido común parecería absolutamente inverosímil que un multimillonario marrullero, misógino, racista y xenófobo y con todas las encuestas en contra llegase a la Casa Blanca gracias, en buena medida, a los votos de mujeres, personas de color y miembros de comunidad latina. Algo similar puede decirse de la pandemia del 2020 o del Brexit, también del asalto al Capitolio. ¿Quién fue el Nostradamus que profetizó que el siglo XXI nos traería una peste o que los ingleses, tan racionales y pragmáticos ellos, se pegarían un tiro en el pie; o que el símbolo máximo de la democracia norteamericana sería tomado por una horda encabezada por un tipo medio desnudo y con cuernos en la cabeza? Para alguien como yo, que siempre intenta desentrañar el porqué de las cosas y averiguar qué errores producen venideras desventuras, los tres casos resultan incomprensibles e inquietantes. Y más inquietante aún es pensar que estos acontecimientos, que sin duda marcarán el primer tercio del siglo XXI, ocurrieron, precisamente, porque nadie previó su inminencia. Tomemos el ejemplo el primer gran trauma con el que inauguramos el siglo, el ataque a las Torres Gemelas. Como dijo poco después de la catástrofe un alto funcionario de la CIA: “¿Alguien podía imaginar que la mayor amenaza para el mundo occidental la encarnaría un tipo con turbante, chilaba y barba de medio metro, que vivía sin luz ni agua en una cueva de Afganistán?”. Absolutamente inverosímil, sin duda, un perfecto “cisne negro” y, sin embargo, ahora sabemos que si se produjo fue, en buena medida, porque después de la caída del muro de Berlín los servicios secretos norteamericanos se relajaron. A pesar de que Al Qaeda había cometido atentados previos, la CIA, por ejemplo, no contaba con agentes que hablaran árabe. Ahora se sabe también que Mohamed Atta y sus secuaces se entrenaron como pilotos en escuelas de vuelo en los Estados Unidos y que uno de sus profesores denunció que tenía un alumno que le hacía preguntas raras. Le planteaba supuestos estrafalarios como, por ejemplo, qué había que hacer para desviar un avión de línea y hacerlo sobrevolar sobre una gran ciudad. Su denuncia nunca pasó de la primera instancia y solo llegó a conocerse cuando el atentado ya se había producido. A toro pasado es fácil sumar dos más dos y todos los indicios parecen meridianamente claros, pero nada hay tan inútil como un profeta del día siguiente. Aun así y contradiciendo a Taleb y su teoría de que todo es azaroso e imprevisible, yo me atrevo a decir que no estaría de más prestar atención a un cisne negro reciente que antes he mencionado de pasada y que me parece todo un toque de atención. Hablo del asalto al Congreso de los Estados Unidos que ya ha tenido su primera réplica telúrica y mimética en el asalto al Congreso de Brasil. ¿Serán estos dos hechos casos aislados, solo “ruido y furia que no significan nada”, o por el contrario inauguran una nueva deriva? A poco que uno se fije, el presente está lleno de avisos y de presagios de este tipo. Se puede elegir prestarles atención o, si no, esperar a que lo que ahora es un síntoma se convierta en nuestro próximo cisne negro.