El truco Salvador Dalí

Cuenta Dalí en sus memorias (no dejen de leerlas, son tan inteligentes como tronchantes) que con nueve años descubrió el secreto de la felicidad total. Una tía suya le había regalado una pesada corona metálica con la que jugar a ser rey. Con el tiempo le quedó pequeña, pero él se empeñaba en seguir usándola a pesar de la incomodidad y fue así como hizo su sensacional descubrimiento. Por las tardes, a la hora de más calor, subía a la azotea de su casa en Figueras, se ceñía aquella apretadísima corona y paseaba arriba y abajo diciéndose: “¡Un poco más, un poco más!”. Cuando el dolor y presión eran verdaderamente insoportables, cuando estaba al límite de sus fuerzas, se arrancaba aquel cepo y entonces el paisaje se le antojaba sublime, las luces del atardecer únicas, los sonidos de la vida de una belleza indescriptible; era el éxtasis absoluto. Uno que, según cuenta en sus memorias, lo elevaba “a la cumbre de las más inaccesibles estrellas alcanzando el torbellino de mi felicidad las proporciones de un ensueño cósmico”. Recuerdo que la primera vez que leí este fragmento, hace veinte o treinta años, la anécdota me pareció divertida. Ahora, a medida que me voy haciendo vieja, me parece brillante. Por supuesto es excéntrico y hasta locoide estrujarse la cabeza a cuarenta grados a la sombra hasta el desmayo para alcanzar “un torbellino de bienestar”, pero el truco del niño Dalí no carece de sentido. En un mundo hedonista como el nuestro nadie parece recordar que la percepción de la felicidad debe mucho al sufrimiento. También que esta se multiplica gracias al sacrificio, la disciplina, o incluso a la abstinencia. No seré yo quien recomiende la privación o el autoflagelo, pero tampoco me parece que esté de más recordar que, en tiempos difíciles, es cuando más se aprecian las cosas. Recuerdo que una vez me impresionó escuchar en la radio el testimonio de una chica a la que habían amputado una pierna. Le preguntaron cuál era la diferencia entre su vida actual y la anterior y su respuesta fue que antes pensaba en todo lo que le faltaba mientras que ahora pensaba solo en lo mucho que tenía. ¿Estoicismo? ¿Fatalismo? ¿Resignación cristiana? No lo creo. Más bien me inclino a pensar que la naturaleza que es tan sabia tiene estos mecanismos de compensación. Al fin y al cabo como especie estamos más programados para la adversidad, la lucha y la subsistencia, que para la molicie o la bonanza. Evidentemente estas dos situaciones son agradables y necesarias pero no se disfrutan —ni tampoco aprecian— de la misma manera si uno antes no ha conocido la adversidad. Por eso yo —y tal vez esto les suene a ustedes un poco marciano— prefiero rodearme de personas que han tenido que enfrentarse al lado más duro de la vida. Aquellas que se han visto en situaciones complicadas o extremas, las que han sufrido duros reveses de fortuna. Las otras, las privilegiadas que, ya sea por suerte o porque tienen piel de elefante, no han acusado demasiados golpes, me parecen muy simpáticas para hacer unas risas, pero me interesan más bien poco. Entre otras cosas porque tienen una tendencia muy considerable a hacer un drama por bobadas. Se deprimen porque están gordas o piensan que el mundo se acaba cuando las deja el novio o la novia… Esto nunca lo leerán ustedes en esos libros de autoayuda que prometen la felicidad eterna, pero la adversidad tiene su lado bueno. Ninguno de ellos les dirá tampoco que conocen mejor el paraíso aquellos que han pasado por el infierno ni que las personas con carencias disfrutan más lo que tienen que aquellas que lo tienen todo. No, no es políticamente correcto decirlo y, además, a nadie le gusta oírlo. No obstante, sin tener que llegar a situaciones extremas y dolorosas, el truco Dalí funciona. Lo saben por ejemplo los deportistas que fuerzan su físico al máximo para luego generar endorfinas; lo saben también todos aquellos que cumplen con una obligación desagradable o tediosamente larga e insoportable y al acabar encuentran doble recompensa. Porque el cuerpo y el espíritu premian el esfuerzo, y la felicidad y el bienestar se multiplican por dos cuando se alcanzan por contraste mientras que, Schopenhauer dixit, la abundancia y la seguridad producen tedio cuando no desdicha.