Extrañas resurrecciones

En el primer tercio del siglo XX el mundo occidental se dejaba seducir por dos ideologías entonces tan nuevas como atractivas. Por un lado estaban los admiradores (entre ellos muchos intelectuales) del modelo marxista, que propugnaba una sociedad igualitaria determinada por el progreso, el bienestar de los más débiles, la educación y la enseñanza gratuita. Todo un canto a la esperanza que, justo es decirlo, en pocos años transformó a la Unión Soviética de una sociedad campesina y analfabeta en una industrial y urbana así como en una superpotencia militar. Por otro, estaba el modelo fascista que, en un principio, devolvió la autoestima en particular a los alemanes, impulsó grandes obras como la construcción de autopistas, desarrolló la industria y relanzó la economía logrando que el número de desempleados pasara de 5,6 millones en 1932 a un porcentaje cercano a cero en 1939. No es necesario recordar, sin embargo, en qué acabaron aquellos dos bellos espejismos. Desde entonces, el fascismo cuenta —y à juste titre—con el rechazo absoluto y la no menos absoluta condena por parte de (casi) todo el mundo, pero, en cambio, no parece haber ocurrido lo mismo con el primero de los espejismos. Ni las purgas de Stalin o Mao, ni el fracaso económico y político de un sistema que se desmoronó en 1989 sin haber alcanzado ninguno de los sueños de progreso, igualdad y mucho menos libertad que prometía, han logrado restarle ni un ápice de predicamento. Cierto es que, después de la caída del muro de Berlín el mundo pareció por unos años olvidarse de tan fallido paraíso. Los rusos abrazaron el capitalismo e incluso algo así como un simulacro de democracia mientras que China optaba (y con mucho éxito) por la cuadratura del círculo: una economía capitalista combinada con un régimen comunista que ha logrado convertir al gigante asiático en la segunda potencia mundial. Todo esto es así —o mejor dicho era— hasta que de pronto, como la historia no se repite pero rima, ambos finados (marxismo y los populismos nacionalistas de derechas) parecen haber resucitado. Y con una clara ventaja del primero sobre los segundos porque, aunque la ultraderecha avanza en muchos lugares, al menos nadie quiere ver asimilado su proyecto con las figuras de Mussolini o Hitler. Los admiradores del modelo marxista en cambio no tienen semejantes prejuicios. Rusia y China, por ejemplo, se han vuelto nostálgicos de su pasado con Putin emulando a Stalin y Xi Jinping recordando cada vez más a Mao, mientras que en otros países, y muy particularmente en España, se añoran también recetas que han demostrado su inoperancia por no decir su estulticia. Muchas veces me he preguntado en qué radica tan irresistible fascinación. ¿Será porque su ideario parece más noble, igualitario y compasivo a pesar de que, puesto en práctica, jamás ha logrado ninguna de estas bondades que prometía? ¿Será porque tiene más lustre intelectual ser gauchista mientras que ser derechista suena aburrido y casposo? A juzgar por la reticencia que tiene la gente de derechas en confesarse como tal, algo hay de eso. Y luego está el terror, horror y pavor que produce que a uno lo tilden de fascista. Nunca he visto una palabra con tales poderes tautológicos. Es mentarla y la gente se descompone, trastabilla, muda la color. Personalmente nunca he entendido por qué. Me importa poco y nada que me llamen fascista, como tampoco me importa que me llamen paticorta, culibaja o bizca. Puesto que no lo soy difícilmente puedo ofenderme. Lo que me preocupa en cambio es ver cómo se nos ha polarizado el mundo desde que entramos en el siglo XXI. Tanto que parecemos estar en la misma disyuntiva que en el primer tercio del siglo XX, volviendo a dos postulados políticos que, a diferencia de lo que ocurría con nuestros padres y abuelos, todos sabemos que no trajeron más que dolor, penurias y fracaso. Nunca he creído que la historia se repita y, por mucho que rime, tampoco pienso que vaya a ocurrir lo mismo que entonces. Pero aun así, me parece que no estaría de más aprender del pasado. No de la convulsa primera parte del siglo XX pero sí de la segunda: de aquellos esperanzadores años en los que la gente decidió que era preferible sumar y no restar, dialogar y no disentir, buscar puntos, no de confrontación, sino de encuentro.