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Manteca

Los ojos… ¡Ah, los ojos! Cuán contundente es el impacto que produce el estímulo visual, cómo penetra en la sensibilidad y la afecta, con qué fuerza se adhiere al recuerdo y permanece allí, aun cuando intentemos borrarlo con todo nuestro empeño. La semilla que entra por los ojos va echando raíces en la tierra fértil de nuestra estructura psíquica, germina, se despereza en el prolongado abrazo de unas ramas que poco a poco nos van envolviendo. Es difícil olvidar lo que vemos.

Esta circunstancia resulta para algunos un inconveniente. A mí ?que puedo leer cualquier cosa sin estremecerme y me he animado a escribir escenas duras en mis cuentos y novelas?, me cercena la posibilidad de acceder al buen cine. Esto es, puedo leer e imaginar, pero no ver. Hay imágenes tan poderosas en la violencia que muestran, que me persiguen hasta en sueños. En su momento vi una formidable película: Seven. Muchos tendrán en su memoria aquellas dos horas de suspenso psicológico en torno a una trama policial tejida con el atrapante hilo de los pecados capitales y la locura mesiánica de un asesino interpretado por Kevin Spacey.

Hace de esto casi tres décadas y, a mi pesar, aún recuerdo ciertas perturbadoras escenas. Por el mismo motivo no había visto antes El silencio de los inocentes ni vi después Joker, aunque lamento haberme perdido las actuaciones tan alabadas de Anthony Hopkins y Joaquin Phoenix. Consciente de esa limitación y en el afán de protegerme, me informo antes de ver una película, exploro la sinopsis, consulto a mis amigos, que me conocen y suelen aconsejarme a modo de broma: “No hay problema. Es apta para mayores de 13”. No me lo dicen, pero sé que les causa gracia que sea tan “manteca” para el cine o la tele, y les sorprende que me comporte de otro modo ante lo que escribo o leo.

Unos años atrás alguien me recomendó Criminal, una serie filmada en cuatro países, con distintos directores, guionistas y elencos. El título me puso en alerta, pero la persona en cuestión aseguró sin vacilar que podía verla. Y así fue. A lo largo de 12 episodios filmados en el ambiente reducido de una sala de interrogatorios, una sala contigua separada de aquella por un espejo unidireccional y un pasillo, los respectivos grupos de investigadores conducen entrevistas a sospechosos y testigos. Lo excepcional de la serie es que no hay exteriores y que la trama se sostiene con el guion y las actuaciones soberbias. Es decir, el espectador solo dispone del relato y de aquello que los actores hacen mientras escuchan o cuentan.

Los guiones son tan inteligentes y el desempeño actoral, tan estupendo, que la atención se mantiene en alto durante los 45 minutos que cada episodio tiene. Aquel interrogado que al principio lucía culpable, ahora parece inocente. Y el interrogador que pretende ser el policía bueno se desenmascara en el pasillo y exhibe su miseria. Cada gesto, cada movimiento, la mano que juega con una lapicera o el vaso de agua que se ofrece, todo es parte de un sutilísimo rompecabezas. Los diálogos son tan potentes que no hay necesidad de imágenes explícitas. La mente del espectador se encarga de recrear todo aquello que se cuenta.

Unos días atrás vi Argentina, 1985. La referencia a la historia reciente me interesaba sobremanera. Me mantuve pegada a la pantalla sin distraerme ni un momento y sin olvidar que estaba ante una ficción basada en hechos reales, pero ficción, al fin. Sé que la película ha tenido una mayoritaria acogida favorable y que también ha recibido críticas. Más allá de algún desequilibrio entre actuaciones notables ?la de Peter Lanzani, por ejemplo? y otras no tan logradas, más allá de alguna imprecisión u omisión histórica que según sus detractores presenta y de la inevitable valoración ideológica que produce adhesiones y rechazos diversos, mi juicio como espectadora es, en términos generales, bueno.

Lo que más agradezco es la decisión estética de no optar por el atajo fácil del morbo y dejar que cada uno forje las imágenes que la dureza de los testimonios pone en evidencia. No solo fue una decisión valiente ?por cuanto, como es sabido, el morbo vende?, sino que obligó al guionista, al director y a los actores a redoblar esfuerzos y a refinar su técnica. Narrar sin mostrar resulta una tarea mucho más sutil y compleja. Todo el horror está allí, sin embargo, expuesto en lo que se narra y en lo que el espectador hace a partir de ello. Sin necesidad de explicitud, sin exhibir lo que los relatos desnudan, la película se abre camino en la sensibilidad y llega en toda su crudeza.

Todos tenemos algo de mantecas y un variado umbral de tolerancia ante el sufrimiento propio y ajeno. No se trata de huir de la realidad para esconderse en un mundo idealizado, bello y perfecto, sino de enfrentarla con otras estrategias. n