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Hace ochocientas semanas escribí mi primera columna. Quince
años y medio después escribo esta que será la última, al menos de la etapa que
hoy se cierra. Todo fin de ciclo supone un torbellino interior y este no será
la excepción. De la abrumadora mezcla de emoción, tristeza y agradecimiento,
elijo el agradecimiento. Sé que extrañaré no la rutina, sino el saludable
ejercicio semanal de decidir sobre qué escribir ?el fondo? y luego intentar
hacerlo de la mejor manera ?la forma? para ofrecer una pequeña pieza literaria
que conjugue ideas con una cierta belleza. Alcanzar ese tono exacto que nos ha
mantenido unidos por una década y media quizá sea el mayor logro de esta página
que, semana a semana ?sin faltar ni una vez?, ha sido un afectuoso lazo de
unión con los lectores.
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A ellos agradezco el ida y vuelta fecundo de esos correos electrónicos
que iluminaban mi casilla para comentar, criticar, sugerir, narrar desde sus
vivencias, siempre con respeto. He leído y respondido cada uno en la certeza de
que lo que sostuvo estas columnas por tanto tiempo no fue una genialidad
ocasional ni mucho menos un chispazo de talento, sino ese encuentro con los
lectores que todos los jueves se tomaban su tiempo para leerlas. Sé que algunos
las han coleccionado en prolijos biblioratos y que otros las han aprovechado
como disparador para una clase o para hablar con sus amigos. Eso me llena de
satisfacción, por cuanto el espíritu que me ha alentado jamás ha sido el de dar
cátedra ?no podría hacerlo?, sino el de reflexionar en el proceso de escribir y
convocar al lector a hacer lo propio desde su experiencia. Me gusta pensar cada
columna no como una obra acabada, sino como una herramienta.
Cuando en
2007 Danilo Arbilla y Mónica Bottero me invitaron a escribir una columna en
esta revista, valoré su confianza, el infrecuente hecho de dignificar la tarea
de un escritor considerándola un trabajo y no un mero pasatiempo. Me ofrecieron
lo más importante, lo más preciado, lo único innegociable: libertad para expresarme
como quisiera. Y así fue. Por encima de los cambios que ha experimentado la
revista, de las personas que llegaron y se fueron, esa libertad se ha mantenido
impoluta, como un faro ético. Un detalle nada menor que también reconozco y
agradezco.
Así me lancé a enfrentar el desafío con más intuición que conocimiento.
Lo mío era escribir novelas y cuentos. Ahora se me concedía una oportunidad
magnífica que me permitiría un contacto periódico con los lectores sin las
máscaras que la ficción ofrece. Llegar a miles de personas cada semana me
pareció una posibilidad deslumbrante. De ese modo la tomé. Pero jamás me vestí
con plumas ajenas. Esa tarea no me haría periodista. Sería apenas una escritora
con el alto privilegio de gozar de una voz en un medio. Tenía claro que ese
privilegio significaba una responsabilidad y que debía esmerarme para
merecerlo. Con los años, lejos de transformarse en un cómodo hábito, esa
exigencia autoimpuesta se convirtió en una obsesión: noblesse oblige ha
sido mi lema. Algún lector se sorprendería si supiera cuántas horas hay detrás
de cada columna, cuánto trabajo de orfebre engarzando palabras para forjar
conceptos, cuánto lleva crear la ilusión de que la página ha sido escrita con
fluidez, sin esfuerzo.
Cierro los
ojos y me veo escribiendo en la muralla de Cartagena, en un jardín en Shanghái,
en la cafetería de Orsay, bajo el Anteros de Piccadilly, sobrevolando el
Atlántico, apunada en Cuzco o varada sin visa en un hotelito ruandés. Me veo
estudiando biografías, rememorando episodios históricos, honrando a grandes
hombres y mujeres y nadando feliz en el mundo donde mejor me muevo: el de la
pintura y el de las letras. Me veo conmocionada por circunstancias extremas ?un
atentado o una pandemia? y sensibilizada por algún hecho mínimo ?una señora que
se roba una planta o un pececito de plata que serpentea en mi biblioteca?, y me
veo inundada por los recuerdos de mi niñez que permanecían olvidados y la
escritura hizo aparecer.
Pero la mayoría de las imágenes que vienen a mi mente son domésticas y
están atadas a un sentido profesional que mucho ha tenido que ver con mi
sustento. Escribía no solo porque me gustara hacerlo, sino porque era mi
trabajo y debía cumplir con él. Esa disciplina profesional ?más prosaica, menos
glamorosa? fue llevada adelante en paralelo con la crianza de unas hijas amadas
que acompañaron el devenir de estas columnas mientras transitaban de la
adolescencia a la adultez. Observar estos quince años es también verlas crecer
a ellas y sentir el orgullo de que me hayan superado en todos los aspectos.
Por todo esto y ante una nostalgia que ya presiento, me apuro a enarbolar
la alegría por los años compartidos y a reiterar mi más profundo
agradecimiento. Ochocientas veces, nobleza obliga. Ochocientas veces, gracias.
Será hasta pronto, si así tiene que ser.