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“A todo le
llega su hora”. Así, con la
precisión de una sentencia, mi amigo ?llamémosle Manuel? comenzó a referirme su
historia. Esas mismas palabras se había dicho unos días antes cuando miró
alrededor y constató que cada cosa estaba envuelta y guardada a la espera del
camión que llegaría temprano, la mañana siguiente. Ni siquiera se trataba de
esa esperanza de renovación fresca que supone una mudanza. Esto era distinto.
En tanto único hijo le había tocado la intrincada tarea de desmontar la casa de
sus padres. Y lo había hecho solo, en la certeza de que nadie más que él sabría
adónde destinar cada objeto. Durante dos agotadoras semanas había dedicado las
tardes después del trabajo a vaciar cajones, estantes y baúles.
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Al principio,
convertido en un implacable clasificador se había convencido de que aquello no
iba a tomarle mucho. Y hasta sentía un ligero orgullo por su capacidad práctica
de disponer en bolsas verdes lo que se donaría y en negras lo que iría a la
basura. Los muebles, la vajilla y la cristalería marcharían a remate, y unas
semanas después, sin demasiada expectativa, pasaría a recoger las migajas que
un desconocido hubiera dejado como pago por aquellos objetos que habían
acompañado a la familia por décadas.
Apagó la
inhóspita luz de una solitaria bombilla y se sentó en el suelo, la espalda
contra la pared y las rodillas recogidas, amparado en el amable resplandor de
un farol callejero. Hubiera deseado una copa de vino blanco, frío. Pero ni la
copa, ni el blanco ni el frío eran verosímiles en aquella casa sin gente.
Tiempo atrás, cuando ya no pudo postergar más el trámite que solo de él
dependía, Manuel había decidido ?¡cómo si eso pudiera decidirse!? que no se
permitiría ningún tipo de sensiblería. La familia que allí había vivido ya no
estaba. Sin ella, ni la casa ni las cosas tenían el menor sentido. Solo debía
vaciar, clasificar y disponer. Luego, la casa sería vendida. A ese plan se
había apegado en aquellas dos semanas, arrancando sin piedad cualquier brote de
nostalgia o tristeza.
Pero ahora, a
la orilla de ese trance crucial que supone la última despedida, cansado de
mente y cuerpo, sentía que podía concederse al menos unos instantes solo para
él. Bajó la guardia y se dejó ir en la molicie de los recuerdos. Y fue
entonces, como si de súbito las luces interiores se encendieran, cuando recordó
lo que había pospuesto, tapado por el resto de las obligaciones, confinado a
una última consideración, dilatado hasta el límite de lo posible. Un baúl de
cuero y madera descansaba junto al ventanal como una mascota fiel que se debe a
su amo y espera. No había decidido aún qué hacer con las fotos viejas.
Durante unos
segundos eternos se debatió entre la responsabilidad de levantar aquella tapa y
liberar los espíritus que allí dentro hubiera o la cobardía de fingir que el
baúl no existía, negar, negar, negar hasta que algún forzudo se lo llevara con
el resto hacia un destino que él no quería conocer. Toda la frialdad, toda la
entereza que lo habían mantenido firme a lo largo del proceso, de pronto se
diluían y lo dejaban convertido en un monigote soso y sin fuerzas.
Cómo le
hubiera gustado ser un insensible. Evadir los embates del remordimiento. Pero
cuanto más se afanaba en ello, con más nitidez le venían a la mente imágenes de
su infancia, navidades, cumpleaños y otras fiestas, imágenes que solo
significaban algo en el diminuto mundo de lo doméstico. Su madre abriendo el
infame regalo de unas pantuflas y fingiendo sorpresa, su padre leyendo, ahogándose
con una pipa recién estrenada o dormido frente a la tele encendida en una de
sus tantas siestas. Las vacaciones en la playa, un atardecer… Fotos repetidas,
con el encuadre defectuoso, fuera de foco, mal iluminadas, resabios de aquella
época en la que una foto era un tesoro y una prueba irrefutable de los hechos.
Época de rollos, revelados y álbumes. Época tan cercana y, a la vez, tan vieja
como aquellas fotos viejas.
A punto de dejarse vencer,
Manuel dice que le vino un impulso nacido de no sabe cuál de sus flaquezas.
Caminó hasta el baúl, acercó una silla y, ya sin darle más vueltas, fue sacando
poco a poco los álbumes y las fotos sueltas. Dice que no quiso encender la luz
por no estropear la intimidad del momento, que el resplandor fue suficiente.
Dice que al comienzo fue ordenando todo en una pila ?con una intención que
desconoce? y que, al cabo de un rato, empezó a romper. Dice que llenó tres
grandes bolsas negras. Que pensó en sus hijos, que no deseaba dejarles la carga
de disponer de aquello unos años después, una indelicadeza que sus padres
habían cometido con él. Dice que lloró mucho, todo lo no llorado en las semanas
anteriores y que llorar le hizo bien. Que eligió cinco fotos apenas. No me dijo
cuáles, ni yo se lo pregunté.