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"La seriedad está sobrevalorada: el humor es uno de los mejores mecanismos pedagógicos"

Nombre: Javier Mazza • Edad: 41 • Ocupación: Filósofo y docente • Señas particulares: Durante mucho tiempo releyó la trilogía de El Señor de los Anillos una vez al año, colecciona plumas y tintas, además de docente de filosofía es dramaturgo.

Nombre: Javier Mazza • Edad: 41 • Ocupación: Filósofo y docente • Señas particulares: Durante mucho tiempo releyó la trilogía de El Señor de los Anillos una vez al año, colecciona plumas y tintas, además de docente de filosofía es dramaturgo.

¿Cuándo se enamoró de la filosofía?
Es rarísima mi llegada a la filosofía: tenía 14 años y, como todo adolescente, pasé por una crisis de existencialismo y nihilismo, que en mi caso además también estaba teñida por un fanatismo con The Doors. Durante dos años los escuché exclusivamente a ellos, desde que me levantaba hasta que me acostaba. Leía primero las letras y después la biografía de Jim Morrison, eso me llevó a leer a Nietzsche. Toda su poesía tenía mucha influencia de la visión nietzscheana del mundo. Así me empecé a meter en ese universo y nunca paré.

En ese momento la filosofía no era cool. De cool no tenía nada, era vista como algo arcaico, asociada a Platón y Aristóteles. Ahora hay una especie de moda.

Es muy lector. ¿Cómo adquirió ese gusto? Mi vieja siempre tuvo como una especie de misión de inculcarme la lectura desde niño, me rodeaba de libros. A los ocho años me había leído todos los volúmenes de enciclopedias que había en la vuelta y unas versiones abreviadas de La Ilíada y La Odisea. De hecho, la maestra no me creía que los había leído. Era un niño bastante raro en ese sentido, pero era hijo único y los libros eran mis grandes aliados.

¿Comparte eso con su hija?
Sí, bastante. Pero si bien trato de que lea, también entiendo que no puede perderse de vivir en un mundo multiplataforma y tampoco me gustaría que fuera una niña que solo leyera. Me encanta verla leer, y luego agarrar la tablet para jugar, y después meterse a ver una serie en Netflix, y agarrar la guitarra y ver un tutorial en YouTube sobre cómo tocar un tema que le gustó. Me encanta que sea ciudadana de ese mundo y disfruto mucho viéndola hacer todas esas conexiones.

Intuyo que no es nostálgico. No, no, no. No soy un fundamentalista antiteléfono, al contrario, este mundo es un mundo alucinante por la disponibilidad de conocimiento que tenemos en la vuelta. Sí creo que no es transparente y que es necesario tener mucha educación crítica. Eso te lo inocula la filosofía, el porqué. Los gurises tienen el ataque del “¿por qué?” a los ocho y yo me quedé ahí.

Pero también tiene su costado analógico, colecciona lapiceras y libretas.
Solamente escribo con lapiceras fuente y siempre ando con una en el bolsillo y como con siete en la mochila. Escribo mucho en papel, colecciono lapiceras y libretas. Tengo cerca de 120 plumas y 40 botellas de tinta.

Estudió teatro durante mucho tiempo. ¿Cómo influyó eso en sus clases? Estudié la Licenciatura en Filosofía y me enfoqué en la investigación, no hice el IPA. Mi gran escuela pedagógica fue el teatro. Me llevé del teatro esa relación con la audiencia que me fascinaba: lo que más disfrutaba del teatro era la relación con el público, por eso me gustaba hacer comedia. No necesariamente por hacer reír, sino por tener ese feedback inmediato. Eso me llenaba de cierta adrenalina. En mis clases trato de replicar mucho eso, para mí son un gran diálogo con mis alumnos: son una gran puesta en escena de una idea o de varias ideas. Trato de provocarlos y trabajar el pensamiento crítico. 

¿Ser tan descontracturado en las clases le valió críticas de sus colegas? Sí, muchísimas. Pero no creo que la relación con los alumnos tenga que pasar por la seriedad. La seriedad está sobrevalorada: el humor es uno de los mejores mecanismos pedagógicos que tiene un docente. A mí me resulta este modo de relacionarme, me gusta, atesoro mucho los vínculos que tengo con los alumnos. Cada estudiante es una aventura, es un mundo y me fascina eso. A veces puedo ser un poco injusto porque no me llevo bien con los estudiantes tibios: la vena vocacional es de lo mejor que te puede pasar en la vida. Todos los días me levanto entusiasmado por dar clase. Cada semestre cuando arranca un curso es como que entrara a Disney, no lo puedo evitar.

¿La sociedad es injusta con los adolescentes? En cierto sentido sí, no se valora el conflicto interno por el que pasa el adolescente. Esa cosa pseudonihilista-existencialista que le pasa al adolescente se la minimiza. Por otro lado, hay una tendencia de sobreprotección a la fragilidad de esa etapa. El adolescente tiene que resolver ciertas cosas por sí mismo. 

¿Cuándo fue la última vez que lloró? Me cuesta un montón llorar y exteriorizar mis sentimientos, ahí culpo a mi raíz filosófica: racionalizo todo demasiado. Pero, además, no sé llorar en silencio, carezco de un llanto elegante. Si tengo que llorar, lloro a los gritos. La última vez fue a inicios de la pandemia, nos mandaron a quedarnos en casa, veíamos que el mundo se paraba y me vino una angustia terrible por la incertidumbre.