Antonio Ripoll: “Con los animales se activa mi parte más pasional y mental”

Diagnosticado con Asperger a los cuatro años, cumplió el sueño de convertirse en conductor de documentales con la serie Bichero, estrenada en National Geographic, el primer contenido dirigido a personas con TEA

Este domingo, al igual que los cuatro anteriores y los próximos cinco, televisores de 33 países desde Baja California hasta Tierra del Fuego sintonizarán National Geographic a las 20, 21 o 22 —dependiendo del país— y allí estará Antonio Ripoll, cámara en mano, en busca de una nueva misión por cumplir. El pasado domingo 23, desde toda América Latina, se lo pudo ver captando a un cocodrilo de más de cuatro metros, una semana después de haberlo visto fotografiando monos aulladores emitiendo un sonido tan potente como el de una turbina de avión a punto de despegar. Así, entre hallazgos de diversas especies en estado silvestre entre Argentina, Uruguay y Costa Rica transcurre Bichero, la serie documental sobre fauna y diversidad humana conducida por el uruguayo de 23 años, y que no podría llamarse de otra manera. Bichero es el apodo con el que Antonio se define, y la denominación que mejor parece ajustarse a esa mezcla entre su pasión irrefrenable por los animales, su impulso de compartir el conocimiento absorbido durante casi toda su vida a quienquiera que se cruce en su camino y su sueño desde niño de convertirse en conductor de documentales y así devolver a los animales todo lo que dice que le dieron durante más de 20 años. “Yo siempre sentí que los animales me salvaron la vida y, de algún modo, mi tarea de divulgación sobre la naturaleza es una forma de devolverles a ellos ese hermoso gesto que tuvieron conmigo”, dijo al presentar la serie creada por la productora Fusión, dirigida por Pablo Banchero y Nicolas Kronfeld.

Antonio se reconoce como bichero desde los cuatro años, misma edad en la que fue diagnosticado con síndrome de Asperger. Entre un sistema educativo que le hacía sentir que no encajaba, docentes que no lo terminaban de comprender y acoso escolar mucho antes de que fuera visibilizado a través de la palabra bullying, Antonio encontró en los animales una vía de escape. Fue el pingüino el primer bicho que llamó su atención, por tratarse de un ave que rompe con el estereotipo de pájaro. ¿Por qué este animal es como es?, se preguntaba aquel niño, una curiosidad que le abrió las puertas a la inmensidad del reino animal.

Desde entonces, Bichero podría también considerarse una suerte de alter ego. Antonio dice que más allá de que le gusta divertirse y “hacer tonterías como a cualquier adulto joven”, y que espera no madurar al punto de volverse “una estatua fría”, en la vida cotidiana tiende a ser más sereno, tranquilo. Pero solo hasta que un animal entra en escena. Una palabra, un sonido o una imagen bastan para que el bichero salga a la superficie. “El bichero soy yo a máxima potencia, dando el 100%, hasta la más mínima gota que provenga de mi esencia”, dice en una tarde de viernes apenas fresca en el Parque Rivera, donde el bichero inevitablemente cobra vida. “Ellos me salvaron durante la parte más oscura y dolorosa de mi infancia. Por eso el propósito de mi vida es devolverles el favor”, había escrito en 2019 en su cuenta de Instagram @Urugwild, que creó en 2016 como un proyecto de fotografía de la naturaleza.

Foto: Lucía Durán

Foto: Lucía Durán

Antonio señala el punto exacto donde salvó a la primera de las 25 o 30 tortugas que lleva rescatadas, justo a unos metros de la mesa al borde del lago donde comenzó la entrevista. El parque tiene una gran población de tortugas, dice, y recuerda cuando sorprendió a una pareja de mayores tirando al agua una especie de las que naturalmente se encuentran en Cabo Polonio. “La iban a soltar acá. Me vieron con otra tortuga rescatada, me dejaron a la bicha y la tuve unos años, antes de dejarla a Alternatus (Centro Educativo de Cría y Rescate de Reptiles)”, cuenta al lado de su “jefe”, Pablo Banchero, director de Bichero, que se presenta como el primer contenido inclusivo para audiencias con trastornos del espectro autista (TEA). La serie bien podría considerarse la cima o la base del sueño de Antonio. Para él, representa ambas cosas.

¿Qué sentiste cuando viste el primer capítulo?

Una sobrecarga de emociones como pocas, porque estuve mirando documentales en múltiples plataformas, National Geographic incluida, desde chiquito y hasta jugaba a ser el narrador. Siempre me imaginaba estar ahí, en esas pantallas, en esas piezas audiovisuales sublimes, con toda esa musicalización, la edición, los nombres de cada especie y con cada persona que te encontrás y conversás. Cuando vi los primeros, no pude contener las lágrimas. Fue muy surrealista, no se me ocurre ninguna otra palabra.

No imaginabas que este sueño se fuera a cumplir tan temprano en tu vida.

No tan pronto, y no de esta forma además, porque por lo general suele ser algo gradual. Esperaba que mi arranque en presentación de documentales fuese hacer algo dentro de Uruguay, chiquito, para un canal de YouTube, capaz. Pero National Geographic, pum, primer paso. Fue demasiado para procesar, encima estando rodeado de la gente más importante de mi vida, fue de las mejores experiencia, si no la mejor hasta ahora.

A rodar. A Antonio le vendan los ojos y lo empiezan a guiar. Veinte años fantaseando con los pingüinos en sus colonias reproductivas y qué mejor que captar su reacción más auténtica. Un paso, dos, cuatro y los olores y sonidos se intensifican. Ya los siente. Le sacan la venda. Un nido de pingüinos a pocos centímetros. Levanta la vista y ahí está: un paisaje cubierto por 600.000 pingüinos.

“La pingüinera se lleva la medalla de oro”, dice Antonio al hablar de una de las experiencias más memorables de los 25 días de rodaje, sin contar las horas “de guardia” a la espera de alguno de los bichos.

El rodaje se dividió en tres etapas: un primer viaje a Argentina, donde rodaron durante 15 días, otro que se dividió entre el país vecino y Costa Rica, y un último viaje de tres días a Rivera para grabar el capítulo de la yarará en el valle del Lunarejo.

En busca del cóndor andino en la sierra Pailemán (Argentina).

En busca del cóndor andino en la sierra Pailemán (Argentina).

Mucho antes del rodaje, e incluso de saber que la serie sería comprada por Disney para ser transmitida por National Geographic, compañía que determinó el presupuesto y el número de episodios —entre otras cosas—, Bichero empezó a tomar forma en las reuniones que Antonio mantenía con Guillermo Kloetzer, director del rodaje y, además, biólogo. “Él y yo somos los elementos bicheros del equipo. Nos reuníamos en su casa, en la oficina, hablando de nuestras experiencias, tirando especies y buscando los mejores destinos posibles para encontrarlas”. Armaron una lista larga que tuvieron que achicar una vez que NatGeo entró a la cancha con el presupuesto y rango de alcance del documental. Así lo resume Banchero: “Le dijimos a Anto y Guille que hicieran una lista que incluyera animales que a Anto le interesaran, el porqué y los vínculos que podían tener los comportamientos de esos animales con su historia de vida, con cosas que le interesaban a él y que lograba conectar con el resto de nosotros”.

En el capítulo sobre pingüinos, en península Valdés, Antonio presenció el ataque de un grupo de orcas a un cachorro de elefante marino.

En el capítulo sobre pingüinos, en península Valdés, Antonio presenció el ataque de un grupo de orcas a un cachorro de elefante marino.

Al final de cada capítulo, intentando no caer en el antropomorfismo, Antonio reflexiona sobre la especie encontrada y la manera en que se relaciona con alguna cualidad humana. En el episodio de los cocodrilos filmado en Costa Rica, el bichero destaca la paciencia de estos animales a la hora de esperar por su presa. “Es esa paciencia una de las cosas que más me fascinan sobre ellos, porque es eso lo que les ha permitido sobrevivir por millones de años, y una de las cosas por las que también los envidio un poco; (...) nunca fui alguien muy paciente que digamos, pero verlos a ellos, algo de esperanza me da”.

La construcción. Hubo tres momentos que Antonio define como los chispazos que terminaron de encender el mechero. Primero una entrevista en la radio AM 1210 de Piriápolis de la que no parece quedar más registro que la buena memoria de Antonio. Luego, en 2018, un estudiante de la UTU de Arrayanes llamado Agustín Villarreal realizó el corto documental Antonio, el bichero, que en 10 minutos narra su historia mientras acampa en el predio de la institución donde Antonio estudió primero Recursos Naturales y luego se recibió de guardaparques. “Ese fue el primer chispazo serio”.

Dos años después, una nota de la periodista Stephanie Galliazzi publicada en El Observador fue “el tercer y mayor chispazo que terminó de encender la mecha”. A través del artículo titulado Más allá del Asperger y el bullying: “Mi conexión con los animales me salvó la vida”, programas de televisión y de radio conocieron la historia de Antonio. Y empezó el efecto dominó: entrevistas por acá y por allá, columnas en la tele y en la radio, seguidores en las redes que no pararon de aumentar. “Fue un efecto que me aseguré yo mismo de mantener bien constante en cuanto a la energía cinética que estaba impulsando. Porque no hubiera sido posible si no hubiera hecho lo que hice durante estos últimos ocho años”, enfatiza.

En medio de todo ese efecto, Pablo Banchero leyó la nota de El Observador que hablaba sobre el sueño de Antonio de convertirse en conductor de documentales, y le mandó el link a su socio, Nicolas Kronfeld, quien de inmediato adivinó las intenciones de Banchero, y coincidió con él: había que contactar a Antonio para tratar de hacer realidad su sueño. “De entrada vimos a Anto, su pasión y cómo cuenta las cosas, y dijimos: ‘El mundo tiene que conocerlo’”. Al tiempo crearon Fusión, un emprendimiento social enfocado en la producción audiovisual de materiales que incluyan entre su público a las personas con TEA.

¿Cómo entró National Geographic a esta historia, y cómo decidieron que fuera un contenido inclusivo para audiencias con TEA?

Pablo Banchero: Hicimos todo un proceso de dos años y pico de trabajo de investigación. Primero surgió la idea de hacer esta serie para cumplir el sueño de Antonio, pero luego apareció esta nueva capa de que fuera vista por todos, inclusive personas con TEA. Eso requirió investigación para ver cómo hacíamos para filmar una serie que fuera vista por todos. Hicimos un piloto con las particularidades que estábamos planteando y recién con ese piloto y algunos materiales de testeo, salimos a buscar un posible comprador para la serie. En esas vueltas, apareció Disney con el interés. Ellos ya estaban en la búsqueda de contenido con inclusión y esto les calzó justo. Lo querían estrenar el 2 de abril —Día Mundial de Concienciación sobre el Autismo— y eso hacía que todo se apretara mucho. Disney apareció en agosto del año pasado.

Todoterreno. Kronfeld y Banchero querían que el mundo conociera a Antonio, y Antonio quería conocer el mundo. Hasta el momento, el bichero había hecho dos viajes en su vida: uno a Buenos Aires con su madre —sin perderse, obviamente, de atractivos como el bioparque Temaikén y Mundo Marino— y otro a Mendoza. Ninguno de ellos en avión. Ahora, después de rodar la serie y con tantos días de expediciones entre aviones, barcos, kayaks y snorkeling encima, se considera “por fin” todoterreno. Antonio subraya el rol del equipo encargado de protegerlo y ayudarlo a superar los obstáculos que estuviera dispuesto a atravesar. Menciona a Inés Podestá y Sofía Morel, sus “árbitras” en ese proceso. “No olvidemos el manual humano, que era que siempre nos acompañaba una psicomotricista o una fonoaudióloga. A la hora de grabar, de expresarme frente a cámaras, ahí estaban ellas para arbitrar”, detalla. Su soltura frente a cámaras superó cualquier expectativa. Cuando el bichero cobra vida, no hay quien lo detenga. “Eso ayuda mucho a la hora de estar frente a las cámaras. Puede que parezca forzado pero no lo es, simplemente se activa mi parte más enérgica, pasional y mental”. Además de la pasión, destaca la razón y el pensamiento. “Hay que tener muchísimo cuidado a la hora de hablar de bichos y no desinformar. Un paso en falso y terminás creando mitos, cuando un presentador busca destruirlos”.

Capítulo sobre ballenas en península Valdés.

Capítulo sobre ballenas en península Valdés.

Ante las cámaras, un desafío para Antonio fue resumir la información y encontrar una forma simple de transmitirla, teniendo en cuenta su tendencia a compartir hasta los detalles más sutiles, como los nombres científicos. “Venía con todo acumulado para compartir después de casi 20 años de estar mirando y absorbiendo documentales como una aspiradora absorbe el polvo de una casa abandonada. Así que venía sobrecargado, con demasiado para decir, mucho más de lo que permitía el guion”, cuenta el joven.

El desafío no era fácil, pero lo logró. Las aguas profundas también eran una fuente de terror para Antonio, que estaba pronto para derribar casi cualquier miedo. Siempre se sintió bloqueado ante la sensación de tener sus ojos bajo el agua y no tener ninguna plataforma sólida bajo sus pies. “Me vuelvo una piedra que solo sirve para hundirse en el fondo, y ahí el terror a ahogarme”. Su hermana, descrita como “la genia de las genias”, le trajo una máscara de snorkeling de España que cubre toda la cara, y con eso se animó a tirarse al agua. “Me traje la máscara de Costa Rica y no había alma que me sacase del agua. Era Peter la Anguila edición tropical, un poco más y me salían aletas con branquias. La pasé bomba, nunca pensé que disfrutaría tanto el snorkeling”, cuenta con total efusividad y una asombrosa facilidad para hacer reír.

Es la primera vez que percibe ingresos por su trabajo. “La verdad es bastante lindo, no te lo voy a negar”. Hasta la serie, todo su trabajo relacionado con el mundo animal había sido honorario, “por el bien de la causa”. “Eventualmente es innegable que espero poder ganarme el pan y la vida haciendo aquello que más me apasiona. Definitivamente ha sido un añadido a la satisfacción de empezar a materializar mi sueño”.

Junto a Pablo Banchero, director de la serie <em> Bichero. Foto: Lucía Durán</em>

Junto a Pablo Banchero, director de la serie Bichero. Foto: Lucía Durán

Bichero de alma. Antes de los artículos en medios de prensa y de las columnas en televisión, mucho antes de crear el proyecto de fotografía Urugwild, Antonio era un niño con una sed desmedida de aprender y una llama dentro que casi nadie podía percibir. Francisco, uno de sus profesores de Biología del colegio, no tardó en reconocer al “bichero de alma”, como lo describe en conversación telefónica con Galería. El docente, que asistió a la avant-première de la serie, bicherguarda en su retina el momento en que el pequeño Antonio entró al laboratorio del colegio Harwood (a donde ingresó en tercero de Primaria, después de sufrir acoso en varios colegios). Había desde cráneos hasta animales embalsamados, huesos y todo tipo de material biológico que el chico no podía dejar de mirar. Le habían dicho que era un niño disperso, pero él parecía estar frente a otro Antonio, uno que le hacía preguntas que podía esperar de un colega más que de un alumno. Era "brillante", dice, tanto que sus calificaciones no coincidían con las de sus maestras.

Una vez le dio un libro sobre fauna uruguaya y Antonio volvió a los cinco minutos exaltado. “¡Francisco, hay algo que está mal en el libro!”. Era la foto de un animal que en su leyenda se identificaba como una lagartija, y el niño sabía que se trataba de una cría de lagarto overo. “Lo ojeó rápido y encontró ese error. Le dije que estaría confundido, pero miré y me pareció lo mismo. Tuve que consultar a alguien más para no equivocarme, porque con Antonio no te podías equivocar. Él iba a seguir investigando hasta darse cuenta. Tras consultar a otras personas, terminó mandando el libro al propio autor, quien le confirmó que efectivamente se había equivocado”.

Al enterarse de que no lo habían invitado a la feria de ciencias, Francisco le pidió que preparase una charla sobre ofidismo en Uruguay, que sería ante los padres de los alumnos. “Lo veía siempre con tanto entusiasmo. Me dolía que no lo invitaran los compañeros de clase. No lo valoraban por esa actitud, siempre pensando en los bichos; a veces los niños están en edad de jugar, divertirse, y no sé si él los distorsionaba un poco”. Para sorpresa de todos —menos de Francisco— Antonio dio una “clase sensacional”. “Lo único es que lo tuve que frenar, porque él seguía. El entusiasmo era grande. Le decía: ‘Bueno, Antonio, ya está, pasá a la siguiente especie”. Emocionado al verlo en la pantalla de National Geographic, Francisco cree que este es solo el comienzo.

Continuará. El Pantanal, la Amazonia, Georgia del sur, la Antártida, Malvinas. La lista de lugares para rodar Bichero quedó con muchos pendientes. Si bien no está confirmada una segunda temporada, ni Antonio ni Pablo descartan la idea. “La prioridad de momento es el ahora. La primera temporada es la única que hay. El mañana es un misterio pero el hoy es un obsequio”, dice Antonio. “¡Ay, una larva de hormiga león en mi brazo”!, dice, entusiasmado, antes de retirarla de su campera de un soplido. Pero enseguida enumera los lugares a los que le gustaría ir: Inglaterra, Australia, Nueva Zelanda, Nueva Guinea, Madagascar, China, Japón. Banchero bromea: “Ta’ grande la temporada 2 de Bichero”.

El joven guardaparques no piensa detenerse hasta su último respiro, asegura. Y como soñar es gratis, ya se imagina conduciendo un documental en inglés, con música de Hans Zimmer. Planeta Bichero. Bichero por el mundo. Mundo Bichero. Por lo pronto, a Antonio ya se le ocurren varios nombres posibles.

El presentador de 96 años David Attenborough, uno de sus máximos referentes, empezó a conducir documentales a los 25. Él tiene 23. Pablo le dice que sus ídolos son ahora colegas, y Antonio se ríe.

—A. R.: Para poder considerarlos colegas tengo que hacer un documental primero que llegue al público angloparlante. Ahí capaz que sí.

—P. B.: Vamos a trabajar en eso.

—A. R.: Aun ni de chiste me voy a considerar digno de ser colega. Estoy a años luz de Attenborough. Eventualmente llegaré, a su tiempo.

Alas propias

En 2020, justo antes de empezar la pandemia en Uruguay, ibas a empezar la Facultad de Ciencias. ¿En qué quedó?

Lo hice a un lado. Ha sido un cúmulo de muchísimas cosas. Primero que nada, llegué a probar un poquito en cuanto al examen de prueba de cuánto saben los alumnos que entran. Me inscribí pero me resigné. Estando en plena pandemia, durante ese tiempo que estuve en casa, tranquilo, recordé lo que estaba sintiendo en ese único día que fui, que fue lo mismo que estuve sintiendo durante todos los años que me estaban forzando, acosando, persiguiendo, discriminando, es una sensación que la he estado sintiendo durante tanto tiempo que se vuelve una respuesta instintiva que no puedo controlar cuando estoy en la atmósfera educativa tradicional. Sumale a eso después rumores que he escuchado de choques que han tenido con alumnos que han estado dentro del espectro autista; sumale la pandemia, cosas como la excesiva politización que se está llevando a cabo en las instituciones educativas en general. Además de ser antipartidario, porque yo velo por Uruguay y por el planeta en general, por mi historia y mi forma de ser simplemente no puedo formarme de la manera tradicional. Una cosa es ser un niño chiquito que necesita formarse de alguna manera y tus padres solamente conocen la forma tradicional. Otra cosa es ser alguien ya de 1,81 de altura, 23 años, sentido de identidad, que al fin tiene una idea clara de lo que es. Eventualmente después de tanta imposición, tantas presiones y de esa respuesta que la tenés prácticamente grabada en el ADN, de una manera que es imposible erradicarla, llega el momento en que tu cabeza y tu corazón se autoconectan y te dicen: ‘Basta, suficiente’. Vos ya sos grande, ya sabés quién sos, lo que buscás, lo que querés, es hora de estirar tus propias alas y decidir a dónde querés volar, solo. Con todo lo que ya he hecho por mi cuenta, de forma autodidacta, si bien también tiene su parte técnica con los dos años que hice de la Tecnicatura en Recursos Naturales y el tercer año de guardaparques en UTU Arrayanes, y si bien no es un caso corriente el mío, es mi caso, es mi vida y yo decido a dónde quiero ir. Es algo que he tenido muy claro durante muchos años. Siento que la era de mi independencia llegó, y es hora de empezar a caminar hacia ese destino. Es en parte lo que ha hecho posible todo esto.

Para todos

Para crear una serie que garantizara una experiencia segura para audiencias con TEA fue necesario seguir varios criterios establecidos por un equipo de profesionales. “Nosotros lo separamos en dos cuestiones: por un lado las técnicas, de edición, sonido, cómo son los planos, objetos en el cuadro para que no distraigan de lo que se está diciendo”, explica Pablo Banchero, director de Fusión y de la serie. Por ejemplo, los capítulos siguen un orden en el tiempo y también cuentan con pictogramas, es decir, pequeñas imágenes que aparecen en la esquina inferior derecha y ofician de apoyo a la información transmitida por Antonio. “Después hay cosas que tienen que ver con lo que pasa delante de cámara, con lo que Anto dice, la forma en que se comunica. Las ironías, metáforas o chistes son cosas más difíciles de comprender, entonces es todo un poco más literal”, explica Banchero.

FUENTE: nota.texto7