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Carla Peterson: “Llegamos a lugares que no nos convienen, ni a las mujeres ni a los hombres”

La actriz presentó en Montevideo No me rompan, una comedia sobre los desafíos y dramas cotidianos (y algunos más existenciales) de dos mujeres bien distintas, pero con mucho en común

Carla Petersonha hecho algunos papeles dramáticos, pero es innegable que se la ve como pez en el agua en la comedia, un género que ha visitado tanto en tiras como en cine, y en series.

En estos días estuvo en Montevideo promocionando No me rompan, una película sobre dos mujeres desesperadas, o al borde de un ataque de nervios. Más que de nervios, de ira. Una, Ángela (Peterson), es una actriz que corre una carrera contra el tiempo. Lo nota ella y se lo remarca el entorno. Tiene que ser sexy y joven y para eso se somete a cualquier tipo de tratamiento. “Es una mujer exitosa, a la que todo le va bien, pero está sola y exigida por el deber ser. Le preguntan por qué no tiene hijos, y por qué no tiene marido. Esas estructuras o moldes en los que ya este personaje no entra”.

La otra, Vera (Julieta Díaz), es una emprendedora y ama de casa que hace malabares para promocionar sus productos de belleza artesanales mientras lleva adelante las dinámicas domésticas. Las dos confluyen en el mismo grupo de gestión de la ira. Las han derivado ahí después de algunos arrebatos considerados violentos y, después del choque inicial, termina naciendo entre las dos una amistad improbable.

El proyecto comenzó a gestarse hace siete años, cuando una ­amiga de Peterson, Jazmín Rodríguez, escribió un guion y se lo dio a leer a la actriz. Entonces empezó un proceso —intercalado con otros trabajos— que terminó de concretarse en marzo de este año, cuando empezó el rodaje en Uruguay, que después siguió en Argentina.

Últimamente se la ha visto en varias series que pueden verse en plataformas de streaming, como Terapia alternativa (Star+), Casi feliz (Netflix) y Educando a Nina (Prime Video), y también en películas como la reciente Blondi (Prime Video) y El gerente (Paramount+). Los ritmos de trabajo de las plataformas, menos vertiginosos que los de la televisión (Peterson protagonizó Los exitosos Pells, que se emitió por Telefe entre 2007 y 2008 y Lalola, América TV, de 2008 a 2009; dos tiras supertaquilleras ), se adecuan más a su vida actual, familiar, que prioriza desde que nació Gaspar, hace 10 años, el hijo que Carla Peterson tiene con su marido, el senador y exministro de Economía de Argentina Martín Lousteau.

La actriz llegó a Montevideo un día después de pasar toda la noche filmando en Buenos Aires El ­eternauta, una serie para Netflix en la que comparte escenas con Ricardo Darín y César Troncoso. Cuando conversa con Galería, amable y pausada, la falta de sueño parece no haber dejado rastros.

No me rompan nació como un proyecto de amigas. ¿Cómo fue?

El guion lo escribió una amiga mía hace siete años, Jazmín ­Rodríguez. Estudiamos juntas teatro y siempre estaba esta cosa de juntarnos y hacer cosas que nos gustaran. A ella le tocaba la tarea de escribir, a mí la de producir o actuar. Un día me dijo: “Escribí un guion”, y me lo dio para leer. Me reí mucho, le dije: “Hagámoslo”. A partir de ahí trabajamos un montón, porque también fue pasando el tiempo. Pasaron un montón de cosas y la película se había ido quedando en otra época en que no había redes, no había plataformas, la televisión era distinta; la familia se juntaba a ver un programa de televisión, eso ya no pasa. En poco tiempo cambió todo mucho, entonces tuvimos que ir adaptándola. Además, nuestros personajes hablaban de otra problemática. Yo le dije en un momento: “Estas cosas hay que correrlas un poco porque estoy grande, más grande que antes” (risas). Y creo que eso sumó también.

La película habla sobre la amistad. A veces la vorágine diaria saca tiempo para los amigos. ¿Es de cultivar las amistades? Sí, es difícil. Tal vez cuando sos más joven es más fácil, a mí ahora me cuesta encontrar el tiempo para juntarme con amigas, pero sé que las tengo. Como también tengo muchos amigos en mi profesión, porque pasaron muchos años y te vas haciendo, y por suerte también puedo trabajar con ellos. Entonces en mi trabajo también comparto con gente que aprecio y que quiero. Si te vas a trabajar y te encontrás con amigos, es un placer, no decís: “Uy tengo que ir a la oficina, donde está mi jefa o mi jefe”. Vas a encontrarte con pares y a hacer un trabajo que es hermoso. Mi trabajo es uno de los más lindos, que te demanda un montón, pero que también te devuelve algo muy gratificante: que la gente te diga que le gusta lo que hacés, o que se llene una sala de cine; que la gente se ría viendo lo que hacés, o llore o lo que le pase. Después, si quieren pensar, si quieren discutir… pero lo que queremos con esta película es que se diviertan. Es un tema duro en el fondo, pero a veces el humor hace que las cosas difíciles sean más fáciles.

Actúan algunos uruguayos (Alfonso Tort, Claudia Fernández) en la película. ¿Cómo fue ese vínculo? ¿La acercó más a Uruguay?

Desde que empecé a trabajar veo que desde Uruguay me siguen, desde el teatro, que me venían a ver; siempre sentí mucho cariño. Más allá de que ahora es muy importante porque estamos haciendo cosas juntos y muy lindas con Uruguay, como esta película. Poder filmar en dos países hace que se vaya agrandando esta industria, que nos da muchísimo trabajo a todos. Para mí, era importante estar acá porque muchas veces mi trabajo hacía que no pudiera venir. Estaba tratando de acordarme y creo que la última vez que vine a presentar algo fue cuando estrené Lalola (2008). Después vine un montón de veces a Uruguay, pero no a presentar trabajos. Estrenar la película acá me parecía también una manera de devolver tanto cariño, que lo sentís en las redes sociales y la verdad que me encanta. Y también a saludar a todo un equipo que trabajó con nosotros, y mostrar el trabajo que hicimos juntos.

Muchos de sus papeles retratan mujeres fuertes, con carácter y seguras de sí mismas. ¿Es una elección suya o se da así, se los ofrecen?

Esta es una película para la que no me convocaron porque fue un proyecto que nosotras fuimos empujando para que saliera. Pero muchos papeles me llegan, para la mayoría me convocan. Tal vez ven algo de eso en mí y me lo proponen, y también está bueno.

¿A qué tipo de proyectos o papeles les dice que no?

Si hay algo que siento que no cuenta algo, o que se repite. Si los personajes me quedan chicos o siento que están fuera de época o que no dicen nada más; que no te dejan pensar más allá de…, o que a mí no me hacen buscar algo más de lo que se ve. Veo una mujer fuerte, bueno, ¿pero qué más? Eso es lo que me divierte también. Y trabajar con actores y actrices que me gustan. Eso puede hacer que diga sí o no. O con algún director o directora que me guste, porque para mí una actúa mejor si trabaja con gente buena. Como cuando uno juega un partido de tenis: si el que tenés enfrente te devuelve bien la pelota, vos jugás mejor, si no, es aburrido el partido. Es un poco así, te contagiás de eso.

No me rompan la dirige una mujer, Azul Lombardía, y viene también de trabajar con Dolores Fonzi en Blondi y antes con Ana Katz en la serie Terapia alternativa.

Sí, estuve trabajando durante mucho tiempo con directoras. Antes estabas acostumbrada a que solo la maquilladora era mujer, la vestuarista era mujer, y ahora hay mujeres haciendo el sonido, la cámara, cargando y descargando equipos, haciendo de todo. Acá las editoras son dos mujeres. Necesitábamos la mirada de una mujer sobre estos temas. Trabajaron un montón de hombres, porque la idea es que sea un poco más repartido, no una cosa o la otra. En un momento pensé: ¿esta película la podría haber dirigido un director de comedia? Sí. Pero había algo que le íbamos a tener que explicar, porque no lo viven; por más que sean los mejores hombres, los mejores maridos, hay algo que no viven como nosotras. Es como la inteligencia artificial, que no sabe lo que es nacer, no sabe lo que es morirse, hay algo de lo emocional que no lo puede saber si no lo vivió, no lo sintió. Y tal vez eso pudiera hacer que se pusiera más solemne. Las mujeres atravesamos un montón de cosas y seguimos adelante, y tenía que mostrarse así. Además no queríamos hacer juicios, queríamos poner temas sobre la mesa. Si esto está bien o está mal, que cada uno lo piense, pero queríamos hablarlo.

¿Es diferente la dinámica de la realización, o el clima del rodaje al estar dirigida por una mujer?

En este caso te puedo hablar de Azul. La dinámica era la misma, pero pasaban cosas... Se me viene la imagen de ella cuando parábamos a almorzar. Tiene hijas grandes y tiene un bebito chiquitito, que venía, le daba la teta, jugaba un ratito, y se lo llevaban, y el rodaje seguía. Ver a una mujer en ese rol sin abandonar lo otro es muy interesante.

Hay algo que sentís, sobre todo cuando dejás de trabajar con mujeres, que también está bueno. Pero este mundo compartido empezó a abrirse tanto que empezás a sentir más familiar esto de trabajar rodeada de mujeres, y te empieza a sonar raro cuando falta.

Ha participado en muchas tiras, y ahora las plataformas han instalado el formato series. ¿Lo ve como una evolución de la televisión o una amenaza?

Yo creo que nuestros países tienen algo especial que es la creatividad de trabajar con lo que tenemos, tal vez con presupuestos más bajos, pero lograr cosas enormes y que nuestra creatividad sea muy valorada en otras partes del mundo. Creo que eso de trabajar tan sobre el momento en la televisión nos dio algo muy importante, porque tenés que resolver situaciones rápido, pero lo que aportan las plataformas es tener tiempo para ordenar un poco más esas cosas. Y trabajar con gente que venía del cine. Se empezó a mezclar la gente que hizo televisión, que además nuestra televisión es buenísima, con gente que trabaja en cine o series, gente que escribe tal vez de manera más acotada, con una estructura de cantidad de capítulos. Para mí, eso sumó mucho, y hay que cuidarlo. A mí como actriz me dio otras oportunidades, me hizo pararme en otro lugar, preparar las cosas de otra manera, filmar de otra manera, con otros tiempos, que es buenísimo. Después hay que ver, todo lo nuevo a veces trae cambios, y hay que llevarlos.

En Argentina tenemos esa posibilidad de hacer cosas que creativamente son buenas y llaman la atención y tienen un público y un lugar en donde se pueden desarrollar. Está bueno por nuestra identidad, nuestro lenguaje. Y digo “nuestro” porque también con Uruguay está esa posibilidad de compartir lo que estamos haciendo. Se filman series y van actores uruguayos para allá, vienen actores argentinos para acá. Ahora estoy filmando con César Troncoso El Eternauta, una serie con Darín para Netflix. Ya lo venía viendo a César trabajar y es un gran actor.

Foto: Adrián Echeverriaga Foto: Adrián Echeverriaga

Su personaje en No me rompan es el de una actriz que se siente presionada por cuidar su cuerpo y mantener su juventud, por su propio trabajo. ¿Es un reflejo de lo que se vive en el ambiente? ¿O la presión se la impone cada una?

Las dos cosas. Siempre querés estar bien, pero el afuera también te lo pide. Pasa en redes, pasa en todos lados. Cualquiera que tiene un poquito más de seguidores ya busca un like, les pasa a los niños, niñas y nos pasa a nosotros también. Nuestro trabajo está más expuesto. Te preguntan: “¿Qué te hiciste?”. No me hice nada, estoy más grande y es mi cara, que va cambiando. Y de golpe aceptar eso... En lo personal no siento que alguna vez alguien me haya venido a decir algo, pero la exigencia de afuera está todo el tiempo. Creo que nos pasa a todos. Estar ­desesperados por un like, porque tenés que gustarle a todo el mundo. Y si no les gustás, te entristecés. Es una foto, un filtro, una app; creo que hay que encontrarse un poco más con lo real. Pero a la vez lo digo usando redes sociales, no me pongo fuera del problema. Tenemos que desandar, todos, muchos caminos que nos llevaron hasta acá. Uno piensa: ¿qué pasó? ¿Qué nos pasa que todo depende de la belleza y del éxito? Que de golpe la excelencia del estudio, del trabajo, el esfuerzo, ya no es tan importante, sino estar siempre bien, contentos, flacos, lindos, usar lo que se usa, decir lo que se tiene que decir, todo para afuera. Las caras de nuestra época son muy distintas a las caras que había unos años atrás. Ves un cuadro y son otras caras, muy distintas. Creo que estamos aceptando que llegamos a lugares que no nos convienen, ni a las mujeres ni a los hombres.

¿Ante qué situaciones dice: “No me rompan”?

Detesto hacer trámites, por ejemplo. O que me llamen. Viste que ya el teléfono no suena, y cuando suena, lo atendés y es para ver si querés cambiar de telefonía. Me rompe eso. Pero igual siento que ya no me rompen tanto.

¿Está más tolerante?

No, pero puedo explicar un poco más lo que quiero y lo que necesito y chau, seguir de largo. Me siento más grande y puedo poner mis límites. Pero siempre hay momentos en donde te salta la térmica; como dicen: tenés la mecha corta (risas). Pero son cosas del día a día. A la mañana, cuando voy a llevar a mi hijo al colegio, sí, me voy peleando y gritando. El tránsito me vuelve loca. Y a veces digo: “¡No, mi hijo va a tener este recuerdo de mí!” (risas).