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Carlos Dopico, historiador de un rock honesto y con costuras

El periodista y músico presenta Hoy como ayer, libro inspirado en el ciclo La Púa de Colección en el que recopila anécdotas de la música uruguaya de 1968 a 2004

Candombe de la Aduana era al principio, como lo dice su nombre, un candombe que no convencía a los músicos de Níquel y que, todavía inédito, pasaba sin pena ni gloria en los recitales. Tener que eliminar, por motivos sobre los que aún hoy no se ponen de acuerdo, algunas de las canciones proyectadas para su primer álbum, obligó a Los Traidores a componer cinco canciones en menos de 10 días, entre ellas Flores en mi tumba y Viviana es una reaccionaria. Los miembros de Los Estómagos debieron apelar a la logística para que Alfonso Carbone, productor del sello Orfeo, los sacara del freezer y les concediera horas de grabación. Un CD con material premezclado, sobreviviente de la quema del disco duro que contenía las pistas, fue lo que permitió que Nérpola, de Bufón, haya visto la luz.

En 2010 y 2011 Canal 12 emitió un ciclo de documentales sobre 25 discos históricos de rock uruguayo (ver recuadros) que se llamó La Púa de Colección, una especie de spin-off de otro programa de esa emisora, La Púa, que condujo y produjo Carlos Dopico. Fue un ciclo muy logrado, con una gran contra: “Iba los viernes a la una o dos de la madrugada. Lo emitían luego de la tercera edición de Telemundo, que a su vez comenzaba cuando terminaba Tinelli”, recuerda su responsable.

“Yo no quería que esos testimonios quedaran guardados. Me inquietaba que eso pasara”, dice Dopico, “periodista suelto”, según su propia definición. Tenía esas 25 historias respaldadas por más de 150 entrevistas, el material audiovisual, las transcripciones y los guiones. Eso incluía declaraciones inéditas de protagonistas y testigos que no salieron a la luz porque en la televisión el tiempo es tirano. Pensó en una película o en una serie de DVD, posibilidades descartadas por su complejidad; finalmente lo efímero se volvió perdurable en forma de libro.

Así nació Hoy como ayer: apuntes de colección, anécdotas de la música uruguaya 1968-2004. Más allá del título y subtítulo, sus 648 páginas dejan claro que es mucho más que un compilatorio de “anécdotas”. Es una historia de la música nacional como también lo son el Razones locas de Guilherme de Alencar Pinto (1994, sobre la vida de Eduardo Mateo), De las cuevas al Solís de Fernando Peláez (2002 y 2004, sobre el primer rock nacional) o La era del casete de Tabaré Couto (2019, sobre el rock nacional 1985-1995). Todos esos libros habían sido devorados por el autor.

Y es una más caótica que cronológica, desarrollada a través de 12 capítulos, comunes denominadores de los álbumes recordados en aquel ciclo (ver recuadros): de El Kinto a Astroboy, de los Buenos Muchachos a Fernando Cabrera, de Dino y Montevideo Blues a El Peyote Asesino, de Sórdromo a El Cuarteto de Nos, y más. En el libro, Dopico se desdobla entre el entrevistador de ayer y el narrador de hoy, además de traductor a texto de un material que nació pensado para ser visto y oído. Apunte para lectores: fue tan eficaz en esta tarea que conviene tener el celular o la computadora a mano, porque surgen ganas irresistibles de ir a YouTube o Spotify.

Contra lo efímero. “En medio de su borrachera me dice: ‘¿Cuánto hay?’. ‘No sé, ¿cuál es tu cachet?’, le pregunté. Y me mira así (con los ojos casi cerrados), me mira y me dice: ‘A litro el segundo’. ‘¿A litro de qué?’, le insistí. ‘De vino’, me dice. ‘Ah, está bien’, le respondí y pensé: ‘Eso sí, de lo que quede. De lo que queda yo te doy a litro el segundo’ (risas)”. Jaime Roos recordó así parte del proceso de grabación de El tambor, de su disco 7 y 3. El “artista invitado” es Fierrito, un acompañante permanente de la cuerda de tambores, que siempre tenía varias copas entre pecho y espalda, y que a Jaime se le ocurrió que podía aportar la voz de la calle al tema. Fierrito se ganó 20 litros de vino.

Carlos Dopico, 46 años, en pareja con Marcela y padre de Amalia, de nueve, es, además de periodista, músico y artista escénico. Comenzó en la prensa hace 25 años en Guambia, aunque su anclaje fue en Rayos X y Mundo cañón, en X FM.  En su casa se escuchaba tango y no rock. Su primer instrumento fue un acordeón que tocaba su padre y que, a su vez, lo llevó a estudiar música. De ahí pasó a los teclados y finalmente a la batería; estudió con el histórico Gustavo Etchenique y su primera banda se llamó Vía de Escape.

El rock ya lo había capturado en el liceo: The Beatles y Rolling Stones, como buenas puertas de entrada, pero también Erasure, INXS, Depeche Mode y Madonna. “Era muy ecléctico. Cada vez que escuchaba algo nuevo me parecía mucho mejor que todo lo que había conocido antes. Eso aún hoy me pasa, ¿cómo puede ser que me haya encontrado tan de grande con Herbie Hancock?”.

Entre 1999 y 2010 fue productor del recordado Mundo cañón, un “periodístico joven” (eufemismo que suele ser un cliché, pero que en este caso tenía basamentos) que mezclaba actualidad política, humor y rock, y que pasó por X FM, AM Libre y Radio Futura. En 2005, el programa editó el libro Entrevista animal, con base en el segmento del mismo nombre, en el cual el protagonista era abordado de forma incisiva, poco ortodoxa, en medio de una atmósfera sonora bastante opresiva e intimidante. “No todos querían ser entrevistados”, se ríe hoy. Pasarlas a texto no era fácil y él fue, podría decirse, el transcriptor designado. Esa experiencia, más su propio bagaje profesional y personal, fue el precedente de Hoy como ayer.

Foto: Adrián Echeverriaga Foto: Adrián Echeverriaga

El libro se basa en el ciclo La Púa de Colección, pero en vez de recrear los capítulos, uno por disco, cambiaste la estructura: las historias de cada disco están en diferentes secciones.

Yo no quería jugar a historizar. No quería escribir una historia cronológica ni reiterar lo que ya había hecho, capitular con álbumes. ¡Y eso me arrojaba al caos! Fui encontrando guiones, desgrabaciones de brutos, cosas totalmente nuevas, declaraciones que no habían salido. Los capítulos me surgieron de la propia lectura, hay discos que están atravesados por el mismo año, otros fueron tocados por distintas crisis, varios de ellos admiten que tienen canciones casi “plagiadas” de otros (risas). El propio insumo me lo iba sugiriendo: veía una coincidencia en dos o tres discos y ya iba a buscar el resto. También elaboré capítulos que al final no salieron, unos cuatro, como el de las canciones compuestas fuera del país. ¡Eso me lo reservo para otro libro!

¿Por qué pasar de lo audiovisual a lo escrito? ¿Cómo hacerlo?

Hubo varios pasos previos. Yo soy de la vieja escuela, de la escritura. Yo necesito que las cosas perduren, generar antecedentes, ir contra lo efímero. Primero pensé en reeditar el ciclo en DVD, pero eso naufragó porque era muy complicado conseguir los derechos de autor. Cuando me fui del canal, en 2020, pensé también en una película. Pero eso también es un proyecto monumental, que involucra a mucha gente y me enfrentaba nuevamente al tema de los derechos. Lo que sí podía hacer, solo y en pandemia, era un libro. Entre el editor, el diagramador y yo le encontramos la vuelta.

Hay músicos que fallecieron en estos años: Wilson Negreyra, Claudio Taddei o Gastón Dino Ciarlo. Pablo Faragó (guitarrista de Níquel) estuvo en el ciclo, pero prefirió que sus palabras no estuvieran en el libro.

Pablo me pidió expresamente no ser transcripto y no repetir la experiencia, pese a que su participación fue muy rica; fue el único que no quiso estar. De alguna manera está, porque recuerdo con mis palabras lo que él decía. Sobre el final del libro recapitulo gente que estuvo en el ciclo y que ya no está. Tenerlos presente fue muy importante para decidirme a ir hasta el final en los momentos en que el proyecto podía naufragar. Me pesaba mucho tener el testimonio de los que están y mucho más de los que no están. Dino, incluso, fue el último que firmó la voluntad consentida de ser parte. Yo hice eso: consulté a todos para que certificaran mi trabajo y mi relación con ese material. Quizá bastaba con un email, pero tener esa certificación para mí fue crucial. Y Claudio Taddei… Me hubiera gustado hacer un programa con un disco suyo, el Cebras, nácar y rubí, pasa que él no vivía en Montevideo y era difícil de ubicar. Yo lo consulté como el productor artístico de Deskarado, el disco debut de La Vela Puerca (Obligado, 1998). Yo creo que mi libro lo reivindica porque su trabajo fue totalmente desplazado por Gustavo Santaolalla (el productor que lo reeditó al año siguiente para Surco/Universal). Wilson Negreyra era otro apasionado…

Especie en extinción. Pedro Dalton, antes de ser el frontman de Buenos Muchachos, diseñó el malevo y el farol que ilustran el disco debut de Los Estómagos, Tango que me hiciste mal (1985). En Orfeo pensaban que El Cuarteto de Nos en formato CD no iba a venderle “ni a la familia”; la banda de los Musso se mudó entonces a Ayuí y editó Otra Navidad en las trincheras (1994), todavía el disco más vendido del rock nacional. Cuando el baterista José Pepe Canedo le preguntó al bajista Daniel Benia por qué había tanta “buena onda” en la filmación del video de Cable pelado, en contraste a la tensión habitual que vivía El Peyote Asesino, la respuesta fue: “Nos separamos”. Llorando por vos resultó ser una versión acelerada de Help! de The Beatles, algo reconocido por los Buitres.  

Además de “combatir lo efímero”, el interés de Dopico —que hoy escribe en Latino Beat y Dossier, además de tocar la batería en Yo Astronauta—  pasa por honrar una profesión que ejerció en radio, televisión y prensa escrita, y que cree que está en peligro de extinción: la del periodista cultural.

¿Por qué el último disco es de 2004, el Amanecer Búho de los Buenos Muchachos?

A mí me pareció entonces una distancia de tiempo necesaria para el ciclo televisivo. Además llegaba hasta un tiempo y un terreno que dominaba mucho. Yo también transité esa época, parte de la década de 2000, como encargado de prensa de Koala Récords (N. de R.: ese sello trabajó con los Buitres, Trotsky Vengarán, Bufón, Sórdromo, El Cuarteto de Nos, La Trampa, Hereford).

Esa fue una época de gran popularidad para el rock nacional, ¿no tenés la sensación de que no pasó nada realmente grande desde entonces?

Sí, tengo… pero puedo ser muy injusto. También pasa que desde ese entonces empecé a desatender toda la escena, empecé a envejecer, fui padre. Todavía hay muchos artistas, pero también noto una desatención sobre el rol del cronista musical. Me refiero a esa persona que reseña, que puede transmitir al público los conceptos de una obra, de una expresión artística; eso está desapareciendo. Ojo: esta observación ya la hacía Jaime (Roos) en los años 80.

Más allá de lo que significaron, ¿todos los discos del ciclo te gustan?

Sí, sí. La selección también tuvo que ver con esa cosa arbitraria de los gustos personales. Sí intenté hacer un muestreo de lo que hicieron las distintas generaciones.

Más cooperación que conflicto. “Ahí vamos… Esa parte fue total improvisación, sin mirarnos y estuvo bueno. Para que veas que estábamos reconectados… En un momento, fuera de libreto, yo canto: ‘Es el amooor…’ y él dice: ‘Profuuundo’. Entonces, ahí te das cuenta que acertamos con el invitado. Él dice que yo la canté como reblusera, y él como la puta vieja (risas)”. Emiliano Brancciari escucha la canción, recuerda y agrega contexto a la invitación de No Te Va Gustar a Alberto Mandrake Wolf a grabar Cosa linda, que cerraba su placa debut Solo de noche, de 1999. La letra de las estrofas correspondientes acompaña la memoria. Es el único tema de ese disco en el cual el productor, Juan Campodónico, no metió cuchara. Dopico, conocedor del ambiente, pone en contexto la situación: “Desde que acordaron contar con Campodónico, no debía haber maniobras a espaldas del productor”. Por suerte para la banda el vínculo no se resintió más allá del lógico enojo.

Habría gente que no querría revisar su pasado, otros no podían.

Eso podía ser complicado. Para el Circa 1968 hubo varios condicionantes: Mateo no estaba y (Ruben) Rada, entonces, no quería hablar. Si bien 10 años después capaz es distinto, a la hora de editar el libro quise respetar eso, ser justo con todos aquellos que sí me aceptaron hablar en su momento y también a mi trabajo.

También debe haber sido difícil trabajar con Nérpola, de Bufón. Ossie (Osvaldo Garbuyo, cantante y compositor) ya había fallecido antes de ese ciclo. Tuviste que ir por todo el resto de la banda.

Totalmente, pero tenía una gran ventaja: yo era muy amigo de Ossie. Incluso él muere unos días antes de que falleciera mi mamá… Llegué hasta a proyectar varias ideas televisivas con él, había grabado en Koala. No era una banda convencional, más allá de su estructura clásica. Iba mucho al metal, letras complejas y filosas.

Al inicio de los capítulos hacés un paralelismo con lo que pasó en Inglaterra y Estados Unidos; realmente, ¿acá hubo alguna vez una real movida rock?

Casi que no. Fue todo a la uruguaya. ¡Es muy fuerte que las experiencias con más posibilidades de haber alcanzado lo máximo hayan naufragado o hayan sido boicoteadas! El caso de Terraja (1998) fue claro. El Peyote Asesino tuvo la oportunidad de haberse comido toda Sudamérica con toda la industria a favor, con el sello Universal atrás. Tenían claro el dónde y cómo.

Más fuerte incluso que luego La Vela Puerca y NTVG, decís.

Ellos son otra cosa. Incorporaron sí el aprendizaje que les antecedió y el de Jaime (Roos). Jaime sí es el artista con más claridad respecto a qué hacer con su propia obra. Él es dueño de todo, música, fotos, portadas, es el único artista sudamericano capaz de remasterizar su propia obra.

Como conocedor del ambiente, ¿qué tanto se dio acá la trilogía sexo-droga-rocanrol?

Pasa que la droga siempre fue una cuestión muy incipiente… de difícil acceso. Hay más casos de alcoholismo que de drogas. Son contados con los dedos de una mano los tipos verdaderamente reventados, que además no son los ejemplos más conocidos. Se hablaba de los excesos de Los Estómagos, pero quienes los trataron decían que eran unos lords. De hecho, a ellos los distorsionaba el ambiente convulsionado que tenían alrededor, como un técnico de grabación que sí tomaba.

¿Y groupies?

Aparecen pero en anécdotas casi puntuales, groupies en cantidad puede haber tenido Níquel. Pero eso pasó luego del éxito del disco Gargoland (1991), que para ellos fue sorpresivo. Fue un doble disco autoproducido que al principio dejaba afuera al hit promocional (Candombe de la Aduana). Cuando sale, el mundo rockero los condena pero también se ve beneficiado por ese hit. La banda se ve desbordada por esa canción que cortaba el rock que ya tenía Níquel, que no entraba en esa estética oscura y nihilista del rock uruguayo ochentoso: usaban bandanas, camisas floreadas, panderetas. ¡Por eso los odiaron!

En ese entonces, el éxito en el rock uruguayo estaba mal visto, ¿cuánto empezó a aceptarse?

Muy tardíamente. Pero ojo que eso pasa en todos lados: los primeros fieles dejan de querer a una banda cuando esta se desborda de público. Esto empieza a cambiar con la llegada de los sellos internacionales en los 90, el cable con MTV, el boom de la crisis…

¿No hay demasiada endogamia en el rock nacional? Los de Níquel tocaron con Jaime, Juan Campodónico produjo a NTVG y Taddei a La Vela Puerca, Guillermo Peluffo (Trotsky Vengarán) les filmó videos a varias bandas, Pedro Dalton le hizo la portada a Los Estómagos, se prestaban instrumentos entre ellos, tocaban en más de una banda…

Vos podés creer que eso iba a ser un capítulo? Eso pasa porque son pocos y, además, en las sombras se dan cosas que no se ven a la luz: la gente no sabe de esos cruces, mucha gente se ha abonado a los mitos de conflictos, cuando en realidad la escena ha sido bastante más generosa. ¡Esta es una escena demasiado difícil y empobrecida como para agregarle conflictos! Se prestaban instrumentos, equipos de management, definitivamente había más convivencia que conflicto.

Vos que podés, ¿cómo definirías al rock uruguayo? Si es que eso es posible.

Voy a usar una definición de La Tabaré: es el rocanrol del arrabal, el rock de acá, el que no es parecido a ningún otro, que toma elementos de todos lados para crear una identidad única. Es un rock muy genuino y por eso es respetado, no tanto por su sofisticación sino por su honestidad. Es un rock honesto, muy poco industrializado, al que siempre se le ven las costuras.

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El libro

Hoy como ayer: apuntes de colección, anécdotas de la música uruguaya 1968- 2004, de Carlos Dopico. Ediciones B, 648 páginas, 990 pesos.Hoy como ayer: apuntes de colección, anécdotas de la música uruguaya 1968- 2004, de Carlos Dopico. Ediciones B, 648 páginas, 990 pesos.

Hoy como ayer se divide en 12 capítulos: Aires de popularidad (Historias de canciones que fueron hits), La voz cantante (¿Cómo llegaron hasta el micrófono?),  Insistir, persistir y nunca desistir (La lucha por conseguir un sello para editar: un periplo más hamacado que un tren), Play rec (Anécdotas de grabación, mezcla y edición), Calentando las gargantas (Anécdotas regadas de alcohol y otras sustancias), Ensayo y error (Desafiar, convencer y arriesgar para conseguir), Arte de tapa (La imagen que envuelve las canciones), Contracrisis (Sacar el mejor provecho del peor escenario), La musa inspiradora (Historias de canciones: versiones, tributos, plagios e influencias), Riñas y disputas (Cuando toman estado público los conflictos internos), El oficio de hacer canciones (¿Qué sabés de esa que sabemos todos?), Las armas del rock (Historias de canciones combativas).

La materia prima

El primer ciclo de La Púa de Colección, de 2010, homenajeaba a los siguientes discos: Montevideo Blues, de Dino y los Montevideo Blues; Sansueña, de Eduardo Darnauchans; Tango que me hiciste mal, de Los Estómagos; 7 y 3, de Jaime Roos; Montevideo Agoniza, de Los Traidores; Rocanrol del arrabal, de La Tabaré Riverock Band; El tiempo está después, de Fernando Cabrera; Otra Navidad en las trincheras, de El Cuarteto de Nos; Terraja, de El Peyote Asesino; Deskarado, de La Vela Puerca; Caída Libre, de La Trampa; y Amanecer Búho, de los Buenos Muchachos.

El segundo, de 2011, recordaba a: Circa 1968, de El Kinto; Mateo solo bien se lame, de Eduardo Mateo; Visitantes, de Zero; Gargoland acto I y II, de Níquel; Maraviya, de los Buitres; Solo de noche, de No Te Va Gustar; Aquí… ahora…, de Sórdromo; El ritmo del barrio, de La Abuela Coca; Amor en lo alto, de Alberto Wolf y los Terapeutas; La corona del Rey, de Hereford; Durmiendo afuera, de Trotsky Vengarán; Nérpola, de Bufón; y 5 estrellas, de Astroboy.

La selección del autor

“Uyyy, hay gente que se va a calentar conmigo”, resopla Carlos Dopico cuando se le pregunta cuáles son, a su criterio, los cinco mejores discos del rock uruguayo. “Yo mismo me voy a calentar conmigo al leer lo que respondí”.

Se lamenta, pero contesta. La selección del autor/historiador/protagonista/testigo del rock uruguayo es: “El Tango que me hiciste mal (Los Estómagos, 1985) y el Montevideo agoniza (Los Traidores, 1986), tremendísimos. El Nérpola (2003) de Bufón, suena horrible pero me resulta muy importante. El tiempo está después (Fernando Cabrera, 1989) es muy rico y lo curtí mucho en mi adolescencia. Y también está el Sansueña (1978), del Darno (Eduardo Darnauchans)”.

Por quejas y reclamos dirigirse al autor.