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Nombre: Conrado Román Hughes •Edad: 75 • Ocupación: Jubilado de contador público, docente universitario y tertuliano de radio y televisión • Señas particulares: Se jacta de sus 60.000 seguidores en Twitter, no sabe hacer asados, lo entusiasma la genealogía
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¿Alguien lo
llama por su nombre? La televisión
me convirtió en Connie, que pese a ser un medio desfalleciente, mucha gente lo
usa. Antes no me conocía nadie, ¡nunca había sido famoso! Una vez estaba con un
amigo y había dos señores descargando una mesa. Les digo: se les va a caer. Y
uno me contesta: “¡Connie! ¡Vení a hacerlo vos!”. Claramente, carezco de
anonimato. Pero que me digan Connie me parece un gesto de amabilidad asombroso.
La gente intuye que no le pongo cara de traste a nadie.
Lo de adjetivar mucho, ¿se lo han señalado? Fui
consejero de facultad cuando el decano era (Danilo) Astori y el ambiente del vamo’
arriba con el retorno democrático le pasaba por arriba al derecho, la Ley
Orgánica y lo que sea. Entonces frente a los mamarrachos yo pedía la palabra y
Astori masticaba vidrio. En una de las sesiones me dice: “El consejero Hughes
¿podría reducir la tasa de adjetivos?”. Le dije que no, que eran la sal del
discurso, a lo que me respondió: “Sí, pero usted sabe que deja caliente a un
pueblo” (ríe). Los escritores que saben dicen que deben usarse menos. Yo
me formé en números, nadie me lo había explicado hasta que conocí a mi filósofo
inspirador, Antonio Escohotado, que escribía y hablaba como los dioses, y no
usaba adjetivos. Falleció en 2021, y por reverencia a él, lo estoy intentando.
Pero a mi edad es muy difícil, ya es hábito.
¿Cómo pasó de ser wilsonista a formar parte del gabinete de Lacalle
Herrera? De chico ya conocía a Wilson, su hijo mayor estaba una clase más arriba
que la mía. Las pocas familias del viejo Carrasco fuimos las que fundamos el
colegio Stella Maris, y nuestros padres se organizaban para llevarnos al cole.
Wilson me llevaba. Empecé a militar para él desde la juventud universitaria; me
arrimé a un acto y me invitaron a una reunión. Éramos 35. Wilson pasó, vio un
grupo de jóvenes y entró. A los 10 minutos estábamos todos fascinados, era un
encantador de serpientes. Pero a medida que fui siendo más grande asumí una
posición liberal que se daba de patadas con todo eso. Fue Sanguinetti recién
electo quien le estiró la mano a Wilson; no era una coalición formal, le
ofreció cargos, pero a Lacalle no le dio nada. Al final quedó una vacante en
Ancap y Wilson, ya enfermo, se la dio. A las siete de la mañana, ¡Lacalle me
llamó a mí! Vivía a media cuadra de casa. “¿Querés que vaya en pijama?”, le digo.
Al final me dejó darme una ducha y desayunar. Asumí el 1º de enero del 88 y ya
para el 89, cuando él salió electo, me dio la opción de elegir algún cargo. El
1º de marzo del 90 asumí como director de la Oficina de Planeamiento y
Presupuesto.
¿Cómo es repartirse el tiempo entre 10 nietos? Yo estoy a
la orden de mis nueras, no tengo compromisos y disfruto del trabajo de abuelo.
Estoy grabando los cuentos de mi vida para mis nietos. Hoy me anda muy bien la
croqueta pero creo que dentro de 10 años ya no va a ser así, y todavía ninguno
se sienta a escucharme, el más grande tiene 13 y la más chiquita dos. Entonces
con una camarita y un trípode les estoy grabando videos de cinco a 10 minutos y
las memorias del abuelo van a estar ahí. Mi madre era nieta de Alfredo Vásquez
Acevedo, importante figura en la política uruguaya, que además era cuñado de
José Pedro Varela; redactó los primeros libros de la escuela y fue rector de la
universidad. Tuve la fortuna de leer sus memorias de su puño y letra, y casi
pierdo un examen por quedarme tres días leyendo; era la historia de mi país
contada por un actor partícipe. Yo soy la décima parte de él, pero no es que
mire para atrás y piense que no hice nada.
Hizo el colegio con varios
de los miembros de la delegación deportiva que se accidentó en los Andes. ¿Cómo
recuerda ese episodio? Yo era miembro de la directiva del equipo, tesorero, pero no viajé.
Marcelo (Pérez), el capitán, me llamó antes del vuelo: “¿No venís? No seas
zapallo, son 50 dólares”. Le expliqué que el próximo año me casaba (por primera
vez) y todavía estaba pagando la cuota de la heladera y la cocina, que eran 17
dólares. Si yo me gastaba tres meses de la cuota para irme de pachanga a Chile,
¡Magela me cascaba! Pasó lo mismo en un 108 con el oreja (Gustavo) Zerbino; le
hice el cuento de la heladera y él me relajó porque había arrugado con el
viaje. Se bajó del ómnibus, se dio vuelta y me gritó: “¡Pollerudo!”. Como soy
un tipo muy racional y las creencias se llevan mal conmigo, mientras todos iban
a lo de Carlitos Páez viejo a ver qué le había dicho el vidente holandés (sobre
el accidente), yo no veía nada para hacer. La noche que aparecieron (Fernando)
Parrado y (Roberto) Canessa yo ya había perdido no las esperanzas, esas las
perdí a los cuatro días, sino la preocupación. Estaba en un asado y alguien
preguntó si habíamos escuchado la radio, que parecía que los habían encontrado.
Con varias cervezas arriba nos fuimos a lo de (Rafael) Ponce de León. Era
verdad. Yo la esquivé sin hacer ningún mérito.