Emanuel Ginóbili: “Disfruté mucho el básquetbol, pero cuando me retiré me sentí liberado”

Sexto hombre de San Antonio Spurs y primera figura de la NBA, líder y soldado al servicio del equipo, lejos de la competencia dura, vive hoy la calma del reposo

Ninguno de los asistentes al estadio Once Unidos de Mar del Plata ese 29 de setiembre de 1995 teníacómo saber que estaba participando de un evento histórico. El local Peñarol derrotaba al Andino Sport Club de La Rioja 104-85 por la Liga Nacional de Básquetbol argentina. Entre los visitantes debutaba un jugador flaco pero no frágil, alto pero no tanto, proveniente de una ciudad, la bonaerense Bahía Blanca, y una familia donde este deporte estaba muy arraigado, pero que nadie veía aún como una estrella naciente. Se llamaba Emanuel Ginóbili, tenía 18 años, un póster de Michael Jordan en su casa materna, el sueño en el horizonte de jugar en la selección argentina, que no vivía por entonces sus mejores momentos, y el sueño completamente utópico de llegar a la National Basketball Association (NBA), la élite de la élite, algo que parecía completamente vedado para un argentino. Manu, apodo que por entonces no significaba nada para quien no lo conociera, jugó 15 minutos y anotó nueve puntos, fruto de tres triples. 

El 24 de abril de 2018, con cuatro anillos de campeón de la NBA y un oro olímpico sobre la espalda, algo impensado para alguien nacido fuera de Estados Unidos, Manu —ahora nadie dudaba quién era— jugó su último partido. Fue en los playoffs ante Golden State Warriors en el Oracle Arena de Oakland (California). Ginóbili, con 40 años y 270 días, todavía en alto nivel, hizo lo mismo que en esa temporada y en las 15 anteriores: dar todo de sí mismo, como líder y como soldado, para el triunfo de su equipo, los texanos de San Antonio Spurs. Lo hizo desde el banco, lugar que entendió y valorizó en un universo donde los egos pueden verlo como una afrenta. Pese a los 10 puntos y tres asistencias que aportó, no pudo ser: los locales vencieron 99-91. Steve Kerr, el entrenador rival, que terminaría siendo el campeón de la temporada, se acercó a saludarlo y pedirle que jugara “un año más”. Pero en agosto de ese año hizo público que ese había sido su último baile. Ya había hecho historia.  

“Cuando todo terminó dije: uffff, wow… ¡calmémonos!”, dice Emanuel Ginóbili a Galería, gesticulando y abriendo grande los ojos, fuera de todo divismo. Fue una leyenda, un top 100 de la NBA, un tipo supercompetitivo que se brindó al mil por mil para ganar y no dejar que nadie le arrebatara siquiera un sorbo de gloria. Sus hijos, los mismos que le saltaban al cuello en el triunfo o en la derrota, le enseñaron una nueva perspectiva de las cosas. Su presente lo encuentra como inversor en startups, asesor de los Spurs, deportista amateur y conferencista. Es más que eso: hoy es un padre y marido que quiere disfrutar las cosas simples de la vida. En eso está. 

¿Qué le queda en Bahía Blanca? ¿Qué le queda de Bahía Blanca?

Me queda un montón de gente que quiero y mucho. No soy de afeccionarme con cosas y lugares, pero sí con las personas que me llevan a esos lugares. Bahía Blanca es mi familia, mis viejos, mis hermanos, mis sobrinos, mis amigos. Los mejores amigos los tengo de la época de secundaria y la mayoría sigue viviendo ahí. También está mi club de chico, Bahiense del Norte. Eso lo tengo y lo voy a seguir teniendo. Voy dos veces al año, en junio y diciembre, y lo disfruto mucho, bajo un cambio, gano en afecto, en comunidad, en conexión, me lleno de amor y me vuelvo a San Antonio.

Se lo asocia al rol de “sexto hombre”. Si bien no es lo mismo estar en el banco en el básquetbol que en el fútbol, requiere —y más en la NBA— un importante ejercicio de humildad.

Fue algo que terminó definiendo mi carrera, que siendo uno de los jugadores principales terminé asumiendo un rol secundario. Eso al menosen los papeles. Después uno, si mira la participación en el juego, o el cierre de los partidos, no cambiaba tanto. Por ahí en algún partido relegué cuatro o cinco minutos que hubiera tenido si arrancaba en el quinteto inicial; pero me sentía igual de importante, tenía otro tipo de rol, cuando jugaba tenía una mayor injerencia en el tiempo. Me costó de entrada, sí, no me gustó cuando lo decidió el entrenador, fue una orden y la acepté. Y después, cuando ya era un jugador consolidado en el equipo, fui entendiendo las razones. No era un castigo, no era una penalidad, era una cuestión estratégica. Para mí, nunca cambió nada, lo tomé con naturalidad y con orgullo. Tuve que entender que relegaba minutos y brillo personal para que el equipo fuera mejor.

<em> Foto: Adrián Echeverriaga</em>

Foto: Adrián Echeverriaga

No es ese un pensamiento habitual en la NBA.

No, definitivamente no lo es. Creo que se fue valorizando ese rol y ahora algunos jugadores lo hacen.

¿Se siente responsable de eso?

Ehhh… creo que sí, que funcionó. Antes era una especie de…

Suplente.

Sí, pero en el fútbol hay una connotación peor, ¡y yo soy argentino! Entonces a mí me afectó, leías algún titular de los diarios y… Luego me di cuenta de que era solo una cuestión de ego, que el básquetbol no tenía nada que ver con el fútbol, que simplemente no se decía mi nombre al anunciar el quinteto inicial. Dije que lo podía hacer, vi que no era lo mismo que lo hicieran (Tim) Duncan o (Tony) Parker (las otras grandes figuras de los Spurs), y lo llevé con orgullo.

Ya consolidado, le solían dar la última pelota del partido, es la que decide la victoria o la derrota. ¿Qué pasa por la mente en ese momento? ¿Qué significa eso?

Es fabuloso.

¿No es aterrador?

Al verlo ahora, en otros, sí lo veo aterrador: “¡No puedo creer que me pasara eso a mí tan seguido!”. Pero cuando uno está en pleno juego, y se prepara tanto, y se entrena tanto, los roles se van definiendo y en muchos partidos ese era mi rol. Y sabía que estaba capacitado para ese rol, ¡porque por algo me lo daban a mí! Lo hacía con naturalidad. Claro, había momentos en los que pensaba: “Wow, estoy acá en el medio de la cancha, picando la pelota y esperando que se consuma el tiempo y todos están esperando qué hago”. Era una sensación muy fuerte. Y yo, como fan del básquetbol, lo veía de chiquito con Michael Jordan, con Magic Johnson. ¡Y ahora estoy en un play off, a punto de definir una serie, un partido! Es una sensación increíble. Hay muchas anécdotas de las ganadas y perdidas. La primera fuerte que recuerdo fue para definir una serie contra Seattle Supersonics en 2005: estaba en la línea de triple, esperando el tiempo, ataco el aro, se abre Tim Duncan solo, tira (gesticula), y eliminamos a los Supersonics. Fue muy fuerte y todo el equipo fue feliz, Tim por el doble, yo por el pase y todos por la clasificación. Pero también es difícil olvidar cuando te toca para el otro lado. En el sexto partido de las finales de 2013 contra Miami Heat, me agarra un rebote Chris Bosh, que es más alto que yo, se la pasa a un compañero, meten el triple y ganan en el suplementario. Y eso te queda en la cabeza: si hubiese saltado un poco más, si se la pasaba a un compañero…

<em> Manu levantando el trofeo del campéon de la NBA, algo que hizo cuatro veces en 16 temporadas jugadas a alto nivel. </em><em>Foto: Taylor Jones, AFP </em>

Manu levantando el trofeo del campéon de la NBA, algo que hizo cuatro veces en 16 temporadas jugadas a alto nivel. Foto: Taylor Jones, AFP 

Eso pese a que entonces ya había ganado tres anillos de campeón. 

Sí, ¡igual uno no quiere regalar ninguno! Si uno se dedica a esto, y se dedica 23 años como profesional como yo, tenés varias de estas historias para contar. Y alguna deja replanteándote cosas. Pero con el tiempo uno aprende: es el deporte, te toca a favor y en contra.

¿Lo ayudaba el físico en sus inicios?

No, de entrada era chiquito para lo que quería. Yo quería vivir del básquetbol, jugar en la selección argentina, y a los 14 o 15 años en mi equipo era de los más bajos, y muy flaquito. Ahí empecé a meterme en el gimnasio. Yo igual veía que mis dos hermanos mayores (Leandro y Sebastián) crecieron tarde y eso me daba esperanzas. Ellos ya jugaban en la Liga (argentina), medían 1,92 metros. Yo quería ser como Michael Jordan, medir 1,98 y ser el alero de la selección. Me medía todos los días, se lo pedía a mi padre: “Papá, medime”. Y de a poquito, no sé qué pasó, si fue el destino, la suerte, o las pesas, de 17 a 18 años crecí 15 centímetros, llegué a 1,94. Y luego crecí cuatro centímetros más, fue algo increíble, ¡llegué al metro noventa y ocho! Pero ser chiquito en los inicios me ayudó a tener que rebuscármelas, saber tirar de más lejos, encontrar la forma de meterme bajo el aro, de escaparles a los grandes, desarrollé otras habilidades.

<em> Cuando ganó el torneo en 2005, su segundo anillo, en su fuero íntimo ya comenzó a sentirse parte de una elite. Foto: </em><em>Robert Sullivan, AFP</em>

Cuando ganó el torneo en 2005, su segundo anillo, en su fuero íntimo ya comenzó a sentirse parte de una elite. Foto: Robert Sullivan, AFP

Usted viene de un país de grandes jugadores de básquetbol, ¿cuándo lo empezaron a mirar distinto? ¿Y cuándo se dio cuenta usted?

Yo tuve un desarrollo tardío, no es que a mis 18 años todos pensaban que la iba a romper, ¡para nada! A los 20, 21 años me empezaron a pasar cosas en el cuerpo, en el juego, en mi capacidad de absorber cosas de los demás… Ahí me di cuenta de que podía tener una marcha más; fui a la selección por primera vez, fui a jugar a Italia, me empezaron a pasar cosas. Pero recién en 2004 o 2005, luego de (ganar) los Juegos Olímpicos y el segundo campeonato de la NBA, ahí dije: “Wow, han pasado demasiadas cosas”. Ya era importante en el equipo, tomaba muchas decisiones. 

Ya era ese póster de Michael Jordan que estaba colgado en su cuarto de chico.

¡Sigue estando! Cada vez que mis hijos van a la casa de mi mamá suben a verlo. Es el Jordan del año 91, el del primer campeonato de los Chicago Bulls. Eso lo veíamos como algo inalcanzable, que no aplicaba a nosotros, niños comunes de una ciudad chica del sur de Sudamérica.

¿No sintió que había llegado en 2002, cuando entró a la NBA?

No lo sentí en el draft ni cuando llegué, sino cuando ya pertenecía (lo resalta), cuando estaba consolidado. Y como nunca pensé que me iba a pasar eso tampoco pensé que se iba a perpetuar, durar, 10 años más, hasta tener una carrera de 16 años en la NBA. Ya te digo, después de los Juegos Olímpicos de 2004 y lo de la NBA, noté que cambiaba hasta mi forma de caminar, ya tenía una confianza distinta.

Mencionó a sus hijos, a su mamá, ¿qué tan importante era el sostén familiar, llegar a casa luego de los partidos, entre estrellas, contra estrellas, de hotel en hotel? 

Mi cabeza funcionaba mucho, iba a mil siempre. Siempre fuimuy competitivo, siempre estaba pensando en cómo ganar partidos y atacar a tal jugador, estaba atento a la estrategia, videos, análisis. Y cuando nacieron mis hijos (en 2010 y 2014) me ayudaron a aplacarme, a bajar un par de cambios. Me di cuenta de que, ganando o perdiendo, metiendo todos los puntos o haciendo todas las cagadas posibles, mis hijos me abrazaban igual, hablábamos igual, sin que supieran qué había pasado. Ahí no era una estrella, era papá, al que iban a ver a la cancha y era algo que les resultaba natural; era papá en el trabajo. Mi mujer antes era quien tenía ese rol de calmarme, de hablar de películas, libros, de nuestras familias, de un viaje… Pero mis hijos lo expusieron aún más. Porque mi mujer, con quien estoy desde siempre, quieras o no, ya sabía cómo era, cuando estaba bien, mal. ¡Mis hijos no sabían qué me estaba pasando! Ahí empezó a calmar ese nivel de obsesión. Y con el tiempo cada vez más, con madurez, veteranía.

<em> Debutó en la selección argentina en 1998 y la hizo su mejor momento; aquí lo sufre Luis Bicho Silveira, de Uruguay, en 1999. Foto: Robert Sullivan, AFP </em>

Debutó en la selección argentina en 1998 y la hizo su mejor momento; aquí lo sufre Luis Bicho Silveira, de Uruguay, en 1999. Foto: Robert Sullivan, AFP 

¿Es posible ser amigo, tener un cierto grado de compañerismo, con estrellas de la NBA? Uno ve la serie The Last Dance, sobre los Bulls de Jordan, y tiene la idea de que todos se odiaban.

(Se ríe) Por momentos se piensa eso… Nosotros, a diferencia de esos Bulls, tuvimos mucho tiempo a nuestro favor. Jugué 14 años con Tim, 16 con Tony, siempre con el mismo técnico (Greg Popovich), se crea una familiaridad... Si te digo la verdad, ni Tim ni Tony son mis mejores amigos, sí hay un enorme aprecio, si vamos a cenar hablamos cuatro horas sin ningún problema, pero cada uno tiene su propio grupo de amigos principales. Sí habíamos generado una confianza en nuestras aptitudes y en nuestros objetivos. Y eso es fabuloso, saber que queríamos lo mejor para todos, no para nosotros mismos.

Jugó casi hasta los 41 años. Ganó con la selección, la NBA, en Italia, ¿no llega un momento en que uno pierde la motivación, se aburguesa, casi que de forma natural?

Qué sé yo si eso es natural (se pone serio)… para mí, era algo adictivo competir para ganar. Es hasta un poco egoísta: yo quiero ganar, sé lo que se siente ganar y no quiero que nadie más lo viva. Estaba medio obsesionado con la competencia, la victoria, el ser mejor. Creo que esto fue así hasta los últimos tres o cuatro años, cuando empecé a calmarme, cuando en el equipo quedábamos apenas dos tipos con 37 años, ahí empecé a pensar en cortarla. Porque terminaba el campeonato y si no había salido campeón me sentía mal. ¡Sentía que había fracasado, que no era lo suficientemente bueno! Ahí dije: “Pará, vamos a ser racionales, todavía soy importante jugando play offs a los 37 años en la liga más importante”. Recién ahí empecé a bajar un cambio y a disfrutar más el día a día, el estar ahí, el ser parte de un equipo, conectando con mis compañeros.

<em> Su camiseta 20 de los San Antonio Spurs ahora está colgada desde los techos de AT&T Center, una más de tantas distinciones. Foto: Ronald Cortes, AFP </em>

Su camiseta 20 de los San Antonio Spurs ahora está colgada desde los techos de AT&T Center, una más de tantas distinciones. Foto: Ronald Cortes, AFP 

¿Y cómo es su vida actual?

Ah… vivo con una total tranquilidad. Es como que me liberé cuando se terminó el básquetbol. Estaba en esa vorágine de competencia, de estar bien, de estar fit, y cuando terminó dije:“Uffffff, wow… Calmémonos, soy papá, el marido de Many (Marianela Oroño)”. Ahí empezamos a disfrutar, a viajar, a venir a la Argentina a fin de año, que no lo había hecho nunca desde que me fui, a hacer deportes como cuando tenía nueve: porque era divertido, con mis amigos. Hago tenis y bicicleta, me encanta y lo disfruto. Me sentí hasta… liberado. No porque haya sido un peso (piensa)… capaz que sí era un peso, no sé… Pero lo disfruté, lo hice mucho, pero cuando terminé… ufffff.

¿Cada tanto no extraña el olor del vestuario, el ruido de la pelota picando, las tribunas repletas?

Eso es lo que te dice la mayoría, yo también lo pregunté… A ver, terminás extrañando a las personas, es lo mismo que te dije al principio. Extrañás el sentimiento de estar en esto juntos, de sentirte como la mierda porque no logramos el objetivo o, por el contrario, abrazarnos porque ganamos, o prepararnos para el partido, siempre juntos. Esa sensación de equipo previa y pospartido… por ahí eso sí lo extraño un poquito. Pero eso de la pelota, ¡creo que hasta me genera ansiedad viéndolo por televisión! ¡Cómo estaba yo ahí! ¡Qué nervios! Creo que eso no lo extraño, porque lo hice mucho, mucho. 


Vida y vidriera

Emanuel Ginóbili nació en Bahía Blanca el 28 de julio de 1977. En su país jugó en Andino de La Rioja (1995/1996) y Estudiantes de Bahía Blanca (1996/1998). En distintas temporadas, fue considerado el mejor debutante y el jugador con mejor progreso. En Italia, una de las potencias europeas, defendió al Viola Reggio Calabria (1998/2000) y al Kinder Bologna (2000/2002). En este último ganó dos copas nacionales, una liga nacional y una liga europea.

Llegó a la NBA, a los San Antonio Spurs, para la temporada 2002/2003 y se quedó ahí 15 años hasta la 2017/2018. Ganó cuatro veces el principal campeonato de básquetbol del mundo: 2003, 2005, 2007 y 2014. Estuvo dos veces en el All-Star Game y una vez fue elegido Mejor sexto hombre. Popularizó el Euro Step, una maniobra ofensiva en dos movimientos que se volvió su marca registrada. En 2022 entró al Salón de la Fama del Básquetbol. Formó The Big Three con sus compañeros Tony Parker y Tim Duncan, otros dos fenómenos. Los Spurs retiraron su camiseta número 20, que permanece colgada en los techos del AT&T Center, de San Antonio.

<em> Manu les muestra a sus hijos, su cable a tierra, dónde está colgada la camiseta de papá. ellos lo ayudaron a bajar las revoluciones, dice. Foto: Ronald Cortes, AFP</em>

Manu les muestra a sus hijos, su cable a tierra, dónde está colgada la camiseta de papá. ellos lo ayudaron a bajar las revoluciones, dice. Foto: Ronald Cortes, AFP

Ginóbili convirtió a la selección argentina de básquetbol, a la que defendió entre 1998 y 2016, en una potencia, liderando la llamada Generación Dorada. Ganó dos campeonatos FIBA Americas (2001 y 2011) y el oro en los Juegos Olímpicos de Atenas 2004, fue vicecampeón mundial en 2002 y bronce en los Juegos Olímpicos de Beijing 2008. 

Se retiró poco antes de cumplir 41 años, en los Spurs, todavía jugando en un alto nivel.

Es considerado el mejor jugador de básquetbol argentino de la historia. Y eso es mucho decir en un país que vio nacer a Andrés Nocioni, Fabricio Oberto, Luis Scola, Marcelo Milanesio, Hernán Montenegro, Miguel Ángel Cortijo, Ricardo Álix, Luis Scola, Eduardo Cadillac, Héctor Campana y Oscar Furlong. También es considerado casi por unanimidad como el mejor jugador latinoamericano de todos los tiempos, además de haber sido nombrado entre los 100 mejores de la historia de la NBA en 2018 según la revista especializada Slama.

Está casado con Marianela Oroño desde 2004. Se conocieron en 1997, cuando él todavía jugaba en Argentina. Tienen tres hijos: los mellizos Dante y Nicola, de 13 años, y Luca, de 9. 

“Importa el sentido de trabajar en equipo”

Emanuel Ginóbili estuvo el viernes 26 de mayo en Uruguay como orador principal del Vistage Conecta, un evento pensado para que los CEO de las empresas tomen mejores decisiones. ¿Cómo se pueden transmitir sus vivencias de deportista a otros ámbitos? 

“De la misma manera que te las digo a vos, contando mi experiencia, lo que funcionó y lo que valorás al final del camino”, responde Manu. “Eso no gira solo si ganaste o no, sino en las conexiones, el sentido de hacer esto en equipo, el hecho de estar preparado para dar lo mejor de vos. Hay muchos puntos en común entre un tipo que tiene un equipo a cargo en una empresa, que alguien en un equipo deportivo, incluso en una familia: entender roles, saber cuándo dejar que el otro brille, cuándo es tu momento, cómo dar una palabra de aliento y cuándo dar una buena cagada a pedos, que a veces también hace falta. Pero al mismo tiempo tenés que saber cómo prepararte, cómo hacer todo lo que está a tu alcance para ser la mejor versión de vos mismo. Eso incluye estar bien dormido, bien comido, bien físicamente, tener una comunidad alrededor, ser parte de un equipo y no ver a todos desde arriba. Definitivamente, hay muchas cosas en común”.

<em> Foto: Adrián Echeverriaga</em>

Foto: Adrián Echeverriaga

Se dice de él

“Estoy seguro de que Manu Ginóbili no es humano”. (Charles Barkley, leyenda de la NBA, 2017) 

“Fue nuestro mejor jugador todo el año”. (Tony Parker, compañero en los Spurs, 2008) 

“Es un gran jugador. Es un ejemplo a seguir para la juventud y está ayudando a que su equipo gane partidos”. (Michael Jordan, 2003) 

“Se superó siempre, no se acobardó con ningún obstáculo, nada le impidió llegar a su objetivo”. (Alejandro Montecchia, compañero de selección, 2018) 

“Es un competidor tan feroz como ningún otro que me haya enfrentado en mi carrera como entrenador profesional”. (Mike Krzyzewski, seleccionador de Estados Unidos, 2016)

“Me encanta su juego, es el jugador que vino de Europa más divertido para ver y lo importante es que es uno de los jugadores más entretenidos para ver en la NBA”. (Earvin Magic Johnson, 2004)

“Manu sabe cuándo hay que pasar la pelota, cuándo tiene que tirar y también cuándo tiene que definir el partido”. (Marcelo Milanesio, jugador argentino, 2017) 

“Dirk Nowitzki es el mejor jugador internacional de todos los tiempos. Lo pongo ahí junto con Manu Ginóbili”. (LeBron James, 2022, en un homenaje al alemán que también lo fue para el argentino) 

“Lo que más destaco en él es la calidad de persona que demostró siempre ser. Tuvo una conducta increíble en diferentes momentos de su carrera. La gente que lo conoce se da cuenta rápidamente de quién es Manu. Todo lo que se diga sobre lo deportivo quedará más para los aficionados”. (Andrés Nocioni, compañero de selección, 2018)