Fabián Von Quintiero: un Zorrito bon vivant y militante del rock

Entre Charly García, Diego Maradona, Punta del Este, Mick Jagger y Soda Stereo sin Cerati, está pensando en radicarse en Uruguay

En aquellos años 90 tan locos y tan rockeros, Fabián Von Quintiero se hacía un tiempo, entre la música y la cocina, para jugar al fútbol en cancha grande. Lo hacía los sábados, en la quinta de un amigo en las afueras de Buenos Aires. Jugaba de ocho, de volante por derecha. “Pero como no entrenaba, vivía de noche, era un desastre”, dice quien para ese entonces ya había tocado los teclados para Soda Stereo y Charly García, el bajo para los Ratones Paranoicos, y había comenzado a revolucionar la movida gastronómica porteña con su Soul Café. Entre los integrantes de la farándula que jugaban habitualmente con él estaba Guillermo Cóppola. Y ese sábado, en el cual Fabián Von Quintiero, más conocido como Zorrito por obra y gracia de su colega Daniel Melingo, estaba particularmente cansado y torpe, jugó Diego Maradona.

Maradona, que por esos años ya era más un habitué de la noche y los excesos porteños que un futbolista, no era un desconocido para el Zorrito. Y como era el invitado especial del partido, ya en el “tercer tiempo” —que era lo mejor y lo más esperado de esos picados VIP— fue el encargado de asignarles puntajes a sus compañeros y rivales. “Yo esperaba un uno, un dos, si ni la había tocado... Pero lo cierto es que calificaba a todos y a mí ni me nombraba, me ignoraba. Me angustió, quedé mal. En eso, uno de los que estaba ahí dice: ‘Che, ¿y al Zorrito?’. Y ahí se para, se me pone al lado, me mira y me dice; ‘Zorrito, Zorrito, Zorrito… no dejés nunca la música, chabón’”.

Von Quintiero remata el recuerdo con una carcajada, de las muchas con las que salpimentará la charla con Galería. Con esa frase, “no dejés nunca la música”, tituló el ciclo que realizó con su banda Los Gustock en el verano 2021 en el club Medio y Medio de Punta Ballena, su lugar en el mundo de los eneros. 

Más aún, a esa frase la quiere tener impresa en la piel: “Estoy por tatuármela. Diego tenía razón, la música es el lugar donde mejor me puede ir y donde soy más yo. Es una frase que también puedo decírsela a los demás”. 

Aquella y esta Punta del Este. Fabián Silvio Quintiero está pasando un calor de morirse en la ciudad que lo vio nacer el 22 de enero de 1966; Buenos Aires en verano suele ser insoportable. Estar a cinco cuadras de la cancha de River Plate para un fanático de Boca Juniors, en épocas gloriosas para el Millo, contribuye a la pesadez. Para esa época prefiere mil veces Punta del Este, balneario que conoció en la temporada 1985 cuando vino con Soda Stereo. 

Hoy, justamente, está por retomar la gira Gracias Totales con lo que queda de la mítica banda argentina; o sea, sin su cantante, guitarrista, líder y compositor Gustavo Cerati, fallecido en 2014. Eso será el domingo 27, en Miami. Y también planifica, ya para otra época de su vida, ya distante de los locos y rockeros 90, igual de militante del rock y de la buena vida que siempre, radicarse en Uruguay.

“Yo no conocía Uruguay, veraneaba en la costa argentina. Vinimos con Soda a hacer un show en una discoteca, en Las Grutas. Y ya después no dejé de venir. Vine con Soda, con Charly, con mi propia familia. En 1985 la movida estaba en Solanas, recién asomaba la cabeza Montoya, que parecía una playa alejada, Manantiales apenas, José Ignacio no estaba en el radar. Me acuerdo de descubrir la belleza de la vista de Punta Ballena, la mejor de todas”.

Foto: Adrián Echeverriaga

Foto: Adrián Echeverriaga

Ya su nombre incluía el germánico Von, algo impensable en una familia italiana. Se lo puso como diversión Miguel Zavaleta, líder de Suéter, la primera banda que integró entre 1983 y 1985, puntapié inicial de una más que interesante carrera.  Zorrito, como él mismo lo cuenta en su autobiografía I’m Zorry: The Gourmet Rock Tour (2014), fue una ocurrencia de Melingo cuando lo vio vestido con un abrigo de material no definido cuando ayudaba a Andrés Calamaro a iniciar su carrera solista. Eran los fundacionales 80, antesala de los movidos 90 tanto en Baires como en Punta, donde La Barra y la movida rockera habían quedado mucho más cerca.

“Había mucha movida en La Barra en boliches como el Unión, Mango, bares donde se podía tocar en vivo. Íbamos y zapábamos con Charly, Calamaro, Pappo, Juanse (Gutiérrez, líder de los Ratones Paranoicos), con un montón de gente más y se sumaban amigos uruguayos como Marcel Forjan, un pionero del rock de ahí, que tocaba la batería. Era otra Punta del Este, muy puesta en los medios, donde todo pasaba por las modelos de Pancho Dotto y Ricardo Piñeiro, con mucha presencia de revistas como Gente o Noticias. Eso para Charly era conflictivo, porque significaba que lo perseguían los fotógrafos. No solo a él, bah, también a cualquiera que esté en pareja, en algún romance… Los años 90 fueron muy paparazzi también. Pero a Charly lo tenían loco, una vez a la salida del Mango alguien vino y lo empujó para que se caiga y ahí le sacaron una foto en el piso. Eso era bastante incómodo. Por suerte, luego cambió…”.

Los cambios no siempre fueron buenos. El Zorrito dice que la llegada de “la música electrónica” le dio un golpe en la línea de flotación a la música en vivo. Él también fue cambiando sus bases puntaesteñas: de un hostel “muy barato” en la península a Manantiales, luego a José Ignacio y de vuelta en Solanas, según su situación laboral y familiar. Fue acá que comenzó su aventura en Medio y Medio. “Ahí encontré una nueva manera de tocar en vivo a esta altura de mi carrera, en enero, con un escenario bien armado, donde se respeta al músico y a la audiencia. Para mí ahí cambió todo”.

¿Y no será que buscás eso ahora y en los 90 buscabas otra cosa?

No (se ríe), pasa que luego de esos veranos rockeros, donde nos juntábamos con cierta parte de la farándula y las modelos, luego de la música electrónica, se perdió el interés por el vivo. Medio y Medio existía, pero apuntaba a otro perfil. Luego conocí a Leandro (Quiroga, de Medio y Medio) y me dio la noche de los martes. Con eso ahora inicio la temporada, disfruto mucho y luego me voy a otros lados. También es cierto que estoy más grande y quiero más esto que lo otro. ¡Pero eran muy divertidos los 90! Estábamos de fiesta en fiesta, de chivito en chivito y de licuado en licuado (más risas). 

Cerati y García. En estos días, el Zorrito ha estado repasando el repertorio de Soda. La gira Gracias Totales, con todas las particularidades que significa un tour de la histórica banda de Cerati sin Cerati, comenzó en Bogotá, Colombia, el 29 de febrero de 2020. Luego de una presentación en Perú y dos en México, la pandemia paró todo. El show pudo continuar recién en diciembre de 2021, en dos fechas en el Campo Argentino de Polo. Este nuevo tramo irá desde el domingo 27 al 9 de marzo e incluirá Los Ángeles, nuevamente México y Monterrey. Están previstos recitales en Paraguay y Chile. Uruguay, que nunca fue una escala para Soda Stereo ni siquiera en sus mejores momentos, que es tanto más beatlero que rolinga como más ricotero que socio del Club de la Furia, no está incluido. “Yo he insistido, es un lugar que falta, pero no… no está en la línea. Quizá Uruguay no tenga tantos fans de Soda”, dice.

Con Soda, Zorrito grabó los discos Nada personal (1985) y Signos (1986). “Lo que más me marcó de trabajar con Gustavo (Cerati) es que me dejara estar en el estudio, en el proceso creativo y que me dejara meter mano en las canciones. A él le gustaba cómo podía entrar en las canciones”. Suyos, por caso, son la flauta de Cuando pase el temblor o el piano de Signos. Volvió a acompañar al trío en sus últimas giras, aún en vida de Cerati. 

Sin embargo, su cumbre musical fue como músico de acompañamiento de Charly García, con quien empezó a trabajar en la época de Cómo conseguir chicas (1989). “Tocar con él fue cumplir un sueño de chico, uno de los padres de la cultura argentina y un padre musical, por todo lo que me enseñó y todo lo que me cuidó. Y con él aprendí a tocar en todo tipo de terrenos, canchas, todo el oficio, cómo llevar un show adelante desde los teclados, fue mucho el aprendizaje, mucho el entrenamiento…”.

Mucha la paciencia también.

Sí, también hizo falta paciencia… Pero es una paciencia que uno desea. Nunca se me apagó el deseo de subirme al escenario con Charly y tocar su música, todavía hoy.

Fuiste uno de los organizadores del recital homenaje por sus 70 años en el Centro Cultural Kirchner. ¿Te gusta verlo cómo está ahora?

Obviamente, está en otro momento, ya está grande, disfrutando de una trayectoria impresionante y habiendo recorrido una vida… peligrosa (se ríe fuerte). ¿Pero sabés qué me gusta de verlo ahora? Cómo sigue haciendo música, cómo sigue yendo todos los días al estudio, consagrando sus días a su obra. Él vive para hacer música, para hacer canciones, para ser Charly García. Y es impresionante lo leal que es consigo mismo.

Sobre gustos y Gustock. Como si fuera un hombre del Renacimiento, Fabián Quintiero, antes del Von, antes de ser Zorrito, antes del proyecto de vida de músico, antes del empresario gastronómico, llegó a ser maestro mayor de obras. Él lo define como “un escalón antes de ser arquitecto”, que es lo que algún momento también quiso ser. “Trabajé un año con mi viejo en su empresa de construcción, manejaba un camión, iba mucho a la obra, compraba materiales. Me hubiese gustado desarrollarlo más, pero luego entré a la música por Suéter”.

No es docente, pero sí ha ofrecido charlas en la Universidad de Palermo sobre su periplo musical y empresarial. Su nombre está presente en la web de esa casa de estudios. “No tengo paciencia para ser docente, pero sí me han invitado a ofrecer charlas. No sé, alguna vez fui y quedé, te usan un poco el nombre…”. Sí ha puesto su nombre y curaduría a unos calzados diseñados por García de Jalón, una conocida tienda porteña. Hoy están disponibles las Botas Zorras, el Borcego Zorro y “una bota más zapatilla, más flexible, que es la Bota Zorra Stéreo”, se ríe con muchas ganas.

Pero en el ambiente donde mejor se mueve, más allá de la música, es en la cocina. En 1996, cuando recién aterrizaba la MTV Latinoamericana, cuando los programas de cocina eran muy escasos y por lo general aburridos que daban calambre, él condujo Gustock. En él invitó a Pappo a hacer ñoquis y a Fito Páez a cocinar un pastel de carne, entre otros colegas. “Fue un programa muy pionero, quizá demasiado. Por ese entonces, MTV quería hacer cosas a destiempo, adelantadas. Lo propuse, hicimos un demo y luego 50 capítulos. Después vino toda la cosa de la comida y la cocina en la televisión, los músicos que ofrecen sus vinos (risas), pero me pasó a mí porque venía del palo de la gastronomía de antes”.

¿De dónde vino eso?

Yo vengo de una familia italiana donde mi padre cocinaba por pasión y luego lo llevó a lo comercial, puso su negocio. Yo luego tuve el mío (Soul Café se inauguró en 1995) donde empecé a usar la estética de la música negra, la comida retro, variedades en pastas y carne, pantalla gigante cuando nadie la usaba, pioneros en el sushi. Fuimos los líderes de la calle Báez (N. de R.: en el barrio porteño de Las Cañitas, que por entonces no era un polo gastronómico) y quedamos en la memoria colectiva de la gente.

A la inauguración del Soul Café asistió el mismísimo Maradona. Fue el 7 de octubre de 1995, la noche del día en el cual el astro volvió a jugar oficialmente al fútbol, en Boca Juniors, luego de la suspensión por consumo de efedrina en el Mundial de 1994. “Yo aún no tenía intimidad con él. Lo había visto un par de veces gracias a Charly, que sí lo frecuentaba, ambos eran grandes y había cuestiones que compartían (risas, más risas). Pero toqué algunos contactos que tenía y mucha gente me ayudó para que Diego viniera ese día a festejar al Soul Café. Originalmente era una cena para él y su familia, pero terminaron viniendo como doscientas personas y me vaciaron el local. Como espaldarazo para mi primer negocio fue la mayor propaganda posible”. Es muy conocida la foto de Diego gritando el gol con el que Boca había derrotado ese día a Colón de Santa Fe por 1 a 0, sentados junto a él están su entonces esposa Claudia Villafañe y Charly García; detrás de ambos, con una camiseta de Boca, un joven Zorrito llenándose la boca con un gol en diferido.

No todas fueron rosas: 2021 fue el año en que cerró Bruni, su restaurante en Bajo Belgrano. La bronca le dura. “Siempre tuve restaurante en casi treinta años… pero el problema fue el formato pyme (pequeña y mediana empresa) en el que te tenés que encuadrar, es muy complicada la carga impositiva, la inflación, es un quilombo todo…”. Una vez tuvo una propuesta en La Barra, Planeta Urbano, con el sushi como principal atractivo. “La idea de tener un lugar en Uruguay me encantaba, no me gustaba la idea de estar todo el verano laburando y el resto de joda (risas). Me gusta la combinación de trabajo y vacaciones, pero no solo trabajar. De todas formas, prefiero los proyectos establecidos, que son los que terminan siendo exitosos; no los buitres que abren en diciembre y en marzo se van. Me gustan esos que están todo el año, además está la fantasía de venir a vivir a Uruguay…”.

El Zorro y el Lobo. El Zorrito es separado, tiene dos hijos de 26 y 22 años “que ya están en la suya”, y confiesa que lleva tiempo maquinando la idea de radicarse en este lado del Río de la Plata. “Uruguay es un país con un ritmo más lógico, un estilo de vida más copado, que tiene una geografía que a los argentinos nos pega en la cabeza: bajás del puerto y  ya ves la rambla que es un hechizo, los cielos, los atardeceres, la Luna…”.

Recién hablábamos de los cambios, tuyos y de Punta del Este. Ahora tenés 56 años, ¿a los 30 te hubiera gustado vivir en Uruguay? 

No, no creo. Estaba muy fuerte entonces acá, en Argentina. Ojo que Buenos Aires me gusta, su nervio, su electricidad, su energía, su… obligación. Pero cuando estoy en Carrasco, me como una (sic) fainá en La Pasiva, un chivito en el Arocena, camino por la rambla… no, eso ya es otra frecuencia. Justo de esto estaba hablando anoche. Sería una decisión fuerte, cambiar y dejar el rocanrol de acá a buscar el rocanrol de allá, o más tranquilidad. Sería una vida más saludable mentalmente y quizá físicamente. Hay buenos lugares para correr en la playa. Pero ojo, me gustaría vivir en Uruguay trabajando, no a quedarme a mirar el atardecer.

Fue en Uruguay, en Montevideo, donde vivió una experiencia íntima con la realeza del rock y del candombe. De hecho, gracias a él Mick Jagger terminó tomando agua de la canilla una noche en el Barrio Sur. Fue en febrero de 2016, durante la primera y hasta ahora última visita de los Rolling Stones al país.

Bernard Fowler, el corista de los Stones con quien Fabián se había hecho amigo y habían tocado juntos, lo llamó para que lo ayudara en una misión: “Mick quiere ver candombe, ¿adónde se puede ir?”. El Zorrito le pidió auxilio a un amigo uruguayo, Federico Dinamita Pereda,  quien a su vez se contactó con Francisco Fattoruso. 

“Y este último nos pasó el nombre y la dirección de (Fernando) Lobo Núñez, que ese día cumplía años. En un momento, estábamos en la habitación donde el Lobo hacía los tambores, Fowler, el Lobo, Mick y yo, que hacía de traductor, solos. Mick quería saber cómo los fabricaba y sobre sus ancestros. El Lobo le decía que sus abuelos habían venido de África, como esclavos”. La noche terminó con Mick filmando candombe y tomando agua de la canilla porque agua mineral era —como contó Ruben Rada a Infobae en 2020— lo único que no había esa noche para beber en esa casa. “Y desde entonces si el Lobo no viene a tocar conmigo a Medio y Medio, no soy feliz”, agrega el Zorrito.

Desde hace cuarenta años que estás en contacto con gente muy grosa, ¿qué pensás que fue? ¿Talento, perseverancia, suerte, palanca?

Eso es según cómo lo quieras ver. Alguien puede decir que tengo algún talento, o que estuve en el lugar justo en el momento justo, también.  Yo creo que siempre tuve el deseo, desde chico, de ser parte del rock. Tengo mucho recital arriba, ¡soy militante del rock! Siempre tuve el deseo de pertenecer a esta fauna… y algunos deseos se cumplen en vida.

Un militante, ¿y un sobreviviente?

No (tajante). Si se quiere soy de una camada más… natural, contenida, quizá sana. Yo no necesito el reviente para estar loco (risas). Tengo una locura propia interna natural, linda. Me gusta mucho el deporte, moverme, estar ágil, comer rico, beber bien. Tengo buen gusto en ese sentido y no tengo ninguna gana de pasarla mal. Yo no hice ni hago cosas que me pongan peor.

EL AUTOTRIBUTO A SODA STEREO

Los de la gira Gracias totales son unos shows distintos y multimedia. Incluyen artistas invitados en vivo o en  filmaciones pregrabadas poniendo la voz en esas canciones inolvidables y acompañando tanto a los miembros sobrevivientes de Soda Stereo, el bajista Zeta Bosio y el baterista Charly Alberti, como a los músicos que estuvieron siempre, en particular el guitarrista Richard Coleman y Fabián Von Quintiero en los teclados. También aparece la voz y la imagen de Gustavo Cerati en las pantallas gigantes. Está todo, menos Cerati en carne y hueso.

¿Cómo puede entenderse Soda Stereo sin Gustavo Cerati?

Yo lo entiendo como una celebración de la historia de Soda. No sé, podemos llamarlo un autotributo a su historia. Se está haciendo de la mejor manera que se podía hacer, con tecnología de sincronización de imágenes con la banda en vivo. Es un show de gran calidad técnica, que por supuesto tiene el aval de la familia de Gustavo. Quizá Zeta y Charly tenían más dudas, pero yo sabía que iba a andar bien. Y no es para tirarme flores ni nada que se le parezca, pero estamos Richard y yo, que somos parte fundacional de la banda. Estamos los que tenemos que estar para darle un sentido histórico, de pertenencia.

El éxito de público que hasta ahora está teniendo la gira le está dando otro aval.

EL ZORRO Y LOS STONES

El Zorrito Von Quintiero había tenido su primer contacto con el mundo de los Rolling Stones cuando fue enviado junto con Charly García por el diario Clarín a Filadelfia a cubrir el recital de los británicos por el Steel Wheels Tour de 1989. Años después trabó amistad con Bernard Fowler, un cantante negro que aportaba coros para los Stones, luego de que este se apareciera en el Soul Café. Era 1998, durante la segunda visita a Buenos Aires de Sus Majestades Satánicas. El tecladista terminó en el camerino de Keith Richards y Ronnie Wood. 

En otra visita posterior a Argentina de los Stones, la de 2006, Diego Maradona le pidió que lo ayudara a conocer a Mick Jagger. “Hola, Zorry, ¿vamos a conocer a Mick?”, le dijo. “Él quería que yo lo acompañara solo porque era músico. Fuimos y nos recibió Jagger en una fiesta que estaba haciendo en el hotel. Fue una noche histórica, tremenda… terminó tarde (sonríe)”.