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Florencia Krall: “La gente se sorprende de lo que logré en cinco años, pero lo hago porque me hace bien”

Nombre: Florencia Krall • Edad: 49 • Ocupación: Directora de Cuidados del Ministerio de Desarrollo Social y fundadora de la Fundación Humaniza Josefina • Señas particulares: Disfruta de tomar mate sola, hizo natación durante 10 años a nivel federado, este año festejan sus  50 años y los de su marido con un viaje a Nueva York en familia

¿Siempre tuvo inclinación por los más necesitados o los enfermos? No, en realidad surge a raíz de mi historia de vida. Estudié abogacía, trabajé ocho años en un estudio jurídico, me formé mucho en docencia, soy profesora de Gestión Empresarial­ en la Facultad de Derecho­ de la Universidad de la República­. Eso me permitió ser directora de una empresa financiera y luego directora jurídica. Cuando (su hija) Josefina fallece en 2018, hago un cambio en mi cabeza. Me da por pensar cómo siendo la mía una profesión tan fría, igual formaba a futuros abogados en empatía, negociación y comunicación para llegar a acuerdos, y en el mundo sanitario, durante la enfermedad de Josefina, no había encontrado nada de eso. Cuando llevamos a Josefina a Brasil, conocí otro modelo totalmente diferente y, a través de ellos, llegué al proyecto de Humanización­ en España­. Josefina­ acá había pedido un cuaderno de quejas, donde anotaba quién la trataba bien y quién no. Eso me marcó mucho. Cuando en el duelo empecé a procesar todo eso, mi cabeza se da cuenta de que existe otro modelo de ejercer la medicina y se fue dando todo solo. Yo no pensaba crear una fundación, pensaba contar mi historia y tratar de ayudar a los demás. Veía que eso me sanaba. 

¿Se considera una persona resiliente? (Se emociona) No me gusta decirlo a mí, ni victimizarme. La vida me llevó a esto. La gente se sorprende de lo que logré en cinco años, pero yo lo hago porque me hace bien. Incluso me costó discusiones con mi marido, porque al principio vivíamos el proceso de duelo de manera distinta. Él me decía: yo quiero vivir el duelo en silencio, no se lo quiero contar a todo el mundo. Y yo sentía que haciéndolo, Josefina me acompañaba, sentía que la llevaba conmigo. Hoy él me dice: “Qué bueno que estuvo hacer esto. Me sanó a mí también”. Capaz la inmortalicé así. La Fundación tiene dos grandes propósitos, uno es formar al personal sanitario, personas que van a tratar a sus pacientes de forma diferente. Por otro lado, tenemos el proyecto del aula hospitalaria (en el Pereira Rossell), para que los niños puedan estudiar como soñaba Josefina. 

Dicen que con su marido y con su hija Julieta son un bloque inseparable. ¿Qué les gusta hacer juntos? (Se ríe) Compartimos muchas cosas. Todos los momentos en casa, con mis padres, los primos, las vacaciones. No me pasa eso que les pasa a otros padres, que dicen que sus hijos no los quieren acompañar en las vacaciones. En nuestro caso, todo lo contrario, ella siempre se suma. Julieta es muy compañera. Ella me asesora a mí en cuanto a qué ropa usar. Si tengo una fiesta o una entrevista importante, ella me maquilla. A mí no me gusta maquillarme. 

La familia también tiene como integrante un perro. Sí, Olivia.

¿Siempre tuvo mascotas? No, en realidad siempre le tuve miedo a los perros. De chica me mordieron dos y quedé con mucho miedo. Cuando nos mudamos a una casa con jardín y las nenas eran chicas, Víctor navegaba mucho porque es marino, entonces lo empezamos a pensar. Yo decía que tenía que ser cariñoso, inteligente y guardián, y me gustaba el ovejero alemán. Pero lo esperaba para más adelante. Un día mi hermano me mandó una foto de nueve cachorros ovejeros. Las nenas vieron la foto y no pude zafar. Así llegó Olivia, que después fue muy compañera de Josefina durante todo el tratamiento. 

Se lleva muy bien con su madre. ¿Qué aprendió de ella? Las dos tenemos nuestro carácter y hemos tenido nuestras buenas discusiones. Ella también es muy resiliente. Es una abuelaza. Me emociono mucho porque fue muy compañera de Josefina, pero también de Julieta. Mi papá le cocinaba a Josefina­ y mi madre la cuidaba. Nos hacíamos mucho el aguante entre todos. Siempre fueron sumamente compañeros. Te dan ejemplo de vida.

Durante muchos años hizo natación. ¿Qué le dejó? Sí, cuando tenía nueve años, mi papá nos dijo a mis hermanos y a mí que teníamos que practicar algún deporte, que eligiéramos el que más nos gustaba. A mí no me gustaba ninguno y terminé haciendo natación con mi hermano. Para mí, era realmente una tortura. Hicimos durante 10 años a nivel federado. Nos dio mucha disciplina y una formación que agradezco hasta el día de hoy. Tenía que estar de lunes a sábado a las siete de la mañana en la piscina. A los 19 años le dije a mi padre: “Se acabó”.

¿Qué no puede faltar en su día? El café con leche para arrancar. No salgo de casa sin tomar el café con leche. Aunque tenga que estar a las seis de la mañana en algún lado, me levanto a las cinco para tomarme el café con leche. El mate también. Últimamente, que viajo mucho sola, me lo llevo porque cuando corto en la tarde, me tomo uno sola en la habitación del hotel. Tomar mate sola lo disfruto mucho, es un relax. Me gusta disfrutar de mis tiempos sola. No le tengo miedo a la soledad, al contrario.

Le gusta viajar. ¿Algún lugar que le gustaría conocer? Me gusta mucho Europa, sin embargo, tenemos planes de conocer Nueva York. No conozco porque nunca me tiró mucho Estados Unidos. Soy medio chapada a la antigua, entonces todo lo que es antiguo me gusta más. Los países muy modernos no me llaman mucho la atención. En cambio, la riqueza que tiene Europa­ me fascina. Es gracioso porque este año Víctor y yo cumplimos los dos 50 años y dijimos de hacer un viaje, pero Julieta fue la que eligió el destino. Ella fue a Nueva York y quedó fascinada. Puso el destino y dijo que iba. “Yo soy fruto de estos 50 años”, nos dice.