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Gabriela Acher: “Los hombres siguen prefiriendo una mujer que está dejando de existir”

En algún punto entre una charla TED y un consultorio sentimental está Qué hace una chica como yo en una edad como esta, el unipersonal que Gabriela Acher presentará el jueves 17 en Montevideo

En algún punto entre una charla TED y un consultorio sentimental está Qué hace una chica como yo en una edad como esta, el unipersonal que Gabriela Acher presentará el jueves 17 en Montevideo

Cuando Gabriela Acher dejó la televisión, se puso a escribir. Cada libro que escribió en primera persona fue una declaración de un estado de situación, el relato de una vivencia o una circunstancia personal, siempre narrada desde el humor. La guerra de los sexos está por acabar, El amor en los tiempos del colesterol, Si soy tan inteligente… ¿por qué me enamoro como una idiota?Algo sobre mi madre (todo sería demasiado) fueron los cuatro primeros, y casi todos llegaron al teatro en forma de unipersonal adaptados por la propia Acher. “A partir de los unipersonales empecé a tener un contacto con el público que nunca había tenido”, contó a Galería; “es lo más gratificante que he hecho en toda mi carrera”. Con cada uno descubría una nueva complicidad con el público, y confirmaba que sus experiencias no eran solo de ella. “Me di cuenta de que eran del género femenino, absolutamente comunes a todas las mujeres. Eso me dio una identificación con el resto de las mujeres que no se me fue más, y decidí ir acompañándolas en cada etapa de la vida que yo también fuera pasando con humor, para que se nos hiciera más liviano el camino”.

Qué hace una chica como yo en una edad como esta es el título de su quinto y más reciente libro (publicado en 2016), y también del unipersonal que estrenó exitosamente en Buenos Aires y que tendrá una función en Montevideo el jueves 17 en Sala Teatro Movie.

La actriz, guionista, escritora y comediante uruguaya radicada en Argentina conversó con Galería sobre la obra, su concepción del feminismo, los personajes que la marcaron, el humor como forma de supervivencia, su vínculo con los hombres y el paso del tiempo.

¿Qué hace una chica como usted a una edad como la suya? ¿De qué habla en la obra?

Hago una especie de charla TED en la cual despliego una teoría que dice que las mujeres de 40, 50, 60 y 70 años de ahora, a fuerza de divertirse más que sus madres y abuelas, han logrado correr el almanaque 20 años para atrás, o sea que los 70 son los nuevos 50, los 60 los nuevos 40, los 50 los nuevos 30, los 40 los nuevos 20 y las de 20 directamente no nacieron todavía (risas). Además, como estoy supuestamente transmitiendo online, durante el espectáculo recibo consultas a mi consultorio sentimental —que se llama @elcielopuedeesperar.com— desde distintas partes del mundo, de mujeres de distintas edades, con distintos conflictos acordes con la edad. Y yo les recomiendo los disparates habituales.

¿Es cierto que su veta humorística se cultivó en respuesta a la faceta trágica de su madre?

Es verdad. Mi mamá era hija de su época. Haciendo el espectáculo Algo sobre mi madre sentí muchísima identificación del público en cómo las madres de una cierta época estaban siempre preocupadas por las hijas, por la educación, por el sexo, por su relación con los varones. Yo a mi mamá la defino contando que me dejó este mensaje en el contestador: “Andá preocupándote, después te explico” (risas). Ella estaba siempre preocupada. Me gusta decir que mi mamá me dio tanto drama para que yo escribiera tanta comedia. Para mí el humor fue un salvoconducto para sobrevivir. Fue mi pasaje a la supervivencia, y lo descubrí desde muy temprano.

Trabajó con Antonio Gasalla, Tato Bores, Alberto Olmedo y Jorge Porcel. ¿Quién fue su gran maestro?

Todos fueron maestros. Jorge y Daniel Scheck primeros en la lista, allá arriba del todo, porque aprendí con ellos (en Telecataplum) a hacer un humor elegante, un humor fino, culto, que cuanto más culto fuera más lo disfrutabas; con varias capas. Eso no me lo olvidé nunca y es lo que traté de reproducir en mi propio humor. Pero después tuve la suerte de trabajar con gente como Les Luthiers, que también fueron de gran inspiración para mí, a pesar de que ellos se inspiraron en Telecataplum. Después fue un gran aprendizaje trabajar con Gasalla, que es el mejor actor cómico del universo; el tema del unipersonal empezó en mí a partir de verlo a él y a Carlitos Perciavalle, Cecilia Rosetto; me encantaba verlos solos en el escenario, lo que eran capaces de hacer. Tato también. Mis años con Tato me hicieron ganar el Martín Fierro y aprendí, con él también, muchos de los secretos del monólogo. Lo volvía loco con los monólogos, porque hablaba como una cotorra, y siempre me echaba.

Fue con él que nació su primer personaje feminista.

Exactamente. Cada vez que me echaba yo le decía: “¿Usted sabe lo que es? Usted es un machista leninista”. Y le gustó tanto que empezaron a tirar el personaje hacia un feminismo loco, delirante, que lo escribían los hijos de Tato; un feminismo visto desde los varones. (El personaje) terminó fabricando machos en una bañera con un polvito tipo Tang, tenía una agencia de taxi boys, una loca total. Maravilloso. Los hijos de Tato me dejaban participar muchísimo, porque ya veían lo que era mi inclinación al feminismo, y por eso tuvo ese éxito, al punto que Canal 13 me dio mi propio programa, Hagamos el humor, que lo escribí con Maitena. Ahí nació la doctora Diu, que era un personaje, la vengadora de las mujeres.

¿Cómo fue que ese sketch terminó apareciendo en Videomatch a principios de los 90?

Lo que pasa es que abandoné Hagamos el humor a los seis meses. Por mi propia exigencia quería hacer todos los programas distintos, no repetir personajes; escribía, dirigía, actuaba, compaginaba, producía, casi me muero. Era de una exigencia brutal. Me cansé mucho, se me empezó a caer el pelo; yo tenía un hijo chico en casa, tema de las mujeres, y sufría de pasar 24 horas por día, sábado y domingo también, fuera de casa y sin poder ver al niño. No lo disfruté, entonces lo abandoné. Ahí fue cuando empecé a escribir los libros. Pero al año siguiente estuve en Videomatch. No era el lugar más indicado para la doctora Diu, pero pensamos con Maitena que podía tomarle el aire (al programa), como una televisión pirata, porque yo no podía hacer una entrada (al estudio) con Tinelli, éramos agua y aceite. Él hacía concursos de camisetas mojadas, y yo salía con la doctora Diu y decía: “Aquí vengo, a defender los derechos de tanto pezón y tanta nalga desprotegida”.

¿Y cómo Tinelli aceptó que apareciera ese segmento en su programa?

Fue (Gustavo) Yankelevich el que me puso, no Tinelli. Me lo encontré una vez en Punta del Este. Había terminado Hagamos el humor en Canal 13, año 91. Fuimos a tomar un café y le dije: “¿Cómo no me llamaste nunca para tu canal? ¿Tenés algo en contra del talento?” (risas). Tinelli no lo disfrutaba. Era el año 92 y la doctora Diu era una feminsta acérrima, adelantadísima para su época, y en un lugar inadecuado.  

¿En qué momento se dio cuenta de que era feminista?

Evidentemente estaba en mi temperamento, pero nunca se me había definido tanto como cuando empecé a escribir y vi la repercusión que mis experiencias tenían en las otra mujeres. Ahí tuve como una revelación, porque lo que yo creía que eran experiencias personales vi que no eran personales, eran de género. A todas las mujeres les pasaba lo mismo. Ahí se me despertó un amor muy grande por el resto de las mujeres; me preocupan las mujeres del mundo entero, porque vivir en el cuerpo de mujer significa tener experiencias comunes. Cuando me preguntan cuál es mi definición del feminismo, yo digo: el feminismo para mí es creer que las mujeres somos seres humanos (risas). Somos seres humanos, o sea que tenemos el derecho a todo lo mismo.  

Ha dicho que a partir del personaje de la doctora Diu nunca más tuvo novio. ¿Fue tan así?

Es un poco exagerado, pero es verdad. Siempre tuve mucho éxito con los varones, antes de empezar a escribir. Cuando empecé a escribir se notó mi pensamiento, y más con un personaje como la doctora Diu, que era una extremista. Los varones dicen mucho: “Te cambio una de 40 por dos de 20”, es un dicho muy popular. Entonces yo decidí hacer el negativo de eso: la doctora Diu hacía un concurso que se llamaba Traiga a su marido usado, de más de 40 años, que ya no funciona, y se lo cambiamos por dos de 20 cero kilómetro (risas). No te puedo decir lo que fue. Fue tremendo para la gente. Es más, cuando grabábamos venían los hombres que trabajaban en el canal, bajaban al estudio porque no podían creer lo que estaban viendo, les parecía sumamente atrevido. Si toda la vida dijeron eso de las mujeres, ¿por qué les resultaba tan difícil verlo en negativo? Para mí era natural. Yo decía: pero si esto lo saqué de ustedes, son ustedes los que dicen que cambian a una de 40 por dos de 20. Fue muy disruptiva la doctora Diu porque era el año 91, no se hablaba de feminismo, en la televisión no existía, y mucho menos algo tan radical como ese personaje. Los varones se asustaron mucho, me confundieron con el personaje, pensaron que yo era eso y ya les costó un poco más acercarse a mí. Algunos se acercaron buscando a la doctora Diu y se encontraron conmigo y también salieron defraudados.

¿Sufrió mucho por amor?

Como todo el mundo. No sé si mucho, poco; no sé con qué compararlo. El amor trae sufrimiento, no hay tutía. Por eso escribí Si soy tan inteligente… ¿por qué me enamoro como una idiota? Sufrí pero también gocé por amor; pasé por todas las etapas que tiene el amor, como es lógico.

¿Alguna vez usó Tinder, ya que le gusta la tecnología?

No, jamás. Soy de la era antediluviana. Necesito verlo, olerlo (risas). No podría. No es para mí, no me gusta. Evidentemente para algunos es la manera, sé de mucha gente que armó parejas buenas en Tinder, pero a mí me suena descarnado eso de mirar y correr así las fotos y elegir. Prefiero el modo antiguo, que era que alguien te presentara, o te levantabas de auto a auto (risas). Pero veías a la persona. Soy de otra época.

¿Cómo ve esta nueva ola del movimiento feminista?

Pensé que no lo iba a ver. Comentaba con mis amigas y decía: el feminismo no llegó a Latinoamérica, yo no lo voy a ver, con mucha tristeza. Cuando vi que las jóvenes se levantaban, despertaban, empezaban a denunciar los abusos, sentí una alegría enorme. Por otro lado veo que hay excesos, pero no me puedo olvidar de que la historia no se mueve en línea recta, se mueve en péndulo. Entonces todos los cambios, durante un primer tiempo, van hacia un lado, hacia el otro, y hasta que encuentran el equilibrio en el medio pasan muchas generaciones. No es algo que se resuelva en una generación o en dos. Yo siento que ya salimos de donde estábamos, pero todavía no llegamos a donde vamos. Entonces bienvenido sea el feminismo, bienvenido sea el despertar de las mujeres, y ni hablar que bienvenidos sean todos los derechos que estamos adquiriendo. Yo pagué mi precio por ser una adelantada del feminismo, pero las chicas de ahora también están teniendo esa dificultad, porque el feminismo es la única revolución en el mundo en que no estás levantándote contra un patrón que abusa de vos, o contra un pueblo: es con tu hermano, tu padre, tu hijo, tu novio. El otro es gente que nos importa mucho, es gente a la cual amamos. No es alguien contra quien luchar como en una guerra, un enemigo. Entonces es una revolución más difícil que ninguna, porque son ellos los que tienen que entender la necesidad que tenemos nosotras de ser seres humanos. Lo que veo que pasa en este momento entre los sexos es que las mujeres buscamos a un hombre que todavía no existe, y los hombres siguen prefiriendo una mujer que está dejando de existir. Creo que esa es la definición del desencuentro de este momento entre varones y mujeres: nosotras queremos uno que solo existe en los muy jóvenes, porque son hijos nuestros.

¿Crio a su hijo como feminista?

¡Claro! Mi hijo eligió una mujer independiente, segura, parecida a mí. Pero eso solo se da en los muy jóvenes, los más grandes no tienen madres feministas, entonces no tienen ese modelo de mujer y les resulta mucho más difícil acomodarse a esta mujer de ahora.

¿Qué piensa de la corrección política en el humor? ¿Debería existir?

Me acuerdo cuando era muy jovencita e iba al teatro de revista y el cómico agarraba el culo de la vedette, y lo miraba, y decía: “le falta hablar”. Ese tipo de cosas ya no se pueden hacer, por suerte; en ese sentido estoy recontenta. Ahora, es verdad que la corrección política le ha puesto mucho límite al humor, demasiado para mi gusto, porque casi no podés hablar de nada. Entonces hay que encontrar, como en todo lo demás, un sano equilibrio.

¿Cómo se lleva con el paso del tiempo?

El humor me ha ayudado en esto más que nada en el mundo, porque me da material... Una de las partes en que el teatro se viene abajo es en la última parte (de la obra), dedicada a las cirugías estéticas. Woody Allen ha sido para mí también maestro en el humor, no hablemos de otras cosas. Hace un tiempo le dieron un premio a Diane Keaton, a toda su carrera, y ella le pidió por favor que fuera. Él hizo un monólogo extraordinario y dijo varias cosas, entre ellas que Diane Keaton nunca en la vida se hizo una cirugía ni se tocó la cara: “Ella eligió ser vieja”, dijo (risas). Yo de alguna manera elegí ser vieja también. Me río tanto de las cirugías que si me operara nadie creería nada de lo que digo. No me operaría, sinceramente; no quiero hacerle algo tan agresivo a mi querido, amado cuerpo. En ese sentido creo que tiene que ver un poco con la autoestima que una toma con el paso del tiempo, cosa que no tuve toda la vida. Con el tiempo aprendí a quererme así como estoy, y a pensar sobre todo que mientras haya risa, hay esperanza. El espectáculo termina diciendo: la verdadera fuente de la juventud es la risa, porque nos da endorfinas, que pueden anestesiar el dolor de la existencia. Aprendí que la mejor de todas es la risa sobre uno mismo. No importa el tipo de dificultad que estés atravesando, si te podés reír de ella, le ganaste. No tengo otra bandera para levantar, ni otro consejo para darle a la gente.n

Qué hace una chica como yo en una edad como esta, jueves 17, a las 20.30 h, en Sala Teatro Movie. Entradas de 850 a 1.250 pesos.