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Horacio Reyes Páez: “Creo que el arte tiene el poder de abrir puertas en el alma humana”

A partir del premio del público en el JIIFF, el fotógrafo, director de cine y músico uruguayo participó en Cannes y José Ignacio

A partir del premio del público en el JIIFF, el fotógrafo, director de cine y músico uruguayo participó en Cannes y José Ignacio

“Yo creo que el arte es un lenguaje de los mundos invisibles”, reflexiona Horacio Reyes Páez sentado en el sillón blanco de su living en Punta Ballena, donde se instala de diciembre a marzo, para luego volver a Viena, pues allí reside el resto del año. El fotógrafo, director de cine y músico uruguayo se fue a los 18 años a estudiar cine a Buenos Aires, en paralelo con sus clases de guitarra con la destacada guitarrista argentina Irma Costanzo, y luego a Austria para desarrollar sus estudios en el mismo instrumento con el también uruguayo Álvaro Pierri.

La sensibilidad, estilo y visión de su obra captan la atención de coleccionistas de arte en Estados Unidos y Europa, de los programadores de Vienna Independent Film Festival (VIFF), José Ignacio International Film Festival (JIIFF) y hasta de una galería en los montes Urales en Rusia. La revista berlinesa Ignant, referente del arte contemporáneo europeo, escribió sobre él en dos ocasiones el año pasado y describe su trabajo como uno de ensueño. Dance For the Apocalypse, uno de sus cortos audiovisuales más recientes, es una oda a la libertad y una respuesta poética al encierro pandémico. En él se ve a Olivia, una niña de 12 años, bailando en la playa al ritmo de las olas y la música que él mismo compuso durante la primera cuarentena de Uruguay. Fue seleccionado por JIIFF el año pasado, se llevó el premio del público, y gracias a eso se proyectó en el Festival de Cannes 2021. Este año su corto Pillow, un documental de ficción que nuevamente aborda el tema de la cuarentena, obtuvo el premio del jurado en el JIIFF.

Reyes Páez, de 35 años, concibe su trabajo como un puente entre lo espiritual y lo físico. Por eso, explica, la poesía es su mejor amiga. Poesía no solo en palabras —porque también le apasiona la escritura—, sino también visual y acústica, una poesía que se conecta directamente con su amor por Uruguay. A pesar de haber vivido los últimos 16 años en el exterior y de haberse nutrido de los trabajos de Ingmar Bergman, Andrei Tarkovsky o Hilma Af Klint, sus raíces uruguayas se cuelan en cada toma, encuadre o sonido que compone.

Mientras conversa con Galería, lo acompañan varias cámaras fotográficas sobre la mesa, varios libros de cine, incluido uno de Jean Luc Godard que hojeaba de chico y del cual admite que fue a través de sus páginas que se enamoró del cine y la fotografía. Fue uno de los libros que su padre le traía de sus viajes cuando era niño. Así, Horacio creció entre la crítica de Leonard Maltin, Chaplin, las clásicas películas del cine americano, las fotografías de Magnum y el arte de su familia materna. Sobre la mesa ratona también hay libros de su abuelo, Carlos Páez Vilaró, y, colgados en la pared, cuadros de su madre, Agó. Recostadas sobre otro sillón hay algunas fotos encuadradas que, por sus colores y paisajes naturales, no cabe duda de que el entrevistado es el autor.

¿De qué manera cree que Uruguay está presente en su trabajo?

Siento mis raíces. Encuentro mucha sustancia para narrar lo que conozco muy bien. Por ejemplo, Camilo (protagonista de uno de sus cortos) es un uruguayo que vive en Viena y representa la quintaesencia del uruguayo tranquilo, buena persona, son personalidades que me atraen y me gusta mostrarlas. Mi padre (José María Reyes Delgado) me contó sobre la época de oro de Uruguay, en el que el cine era un lugar siempre lleno, estaba abierto al mundo, se recibían actores y el Festival de Punta del Este era brillante. Mi vieja también: mi abuelo Carlos y Casapueblo. Lo que viví de chico en Punta Ballena y en el campo me marcó. En esos años sos una esponja que absorbe todo, y eso influye hoy en todo lo que hago, mi cuestión más profunda es el Uruguay. En verano vengo y aprovecho a producir mucho. Pero siempre me he nutrido de otros cineastas de afuera, como Ingmar Bergman y Andrei Tarkovsky.

¿Qué busca a través del arte?

Me encanta la búsqueda poética, escapar de una narración clásica. Me encuentro donde la poesía irrumpe en la narración para alcanzar otra dimensión con lo que estoy contando, una donde el espectador tenga espacio para interpretar lo que quiera, donde no haya un mensaje tan cerrado. Tarkovsky es el referente máximo de ese cine poético. Es contar algo incorporado a la poesía para alcanzar un nivel espiritual, donde no entra la cabeza y el materialismo, sino la intuición y el espíritu. Mi estética, por ejemplo, no es algo que busco forzosamente, sino que surge de una depuración de mi propio lenguaje, de la experiencia y de salir a la cancha con la cámara lo más posible. Trato de nunca olvidarme de la cámara, de ese entrenamiento de enfrentarme al mundo con ella, y eso también se vuelve un acto de depuración, de hilar cada vez más fino en lo que quiero narrar. Todo eso se manifiesta en los colores que me gustan, pero no es algo que busco, emana de mí. Cuando veo que estoy forzando algo, trato de ser consciente y parar. Cuando estaba en la universidad mi trabajo era más intelectual, estudiaba semiótica y con todos los estudios venía esa intelectualización, eso de ponerle un marco a la obra, que para mí la hace más artificial. No me funcionaba mucho. Cuando mi trabajo empezó a fluir fue cuando me conecté con lo poético.

¿Qué relación tiene con lo espiritual?

Lo espiritual es algo previo al arte y a lo físico porque es el mundo invisible. Tengo una conexión natural con eso, la tendencia de ir hacia la introspección, a investigar sobre los movimientos espirituales de la humanidad, la historia de las religiones. Me inspira mucho Rudolf Steiner, que se metió de lleno desde la filosofía a lo espiritual. Yo creo que el arte es un lenguaje de los mundos invisibles. Lo uso para tratar de alcanzar esa dimensión espiritual, por eso hablo mucho de la poesía, porque cuando uno presenta un lenguaje poético a través del cine, por ejemplo, lo racional ya no está ahí, el alma empieza a vivenciar la obra, la empezás a entender con la intuición, y eso me interesa muchísimo. A los 21 tuve una crisis existencial y el camino de introspección fue la salvación, me di cuenta de que estaba conectado al arte. Me encontré con artistas como David Lynch, que fue el primero en ver cómo el cine se conecta con la meditación, Tarkovsky, Bresson, Hilma Af Klint, que le dedicó todo su trabajo a Steiner y me sentí conectado a ellos. Yo venía de la universidad, que defendía el materialismo, pero descubrí un oasis de artistas que creen que hay algo más allá del hombre. También conecto mucho con la astrología, es otro lenguaje de lo invisible.

¿Cómo surgió la idea de realizar el corto Dance for the Apocalypse?

Estaba en Punta Ballena y no pude volver a Austria por el cierre del aeropuerto en 2020. Nunca había estado tanto tiempo acá desde los 18 años. Me encontré con el universo de mi infancia y tenía que hacer algo con eso. Nació en un momento de total incertidumbre, no había una solución aparente, no se sabía nada del bicho en ese momento y me puse a componer música, de ahí surgió la película. La danza contemporánea me encanta, siempre la sigo y quería que la interpretara una niña. Porque me puse a pensar en quiénes eran los que estaban más en juego en ese momento: los niños, tienen todo este futuro por delante y les llegó una pandemia. Puse un aviso en Facebook y ahí llegó Olivia, que en ese momento tenía 12 años cumplidos. No sabía lo que era la danza contemporánea pero hacía ballet, musicales y canto. Analía Nieto, su madre, es coreógrafa e introdujimos a Oli en el mundo del contemporáneo. Diseñamos la coreografía juntos.

¿Qué mensaje transmite el corto?

Intenté alcanzar una dimensión donde exista una respuesta poética a un problema material, la pandemia, que también es político y tiene un millón de lecturas. Estar encerrado, usar el tapaboca, las muertes, los planes caídos, las agendas destruidas, no había confianza en el futuro. Todo eso me trajo una sensación apocalíptica. Sentí que lo único que tenía era una respuesta poética. Quién sabe cómo surgió el virus, pero yo siempre digo que las cosas pasan por algo y por ahí es una acumulación de un mal actuar humano constante que nos lleva al punto en donde estamos. Lo único que puede responder a eso es el arte, la poesía. La interpretación es de cada espectador, eso es lo interesante de ser artista, dejar que cada uno tenga su interpretación, pero sí quise dar una respuesta poética a lo que estaba sucediendo.

Entonces ve el arte como una respuesta a ciertas cosas.

Sí, y es algo que te abre puertas. Lo experimenté mucho al tocar canciones de Bach en la guitarra, pasa con Beethoven, Mozart, sus configuraciones artísticas son una llavecita que va abriendo mundos, dimensiones o puertas que pueden ser un acto de depuración. El ser humano está frente a esas obras de arte gloriosas y tiene ese momento de depuración y dice: “Estoy mejor que antes”. Creo que el arte tiene el poder de abrir puertas en el alma humana y de curar, de hacer esa depuración. No solo es mi sanación, sino que es para ser compartido, es un acto social para que otros también encuentren esas llaves.

¿Cómo recibió el hecho de haber sido el corto más votado por el público de JIIFF?

Me sorprendí. Creo que tocó alguna fibra en el espectador en ese momento que estábamos viviendo. Tal vez los movilizó, pudieron abrir una puerta.

Gracias a ese premio pudo viajar al Festival de Cannes. ¿Cómo fue esa experiencia?

Un sueño cumplido. El ambiente era increíble. Es un festival de vanguardia, muy político por momentos, pero por otro lado le da lugar al cine poético, íntimo, pequeño, más sensible, donde no hay mucha polémica social y política, eso es lo que busco. Entonces también encontré mi espacio dentro de ese festival. Se respira un aire cargado de la magia del cine en todo su esplendor, las proyecciones y las salas son perfectas, todo está a favor de hacer del cine una gloria. Por ahí pasaron los más grandes de la historia, y haber ido fue sentirme un poquito parte de eso, ver la credencial y leer que podía ir a todas las proyecciones fue increíble.

¿Cómo fue que empezó a vender NFT?

A raíz de una entrevista que me hicieron en Ignant, una revista de arte berlinesa importante en Europa, de donde me contactaron para hacer un editorial sobre mi trabajo fotográfico de la cuarentena en Uruguay, me contactó un coleccionista de arte. Quería comprarme una foto, que la imprimiera y la llevara personalmente a su casa en Nueva York. Así que en noviembre de 2021 ahí estaba. Me invitó a quedarme en su casa y conocí a su familia; suena raro pero fue todo muy serio. Tiene una colección virtual de NFT muy importante, fue de los pioneros. Está en Foundation App, que es una de las plataformas de ese mundo, como lo es Open Sea, pero más exclusiva. Durante una mañana me enseñó las reglas de ese mundo y yo no entendía cómo podía encajar ahí porque mi fotografía, comparada con lo que veía en NFT, es más clásica. Me invitó a la plataforma, algo muy difícil de conseguir y que varios pagan por tener una invitación de esas, publicó una de mis obras y se vendió enseguida. Él ya es referente en esa aplicación y por eso fue rápida la venta. Con esa plata que me entró en cripto empecé a meterme más y al tiempo volví a publicar una foto, y también se vendió. Después, hablando con Darío Invernizzi, con quien imprimo mis fotos en Uruguay, me dijo que conoce artistas metidos en esto pero cree que yo soy el primer uruguayo que ha vendido NFT. No sé si esto es trascendente o no, hay gente que dice que es el futuro del arte. Todavía no lo entiendo muy bien. Capaz es una manera de vender más transparente para los artistas, pero yo no voy a cambiar mi arte para entrar en ese mundo, un NFT no tiene que ser un glitch o un GIF, puede ser una foto o una escena de una película mía.

Hace seis años que vive en Viena. ¿Qué le gusta de esa ciudad?

Tiene puntos en contacto con Montevideo, como su población vieja, las cafeterías alemanas como el Oro del Rhin, su apertura con el resto del continente, ambas son grises y culturales. Pero lo que más me gusta de Viena es la aspiración a la excelencia. El ser artista allá genera un respeto y estima alto. Se sabe que si lo estás haciendo ahí, lo estás haciendo bien porque el filtro es muy exigente. Me acuerdo de mis primeras clases con Álvaro Pierri. Yo había estudiado al estilo rioplatense: estudiás bien una parte y la otra te la sabés de oído, la canchereás. Y él me dijo: “Sé que los dos somos uruguayos pero estamos en Viena y esto acá no va, sé que este sistema seduce allá pero acá no corre, acá se estudia todo. Si hacés eso en un ensayo hasta te pueden rajar”. Entonces quedarme en Viena fue una prueba para mí de mejorar. Sostener mi vida allí era sostener que mi laburo era alto. A veces me encuentro en Uruguay con cosas que me bajonean, sobre todo en el ángulo desde el que se aprecia al arte. Por ahí se lo ve desde uno más frívolo, como de show. Allá la gente tiene un compromiso con el arte, por su cultura y arrastre histórico. Allá lo ven como una cuestión de traer algo del mundo invisible. Respetan mucho a la gente que tiene la capacidad de mostrar nuevos mundos y de levantar nuevos universos.

Pillow es su segundo corto seleccionado por JIIFF. ¿De qué trata?

Es un documental de ficción. Es la historia de un personaje real, mi amigo Alexander. Tiene 65 años, es uruguayo, vive en Viena y yo quería mostrar cómo atravesó la cuarentena. Es un personaje poético de por sí y no podía no llevarlo al cine. En Pillow quise mostrar cómo, con recursos poéticos, gestos de imaginación y fantasía, alguien puede escapar de una realidad tan dura como el encierro. Es una manifestación de la esperanza, de que la imaginación puede ir más allá de los límites físicos. Y Alexander es el soporte ideal, la personificación de eso, porque él lo es en su vida, pero la historia del corto y el homenaje a (Alberto) Durero con las almohadas fue un laburo de guion mío. Alexander es esa persona en la que no importa la situación material en la que estés, sea de riqueza, pobreza, situación política como la del Covid, en que venían restricciones de arriba, de leyes, nada va a afectar el alma humana, el corazón o la imaginación. Alexander rompe con los límites de lo físico.

¿Qué significa para usted que su trabajo pueda ser apreciado en Uruguay?

Si bien vivo afuera, me importa mucho mi origen y el tratar de plasmar mi trabajo acá. Me invitaron en noviembre a exponer mi fotografía en un lugar que se llama Nizhny Tagil, frontera de Asia y Europa, en los montes Urales de Rusia. Iba a ser mi primera exposición solo pero les pedí postergar para ver si podía conseguir una pared en Uruguay para colgar mis fotos, porque quiero que mi primer expo sea acá, no en Rusia (ríe), que igual me muero de ganas de ir. Cuando mandé Dance for the Apocalypse a JIIFF y quedó seleccionado me di cuenta de que el festival es abierto. Porque es de un género mixto, abierto, de danza, pero hay cierta narración y tampoco es videoclip puramente, y yo veía el festival muy cargado de géneros, de comedia, drama, terror, ciencia ficción, lo mío escapaba de todo eso. Me gusta haber encontrado un espacio para mostrar mi obra y ahora mandé Pillow y también quedó.

¿Le gustaría realizar un largometraje?

En un workshop del Festival de Cannes podías presentar tu primera película y ellos te aconsejan cómo seguir con el camino de producción.

Laburé durante años con la búsqueda de mi abuelo y su hijo en la cordillera de los Andes. De hecho, el primer examen de guion que hice en la universidad fue sobre esa historia (basado en el libro Entre mi hijo y yo, la Luna) y terminó toda la mesa de examen llorando. Pensé que en Cannes había llegado el momento de presentar ese proyecto como película pero los derechos del libro fueron comprados por una productora argentina. De repente me encontré con el libro El rosario de los Andes, que escribió mi abuela, Madelón Rodríguez Gómez, exesposa de mi abuelo en aquel entonces, sobre la búsqueda de su hijo Carlitos. Como mi abuelo es ese artista tan groso, es una fuerza que te arrastra y pensé primero en él para la película, pero yo tengo mucha más conexión con mi abuela y me di cuenta de que su testimonio tenía que ser la película. Me quedaba una semana para presentar el proyecto, puse la foto de mi abuela, me serví un whisky, prendí una vela, agarré el libro y me puse a escribir como con una fuerza superior, sentí a mi abuela conmigo, y escribí el proyecto de un saque. Me asocié con un productor uruguayo (Andrés Mailhos, que no sigue en el proyecto) y con la cineasta argentina Agustina Macri y nos convertimos en coguionistas de la historia. Lo presentamos en Cannes y ahora estamos en el desarrollo del guion, conversando con varias productoras y planeamos rodarla y estrenarla en 2023.