Inés Bortagaray: "Hay fantasías que está bien que sigan siendo fantasías"

Nombre: Inés Bortagaray Edad: 47 Ocupación: Escritora y guionista Señas particulares: Toma clases de piano, actuó en una película para que sus futuros nietos la vean, les lee a sus hijos antes de dormir.

Nombre: Inés Bortagaray Edad: 47 Ocupación: Escritora y guionista Señas particulares: Toma clases de piano, actuó en una película para que sus futuros nietos la vean, les lee a sus hijos antes de dormir.

Vino a Montevideo con 17 años. ¿Ha imaginado cómo hubiese sido su vida si se quedaba en Salto?
La imaginé. Me imaginé coordinando algo así como clubes de lectura o un cineclub. Tengo un arraigo muy fuerte por Salto, está muy presente para mí. Coqueteé con la idea de volver pensando en cómo llevar esas cosas que me interesan conmigo, pero no pasó de la fantasía. 

¿Esa idea quedará en la fantasía?
No lo tengo claro. Como fantasía sigue encendida, pero con el tiempo también entendí que estoy muy contenta con la vida que tengo en Montevideo. Me gusta sostener esa fantasía pero no quisiera que se transforme en una especie de contracorriente de la vida que tengo, de forcejeo que me lleve a suponer que hay algo nuevo que debo lograr. Hay fantasías que está bien que sigan siendo fantasías.

¿Hay alguna costumbre o hábito al que le guste volver cada vez que va a Salto?
Sí. El viernes santo mi madre hace un bacalao, una receta vasca que le sale muy bien y siempre es tradición el encuentro familiar para comerlo con garbanzos y papas fritas caseras. Después, hay un ritual que incluye costanera norte hasta el Ayuí o San Antonio y la costanera sur hasta Arenitas Blancas. Me gusta mucho ir a la plaza Roosevelt, es una especie de balcón sobre el río en la zona del puerto, ver las grúas, la fuente de una mujer desnuda que está reposando boca abajo y un chivo que la observa. 

A sus hijos les dice “dúo tormenta”. ¿De niña también se ganó algún apodo?
No, mi abuela me decía Mainé, mis padres me decían María Inés y en algún momento decreté que Inés era suficiente, porque me parecía muy largo María Inés y mi apellido, había algo muy solemne en eso y lo erradiqué. A mis hijos les digo “dúo tormenta”, pero serían una tormenta mansa. Me encanta la palabra, me encantan las tormentas, me gusta decirles así.

¿Cree que hubiese sido más difícil criar a dos mujeres?
No sé bien cómo sería criar a mujeres. Puedo sacar algunas conclusiones por mis hermanas que tienen hijas mujeres, aunque serían arbitrarias. Me peleo con esas conclusiones de que “las niñas son más espabiladas, más inteligentes, más difíciles”. Lo que puedo decir de mis hijos es que estoy entre el éxtasis y lo prosaico, porque es un estado de elevación, de amor y conexión muy sublime y, por otro lado, está la cosa más cotidiana, los rezongos y la necesidad de estar arreándolos. Esas cosas conviven y eso es rarísimo. En este momento pienso que quiero criar niños feministas. Eso es algo en lo que pienso. Y ellos traen una sensibilidad muy distinta en ese sentido, mucho más sabia y más justa.  

Solía frecuentar la discoteca El Peñón en Salto. ¿Qué recuerdos tiene de esa etapa?
El Peñón era el objeto de deseo en mi adolescencia. La discoteca de los más grandes. Mi primo era DJ, mi tío y mi tía en algún momento se encargaron de esa discoteca. La música que pasaban era distinta, era música que escuchaba gracias a mi hermano. Pasaban Pink Floyd. Era una boite con globos de espejos, asientos tapizados de cuero, tenía una vista impresionante, estaba situada sobre un peñasco que miraba al río. Tenía un aura de prestigio conectado con otro momento de la vida, con ser mayor. La primera vez que fui tendría 16 años. Se empezaba en la noche de Navidad, era una ceremonia de iniciación a El Peñón. 

Como cinéfila, ¿qué tiene que tener una película para que le guste?
Emoción. Puede ser una película que sea prodigiosa por su fotografía, porque formalmente es una rareza, por la música. Pero creo que cuando salimos del cine diseccionando la película, hablando de los detalles desagregados y no hubo una conmoción con la historia y los personajes, hay algo que falló. Creo que todo eso sí es importantísimo, pero aparece porque antes nos emocionamos. Me parece que lo más importante es la emoción. 

Tiene muchos amigos. ¿Cuantos más, mejor?
Para mí la amistad es un tesoro, es algo que cultivo mucho. No es que la cantidad me resulte un objetivo. Tengo mi amiga más antigua desde los tres años, mis amigas de la escuela y el liceo de Salto, mis amigos de la facultad, mis amigos del taller de Levrero, y después tengo amigos más recientes, como le pasa a cualquier persona. Sucede con la amistad que hay puntos de encuentro que tienen que ver con una complicidad especial asociada con lo que estás haciendo, con lo que guía tus días en este momento, y hay otras amistades que tienen que ver con asuntos más enraizados en la memoria, en lo que te hizo, lo que te construyó, las cosas que hacías a los 20. Aprecio todas esas amistades, y todas hablan de aspectos distintos de tu historia o de tu carácter.

Tiene mucho trabajo como guionista, sin oficinas ni horarios fijos. ¿Se estresa seguido?
Me preocupo bastante. No soy una persona despreocupada, para nada. Trabajo mucho. La gestión pasa por hacer. Puedo hacer muchas tareas al mismo tiempo. Como puntos de fuga hago gimnasia, escucho música.

También está tomando clases de piano.
Sí. El piano se toca, como se puede, pero se toca. Fui hace cuatro años a clases un año y este año retomé. Hoy tuve clase. Me siento como una princesa aristócrata diciendo que tengo clase de piano, pero la tengo que defender, porque si no las obligaciones son siempre muchas. Me parece que alguna cosa que sé que es un lujo se tiene que defender, ¿porque si no, dónde esta el ocio? Ese momento que es de una abstracción total; aprender de armonía, escalas mayores, armaduras de clave. No considero que tenga una gran habilidad. Es que me da mucha curiosidad y es un momento de mucha felicidad.