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Martín García: “La música nos conecta con lo mejor de nosotros mismos, con lo más cotidiano y con lo más trascendente"

Nombre: Martín Daniel García Fastoso •Edad: 46 •Ocupación: Director de la Filarmónica de Montevideo •Señas particulares: Es madrugador; su vida privada es “insondable”; aunque sabe tocar el violín y el piano, dice que su instrumento es la orquesta.

¿Cómo  es que uno elige dedicarse a ser director de orquesta? Desde muy chico tenía la certeza de que iba a serlo. Había señales, pero como tantas cosas en la vida me di cuenta de grande que en realidad visualizaba un objetivo que terminé alcanzando. Fue un proceso muy natural, pero no lineal. A los ocho años una profesora me dio una partitura con la que tocaba cada instrumento y me dijo: “Mirá, esto es lo que lee el director”. Era el Cascanueces, de Chaikovski, que tiempo después terminé dirigiendo. Me la llevé a mi casa y la miraba. Pasaron los años, pasó la vida y recién como a los 20 me convencí de que era lo que quería hacer. Estudié música pero no sabía si quería crear, ser compositor o qué, hasta que en un momento me di cuenta de que lo que me interesaba era entender la música de otros y presentarla. Y así llegué a la dirección, que es comunicar ideas con una fuerza de voluntad tan fuerte que pueda plasmarlas en sonidos que lleguen al público.

Es muy enérgico en el escenario, ¿la fuerza de sus movimientos es sinónimo de concentración? Algunas veces sí y otras no. No se puede negar la veta catártica de hacer música; es inevitable sacar cosas que uno tiene adentro, que tienen que salir. Pero hay veces que se lidera y otras que se ataja al propio impulso de la orquesta. Es como una danza, un vaivén entre ella y el director. Y uno tiene que pararse a pensar dónde exige, qué es lo que pide y cuándo y cuánto deja fluir. El concierto o la función dura entre una y dos horas, con momentos en donde uno está inmerso completamente y otros en los que se distancia un poco más. Vas como entrando y saliendo, manteniendo un equilibrio entre ver la totalidad del espectáculo y dejarte llevar por la ola de sonido.

¿Hay alguna actividad que sea su contracara? Algo que nadie se imagina que hace… (Lo piensa mucho) Sucede que como la música también fue siempre una afición para mí, logré conjugar ambas cosas: mi trabajo y mi hobby, es mi vida. Pero trato de equilibrarlo con pequeñas aventuras cotidianas: comer algo que me gusta, salir a caminar y desentenderme de todo. Trato de llevar una existencia paralela que no tenga nada que ver con mi trabajo. Me gusta viajar, y esta es una profesión que lo permite. Tengo recuerdos muy lindos de Siena (Italia). Estudié allí en la Fondazione Accademia Musicale Chigiana y siempre pienso en volver.

¿Y qué música escucha? Por lo general escucho cosas que tampoco tengan nada que ver con lo que hago. Últimamente estoy escuchando bastante Frank Sinatra, Tony Bennett... A los Beach Boys los escucho desde que soy adolescente. Uno tiene como un paisaje musical que se hace de joven con el que después genera una relación y no se despega. A veces derrapo, pero de eso no se va a enterar nadie (risas).

Se pone rojo cuando lo elogian, por ejemplo, si eligió una linda corbata. ¿Es coqueto? Me cuesta recibir cumplidos, tengo una faceta tímida. Pero sí, presto bastante atención a cómo me visto por una cuestión de funcionalidad. Mi ropa tiene que ser cómoda. Siempre es un tema si usás o no corbata, cuál saco, porque si te movés mucho se le suben los hombros y puede ser incómodo. El saco que uso es bastante holgado, si uso uno más apretado va desabrochado, pero desabrochado de adelante es desprolijo. Lo mejor es el frac, pero como nuestra orquesta no toca de frac, si el director está de frac y los músicos de traje parece que estoy disfrazado. A veces uso moña, pero no tiene que venir con el nudo hecho, me lo tengo que hacer yo. Es un arte hacerse la moña. Tengo que prepararme como media hora antes de la función.

Muchas personas destacan el gesto que tiene al final de algunos espectáculos: trae de la mano a los diferentes profesionales que hicieron posible el show y hace que se dediquen unos segundos de aplausos también para ellos… ¡Hay algunos que no quieren salir! (risas). El director trabaja guiando, encauzando el esfuerzo de otros. Uno es como una especie de administrador, con una veta creativa, sin dudas, pero maniobrando con el trabajo de una cantidad de personas. Y es muy fácil que ese trabajo se invisibilice. A mí me parece que es muy importante reconocerlo y darle un lugar, no por una modestia, sino porque realmente es un esfuerzo colectivo.

¿Cómo se reflejan estas fechas tan especiales en la música y el espectáculo? Yo vivo la música como un espacio en el que se comparte. Se comparte la vida propia con la de los músicos y el público. Es un espacio para encontrarse, pero no es una reunión, es algo más. Uno está trabajando a un nivel de abstracción que no todas las artes tienen, que nos presenta universos y a nuestra propia vida en un equilibrio maravilloso, porque son distintos elementos que están dialogando y conforman un todo que es mayor y mejor que la suma de las partes. Siempre que llegan las fiestas pienso en eso. Cómo la música nos pone en contacto con lo mejor de nosotros mismos, con lo más cotidiano y también con lo más trascendente.