Martín Seefeld: “La parte vulnerable de cada uno es la que nos dispara el bocho”

El actor argentino estrena Holter en Punta del Este, una especie de Hamlet moderno que habla de los miedos de todos a través de la comedia

Las tragedias de Shakespeare no pierden vigencia. El príncipe Hamlet fácilmente podría ser un personaje como Martín, que en vez de sostener un cráneo mientras cuestiona su propia existencia sostiene su corazón cyborg y le da mil vueltas a cómo debería vivir el tiempo que le queda. Nada hace más pesadas las manecillas del reloj que esa pregunta, que es el disparador de Holter, una obra escrita por Martín Seefeld, Sol Levinton y Sebastián Meschengieser, a estrenarse el sábado 7 en Sala Cantegril de Punta del Este.

Martín es un protagonista normal, con una vida normal y problemas normales, y todo lo que le ocurre podría perfectamente pasarle a cualquiera de su público. Las verdades sobre el espectador que el propio espectador ignora terminan siendo muy atrapantes, pero, si bien resulta casi instintivo identificarse con este personaje, no cualquiera podría darle vida en el escenario. Detrás del Martín de Holter hay otro Martín, que quizás no sea otro sino el mismo. Uno que además se desempeña como productor, fue Colucci en Rebelde Way (2003), Gabriel Medina en Los simuladores (2002-2004), Juan Cruz Zorrilla en Son de fierro (2007) y Alberto Coco Zanneti en La leona (2016), pero al final del día siempre vuelve a ser Martín. Martín Seefeld, un hombre que carga un poco de él y de su mundo sensible en cada personaje.

“¿Nunca sentiste que te explota el corazón?”, es la pregunta con la que se difunde la obra. Por su parte, el actor argentino lo ha sentido muchas veces; primero, porque tuvo algunos problemas de arritmias, pero también porque vive en una casa que de golpe lo “noquea” y de golpe lo “abraza”. Con la dirección de Daniel Fernández, protagonizada por Seefeld, Luisa Drozdek y el uruguayo Gastón Torello, Holter es un music hall que invita a la reflexión desde el humor, a través de monólogos pero también de la música y el baile. Se trata de los temas que “nos aceleran siempre el corazón”, de la mano de un personaje que un día como cualquier otro, preocupado por su salud, decide tomar nota de cada suceso y apuntar las sensaciones de su rutina. Spoiler: ningún cuaderno ni bolígrafo alcanzaría; el trabajo, la esposa, los hijos, los amigos, la calle, el país, los doctores y el miedo a la muerte devoran renglón tras renglón mientras la vida sigue pasando.

Sentado en una mesa del Hotel After, mientras toma un té de hierbas y el sol lo ilumina como a un personaje de Barry Lyndon, Martín Seefeld habla con Galería sobre la obra y, con ella, sobre él mismo.

Empecemos por el principio, ¿cómo definiría un día normal?

Una vida normal debería ser más normal de lo que uno piensa, pero es muy difícil de pautar viviendo como vivimos, teniendo las prioridades que se tienen. Para mí tiene que ver con las pequeñas cosas. Con encontrarte en un café, en una comida, en una charla con un amigo, en una larga conversación con tu pareja. Un buen baile, una linda risa, las cosas simples que te llevas puesto. Por supuesto, partiendo siempre de una vida razonable, donde no se pase ninguna necesidad primaria.

¿Y Ud. vive así, nutriéndose de las pequeñas cosas?

Es una linda vida; cuando miro para un costado soy rico, cuando miro para el otro soy pobre, entonces no miro para ningún lado. Mi realidad es mi realidad y la tengo que vivir. Mi familia es lo más importante que tengo y mis amigos son la familia que yo elijo. No quiero tener más que eso. Mi vida normal es justamente así, llegar a una casa que de golpe te noquea, de golpe te abraza. Una mujer que se ríe de tus problemas y que con esa sonrisa te soluciona la mitad…

¿Cuánto de Martín hay en el Martín de Holter?

Holter tiene un alto nivel de identificación porque pasa a través de todos los temas: la relación con los hijos adolescentes, con los padres, con el matrimonio de tantos años y la relación con uno mismo. Habla sobre el enfrentamiento con los propios miedos, el miedo a la finitud, a la parte vulnerable de cada uno de nosotros, que es la que nos dispara el bocho. Trata de hacernos ver cómo perdemos el tiempo en cosas que no van a suceder mientras la vida sigue sucediendo. La ves pasar, y cuando te das cuenta ya pasó, y te la perdiste. Y como cualquier tipo cuando llega a determinada edad, empezás a preguntarte: “¿Cuántos años pueden quedarme de vida?”. La pregunta se convierte en un fantasma que te persigue. Fijate que el promedio de vida hoy son 80 años. Entonces decís: “Si la vida me acompaña 20 más, ocho los paso trabajando y ocho, durmiendo”. Ese es un poco el esquema: quedan ocho años para divertirse. La realidad es que acá laburamos 15 y nos divertimos cuatro (risas). Eso ni lo menciono en la obra, el personaje solo transita lo que le sucede, hasta que se comienza a preocupar por estar preocupado por un hecho que no tendría que preocuparle. ¿Y qué se está perdiendo mientras se preocupa? ¿Es el corazón realmente lo que está mal o es la cabeza?

¿Y a Ud. le asaltan las mismas interrogantes?

Como a todo el mundo.

Su personaje es entonces una especie de héroe cotidiano que batalla contra las dudas…

Batalla contra lo que nos toca lidiar todos los días, que tiene que ver con tener un matrimonio de 33 años, por ejemplo. ¿Y cuál es el desafío? Quedarte. Porque todo conspira para que te vayas, estás rodeado de tentaciones y siempre pareciera que la felicidad está afuera, pero no es así. Otro desafío: discutir con adolescentes. Te tenés que deconstruir, como se dice ahora, con tanta liviandad, y si no lo hacés, sos boludo. ¿Y cómo? Dame tiempo, papi, vamos más despacio. ¿Cómo es, cómo se hace? Son un montón de cosas que pasan con tanta naturalidad pero que este señor no las vivió así y empezás a sentirte incomprendido. ¿De dónde viene la verdadera soledad? ¿Viene con que te deje solo tu mujer? ¿Con la pérdida de los más grandes y ver cómo sigo yo ahora en la primera línea de fuego? ¿Con cómo viví mi relación con mis viejos y qué pasa cuando no los tengo?

Son demasiadas preguntas sin respuesta...

¡Hay respuestas! Pero creo que cada uno tiene la suya, por eso está bueno el arte. El arte es totalmente subjetivo a la hora de presentar estos temas. Lo difícil es generar un producto que tenga valor desde las distintas posiciones. Esta obra te va a pegar de alguna manera, pero según tu condición; si sos hija, hijo, madre, padre, abuelo, depende de tu condición como persona, en definitiva. Va a haber algún padre que diga “y claro, ves que yo te digo siempre…”, y otros que capaz piensan “naaa, este tipo es un boludo”. Qué se yo, muchos hijos también se van a sentir identificados, otros capaz que entienden que algunas cosas no son tan fáciles para sus viejos. Los padres también pueden pensar “qué pendejo de mierda...”. Pero si se logra un poquito de eso ya está, misión cumplida. El objetivo del arte es ese, te tiene que llevar emocionalmente a algún lugar, a distintos lugares, ya sean de alegría, tristeza, reflexión… Por ahí estás muy elevado y no te pasa nada, yo me juego a que no. Se te va a mover aunque sea un poco el andamiaje.

¿Y qué puede decir sobre esta relación ineludible entre el paso del tiempo y el paso de la vida?

El tiempo juega un factor importante en la obra sin mencionarlo, porque, si yo me detuviera en cada punto, el espectáculo tendría que durar dos horas y media y nadie te lo aguanta, porque así estamos. Entonces, el desafío también es lograr la profundidad que la obra necesita en el tiempo justo, para que vos no te acomodes en la butaca. Después, cada uno se va a poner el saco que le quede más cómodo, yo no quiero vestir a nadie. Cada uno interpretará. El tiempo también va de la mano con esa injusticia que creo que hay en los vínculos; todos en algún momento la sentimos: el padre porque no puede entender que su hijo no entienda lo que necesita, lo que le pasa, y el hijo porque no sabe en qué otro idioma pedirle a su viejo que no le hinche más las pelotas, que no lo quiere ni ver. ¿Y yo te traje al mundo para que no me puedas ni ver? Después de los 24 años se les pasa y vuelven, pero para cuando ellos vuelvan yo voy a tener 180 (risas).

¿Qué lo llevó a presentar esta complejidad de temas a través de un music hall?

Porque me parece que la mejor manera de transitar la vida tiene que ver con el humor. Pero tiene que ser un humor inteligente, con el otro, no del otro. Distinguir eso te convierte en alguien diferente, así como entender que el humor es sanador y sin él la vida se pone muy difícil. Frente a las peores situaciones yo siempre he salido adelante con humor. Es algo que quiero transmitir a través de la obra, pero no forzando la gracia sino conectando con la verdad de lo que te sucede. La forma en que uno conecta con esa verdad es lo que puede ser gracioso; el relato, la actitud que se toma frente a lo que pasa, pero vos estás transitando la emoción de esa verdad que puede hacerte reír o llorar, y está buenísimo. El objetivo es justamente conectar, como sea, con una verdad. El espectáculo va a tener momentos en los que te rías sin saber de qué y otros en los que lo hagas y sepas muy bien de qué.

Centrándonos ahora un poco en la generalidad de su carrera: siempre hubo teatro, llegaron las series de televisión, la producción, después el cine y por último algún contenido para las nuevas plataformas de streaming. ¿Cómo vivió ese cambio hacia Star+ o Netflix?

Lo que cambió y disminuyó es el trabajo del actor, al pasar de tiras de 100 capítulos a series con apenas 10, con poco reparto. Es una disminución que se siente en un colectivo que ya está muy castigado. Volvemos a eso de que consumimos todo muy rápido, te ves una serie entera en un día y en el vendaval de cosas ya ni te acordás de todo lo que viste. El disco no tiene capacidad para tanto, así se consume todo y así se vive. Yo le digo siempre a mis hijos que cuando tengan que decir algo importante no lo manden por chat. Siéntense a una mesa y díganselo a los ojos. Esto (toma el celular) no tiene tono, no tiene sentimientos, no tiene nada. En la era de la comunicación es donde menos comunicados estamos.

Veo que Ud. se esfuerza por poner la cuota de sensibilidad propia en todo lo que hace, como en sus personajes. Pero no parece que sea un desafío personificar esa sensibilidad cuando la tiene siempre a flor de piel. Por ejemplo en el papel de Gabriel Medina, de Los simuladores

Me considero un ser sumamente sensible, sí, pasa que hay que llevarlo con genuinidad. Y es un desafío porque casi nunca podés llevar a cabo la sensibilidad de los personajes como vos crees que es, sino como la interpretó el autor del guion. Después sí, te toca fabricar a vos la tuya propia con esas bases. Ahora, Medina es ese personaje que tiende puentes bien claros conmigo. Es un hombre de valores, cuidadoso de sí mismo, con sus máscaras y protección estética, y esa cosa de que no se sabe si es o no es... Medina es un hombre que se preocupa por su cuidado, como debe ser. Y aparte, un tipo muy sensible. En ese grupo Fede es el cerebro, Fiore, la fuerza, Peretti, el espíritu, y Medina el corazón.

En 2024 vuelven los cuatro al cine...

Estamos trabajando en eso, está todo bajo siete llaves. Pero esta vez es verdad, dicho por el equipo. Esperamos estar a la altura de lo que espera la gente y nosotros. El proyecto es igual de épico que en aquel entonces porque estamos en una situación más que complicada en el país (Argentina) y Los simuladores podría decirse que siempre tuvo un compromiso social con el más débil a costa de quien lo absorbe o pisotea, aunque lo defendiera de una forma poco ortodoxa. Aunque, si fuera por los problemas, podríamos haber seguido todos estos 20 años con el programa, que capítulos había para tirar para arriba.

Por último, supo tener un programa de radio, Fe de ratas, junto con uno de sus compañeros en esta serie (Federico D’Elía), en la emisora argentina Radio Uno. ¿Qué puede contar sobre su lado más mediático? ¿O se trata solamente de una inclinación por la radio?

Hablemos de una inclinación por expresarme y poder aportar pluralidad, disenso y respeto. Twitter lo tengo parado por ejemplo, ya no me interesa. Vos ponele un valor de un peso a cada tuit y vas a ver cómo cambia. No creo en las agresiones, deberíamos tratar de crecer a partir de entender que el otro no es nuestro enemigo, puede pensar distinto y puede tener razón, porque nadie es el dueño de la verdad. Fe de ratas era un espacio distendido donde se entendía esto. Si hoy yo tuviera que dar un mensaje, les pediría fundamentalmente a los políticos que intenten, por una vez, pensar realmente en la gente por sobre su proyecto personal. 

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Holter: No solo es el corazón, del sábado 7 al domingo 22 en Cine Teatro Cantegril, 22 h. Entradas disponibles por Red Tickets, de 1.590 a 1.890 pesos.