Mercedes Rosende: “Siempre quise tener un tren eléctrico y nunca me lo regalaron”

Nombre: Mercedes Rosende • Edad: 65Ocupación: Escritora y escribana • Señas particulares: No cree en los premios, pasó la pandemia en un castillo del Loira, su regalo de Navidad pendiente es un tren eléctrico

Vivió en Argentina y Francia. ¿Dónde está establecida ahora? Ahora vivo en España; en el noroeste de Galicia, cerca de La Coruña, en un pueblo sobre el mar absolutamente precioso. Tengo delante la ría, que entra desde el mar, y en el fondo las montañas. Es un paisaje hermoso.

Escribir desde ahí es el sueño de todo escritor. Es un sueño hecho realidad, aunque nunca ni siquiera lo había soñado. Pero se hizo realidad el sueño de algún otro y allí estoy, escribiendo en España y como epicentro ese lugar chiquitito donde vivo, que se llama Ortigueira­.  Por ahora estoy ahí, pero mañana quién sabe.

¿A quién le dio a leer por primera vez su primera novela? A un amigo escritor que se llama Pablo Silva, que me dijo: “Se desinfla por la mitad”. Yo quedé unos meses mirando el infinito y tratando de superar la frustración y la depresión. Después, cuando se me pasó, la volví a leer y dije: “Tiene razón”. Entonces la reescribí y se la mandé a Mario Delgado­, que me dijo que se la iba a mandar a Milton­ Fornaro porque era una novela policíaca y Milton era experto en ese tema. Yo no me había dado cuenta de que era una novela policial, me enteré cuando me lo dijeron. Milton, que no me había visto nunca en su vida, tuvo la generosidad no solo de leerla íntegra —era una novela de casi 400 páginas—, sino hasta de marcar errores; hizo prácticamente un trabajo de corrección que hasta el día de hoy le agradezco muchísimo.

Cuando escribe, ¿hace que sus personajes hagan cosas que quisiera hacer usted? Antes decía que yo escribía para ser otros, porque me encanta la posibilidad de despegarme de mí misma y ser otras personas. ¿Alguna vez tuve ganas conscientes de formar parte de una red de ladrones y de narcotraficantes? (Como pasa en su última novela, Nunca saldrás de aquí). No estoy segura de que haya­ tenido­ precisamente ese deseo, pero sí ganas de vivir aventuras. No sé si ganas de verme involucrada, por ejemplo, en el robo de un blindado, pero sí quizás es una linda fantasía la de escaparse con el botín del robo de ese blindado.

¿Cuál fue el último libro que la mantuvo despierta hasta la madrugada? Empecé leyendo Patria con un cierto aburrimiento. Todo el mundo me lo había recomendado, me habían dicho que era un excelente texto. Lo encaré con curiosidad porque sabía poco sobre el largo conflicto de ETA. Lo empecé y no me enganchaba, y de pronto en una página, que creo que era alrededor de la 50, me enganchó. Y me fascinó de una manera que no podía soltarlo, pero a la vez no quería que se terminara, que es lo que nos pasa con los textos que nos pegan fuerte. Me sentí tristísima cuando se terminó.

¿Cómo conoció a su actual pareja­? Dicen que es una historia curiosa. Por decirlo de alguna manera suave (ríe). Estaba en un aeropuerto­, venía de Bolivia, y tenía que esperar mucho tiempo. Había publicado solamente mi primera novela, La muerte tendrá tus ojos, que había sido un fracaso­; había pasado completamente inadvertida. Quería escribir otra cosa y estaba buscando un personaje. Entonces estaba en el aeropuerto y un señor se puso a hablar conmigo. En algún momento, de una charla un poco aburrida me pasó a hablar de su exesposa, y me empezó a contar sobre la relación de ella con su propio cuerpo. Una relación enormemente conflictiva, con sus kilos y con su apariencia; también tenía una relación difícil con su padre. En un momento me di cuenta de que ahí había un personaje. Cuestión que nos dimos nuestras coordenadas, nos separamos, yo subí al avión y escribí todo lo que me acordaba. Ese fue el germen de Úrsula (el personaje de la saga que comenzó con Mujer equivocada), y yo me terminé casando con ese señor que me regaló el personaje.

¿Es más de lo dulce o de lo salado? Soy más bien de lo salado, pero me encanta intercalar. Me gusta comer salado, dulce, salado, dulce. No tengo esa estructura de: primero va lo salado y después viene el postre, con el que terminás, y después quizá un cafecito. No, puedo comerme un canelón­ después de haber comido una cheesecake.

¿Cómo festeja la Navidad? En general no festejamos demasiado porque no somos creyentes. Pero sí festejamos, como dicen en Uruguay, el Día de la Familia. Mis hijos se ríen, porque mi talento en la cocina ha ido evolucionando de cero a tres o cuatro, en una escala de 10 o de 100 (ríe). Entonces, como yo no cocinaba muy bien, un lugar común eterno en las mesas de Navidad y de Fin de Año eran los huevos rellenos. Era lo que estaba a mi alcance. Entonces mis hijos me llaman por WhatsApp y me dicen: “¿Ya hiciste los huevos rellenos?” (ríe). Yo soy de la idea de que cada vez me quedan más ricos.

¿Le quedó algún regalo de su infancia pendiente, algo que Papá Noel no le haya traído? La mayoría de lo que pedí no me llegó (ríe). Siempre quise tener un tren eléctrico y nunca me lo regalaron. Lo gracioso es que ahora mi pareja tiene tremendo tren eléctrico, 50 años después se me hizo. Ahora no tenemos lugar, pero esperamos en breve mudarnos a un lugar donde podamos armarlo todo y poder jugar, porque se trata de eso.