Oscar Alonso (72 kilos): “A veces las ilustraciones eran una forma de querer ver el mundo diferente”

Detrás de la cuenta de Instagram 72 kilos, seguida por dos millones y medio de personas, está el ilustrador español Oscar Alonso, que recientemente visitó Uruguay para pintar su primer mural en el liceo Impulso de Casavalle

Pese a lo imprevisible que es la vida, hay sucesos que son más o menos fáciles de pronosticar. Ahora, ¿quién se hubiera atrevido a decirle al español Oscar Alonso que una apuesta para bajar de peso a los 25 años terminaría un buen día llevándolo a cruzar el océano junto a su esposa y sus dos hijos para pintar un mural en una institución educativa uruguaya?

Sería injusto, de todas maneras, decir que una cosa llevó a la otra. Oscar Alonso es la persona que está detrás de 72 kilos, el seudónimo atípico con el que es reconocido por sus millones de seguidores de todo el mundo (dos millones y medio solamente en Instagram), aunque lo verdaderamente reconocido son sus viñetas: de guiarse por sus redes, nadie podría identificar a Oscar por la calle. Nadie sabría directamente que se llama Oscar, nombre que le debe a los reconocidos premios de la Academia como consecuencia de nacer en una familia de cinéfilos.

“Me preguntan por qué no firmo con mi nombre, pero 72 kilos soy yo, aunque se ha convertido en algo mucho más grande”, señala a Galería con una voz serena que congenia con sus ilustraciones. Su nombre artístico se remonta al comienzo de todo: un dibujo sencillo y hasta algo ingenuo de unos pies –sus pies– sobre una balanza que marca 91,2 kilos, su peso en aquel primero de enero del 2008. “Con esta pinta comienzo. El viaje va a ser largo”, escribía bajo su primera viñeta. Quince años pasaron de aquel día y el viaje sigue, aunque tomó rumbos insospechados. De los garabatos para ilustrar el día a día que lo llevó a ganar una apuesta con sus amigos originada por un repentino aumento de peso que le incomodaba, Oscar Alonso pasó a publicar en su Instagram dibujos que transmitían los desafíos diarios de llegar a correr una maratón; después, los desafíos de tener una relación a distancia –que la tuvo, con su actual esposa–, y ?así fue sumando a sus trazos asuntos universales como el amor, la familia, la salud, el llanto, la muerte, la risa, y?a darle una fuerte impronta inspiradora a sus coloridas viñetas con pequeñas siluetas negras, lo que le da su cuota de generalidad a los personajes y un sello único, inconfundible. De pronto, este asunto de ilustrar por puro placer y publicar un dibujo cada día a la misma hora (20:50 de España) se le fue de las manos. Aparecieron editoriales con la intención de publicar libros, y ahora ya son cinco los editados que combinan la ilustración con textos de tinte reflexivo o hasta invitaciones al lector a ilustrar: Las vidas que dibujamos, El mundo es un regalo, Las cosas que importan, Un libro contigo y Gracias, el más reciente. Alonso de repente se vio a sí mismo renunciando a su trabajo como creador de anuncios en la industria publicitaria, dando charlas en empresas, dictando cursos online. “Mi sueño es elegir una viñeta con un mensaje especialmente motivador y empapelar con ella una fachada y llegar a mucha gente”, dijo en 2021 al diario Expansión (España). “No sé nada de pinturas ni de andamios pero sueño con hacer murales, con esa permanencia que te da una pared”.

Poco más de un año después, Alonso entra al liceo Impulso, de Montevideo —ubicado en Casavalle—, al día siguiente de la maratónica jornada en la que logró pintar su primer mural con la ayuda de la ilustradora uruguaya Eugenia Assanelli (quien ya pintó varios murales), los alumnos del centro educativo y su esposa. “Vos sos famoso, ¿no?”, le pregunta uno de los alumnos interesado en conversar con el autor del mural recién pintado que se roba todas las miradas. Alonso sonríe algo sonrojado y niega con la cabeza. Frente a una larga fila de alumnos que se dirige al comedor del liceo, 72 Kilos escribe en su cuaderno —una de sus principales herramientas de trabajo—, lo deja en el piso y graba un video que minutos después publicará y será visto por millones. “Un sueño”, dice en el papel.  Fue la directora de Shellman Wealth (empresa asesora en gestión de patrimonio), Stephanie Shellman quien leyó aquella entrevista en la que el ilustrador hablaba sobre este anhelo. "Esa entrevista la escuchó un alma soñadora al otro lado del mundo y me llamó para hacerlo posible", cuenta en su perfil de Instagram. Y el lugar elegido fue Impulso, institución a la que Alonso describe como "un proyecto educativo de primer nivel donde las oportunidades no son nada habituales". 

“Que mi mural vaya a quedar ahí por años es embriagador, todavía no me lo creo”, expresa el dibujante minutos antes de adelantar la viñeta que publicaría esa misma noche: “Si yo te doy un abrazo a ti y tú me das un abrazo a mí, nos daremos dos abrazos, aunque la gente solo vea uno”, dice el texto que acompaña a las dos figuras fundidas una en la otra.

¿Cómo sintió la experiencia de pintar un mural por primera vez?

Fui un alumno más. Lo que se estaba pintando era mi trabajo, pero fue como si hicieran prácticas con mi propio cuerpo y a la vez estar aprendiendo, viendo cómo hay que trazar el pincel. Estuve llorando varias veces, me tenía que apartar porque no me lo creía. Verlo poco a poco y decir: está pasando. En mi vida hubiera imaginado esto cuando empecé a dibujar. El problema que siempre había estado esgrimiendo era que no tengo formación artística en materiales, producción. Es otro trazo, otra forma de trabajar. En digital primero es el dibujo de línea, después lo coloreo con Procreate o Photoshop. El resultado final puede parecer lo mismo, pero el proceso es completamente diferente, mucho más analógico, físico. Yo no conocía todo ese mundo del aguarrás para limpiar los pinceles, la cinta para cubrir el suelo y que no se manche, toda esa artesanía que para mí, que estoy en lo más limpio e higiénico que es estar con mi cuaderno, me ha abierto un poco la cabeza. También tuve la ayuda fantástica de los chicos, nos ha acortado el tiempo, en un día pasó de ser una pared en blanco a un mural. Antes admiraba a los muralistas y ahora mucho más.

¿Cómo empezó?

En 2008, yo había estado viviendo en Estados Unidos y había ganado un montón de peso porque había comido mal, me había dedicado a trabajar muchísimo y no me había cuidado. Pesaba 92. A los amigos con los que viví en Estados Unidos, con los que acabé también trabajando en Madrid, les dije que bajar de peso iba a ser sencillo. Me dijeron que no, les dije que sí, nos apostamos una cena a que en un año iba a bajar 20 kilos. Por la forma que yo tenía de trabajar (en publicidad), de intentar resumir todo en una frase y en un contenido muy breve, empecé una página que se llamaba 72 Kilos donde iba dibujando diariamente esa evolución.

Más allá de su costumbre de resumir y dibujar en publicidad, ¿con qué objetivo se le ocurrió crear un blog y dibujar todos los días durante aquel año de apuesta?

Para tenerlo yo, pero también que mis amigos vieran que este viaje no iba a ser así de rápido, que no iba a aparecer el 31 de diciembre con 20 kilos menos y listo. Quería que vieran y sufrieran la pérdida de esa apuesta. Pero también creo que es muy bueno, a la hora de proponerse un reto, tener ese registro diario o periódico que te ayude y al ver para atrás, cuando hay un día malo, ver que has tenido un recorrido, que donde estás no es fruto de la casualidad, es fruto del trabajo. Eso tan sencillo como llenar una hojita diaria me ayudaba y me sigue ayudando.

Después de ganar la apuesta siguió dibujando todos los días. ¿Qué lo mantuvo?

Cuando lo conseguí, hubo dos cosas que me gustaron mucho. Haberlo conseguido. Ese sentimiento de logro me gustó. Luego saber que con dibujos y frases podía contar cosas mías de una forma sencilla, y que no tenía jefes. El mundo de la creación publicitaria era terrible. Me pedían hacer un comercial de coches y tenía que generar 100 ideas para que saliera una, y de la que salía, ni el germen era mío. A mí lo que más me gustaba de todo este universo era crear, y mi trabajo distaba mucho de ser creativo 100%. Era un porcentaje ridículo. Esa libertad de dibujar me gustó. Me puse otro objetivo alcanzable y empecé a correr. Diez kilómetros, luego medias maratones, luego 42 kilómetros. Cuando llegué en diciembre a los 72 kilos, dije: por aquí puedo tirar. Cada vez había más corredores y me pareció interesante investigar ese camino y contar mi historia. Al empezar a contar mis retos como corredor, era un tema más amplio, e interesaba a más gente. Otro de los aciertos fue que en vez de contar lo que me estaba pasando a mí en primera persona, buscaba generalizaciones. Si me sangraban los pezones cuando corría 25 kilómetros y no me había puesto vaselina, eso le pasaba a todo el mundo, y hacía una ilustración contando eso. Eso fue lo que empezó a atraer más gente. 72 Kilos se convirtió en una voz de los corredores. Ahí empecé a publicar un primer libro con ilustraciones de corredores, y también en revistas especializadas. El perfil de 72 Kilos que había empezado como algo anecdótico con amigos empezó a agarrar volumen.

Tanto bajar 20 kilos como correr una maratón tienen mucho que ver con el día a día, la perseverancia y necesidad de motivación. ¿Cree que esa fue una de las razones por las que atrajo a tantos seguidores?

En esos temas que tienen ese nexo empiezo a introducir otras temáticas que veo reflejadas en mi vida como ser constante, no obsesionarse con ciertas cosas, superarse, dejar ir algunas cosas. Esos temas que son más inspiradores atrajo a su vez a más gente. Empecé a hablar de la relación a distancia con mi novia, ella vivía en Bilbao y yo en Madrid. Ahí se abrió otro público. Estaba contando mi vida de una forma impersonal, sin decir que soy Oscar Alonso. Iba modificando los personajes, empecé a hacer personajes pequeños, que eran sombras, que sí era yo pero podrías ser tú también. Esa universalidad o humanidad que creo que tenemos todos se dejaba caer por las ilustraciones. No lo hacía por querer contar la generalidad; quería contar mi caso, mi vida. A veces las propias ilustraciones eran un intento de animarme a mí, o una forma de querer ver el mundo diferente a como lo estaba viendo.

¿No planeaba llegar a tanta gente?

No, ahí estoy libre de objetivos a largo plazo. Lo que sí tenía claro y era un objetivo real, era publicar todos los días. No quería que pasara un día sin publicar. Pensé: si quiero en algún momento ser dibujante, tengo que dibujar todos los días. Porque así en algún momento te podés convertir en dibujante. Es un camino lógico, no una receta de éxito asegurada.

Existe la percepción de que la creatividad es algo vago, sin estructuras. Usted demuestra que en realidad hay mucho de disciplina, todo lo opuesto.

Creo que sí. Por mi trabajo entendía que la calidad venía por la cantidad. Que eso de que te llega la inspiración no existe. Si espero a estar inspirado para dibujar pueden pasar cinco días y no hacer ningún dibujo. Creo que el dibujo es algo más mecánico y pensar y expresarte no es algo que tiene que estar sujeto a inspiraciones. Estamos pensando y proyectando todos los días. Si te gusta una cosa, hazla todos los días. No esperes a estar inspirado por eso, porque generas un precedente negativo. La publicación diaria no es lo que te define, es otra cosa. Y a mí me gustaba ir viendo después de 365 viñetas cuántas eran buenas. No todas eran buenas. No metes goles todos los días.

¿Qué entiende por “meter un gol”?

Hacer una ilustración que le guste a mucha gente. Que viaje. Algo que trascienda tu propio círculo cercano. Que te llamen de Uruguay para que viajes, ese es un golazo. Pero no sé qué viñeta ha hecho que alguien de Uruguay me llame. Sé que ha sido una o una selección de las miles que he hecho. Si no haces una al día no vas a acumular miles, tienes menos posibilidades de que alguien de Uruguay pueda ver tu trabajo. Es una forma de entenderlo muy a largo plazo. Las redes sociales son mágicas en ese sentido. Tú da, y en algún momento recibirás. No en la proporción que das, puede que más, puede que menos, pero nunca sabes quién está del otro lado, cómo siente, cómo opina, qué ve, qué entiende. Yo hago un contenido que creo es fácilmente entendible por cualquier persona, pero lo dejo abierto para que se puedan entender varias cosas del mismo material. Eso me ayuda.

¿Cuándo considera que dio el salto?

No sé, no sé cuánto son dos millones de personas. Y el ritmo de crecimiento se me escapa. No lo entiendo. Llegó un momento, en 2018, que tuve una crisis de sentir que se me estaba rompiendo mi teléfono móvil. Como si me hubieran hackeado la cuenta de Instagram. Me aumentaban de a 10.000 seguidores, no me lo creía. Pero llegó un momento en que sí, me lo creí. Ahí le dije a mi hermano: “Pablo, por favor, ayúdame, no quiero saber nada de esto, esto es tóxico”. Lo que me gusta a mí es mi cuaderno. Dibujar, yo lo publico, pero no quiero saber si va bien, muy bien, rematadamente bien. Intenté seguir con los pies en el suelo y no dejar que todo eso afectara mi ilustración diaria.

¿Nunca se sintió condicionado por los likes?

En un momento no podía dejar de mirar eso, porque también es importante entender por qué está funcionando, qué teclas he estado tocando para llegar hasta aquí. Porque quizá podría ser mi trabajo. Todavía trabajaba para una agencia de publicidad. Y empecé a estudiar eso para ver si era capaz de convertirse en mi trabajo. De decir ok: si me llaman de Ecuador para dar una charla de mi vida, quizás no tenga que hacer más anuncios para clientes que me utilizan a mí pero luego rompen todo y hacen lo que quieren. Y luego llego a casa, hago una cosa que siento como propia y le encanta a la gente, y la gente lo utiliza para retomar una relación con sus padres, o hablar con su abuelo. Eso es mucho más rico. De repente la gente está comprando mis libros y me está retornando algo de dinero. Por eso retomé esa relación cariñosa con las redes, por entender que había un camino posible. Llegó un momento que dije: la agencia tiene que parar, voy a tomar mi camino propio y darme una oportunidad para vivir un sueño, que es vivir de mis dibujos, de mis ideas, y que no haya nadie que me diga lo que tengo que hacer. Ahora dibujo lo que me pasa en Uruguay, y nadie me explica qué tengo que hacer o qué no. Creo que eso ha venido después de mucho trabajo y muchas decisiones.

No se lo ve posteando sobre marcas en las redes. ¿Vive de las charlas que da?

Hay gente que me sigue que de repente trabaja en el Departamento de Marketing de una empresa que vende coches, o gente que trabaja en un banco y me pide que cuente una cosa con mi estilo, mi vocabulario, mi forma. Tengo que aprovechar eso, no quiero convertirme en una marca que se venda constantemente a cualquier comunicación porque creo que soy lo contrario. Y ya estamos saturados. Abordo temas que son más fáciles de compartir. Trabajo con fundaciones, organizaciones sin ánimo de lucro y eso a lo largo del año me permite vivir, de una forma normal. 

En 2008, cuando hizo una apuesta para bajar de peso, no había tanta conciencia sobre los trastornos de alimentación. ¿Lo han criticado por eso?

Alguna vez, sí. Pero yo no creía que había maldad ahí, respeto todos los pesos, todas las condiciones. No todo el mundo puede bajar de peso, hay muchas realidades y la mía era que yo tenía sobrepeso, que no era mi peso y que no estaba cómodo, no era saludable y era una decisión personal de convertir en juego una decisión de salud. Pero en ningún momento relacioné que la salud era un juego. Simplemente fue un viaje para regresar a quien era yo.

¿Cómo es su proceso creativo?

Ahora mismo trabajo con el cuaderno y con un iPad. En el cuaderno voy anotando cosas, y sobre todo trabajo con una nota que se llama Dibujo 366 días, donde voy anotando frases, opiniones, reflexiones, y voy tomando fotos que veo. Es un almacén infinito de ideas.