Paola Marzotto: “La única forma de convivir conmigo misma a esta altura de la vida es ser una hiperactivista”

La fotoperiodista y aristócrata italiana está radicada en Punta del Este y presenta su exposición Antartica Melting Beauty en el Museo Ralli

No serían suficientes las 24 horas de un día para escuchar todas las historias que tiene para contar Paola Marzotto. Hija del conde Marzotto y perteneciente a una de las familias más adineradas de Milán —dueños de Valentino, Missoni y Hugo Boss, entre otras marcas—, consuegra de Carolina de Mónaco (madre de Beatrice Borromeo, esposa de Pierre Casiraghi), viajó por el mundo tomando fotografías de celebridades, retratos de artistas en las bienales y trabajando en sets de filmaciones (como el de Apocalipsis ahora, de 1979). Su interés por el arte, la política y los temas sociales la llevaron a convertirse en fotoperiodista freelance y luego a trabajar en los inicios de la televisión privada italiana y en la RAI.

Con una enorme cantidad de anécdotas sobre su vida, que incluye un viaje a la Antártida que acentuó su perfil activista sobre el medio ambiente, Marzotto recibió a Galería en su chacra de La Barra, donde vive hace casi 20 años y desde donde fue profundizando su amor por ?Uruguay, que lo define como el país de sus sueños.

“Estas son petunias silvestres”, comenta con acento italiano al señalar un grupo de flores blancas mientras camina elegantemente por su jardín salvaje con un vestido blanco largo, caravanas doradas y un canasto de mimbre en su mano derecha. A diferencia del resto del jardín, en el que el césped está cortado al ras del suelo, a pocos metros de la casa el pasto está crecido. Marzotto explica que es su proyecto de rewilding, una forma de restauración ecológica con el objetivo de recrear el estado natural de un área. Lo lleva adelante con la paisajista uruguaya especializada en la permacultura Margarita Palatnik. “En esta casa somos adeptos de la permacultura”, comenta. Hace unos años Marzotto adoptó este sistema basado en los patrones y las características del ecosistema natural. “Plantamos 2.000 plantas y dejamos que sean silvestres. Queremos dar equilibrio al jardín, algo que se ha perdido en todos los jardines. La idea es que sea un balance entre un jardín cómodo, donde se pueda vivir, con uno salvaje”.

Como si hubiese estado planeado, mientras la fotógrafa muestra su jardín silvestre, un guazubirá cruza el predio a los lejos. “Aquí se ven muchos animales. Hasta un zorrillo, que juega con el perro que adopté hace un tiempo”.

Se nota que Marzotto y la naturaleza son amigas. Camina señalando, explicando y tocando las plantas; sabe los nombres científicos de todas. Pero un hecho la cambió por completo: conocer la Antártida. El viaje que hizo en 2020 duró 45 días y la desilusión que sintió cuando llegó fue inmensa. “Casi no había animales ni hielo. Tuve un shock por la falta de vida en ese lugar”.

Marzotto publicó las fotos del viaje, tomadas con el celular, en Instagram y recibió un llamado de la curadora del Departamento Fotográfico del Pabellón de Italia en la Bienal de Arquitectura de Venecia, del año 2021, Paola Ruotolo, quien la invitó a exponer allí sus fotografías poéticas y melancólicas. A partir de entonces, la exhibición Antartica Melting Beauty se ha presentado en Madrid, Buenos Aires y ahora en Punta del Este.

¿Cuándo comenzó su amor por Uruguay?

Wow, qué larga historia. La primera vez que llegué fue en 1994 con mis hijos, que eran pequeños. Veníamos de Patagonia y Magallanes. No conocía Punta del Este en ese entonces, pero ya conocía Buenos Aires. Nos quedamos poco tiempo porque fueron unas vacaciones para cortar el invierno de Europa. Volví a Uruguay en 2003 porque una amiga de mi madre, que se llamaba Mirta Márques Seré y era la esposa del embajador de Uruguay en Roma en ese momento, me dijo que todo en Uruguay estaba a la venta por la crisis. Me animé a venir y recorrí en busca de un terreno. Me compré una chacra, que no es la misma en la que vivo hoy. Fue el 12 de marzo del 2003. De a poco me radiqué en el país y ahora son casi 20 años que estoy viviendo aquí. Cuando compré la chacra, en Europa había una situación brava. Era la segunda guerra del Golfo. Nadie en mi familia tenía casa fuera de Italia y eso me pareció peligrosísimo. Entonces quise encontrar un refugio fuera de Italia. Lo hice en un lugar que yo amo desde antes de esos años: Sudamérica. Yo amo esta parte del continente. Ya venía con un largo amor por Argentina, que nació de chica, y desde mediados de los 90 empezó mi amor por Uruguay. 

¿Qué es lo que la enamoró de este país?

No es fácil contestar, porque Uruguay tiene un fascino (encanto en italiano) que no todos entienden. Tiene una gran poesía. De las primeras cosas que me encantaron fueron sus lagunas plateadas. Me acuerdo de que el estilo de vida de aquí, cuando llegué, era parecido al de Italia en los años 70. Era una vida muy libre, con relativa seguridad, con un estilo de vita di casa. Eso significa que la gente invita gente a su propia casa. En Europa no pasaba mucho eso. Aquí todavía hay mucha vida entre amigos y en las casas. Es una vida simple e informal. Hay mucha gente diferente en un mismo lugar. Mucha gente culta en la comunidad tanto local como internacional. También valoro muchísimo el aspecto socialista de este país. Yo nunca podría quedarme a vivir en un país como Santo Domingo, por ejemplo, donde hay muchísima pobreza. No quiero decir que acá no haya.

Es un lugar con mucha naturaleza...

Me encanta tener mi propia tierra, algo que en Italia es muy difícil de conseguir. La idea de tener una huerta era, y sigue siendo, un lujo. Aquí tengo una hace años. El silencio y la falta de polución, el sol, los colores, el aire, los cielos. Todo eso de Uruguay es impagable. Porque, por culpa de la polución, en el resto del mundo casi no se encuentran. Aquí, hasta la caminata al mar es una maravilla. Ayer salimos a caminar con mis amigos italianos que están aquí y la luz naranja que había por el atardecer era impresionante. Parecía África. Me encantan las lagunas, las playas, el océano, la gente y el tenerlo todo. Porque aquí no falta nada. Me siento mucho más de aquí que italiana. Es el país de mis sueños. Y no soy la única, muchos amigos internacionales piensan lo mismo.

¿Cuándo comenzó con la fotografía?

Creo que fue en el momento de la película Blow Up. Yo tenía alrededor de 16 años y sacar fotos era lo que estaba de moda. Recuerdo que mi primer trabajo fue ser asistente de una amiga de mi madre, la fotógrafa Chiara Samugheo. Ella retrataba actrices y me llevó a fotografiar a Raffaella Carrà. A todos les caía bien pero era antipatiquísima (ríe), era una superstar. Me trató malísimo. En aquel entonces era normal que te trataran mal si eras joven y estabas empezando a trabajar. Nadie te enseñaba nada, tenías que aprender todo mirando y haciendo. En los 70 empecé a hacer fotorreportaje y viajé a Filipinas invitada por Samugheo, que conocía bien a (Francis Ford) Coppola. Fui a sacar fotos del set de Apocalypse Now. Estuve dos o tres meses allí, fue una experiencia brutal. Luego de ese viaje, seguí haciendo fotorreportaje alrededor del mundo.

¿Su trabajo como periodista siempre se relacionó con la fotografía?

Sí, siempre fui fotoperiodista freelance. Siempre hice muchas cosas a la  vez y siempre me gustó aprender. Hice dos facultades al mismo tiempo, una americana y otra italiana. Estudié Psicología en la italiana, y en la otra hice una mezcla de cursos, como Antropología, Arte y Escenografía. Luego de hacer fotorreportajes, en 1982 comencé a trabajar en la televisión privada italiana. Allí hice absolutamente de todo, porque eran los inicios. Estuve en producción, en escritura de guiones, en conducción y secretaría. Creo que eso cambió. Si hoy le decís a un chico que vaya a comprar paninos, te va a decir que no lo contrataron para eso. No diría que antes éramos esclavos pero sin duda éramos la gaveta, que significa empezar de cero. Éramos súper che pibes en esa época (ríe). Tenía mucha independencia, podía cubrir cualquier cosa, desde moda, política o cosas insólitas, como unos taxis que aceptaban perros (ríe). Luego también trabajé en la RAI.

¿En qué momento su fotografía comenzó a ser artística?

Hace muy poco. Si bien siempre saqué fotos con una búsqueda personal, hace poco que ese trabajo se volvió profesional. La verdad es que tengo búsquedas muy raras. Por ejemplo, tengo una serie fotográfica que se llama My Window. La desarrollo hace 10 años y son fotos desde mi ventana. La hago para mí, no para vender. En junio de 2021 comencé My Giverny, una serie fotográfica de la fuente de mi jardín. La contemplo todos los días y le tomo fotos en todas las estaciones del año y horas. Todo cambió cuando Paola Ruotolo me invitó a participar con mis fotografías de la Antártida.

¿De qué trata Eye V Gallery?

Es una fundación de fotografía que creé en plena pandemia. Surgió mientras pensaba en qué podía hacer para ayudar. Todos los que hemos tenido la suerte de vivir en la naturaleza, tuvimos un baño de conciencia sobre la destrucción que existe hoy. Durante el 2020 sentí la necesidad de encontrar un idioma diferente, que es la fotografía, para hablar sobre la naturaleza. En Eye V Gallery queremos hacerlo de una forma poética y emocional, no como lo hace National Geographic. Junto con los casi 14 fotógrafos que hoy componen la fundación, queremos ser embajadores de la naturaleza. Somos fotógrafos de todo el mundo, hay argentinos, italianos, una portuguesa, un español, etc.

¿Qué tanto la marcó su viaje a la Antártida?

Venía de realizar un activismo muy discreto y part-time. Ese de sacar los plásticos y cigarrillos de la playa, de ver un plástico en la calle y levantarlo. No usaba, ni uso, pesticidas, y ya tenía una huerta orgánica. También llegué a hacer proyectos didácticos sobre el cuidado del medio ambiente en los 90. Era mi granito de arena. El viaje cambió todo. En 2013 mi hijo se fue de luna de miel a la Antártida y me dijo que tenía que ir, porque las ballenas nadaban al lado tuyo, que era una maravilla. Que caminabas en el hielo entre los pingüinos. Me insistió mucho y en ese momento yo era muy viajera. Hoy soy casi non-flyer. Viajo solo un par de veces al año a visitar a mi familia, pero tampoco soy muy estricta, soy la más pecadora de todas. Nadie vino conmigo a la Antártida. Aprendí de chica que, si querés viajar, no tenés que esperar a nadie, porque si no no viajás o terminás haciendo programas banales. La desilusión que sentí cuando llegué al lugar fue gigante. Casi no había animales ni hielo. Tuve un shock por la falta de vida en la Antártida. Luego del viaje fui a una charla sobre el cambio climático y allí dijeron que si el mundo parara hoy, tendríamos cinco años para salvar el planeta. Empecé a tener esta sensación terrible.

¿Cómo evolucionó su activismo?

Las pocas ballenas que vi casi que no tenían fuerza, no saltaban, yo ya había visto ballenas saltar. Pero me explicaron que ahora no lo hacen porque pueden provocar que el hielo se rompa, por lo derretido que está, y se marean con el ruido que eso genera. Nunca nos acercamos a las ballenas porque no hay que molestarlas. Luego del viaje llegó el Covid. Empecé a relacionar lo que había visto en la Antártida con el peligro para la raza humana: el cambio climático y los virus. Empecé a ver todo relacionado, a ver el colapso de una civilización. Estamos como en un apocalipsis. Empecé a hacer listados de problemas y soluciones. Llegué a la conclusión de que lo único que nos puede salvar es la utopía, solución total no hay. Lo que no quiero es quedarme con el sentimiento de culpabilidad, que ya lo tengo. Pero la única forma de convivir conmigo misma a esta altura de la vida es ser una hiperactivista. Ya venía de hacer activismo de todo tipo, no solo ambiental. Me di cuenta de que no es el momento del granito de arena, sino de palas enteras de arena, sin tocar las dunas, que acá las tocan mucho (ríe). Cuando volví del viaje, le dedicaba 30 minutos del día a firmar peticiones. Ahora lo hago menos porque elijo hacer otras cosas en cuanto al medio ambiente y estoy dedicándome a Eye V Gallery.

¿De qué manera cree que el arte aporta a la lucha contra el cambio climático?

El arte es un idioma muy eficaz cuando es sincero. En este momento hay que volver a lo bello, a la armonía, la perfección y la magia de la naturaleza. Y el arte puede mostrar eso. Cada vez que nace una planta, por ejemplo, es un milagro. Hay que observar esos milagros. En Eye V Gallery busco gente que tenga una conexión profunda con la naturaleza, con la parte mística de la naturaleza. Manuela Cacciaguerra, fotógrafa de la fundación, se queda horas y horas entre los árboles y hasta se mete entre los caimanes para tomar fotos.

¿De qué trata la serie fotográfica Antartica Melting Beauty?

Sobre lo que vi allí. Son fotos que saqué con mi iPhone, porque la realidad es que no fui con el propósito de sacar fotos ni con la idea de ser testigo de nada. Esta es la cuarta edición de la exposición. Antes de llegar a Uruguay, se exhibió en la Cumbre Mundial de Alcaldes de C-40 sobre ciudades y cambio climático. En mi opinión, ninguna cumbre del mundo sirve de algo. Sentí el llamado de Ruotolo como uno muy raro. Sentí que fui un testigo involuntario. 

La exposición viaja por el mundo. ¿Dónde la esperan luego de Uruguay?

Por ahora no tengo nada cerrado. Pero estoy hablando con Brasil y México. También estoy intentando ir a la Antártida de vuelta. Esta vez con dos fotógrafos de Eye V Gallery. Con la argentina Vicky Aguirre y el italiano Lorenzo Poli aplicamos a un programa de las Naciones Unidas, y si nos lo conceden, nos vamos 45 días desde enero hasta marzo. Wow.

FUENTE: nota.texto7