¡Hola !

En Búsqueda y Galería nos estamos renovando. Para mejorar tu experiencia te pedimos que actualices tus datos. Una vez que completes los datos, tu plan tendrá un precio promocional:
$ Al año*
En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] o contactarte por WhatsApp acá
* Podés cancelar el plan en el momento que lo desees

¡Hola !

En Búsqueda y Galería nos estamos renovando. Para mejorar tu experiencia te pedimos que actualices tus datos. Una vez que completes los datos, por los próximos tres meses tu plan tendrá un precio promocional:
$ por 3 meses*
En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] o contactarte por WhatsApp acá
* A partir del cuarto mes por al mes. Podés cancelar el plan en el momento que lo desees

Ruben Rada: "Por mucho tiempo, los músicos uruguayos componíamos para los amigos"

En pandemia el músico presentó tres discos, tocó en el Sodre, viajó a España y a Japón. Y a los 78 años, como en toda su vida, sigue y sigue

Pasó en el Kamasaki Hall, en el Salón Sinfónico de Okayama o en el Nakano Sunplaza de Tokio. “¿Guenski deska?” (¿Están pasando bien?), preguntaba Ruben Rada desde atrás de sus tumbadoras a los mil o mil doscientos asistentes que lo fueron a ver, aforo y protocolos mediante, en cada uno de los 15 recitales que ofreció con su banda en su gira por Japón, entre el 25 de noviembre y el 15 de diciembre. “¡Adorima yo!” (¡A bailar!), arengaba al final en un japonés aprendido a las apuradas y por fonética, igual que el inglés al que apeló desde los inicios de su carrera. También era una manifestación de principios: ya que no podían entender qué se decía en Quién va a cantar, Dedos, (Tengo un) Candombe para Gardel, Malísimo, Blumana o Cha-cha, muchacha, al menos que terminaran bailando. “¡Moto!” (¡Más!), pedía para generar una comunión impensada entre una audiencia que recién le veía la cara y le conocía la voz y un artista que venía desde la otra punta del mundo. Lograr eso fue una lucha más para este hombre que a los 78 años realizó un verdadero tour de force nipón, con un maldito dolor de cintura que solo se le iba con los primeros aplausos.

“En Japón me fue muy bien, muy bien. Los japoneses son muy tranquilos y respetuosos, todo el tiempo están saludando, cabeceando (imita una reverencia corta y repetida). Pero en mi atrevimiento, les pedía a los (encargados) del teatro que sobre el final del show prendieran la luz para que la gente bailara conmigo. La subían apenas y yo protestaba. ‘No, esto tiene que ser una comunidad entre Rada y el público’, decía. ‘Se comen dos horas de recital sin poder cantar y quiero que terminen todos bailando’. ¡Al final los hacía bailar a todos! Pero para eso tenía que pelearme en todos los teatros”, cuenta Rada a Galería. Unas salas “divinas” describe. “Todas como el Auditorio del Sodre”.

Foto: Adrián Echeverriaga Foto: Adrián Echeverriaga

Antes del arigató final, un millar de japoneses movía las caderas desde sus asientos con Muriendo de plena, la última de un set de 23 canciones. “Se me cansó el dedo de señalar para hacerme entender. En los restaurantes no hablaban inglés”, ríe sobre su experiencia.

Al revés que al mundo, a Rada no lo paralizó la pandemia. En 2020 salieron al mercado los discos Negro rock y Parte de la historia, registro en vivo de un recital reciente en el que repasó sus años en El Kinto, Tótem y Opa, donde mezcló candombe con jazz y rock y ayudó a dar forma a la música popular uruguaya (MPU). En 2021 apareció As notes de Rio/Aerolíneas Candombe, en portugués y dedicado a su madre, Carmen Silva, brasileña. El 21 de octubre tocó en el Auditorio del Sodre; en noviembre realizó una gira por cuatro ciudades de España antes de Japón. En una entrevista que dio a Búsqueda en abril pasado contó que tenía cuatro discos en carpeta. Qué demasiao, diría Sabina.

“Siempre fui de componer mucho”, dice y reafirma: las canciones le brotan. “De chico soñaba con tener un almacén para comer salame y longaniza. El hambre, ¿no? Después, cuando estaba con Hugo (Fattoruso) en Estados Unidos, soñé con tener un estudio de grabación. Una vez que lo tuve (Las Manzanas), junto con Gustavo Montemurro, fue como tener todo el salame a disposición: llego todos los días, se me ocurre una canción y la grabo; soy ansioso y quiero terminarla ese mismo día. Entonces, en un año puedo tener material para tres o cuatro discos, de todo tipo: samba, rocanrol, candombe, bolero...”.

- Así le pasó con Las manzanas (el primer éxito de Rada, 1969): la compuso en dos horas, caminando en la calle, antes del espectáculo Musicasión 2 en El Galpón.

- Sí. Solo soy “respetuoso” cuando estoy dentro de grupos. Los mejores trabajos míos los hice con El Kinto, Tótem, Opa, La Banda, con la serie Confidence de jazz, o el de S.O.S. en Argentina entre 1973 y 1974. Siempre me gustó la dinámica grupal porque te contiene, te pone límites, te hace ponerte de acuerdo entre todos.

- ¿Prefiere ese control grupal o la libertad personal absoluta?

- Me gustan las dos cosas, pero en un grupo son muchas personas pensando, lo que los termina destruyendo. Admiro a los grupos que están por años, como Les Luthiers o los Rolling Stones. Pasa que en Uruguay tener trabajo, tocar y que te paguen es muy difícil. Eso destruye a los grupos, porque cada uno de sus miembros tiene sus propias necesidades. Algunos tienen más margen para esperar y otros no.

- Nada como la plata para erosionar vínculos humanos.

- Más que la plata, el trabajo. Vos trabajás durante todo un año para crear algo y después no tenés un lugar para tocar. Y este es un país con más músicos y futbolistas que ningún otro lado. Por suerte, con los músicos que me junté pude hacer muchas cosas, los hermanos (Hugo y Osvaldo) Fattoruso, (Eduardo) Useta, Chichito (Cabral), (Eduardo) Mateo, todos grandes... Pah, me fui a la mierda… ¿de qué querés hablar?

Jorge Drexler fue uno de sus ilustres visitantes durante su actuación en Madrid Jorge Drexler fue uno de sus ilustres visitantes durante su actuación en Madrid

Periplo mundial. Cultor de la world music mucho antes de que esta fuera una etiqueta, navegante de varios mares musicales, dueño de una voz privilegiada, los recuerdos de Rada son canciones, suyas y ajenas. La ajenidad navega por el candombe, el rock, el jazz, el tango, la música brasileña y la chanson francesa; de Gardel a KC and the Sushine Band, de Ray Charles a Queen, de Mateo a Sérgio Mendes. Cantar y tamborilear, adueñándose de esa ajenidad en modo tambor. Dice, y a las pruebas hay que remitirse, que tiene la mente joven para cantar y componer; pero la carrocería tiene la edad que tiene, lo que notó en la enorme gira reciente.

Igual, no quiere parar. Tampoco puede darse ese lujo pese a tocar la puerta de los 80.

“Esto de Japón nació hace como cuatro o cinco años cuando me contactó Kenji Honda, un periodista que tiene una revista de música latina. Me dijo de ir pero yo no quería saber nada, estaba trabajando bien acá y en Argentina. Y me llamó de nuevo hace casi dos años, ya en pandemia. Cómo explicarte... mis hijos Matías y Julieta son músicos, mi hija Lucila es cantante y actriz, y sin trabajo por meses se les complicó. Entonces mi mujer y yo los tuvimos que ayudar. A mí también se me iba lo que había ganado el año anterior. Entonces, acepté”.

Foto: Adrián Echeverriaga Foto: Adrián Echeverriaga

Costó llegar, dice. “No sabés la cantidad de papeles que te pide Japón para llenar...”. En el aeropuerto, al que llegaron luego de 14 horas de vuelo desde Madrid, estuvieron otra eternidad haciéndose hisopados. La cuarentena la hicieron en un hotel, cada uno en una habitación separada. “Yo soñé cualquier cosa, que me moría, que no llegaba a tiempo, ¡me desesperaba el encierro! ¡Yo soy claustrofóbico! Le pedí a Aya Ito, una mujer que nos acompañaba, un cuarto con una ventana, para ver un pájaro aunque sea. Bueno, ¡no hay un pájaro en Tokio! Y las ventanas se abren un máximo así (hace con las manos una hendija de unos 30 centímetros)… dicen que es porque los japoneses son muy autoexigentes y si no logran tener un buen trabajo se suicidan. Bueno, en Uruguay también hay mucho suicidio…”.

- Fue su primera vez en Japón, ¿conocían su música?

- No mucho, pero sí hay periodistas, estudiosos de la música latina, que admiran lo que yo hago, que conocían mi trayectoria. Eso me pasa en todos lados. El que ayudó mucho con el candombe fue Hugo Fattoruso. Uno de los tamborileros que tocó conmigo, Noé Núñez, acompañó a Hugo con Rey Tambor. Y también estaba el tango. Luego de Pearl Harbour se prohibió en Japón la música en inglés y el tango mató, ya es casi una música local. Yo hice 15 shows y los tangueros son capaces de estar un año.

- ¿Le hubiese gustado estar tanto tiempo?

- Noooo, a los 78 años ya no daba más. Llegó un punto en que estaba deseando volver.

Su gira en Japón fue precedida por cuatro shows en España: Madrid, Valencia, Barcelona y Málaga, del 3 al 12 de noviembre. En Madrid lo fueron a ver Jorge Drexler y Caco Senante, un tinerfeño que en 2002 grabó una versión de su Cha-cha, muchacha. “En todos lados me fue muy bien pero el mejor recital fue en Barcelona; no hay caso, los uruguayos van donde hay agua”. España fue también una necesaria pausa en su viaje a la otra punta del mundo, un corte —literal— a la mitad. En Japón, cuando terminó la cuarentena y pudo reunirse con su banda, la que integraban además sus hijos Matías y Julieta, su cintura le recordó que ya tiene dos bloqueos encima.

“Llamé a Montevideo a ver si me dejaban inyectarme corticoides, que con eso tiro 10 días fenómeno. Pero me dijeron que no, que me podía subir la glicemia. Tuve que ir a un hospital, porque allá si te duele algo no vas a la farmacia, vas a un hospital aunque lo que precises sea un calmante, te hacen placas, tenés que esperar... Fui con Julieta y me peleé con ella para que me dejara pincharme, no hubo caso. Así hice toda la gira en Japón”.

- ¿Y cuándo se calmaba?

- Cuando subís al escenario se te va todo.

Julieta y Matías son parte de su banda; Ruben tiene el difícil doble rol de ser padre y jefe. Julieta y Matías son parte de su banda; Ruben tiene el difícil doble rol de ser padre y jefe.

Música de Uruguay. Ruben Rada, padre de Lucila, Matías y Julieta, abuelo de Salvador y Sofía, casado en segundas nupcias con Patricia Jodara, nació en Montevideo el 16 de julio de 1943. Hace cincuenta años, como frontman de Tótem, era todo un nombre de la música uruguaya. Su trayectoria musical ya incluía a El Kinto, los Hot Blowers, la Cubanacán de Pedro Ferreira, La Nueva Milonga o Morenada. Su rol como payaso ya era conocido en El Show del Mediodía, por Canal 12, con Cacho de la Cruz y Alejandro Trotta. Su voz, su desparpajo y su creatividad fueron uno de los pilares en que se cimentó la MPU. Para ello apeló a la banda sonora de su infancia y juventud, pobre pero feliz, que incluyó las canciones en portugués que cantaba su madre, Gardel, los tambores del Barrio Sur y Palermo, los relatos de Carlos Solé, Pedro Ferreira, The Beatles y Mateo.

“Yo agradezco mucho a Tótem. Pero fue El Kinto, con Mateo, la señal de que se podía hacer música tipo beatle en español, el llamado candombe beat. Y era difícil cantar en español, con Mateo éramos la mersa. Nunca vi un tipo tan talentoso como él. Nos juntábamos todas las mañanas en su casa de Estivao y Presidente Oribe y componíamos. Habremos compuesto más de cien canciones. Al otro día le decía: ‘Mateo, vamos a hacer el tema de ayer’. ‘¿Qué tema?’. No teníamos grabadora, cuaderno, nada. De todas las que hicimos juntos, se conocerán 10 o 12, nada más. Y Tótem, además de triunfar musicalmente, fue un grupo al que comercialmente le fue muy bien. La mezcla del rock y el candombe son banderas que sigo llevando hasta el día de hoy”.

- ¿Cómo se imaginaba el futuro entonces?

- No sé qué nos pasaba por la cabeza. Estaba la boludez de ser músico, de que los colegas se morían por lo que nosotros hacíamos. Por mucho tiempo, los músicos uruguayos componíamos para los amigos. Yo terminaba un disco y se lo enviaba a los Fattoruso, a Manolo Guardia, a Urbano (Moraes), a toda la barra, para que me elogiaran, para que me dijeran lo bueno que era. Si salía algo comercial era porque salía así, no lo buscábamos. Hasta que formás una familia, llegan los hijos y… te dicen: “Tá, no te llenés de plata, pero pagá la luz, meté algo en la heladera”.

Rada no tiene ningún prurito con el concepto “comercial” asociado a la música, como sí lo tuvieron algunos seguidores viejos suyos cuando, ya en este siglo, lo escucharon cambiar esas introducciones larguísimas y experimentaciones jazzísticas tan alucinantes como económicamente poco redituables por temas más pop con alta rotación radial. Si de algo él puede jactarse, es de su compromiso con el arte. Fue tocando en S.O.S., grupo con el que había inaugurado el Hotel Sheraton de Buenos Aires en 1972, que le dijo que no al director del coro de Tom Jones, que había quedado maravillado con su voz. “Eso fue porque los muchachos de S.O.S. le estaban dedicando tiempo y esfuerzo a mis composiciones”.

Era tanta la fe en lo suyo que, ya viviendo en Estados Unidos y grabado Magic Time (1977) con Opa, le hicieron un desaire a Tony LiPuma, un legendario productor que había trabajado con Miles Davies, Diana Krall o George Benson. “Viene y dice que quiere hacer un disco de Opa. Si estaríamos pillados (sic), si estaríamos considerados y convencidos de lo que hacíamos que Hugo le dice: ‘Fenómeno, pero en el estudio mando yo’. A un tipo que es un genio de la producción no le podés decir eso”. Por supuesto, a LiPuma no le volvieron a ver el pelo.

- Vivió 23 años en el exterior. ¿Por qué volvió al país en 1995?

- Yo ya había venido una vez antes, en el 78, luego de Opa. Hice un concierto en el club Trouville y fue un éxito. A la semana toqué en un sótano al lado de El Galpón y vinieron veinte personas. Ahí arranqué para Argentina, donde armé La Banda. Años después me fui a México. Pero luego… volví a Uruguay porque amo a Uruguay. Y estando en Estados Unidos, o en el exterior, componés de otra manera. Vos necesitás hablar de las cosas que pasan en Uruguay, comer lo que se come acá, sufrir lo que se sufre acá, entender lo que pasa acá adentro. Te juntás con los músicos y tocás otra cosa diferente, candombe, murga, empezás a componer y también a recuperarte. (El músico brasileño) Hermeto Pascoal decía que su compatriota Sérgio Mendes, que tuvo mucho éxito en EE.UU., era un norteamericano tocando música brasileña. Y él prefería ser un brasileño tocando música brasileña. Yo quería lo mismo, en Uruguay.

Seguir y seguir. Antes de su regreso definitivo, Rada se fue a México cuando el éxito que había logrado en Argentina se diluía, a fines de la década de 1980. “La cosa se puso mala y empezó a estar en boga el Petiso (Ricky Maravilla), (Gladys) La Bomba Tucumana, Pocho La Pantera… me sugirieron que arrancara para ese lado, contesté con un no bien fuerte y me fui”. Llamó a su colega Tania Libertad, una peruana que vivía en México. “Tania, se me está hundiendo el barco”. Ella lo incluyó en su banda y él viajo solo primero, para luego traer a Patricia y a los dos hijos de la pareja, Matías y Julieta.

“Vivimos en la Villa Olímpica (de México D.F.) cuatro años. Cantaba con Tania Libertad y componía canciones para Mijares, para Eugenia León, para Alejandro Fernández, el hijo de Vicente Fernández (el Rey de las Rancheras). Andaba con un casetito recorriendo compañías mostrando canciones mías para vivir. Las vendía a mitad del precio que decía la ley porque era guita en mano, ¡con el hambre que había! Cada tanto veníamos a Argentina y a Uruguay. Un día mi hijo Matías, que tenía nueve años, me dijo: ‘Papá, me encanta este país, está chido, no me quiero ir nunca más’. Al otro año me vine para acá. Fue difícil para él, fue el que más sufrió dejar México, yo siempre le pido disculpas… Pero si no me volvía entonces, no me volvía más”.

Según cuenta su biografía Rada, escrita junto con Fernando Peláez, volvió a Uruguay para siempre el 20 de julio de 1995 con su familia y mil dólares como todo patrimonio. Ya tenía 30 años de carrera sobre el lomo y un prestigio musical que sin embargo no le había permitido dejar una vida de gitano. Ver en el Centenario a Peñarol dar vuelta un clásico vital para ganar el segundo quinquenio, un 4 a 3 el 19 de octubre de 1997, fue clave para vencer la resistencia de Matías de quedarse en un país que aún no sentía suyo. “Al otro día de ese partido le digo: ‘Matu, si querés nos volvemos a México’. ‘No, papá, ¿y Peñarol?”.

Pero había que solucionar otras cuestiones urgentes. “Yo ya no me quería ir de vuelta de Uruguay pero parecía que no había otra. Con Lea Bensasson, que era mi manager, contactamos al productor Cachorro (Gerardo) López. ‘Mirá, el almacenero no me fía más, así que quiero vender discos’, le digo. ‘Bueno, mandame las canciones que tengas pero ni te asomes por el estudio’, me contestó. Claro, si yo iba metía frases, intros, notas, cosas. Le mando Cha-cha, muchacha y Muriendo de plena, que eran dos temas que no había podido colocar en México. Los encontré un día en casa, revisando casetes”. Ese disco, Quién va a cantar, 2000, que Cachorro arregló, produjo y masterizó en Miami, fue cuádruple platino. Excelentes ventas también tuvo el trabajo siguiente, Alegre caballero (2002), en esa misma línea. “Por eso nos rebautizamos: Qué Chorro López y Ruben Roba (risas)”.

- ¿Le molestaron las críticas de entonces? ¿Que se había vuelto muy comercial?

- Noooo, si yo hablé de eso. ¡Un tarado, vamos a entendernos! Mis colegas amigos me decían: “No des tantas excusas”. Además, había canciones bárbaras como Quién va a cantar. Fue un disco para quedarme en Uruguay con mi familia. Significó trabajo, publicidades, posibilidad de estar en la televisión (El teléfono en Canal 12, La puerta grande en TV Ciudad, Gasoleros en Argentina), la posibilidad de criar a mis hijos, que Lucila se viniera de Argentina para acá. Todos mis hijos están viviendo acá conmigo y esa es una felicidad tremenda.

- ¿Y usted cómo está?

- ¿Yo? ¿Cómo artista? Yo estoy feliz… atacado con la vejez. Tengo la cabeza joven para componer y cantar, pero el cuerpo tiene la edad que tiene… Estoy en la misma de siempre, pero no tan mal como en otros momentos. Tratar de agarrar un… como decirlo… un filón de dinero para poder guardarlo. Yo no tengo jubilación, yo tengo que seguir tocando, tengo temporadas buenas y malas. Todavía juego al 5 de Oro (risas). Pasa que con todas las cosas la plata se te va…

- Pese a su trayectoria…

- Es que con la plata hay que tener una inteligencia que yo no tuve. A pesar de que en diferentes épocas gané mucho dinero yo soy pobre, tengo mentalidad de pobre y voy a ser pobre toda mi vida. No sé cómo invertir, cómo guardar, a lo sumo compré departamentos para mis hijos.

- Bueno, eso no es malgastar.

- Sí, pero… yo soy como aquel paraguayo que ganó el Prode en Argentina (N. de R.: Fue en 1972; un albañil paraguayo de 26 llamado Ramón Mercedes Negrete ganó el equivalente a siete millones de dólares actuales en una lotería deportiva argentina; la leyenda asegura que los dilapidó). La guita te la gastás, no sabés invertir. Y también aparecen los “sátrapas” que te quedan con el 50% de lo que generás.

- ¿Nunca pensó en retirarse? ¿O no puede?

- Hace seis o siete años dije que me retiraba, estaba muy cansado. Me toqué el bolsillo, pensé en los gastos de todos los meses y no me quedó más remedio que seguir. Mi cansancio no era de la música sino de los viajes, de tener problemas para que un promotor te pague, de los cambios de músicos. No es fácil subir a un avión, comerse seis o siete horas en un aeropuerto, tirado en el piso, para ir por ejemplo a España y subirte a un escenario. No, no es fácil… Pero hay que seguir.

Seguir tocando. Y seguir volviendo.

Fotos: gentileza familia Rada

ENTRE LA MÚSICA Y LA TELEVISIÓN

Ruben Rada ya tiene bastante cargada la agenda en los inicios de 2022. Musicalmente está preparando un disco de candombe, Con la ayudita de mis amigos. En pocas palabras, va a pasar por el filtro de la música que más lleva en la sangre canciones tan disímiles como la italiana Ho capito que ti amo, de Luigi Tenco, la francesa Michéle, de George Lenorman, la venezolana Angelitos negros, de Andrés Eloy Blanco, o la uruguaya El viejo, de La Vela Puerca. Las nombra, las tararea y tamborilea. El disco estará producido por Gustavo Montemurro y entre los amigos que lo irán a ayudar están Julia Zenko, Pablo Milanés, Fito Páez, Fernando Cabrera (“que va a cantar una canción de José Luis Perales”), Sebastián Teysera o Coti (que cantará una versión candombera de su Nada de esto fue un error). También habrá temas del propio Rada como Candombe para Figari, Loco del tambor y Qué tren, junto con su hijo Matías.

En televisión, medio que ayudó mucho a Rada a darle “estabilidad económica en estos años”, el músico será coach de La voz Uruguay, adaptación local de un exitoso formato internacional y una de las apuestas más fuertes de Canal 10 para este año, junto con Valeria Lynch, Lucas Sugo y Agustín Casanova. “Me gusta mucho eso de ser coach y no tanto lo de ser jurado. Me gusta la idea de escuchar a los artistas participantes y pasarles piques”.

Foto: Adrián Echeverriaga Foto: Adrián Echeverriaga

RADA Y...

Ser padre y líder. Además de ser el padre de Lucila, Matías y Julieta Rada, ellos también han sido (a veces los tres a la vez) integrantes de su banda. “Y eso es algo que me resulta difícil, porque ya tienen un talento tremendo y me sugieren cosas. Acepto muy poco, porque soy un viejo testarudo. ‘Esperen, yo los traje acá, ¿ahora me van a querer explicar cómo son las cosas?’. También está esa palabra de ahora… ‘Deconstruite, papá’, que me dicen las nenas. Es que los viejos decimos chistes y comentarios de viejos. En eso sí estoy aprendiendo, mucho más allá de que siempre fui muy respetuoso de la mujer. Eso es gracias a mi madre, que nos crio sola, porque mi viejo se tomó los vientos y nos quedamos mis hermanos y yo solos con mi madre”.

Sus referentes en el canto. “¡Gardel!”, grita el portador de una de las voces más prodigiosas del país. “Carlos Gardel fue mi ídolo, el cantante más grande de la historia. Y cuando arranqué por el norte le afané todo a Ray Charles”.

Spotify. La vuelta del single, ahora en formato digital y en streaming, no es algo que lo entusiasme demasiado. Tampoco lo subyugan estas nuevas plataformas. “Antes veías los discos simples, ibas a las casas de música. Yo grabé Las manzanas con No te cases, nena, iba a la compañía y sabía cuántos discos había vendido. Ahora, ¿vos lo conocés al señor Spotify? Yo no sé quién es. Y, para peor, que te pague es lo más difícil, hay una lucha con Agadu, con Sadaic, para cobrar lo que tenés que cobrar. Además, los éxitos duran un ratito, no más de una canción. No se hace lo que hacíamos antes, que nos sentábamos a escuchar a Pink Floyd, Deep Purple, Frank Sinatra. Escuchar todo el disco, ¿eh? Ahora se pasa de la cumbia, al rock, a millones de cosas. Hoy se escucha una canción, se aburre y se sigue con otra. Y yo no sé si muchos artistas de los que se escuchan ahora por ahí pueden bancar un show.

El racismo. “Sigue habiendo racismo. Yo ya no lo sufro, pero lo sufro por los demás. Yo soy el Negro Rada, pero ya dejé de tener color. Antes sí lo sufrí. Acá en Uruguay hay un racismo subyacente. Vos le mirás los ojos a la gente y te das cuenta, que no te banca, pedís trabajo y no te dan. Y yo iba al baile, al Palacio Sudamérica, cuando trabajaba con Pedro Ferreira, y no dejaban entrar negros. Si no me conocía el portero, no entraba. Para trabajar podía entrar, para disfrutar no”.

BIEN ACOMPAÑADO

La banda que acompañó a Ruben Rada en su gira por España y Japón estaba compuesta por Matías Rada (guitarra), Julieta Rada (voz), Fernando Lobo Núñez (tambor piano), José Luis Bocha Martínez (tambor chico), Noé Núñez (tambor repique), Nelson Cedrez (batería), Ignacio Nacho Mateu (bajo) y Manuel Contrera (teclados).