A Patricia, docente de química, el dato le llegó a través de un amigo. Como a los demás, la pandemia la había dejado sin la posibilidad de nadar y necesitaba continuar con el ejercicio físico por recomendación médica. A fines de 2021 se animó a acercarse. El primer paso fue una prueba inicial que le tomó Miloc. “La persona tiene que saber nadar y tener resistencia para poder sumarse a un grupo. Un mínimo de natación en piscina tiene que haber hecho”, explica. “Es muy difícil saltar de la nada a aguas abiertas porque es completamente diferente a una piscina, aunque sea el mismo deporte. En aguas abiertas el factor soledad, la profundidad que no te permite ver el fondo, te afectan si no estás acostumbrado”.
Sin embargo, aclara que no hace falta ser “tan deportista”. “En el grupo hay de todo, y personas de todas las edades. Hay gente que no hacía deporte, que salía a caminar muy de vez en cuando. Hay gente de más de 60 que sabe nadar, se engancharon y marchan bien”. También hay algunos que aprendieron a nadar de adultos, o que lo hicieron de niños y nunca más. “Hay gente que sabe nadar más o menos y se acerca; no tiene miedo y se engancha. No hay un límite, no hay algo que digas: vos no podés. Solamente tenés que saber nadar y desplazarte en el agua”.
Metas propias. La idea de Patricia era nadar solo ese verano, anticipando que cuando llegara el frío se sentiría incómoda en el agua. Pero no. “Cuando llegó febrero me di cuenta de que me encantaba”.
Se empieza de a poco, alejándose 50 metros del muelle y volviendo. Pero cada uno va corriendo los límites, hasta que terminan cruzando la bahía. “Yo viví unos cuantos meses esa sensación de: ¿será que puedo volver? Te vas alejando y te da un poquito de miedo no poder volver”, cuenta Patricia.
El nado en aguas abiertas puede ser intimidante. “Hay gente a la que la oscuridad, el no poder ver para abajo, la agobia. Podés nadar impecable pero no sentirte cómoda en aguas abiertas por otros motivos”.
Cuando se les pregunta por los peligros, aseguran quienes lo practican que, cumpliendo todas las recomendaciones, no hay riesgos. Se puede tener algún calambre, pero por eso nadan siempre en grupo y llevan la boya, que en caso de necesidad, alcanza para flotar y reponerse.
Con los peces conviven, dicen, especialmente con las lisas. Cada tanto, divisan un lobo marino. Nada para asustarse, son compañeros de ruta.
A medida que pasa el tiempo y se adquiere práctica y una mayor resistencia, las metas empiezan a ser más ambiciosas. “Cuando estás entrenado nadás 1.000 metros como si nada, porque la capacidad pulmonar mejora muchísimo”, cuenta Patricia. Van dos años que no tiene problemas de asma, el tiempo que hace que nada en aguas abiertas, sin contar los beneficios a nivel de la espalda y el sistema inmunológico.
El grupo de la playa Ramírez no es el único, también se reúnen algunos intrépidos en el Cerro, Pocitos y Malvín. Cada playa tiene sus características. La Ramírez, por ejemplo, es muy protegida por su fisonomía, más similar a una bahía. “Montones de los que nadamos acá no nos mojábamos ni los pies en la Ramírez. Yo vivo a cinco cuadras y no venía”, dice Patricia. “En contra de todos los que renegábamos de nuestra querida Ramírez, cuando no hay oleaje puede ser muy clara, casi cristalina”, asegura, ya familiarizada con sus aguas.
“La gente ahora sabe que se puede nadar en el río todo el año; han descubierto eso. Y no solo en lo físico te hace bien, sino en tantas otras cosas”, asegura Alejandra Miloc.
La solidaridad, la compañía. Cuando Alejandra empezó a nadar en aguas abiertas le llamó la atención la solidaridad del grupo. Estar solo, lejos de la costa, puede ser una sensación abrumadora. “Estás en un medio en el que nunca sabés cómo podés estar vos, o cómo puede estar el de al lado, y más con el frío. Lo primero que sentí fue eso, que yo era cuidada por mis compañeros, por la gente que nadaba al lado mío, y yo también los estaba cuidando. Eso no tiene nada que ver con una piscina”, cuenta. Se genera tal clima de camaradería que es habitual que los grupos de nadadores terminen en relaciones de amistad.
“No son grupos de competencia: salgo a nadar porque me gusta, porque lo disfruto, y con gente que sabés que está pendiente de vos. Si alguien se quedó atrás, lo vamos a buscar”, dice Alejandra. Y ella, como referente, suele tener el radar más activado todavía. Por esa importancia del sostén grupal no es recomendable nadar en solitario.
La dinámica de los encuentros suele ser siempre la misma. Se reúnen media hora antes para entrar en calor, y una vez que el cuerpo y los músculos están en condiciones, entran al agua.
Hay dos tipos de grupos, están los que siguen una modalidad de clase, con principiantes y algunos más avanzados pero que prefieren tener una guía, y están los grupos con más experiencia, que se reúnen en otros horarios. En los que siguen una modalidad de clase, Alejandra propone distintas actividades para mejorar técnicas y que cada uno vaya alcanzando distintas metas autoimpuestas.
El frío. El año pasado, algunos estoicos que siguen yendo en invierno —la asistencia en verano suele ser mucho más alta—, llegaron a nadar en aguas de hasta 9 ºC de temperatura. Para amortiguar un poco el frío están los trajes de neopreno, de diferentes grosores, más o menos porosos. “Te ayudan a aislarte del frío y a flotar también”, dice Patricia. Pero también hay algunos que nadan todo el año sin traje, con malla de baño y, a veces, una camiseta en invierno.
Claro que el frío no es para todos, por eso se recomienda, como mínimo, tener el carné de salud al día.
En invierno, las distancias que se nadan son más cortas. “Es tu cuerpo el que te avisa: cuando te empezás a sentir incómodo, es el momento de salir”, dice Patricia.
Además de los trajes de neopreno, el equipamiento para el frío puede incluir botitas del mismo material, aunque es optativo. Pero hay un equipamiento básico que cualquier persona que nade en aguas abiertas debe llevar: boya de natación inflable de algún color vistoso, que se ata a la cintura, y gorra, también de color llamativo por las mismas razones que la boya: ser claramente visible a la distancia. “No es un elemento decorativo, ni para sujetar el pelo, es un elemento de seguridad”, dice Patricia.
Los nadadores habituales suelen consultar, antes de salir, Windy, una aplicación que indica la orientación del viento. Aunque difícilmente, por fuerte que sea, les impida meterse en el agua. La lluvia tampoco, a menos que sea muy copiosa. Lo único que los detiene es la posibilidad de una tormenta eléctrica.
Cada tanto se lanzan también a nadar cuando cae el sol y hay luna llena. Este jueves 26 de noche, munidos de boya y linterna, lo harán a beneficio de la Fundación Hilo Rosa, que trabaja con pacientes oncológicas.
La experiencia. El no tener límites desconecta de la rutina, de los problemas, dicen quienes practican este deporte. “El ruido del agua, el sol cuando te pega en la cara, son esas sensaciones que te proporcionan paz, y cuando vas ganando confianza, sentís que te vas empoderando, te vas sintiendo fuerte”, asegura Patricia.
Esa ilusión de ingravidez que proporciona el agua, ese sentirse liviano, ligero, ayuda a salir de la zona de confort que innegablemente hace falta para nadar en aguas abiertas. Cuando vuelven al muelle, todos llegan con una sonrisa.
“Yo vivo acá, frente a la playa, y nunca veía gente en el agua en invierno, y ahora siempre ves boyitas yendo y viniendo, aparte de los otros deportes (que también se practican todo el año), como stand up paddle, remo. La gente se ha acercado a usar el río, que nunca antes se había utilizado de esta manera”, dice Alejandra. No sabe si será una moda o si es algo que descubrimos y va a quedar para siempre. Piensa que sí.
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A VECES SE COMPITE
Para Patricia Jauregui, muchas veces el trabajo más importante para anotarse en un campeonato es mental, proponerse algo y alcanzarlo. “Muchas veces uno cree que no puede, pero la realidad es que puede”. A base de entrenamiento llegó a nadar 5 kilómetros.
Del último Sudamericano, muchos de los nadadores de la playa Ramírez volvieron con medallas.
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CÓMO SUMARSE
Los interesados pueden acercarse para informarse al muelle del club de pesca Noa Noa, en la playa Ramírez, de lunes a viernes a las 7.30 de la mañana (para grupos de nadadores experimentados), y los lunes, miércoles o viernes a las 13.30 horas (clases). Alejandra Miloc ofrece además clases particulares para nivel principiante e intermedio los martes y jueves a las 7.15 de la mañana, o miércoles y viernes a las 17.30 horas.