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    “A los saltos”

    Nº 2172 - 5 al 11 de Mayo de 2022

    Cuando, a principios del ya lejano mes de mayo del año 2018, la dirección de Búsqueda nos hizo el honor de ofrecernos ser parte del equipo periodístico de este tan prestigioso semanario, escribiendo en la sección de Deportes, asumimos que la actividad futbolística iba a ser la casi exclusiva protagonista de nuestras columnas semanales. Y así lo ha sido; a tal punto que solamente en alguna aislada oportunidad (superadas ya las 200 entregas) hemos optado por ocuparnos de otros deportes. Solo a vía de ejemplo, alguna vez escribimos sobre el Tiempo de los “escarabajos”, calificativo aplicado a los escaladores ciclistas colombianos, uno de los cuales venía de ganar el legendario Tour de France del año 2019.

    Este introito viene a cuenta porque el tema central de la presente entrega tiene que ver con el atletismo y, más en concreto, con el recientísimo brillante logro de Emiliano Lasa al quedarse con la victoria en la prueba de salto largo en el Gran Premio Internacional de Brasil, con un registro de 8,28 metros, batiendo su propio récord nacional y clasificando al próximo mundial de Oregón. Cabe acotar que Lasa ha sido el dominador absoluto de esta disciplina en nuestro medio desde hace varios años, habiendo llevado su registro personal desde los 7,42 metros en el año 2009 a esta nueva marca antes mencionada (que, para hacerse una idea, es como saltar de vereda a vereda en una calle común de la ciudad).

    El importante logro del destacado atleta compatriota se nos antoja propicio para ilustrar a quienes no están familiarizados con esta rama del deporte y con esta prueba en particular sobre sus principales características. El salto en longitud es una prueba atlética consistente en recorrer la máxima distancia posible en el plano horizontal, a partir de una carrera previa, y forma parte del programa del atletismo desde la primera edición de los Juegos Olímpicos de Atenas en 1896, en la rama masculina, y desde Londres en 1948, en la femenina. En pocas líneas, cabe explicar que, previo al salto, el atleta recorre a la mayor velocidad posible un trayecto plano de aproximadamente 50 metros que finaliza en una tabla a nivel del suelo, el cual indica el punto límite para realizar el impulso que lo elevará por el aire. La distancia recorrida por el saltarín se mide desde el último lugar de apoyo del pie adelantado sobre esa “tabla de batida” hasta la marca o evidencia más retrasada, causada por cualquier parte de su cuerpo, sobre la arena húmeda de la posterior zona de “aterrizaje” (que tiene tres metros de ancho y 10 de longitud). El atleta puede realizar hasta tres intentos y se toma en cuenta su mejor registro. Se trata, pues, de una prueba muy compleja que requiere una suma de capacidades en el competidor: la mayor velocidad posible durante la carrera previa, pisar la tabla de despegue lo más cerca del límite más avanzado, una fuerza de piernas suficiente para lograr la mayor elevación posible, una perfecta coordinación de movimientos en la fase de suspensión o de vuelo (en la que suelen ejecutarse varios pasos en el aire) y, finalmente, procurar que en el momento de la caída, tras apoyar ambos pies en la arena, su cuerpo no caiga hacia atrás, pues ello puede restarle centímetros a su salto.

    La evolución de los registros en esta prueba a lo largo de la historia presenta ribetes muy particulares. El primer récord mundial computado oficialmente data del año 1901 y fue logrado por el irlandés Peter O’Connors con un registro de 7,61 metros, el que rigió por un lapso de 20 años, hasta que el estadounidense Edward Gourdin lo llevó a 7,69 metros. Salteando varias etapas, en los Juegos Olímpicos de Ámsterdam en 1928 (de muy grata recordación para el fútbol de nuestro país) el atleta antillano Silvio Cator logró un registro de 7,93 metros y luego el japonés Chuel Nambú, en el año 1931, elevó el récord mundial a 7,98 metros. La expectativa estaba centrada por entonces en quién podría superar la barrera de los 8 metros, y debió aguardarse hasta el año 1935, cuando el legendario Jesse Owens estableció un registro de 8,13 metros (cabe acotar que en esa misma épica jornada batió también los récords mundiales en todas las pruebas de velocidad). Su récord duró un cuarto de siglo, hasta que su compatriota Ralph Boston saltó 8,21 metros en las pruebas selectivas para los Juegos Olímpicos de Roma en 1960; marca que pocos meses después, en Moscú, llevó a los 8,28 metros (precisamente el mismo registro que acaba de obtener Emiliano Lasa). Con posterioridad el norteamericano siguió mejorando su propio récord hasta los 8,35 metros, marca compartida con el soviético Igor Ter-Ovanesyan.

    Todo hacía suponer que, tal como había venido ocurriendo, esa marca récord se iría superando paulatinamente, centímetro tras centímetro. Pero el día 18 de octubre de 1968, en los Juegos Olímpicos de México, se produjo un hecho que causó conmoción y estupor en el mundo del deporte: el estadounidense Robert Bob Beamon, ya en su primer intento, saltó nada menos que 8,90 metros, superando el anterior registro… ¡en más de medio metro! (Boston solo pudo quedarse con la presea de bronce, con un registro de 8,19 metros). Entre los expertos, se especuló con que la altura de la capital mexicana y el viento a favor en el límite máximo autorizado influyeron en tan sorprendente registro.

    ¿Cuánto tiempo duró esa marca de Bob Beamon? La friolera de 23 años, en la que ni siquiera el antológico Carl Lewis —ganador olímpico y mundial de esa especialidad— pudiera superarla. Finalmente, esto vino a ocurrir en el año 1991, en el Campeonato Mundial de Atletismo de Tokyo, y el responsable fue otro estadounidense, Mike Powell, quien saltó 8,95 metros en su último intento tras un mano a mano con Lewis, que quedó segundo con 8,87 metros. De entonces a la fecha, nadie ha podido superar ese récord y está la expectativa del mundo del atletismo centrada en quién habrá de ser el atleta capaz de saltar por encima de los nueve metros (detrás de esos dos colosos, el ranking mundial de los 10 mejores registros indica que hay siete saltarines en la actualidad que han superado los 8,69 metros).

    Comparado con estos guarismos actuales, el registro récord de 8,28 metros obtenido por Emiliano Lasa puede verse desmerecido. Pero sin perjuicio de ser una clara muestra de su superación personal —y aunque esto sea relativo— cabe tener en cuenta que el tan laureado Ralph Boston obtuvo la medalla de oro en los Juegos Olímpicos de Roma en 1960 con un registro de 8,12 metros. Por lo que objetivamente —y no obstante el largo tiempo transcurrido desde entonces— ¡nuestro Emiliano ha saltado a la par de aquel atleta legendario!

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