Nº 2108 - 28 de Enero al 3 de Febrero de 2021
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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáNos animaríamos a apostar que, hasta hace unos pocos días —incluso para los aficionados al fútbol—, los nombres de Defensa y Justicia identificaban a dos calles de Montevideo, que corren paralelas —separadas por solo cuatro manzanas— en una populosa zona de la ciudad. Sin embargo, ese es el nombre de un equipo argentino, que lejos está de integrar el lote de aquellos más conocidos o con más trayectoria del vecino país, pero que es, sin embargo, desde el pasado domingo, el legítimo campeón de la actual edición de la Copa Sudamericana.
¿Por qué traer a cuento este tema? Por la muy sencilla pero elocuente razón de que el pasado fin de semana (ante la falta de actividad en el plano local, por la suspensión de otra fecha del Clausura por las razones ya conocidas) debemos haber sido muchos los que presenciamos la final televisada de la actual edición de ese torneo organizado por la Conmebol, entre dos equipos argentinos que no son precisamente de mayor renombre. Con todo, uno de ellos, Lanús, ya ostentaba en su palmarés la conquista de dos torneos organizados por la Conmebol (la copa que llevaba ese mismo nombre en 1996 y la Copa Sudamericana en el 2013). Sin embargo, el que sería a la postre ganador no solo carecía de antecedentes en el plano internacional, sino que en su relativamente corta historia tampoco había logrado lauro alguno en el propio ámbito interno de su país, a cuyo círculo de privilegio… ¡había ascendido recién en 2014! Vale acotar que Defensa y Justicia ingresó a la actual edición de la Sudamericana tras haber quedado eliminado de la Libertadores (fue tercero en su grupo detrás de Santos y Delfín), y que accedió a esta final sin perder ningún partido, compitiendo con Sportivo Luqueño de Paraguay, los brasileños Vasco Da Gama y Bahía, y el Coquimbo Unido de Chile.
Quienes presenciamos esta final pudimos observar una muy buena exhibición futbolística del vencedor (un equipo sin figuras de renombre, excepto su técnico Hernán Crespo, en su época un excelso goleador) que le permitió obtener una victoria tan amplia como expresiva en su tanteador final. Y, muy probablemente, habremos quedado preguntándonos por qué razón este logro, obtenido por una institución que casi no tiene historia en el fútbol argentino, le ha resultado invariablemente esquivo a los equipos uruguayos. Adviértase que, en tanto los argentinos ya tienen nueve copas sudamericanas en su haber y los brasileños cuatro, nuestros representativos no han podido aún lograrlo en las 19 ediciones que ya se llevan disputadas. Y aún más: sin haber siquiera llegado a disputar una final. Una penosa comprobación que comprende no solo a los equipos de raigambre mayor (Nacional y Peñarol), sino también a varios de los equipos chicos, los que a su turno también han tomado parte de este torneo. Y ello no solo ocurre con la Copa Sudamericana, pues otro tanto ha sucedido con los demás torneos organizados por la Conmebol.
No es, por cierto, la primera vez que nos ocupamos de este tema. Y ojalá sea la última que debamos hacerlo. Quienes ya estamos transitando los últimos tramos de nuestra existencia, y tenemos a nuestras espaldas el imperecedero recuerdo de varios resonantes éxitos deportivos, por selecciones de distintas categorías como por los dos equipos de mayor resonancia de nuestro medio, no podemos ni debemos conformarnos con ver cómo los clubes uruguayos han ido perdiendo peso inexorablemente, año tras año, a nivel continental. Y más nos duele por cuanto —otra vez el triste privilegio de la edad— pudimos ser testigos presenciales de varias de esas jornadas de gloria protagonizadas por nuestros dos equipos grandes, en la señera y emblemática Copa Libertadores de América, en la segunda mitad del siglo anterior. Claro que con el invalorable concurso de una camada de excelentes futbolistas reclutados en diversos países de América.
El contraste entre aquella fulgurante realidad y esta ciertamente penosa tiene algunas causas que ya hemos expuesto en columnas anteriores. La principal, pero no la única, tiene que ver con las acuciantes necesidades económicas de nuestros clubes, que les obliga a tener que desprenderse de sus jóvenes promesas cuando estas recién comienzan a abrirse camino en su plantel principal o incluso antes, como ha ocurrido en algún caso. Ya han sido varios los futbolistas que han emigrado en esas condiciones, pues parece ser que los poderosos clubes europeos se han afiliado al criterio de llevarse esas promesas cuando recién asoman al mundo del fútbol, de modo de terminar de formarlas en sus propias filas, a su gusto y paladar. Y si bien las resultancias de esa nueva modalidad son muy favorables en lo económico, no lo son en cuanto al poderío deportivo de nuestros equipos, cuyos planteles deben ir mutando de un año a otro sin que los técnicos de turno (que también rotan en similar proporción) puedan lograr una línea futbolística medianamente aceptable. Así hemos visto, en estos últimos tiempos, muchos futbolistas que llegan desde el exterior sin mayores credenciales, y que —salvo alguna excepción— no logran afianzarse como titulares y deben volverse a sus lares sin pena ni gloria. O aún que se piense, para revertir ese preocupante estado de cosas, en algunas figuras de singular renombre y trayectoria (los casos de D’Alessandro en filas tricolores y Maxi Pereira en tiendas aurinegras), pero que por simples razones etarias, se encuentran prácticamente en el ocaso de sus brillantes carreras.
Pero otro factor a tener en cuenta para explicar esta prolongadísima “sequía” de resultados favorables en el ámbito clubístico sudamericano, tiene que ver con los planteos extremadamente conservadores a que suelen afiliarse algunos equipos cuando deben jugar fuera del país, lo que nunca es garantía de un buen resultado. Más aún, cuando a diferencia de aquellas épocas, ya no es segura la obtención de los tres puntos cuando se juega de local (son muchos los partidos perdidos en nuestro país, incluso frente a rivales discretos y sin mayor historia). Ello sin perjuicio de que ha sido evidente —aunque duela reconocerlo— que en varias ocasiones, el nivel futbolístico desplegado por los visitantes de turno ha sido bastante superior al exhibido por nuestros equipos.
Si para algo pudo servirnos haber seguido en directo esta recientísima final de la Sudamericana y observar el triunfo de un equipo prácticamente sin historia —y, casi seguro, sin un presupuesto exorbitante—, es que ella puede estar al alcance de cualquier equipo uruguayo, siempre que le otorgue a ese torneo el valor que realmente tiene, y no piense que es solo una suerte de premio consuelo en relación a la tradicional Copa Libertadores. Los fuertes premios económicos que otorga son una elocuente prueba de su importancia.