N° 1981 - 09 al 15 de Agosto de 2018
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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáEn los últimos días se ha observado una relativa calma en el mercado cambiario en Argentina, a pesar del impacto del escándalo de los sobornos que se desató al aparecer los llamados “cuadernos de Centeno”. Aunque la Bolsa de Buenos Aires y el riesgo país acusaron el impacto de todo el “ruido político” generado por este tema, el dólar se mantuvo cotizando algo por encima de los 28 pesos argentinos.
El principal factor que explica esa relativa estabilidad cambiaria es el “torniquete” monetario que viene aplicando el Banco Central —BCRA—, que esta semana mantuvo la tasa de interés de referencia en 40% (pasando ahora a controlar la tasa sobre las Letras de Liquidez o Leliq), mientras que las tasas sobre las Lebac en el mercado secundario se ubican en el orden de 48% para los plazos cortos, en un contexto donde la inflación está en el eje de 30%. Semejante tasa real constituye un freno a la demanda de dólares, dado que los inversores más intrépidos vuelven a verse tentados por el “carry trade”, especialmente para el corto plazo. Es que si el dólar se queda quieto, con una tasa de 48% anual se podría obtener un rendimiento en esa divisa de 3,3% en un mes, 50 puntos básicos de lo que se obtendría en un año colocando en dólares a la Libor.
La contrapartida de la calma cambiaria conseguida a partir de altas tasas de interés es el estrangulamiento del nivel de actividad, ya que muy pocas empresas pueden hacer frente a sus deudas con dichas tasas, así como la liquidación de stocks por el mismo motivo. Y si bien esto ayuda a contener la inflación en el corto plazo, genera problemas de sustentabilidad fiscal a mediano plazo, porque la recaudación impositiva se resiente ante la caída del gasto en consumo e inversión.
En este marco, la meta comprometida ante el Fondo Monetario Internacional de reducir el déficit fiscal en $ 300.000 millones para 2019 se volvería mucho más difícil de cumplir, algo que puede tornarse complicado en un contexto donde —más allá del apoyo financiero obtenido de ese organismo— tanto en el gobierno como en las principales consultoras argentinas se estima que aún faltan conseguir unos US$ 19.000 millones para “cerrar” el financiamiento del año que viene (y eso en el supuesto de que lograran renovarse todos los vencimientos de Lebac y de Letes de corto plazo, algo que en estas últimas semanas ha resultado dificultoso, aun pagando tasas de interés más altas).
La historia argentina está llena de ejemplos de períodos de relativa calma cambiaria conseguidos artificialmente sobre la base de altas tasas de interés, y ninguno ha terminado bien: generan dinámicas insostenibles en la medida que no se atacan los problemas de fondo de alto gasto público y déficit fiscal, y desequilibrio de precios relativos o “atraso cambiario”, en un contexto donde además se arranca normalmente con un alto déficit de cuenta corriente. La situación se vuelve mucho más complicada cuando las variables externas (básicamente el comportamiento del dólar en el mundo, de las tasas de interés en Estados Unidos y de los precios de las materias primas) juega “en contra” del proceso de ajuste que necesita la economía, como es la situación actual.
La historia también muestra que cuanto más tiempo se intenta mantener una situación artificial, mayor es el salto cambiario posterior necesario para corregir los desequilibrios que se acumulan durante el período de relativa calma.
Todo parece indicar que el mantenimiento de la actual calma cambiaria en Argentina dependerá, por un lado, de que se logre plasmar en la discusión del próximo Presupuesto para 2019 y 2020 un recorte creíble del gasto de $ 300.000 millones, como exige el FMI (que corresponderían $ 100.000 millones a las provincias y $ 200.000 millones al gobierno nacional) para el año que viene. Por otro lado, de cuánto caiga el nivel de actividad y de recaudación en términos reales en los próximos meses, así como qué tan negativa siga siendo la evolución de las variables externas.
Lo único claro es que la situación actual, con el dólar levemente por encima de los 28 pesos argentinos y tasas con un piso de 40%, es insostenible, y podrá durar algunas semanas más pero no algunos meses más. Si no hay un shock de confianza fuerte en la discusión presupuestal, o un cambio muy favorable en las variables externas (lo que parece muy poco probable, al menos en lo que resta de este año), o un desplome súbito de la inflación, lo más probable es que el precio del dólar en Argentina vuelva a subir.