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    ¿El fin del trabajo?

    Nº 2224 - 11 al 17 de Mayo de 2023

    El mundo entero hace reformas jubilatorias, aumenta la edad de retiro, impone incrementos de los años a cotizar. Mientras tanto, en un mundo que parece paralelo, surgen vehículos autónomos, fábricas completamente automatizadas, máquinas que mejoran los procesos productivos. ¿Y los empleos de los transportistas, de los obreros? Empezarían a resentirse, claro, pero siempre nos queda la tranquilidad de que sobrevivirían aquellos que requieran un trabajo intelectual, ¿no? Tampoco, porque ningún trabajo sería inmune a la revolución tecnológica. Abogados, contadores, médicos y un largo etcétera podrían ser desplazados por asistentes digitales de tareas relacionadas con leyes, finanzas, medicina y quién sabe cuánta cosa más.

    En concreto, según una investigación de Goldman Sachs, serían 300 millones de puestos los que peligrarían.

    Los agoreros del apocalipsis anuncian que, en la medida que se vayan automatizando las tareas, caerá el valor del capital humano y las ganancias derivadas de las tareas de las máquinas irán a parar a manos de unos pocos millonarios, más centrados en lanzar cohetes al espacio que en mejorar la vida de un planeta en llamas.

    Estamos ante la cuarta revolución industrial, un tsunami sin precedentes orientado a reemplazar al ser humano por la robótica y la automatización y la inteligencia artificial. No ha hecho más que empezar y ya sacude el planeta con la amenaza de un desempleo masivo, de un mundo sin trabajo, parafraseando el título del célebre libro de Jeremy Rifkin, una visión del futuro con infraestructuras en ruinas, ciudades desindustrializadas y seres humanos vagando por un planeta devastado.

    Rudy Gnutti, en su documental In the Same Boat (2016), aborda la relación entre tecnología y trabajo en un contexto de globalización económica y de creciente desigualdad. Posteriormente, en su libro El mundo sin trabajo (2017), analizó el tema nutriéndose de las conversaciones que tuvo con el célebre pensador Zygmunt Bauman.

    En general, la propuesta es la introducción de una renta básica universal (RBU), una asignación para todo el mundo con independencia de las actividades que lleven a cabo, una vía para que la inmensa riqueza que generan los avances de la tecnología no se siga concentrando en pocas personas.

    En sus conversaciones con Rudy Gnutti, Bauman dijo: “Tenemos que repensar incluso las presunciones más fundamentales sobre las que basamos nuestro modelo de vida”. Se refería a la conexión entre la supervivencia humana y el empleo. El polaco planteaba que las opciones son pocas, y se reducen a que todos los que se queden sin empleo se mueran de hambre o a romper la conexión entre el trabajo y el derecho a la vida.

    ¿Nos encaminamos así a una renta básica universal o a un ingreso mínimo vital? ¿O alcanzará con aplicar importantes reducciones de la jornada laboral? ¿De dónde saldrá el dinero, quiénes serán los beneficiarios? ¿Cómo mantendremos la cohesión del tejido social si la parte del león de la riqueza va a parar a unos pocos? No es fácil pensarlo, mucho menos instrumentarlo, pero tampoco hay demasiadas alternativas. La aplicación de políticas fiscales que redistribuyan la renta producida por la tecnología es una de las pocas opciones ante la destrucción del trabajo como lo conocemos. La única respuesta posible, entonces, estaría en un fuerte rol de los Estados, que deberían enfocarse en instrumentar esa nueva y fuerte fiscalidad. Es cierto, suena muy vago, pero ¿alguien tiene otra idea para prevenir un posible desastre?

    Erik Brynjolfsson, director de la Iniciativa del MIT para la Economía Digital, sostiene que “cada vez que la tecnología ha desplazado el trabajo humano, el hombre ha sabido reinventarse y de una forma u otra ha vuelto a crear nuevos trabajos. Pero lo que está ocurriendo hoy en día es que la innovación y la destrucción del trabajo van mucho más rápido que la reinvención de trabajos nuevos”.

    Sí, será inevitable que surjan nuevas reglas económicas y sociales, nuevas formas de trabajo y, sobre todo, nuevas formas de vivir, pero no todos están de acuerdo en vaticinar una destrucción del trabajo. Sobre todo porque es imposible hacer futurología en un mundo tan cambiante y también porque a nadie le conviene llegar a la hecatombe: se le generaría un problema sistémico al capital, que necesita una base robusta de consumidores.

    La Unión Europea debate hoy jueves 11 el marco legal, la piedra angular de la ley de desarrollo y uso de la inteligencia artificial, un sistema de clasificación que determinará y controlará el nivel de riesgo que podría suponer para la salud, la seguridad y los derechos fundamentales de las personas. En términos generales, establece niveles de riesgo: inaceptable, alto, limitado y mínimo. La ley considera de alto riesgo, por ejemplo, los vehículos autónomos, los dispositivos médicos y la maquinaria de infraestructuras, que estarían permitidos pero extremadamente controlados. Es un comienzo.

    Durante la próxima década deberemos resolver este y otros temas urgentes: cambio climático, brechas de riqueza, costos de salud para multitudes envejecidas. Es importante entonces que las sociedades y los Estados reflexionen y debatan, que no se queden con la versión que agita el cuco del fin del trabajo, que hagan esfuerzos para acordar un marco ético y legal que regule y legisle, aunque sea de forma general y provisoria, los límites éticos del uso de las tecnologías disruptivas.