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    “El fútbol, la impunidad y simios” (II)

    Sr. Director:

    La semana pasada, con su habitual agudeza, Raúl Ronzoni analiza en su columna la situación generada por los futbolistas de Peñarol y Nacional procesados por la Justicia por una riña en un partido clásico. Plantea varias miradas: el proceder del fiscal penal Ricardo Zubía, la respuesta/denuncia de Nacional, el corporativismo de jugadores y dirigentes, declaraciones del futbolista Andrés Scotti y la presión que actores públicos (de aquí y del mundo) hacen sobre la Justicia. Para demostrar que la impunidad no reconoce tiempos ni fronteras cita el negocio de las apuestas deportivas, los casos de João Havelange, acusado de recibir sobornos, del expresidente del Sevilla, José María del Nido, condenado por defraudación, y de dirigentes del Barcelona acusados de defraudación tributaria en el pase de Neymar.

    La columna tiene varias virtudes pero me interesa señalar tres. La primera, decir en voz alta aquello que casi todos los que queremos bien al fútbol opinamos. Todos menos quienes tienen algún interés generado. La segunda es alertarnos sobre una situación que, escondida detrás del cotillón del clásico, no debería pasar desapercibida. O, dicho al revés, suele pasar inadvertida como un signo de nuestros tiempos. Me refiero a declaraciones realizadas por Scotti a radio Universal. Según él la investigación de los magistrados se explica en que “los jugadores venden” y les aconsejó que actuaran en “otras cosas, (por ejemplo) con los delincuentes”. El razonamiento de Scotti se resume en: la Justicia investiga a los jugadores por la “fama” que los rodea y no por cuestiones  jurídicas. Y procede con ellos como no lo hace con la delincuencia. La tercera, que me sorprendió y preocupó, fue enterarme de que hay jueces y fiscales del Estado que también juzgan en el ámbito privado del fútbol. En la misa y en la procesión. Un despropósito que desprestigia a la Justicia.

    Un detalle en el que repara Ronzoni en su columna es la vestimenta que Scotti eligió para presentarse ante la jueza y el fiscal (bermudas, remera sin mangas y zapatillas). Un desprecio a la dignidad judicial. A diferencia de muchos individuos de extractos sociales carenciados que llegan ante un magistrado con lo puesto, el armario de Scotti, seguro, incluye prendas más adecuadas. Quizás en el universo de los famosos al que, según él afirma, pertenece, sea de recibo. Los dirigentes y sus abogados debieron obligarlo a vestir de acuerdo a las circunstancias.

    A contrapelo de todas las campañas sociales, estatales y privadas que se están llevando adelante para erradicar la violencia del fútbol, la actitud de la mayoría de los futbolistas los ubica en la misma escala zoológica que los llamados barrabravas, o, como dice Ronzoni, los simios. Pero en tanto protagonistas del espectáculo, su actitud es aún más condenable por el efecto negativo que genera en el resto de la sociedad.

    Pongamos las palabras de Scotti bajo el microscopio. Hay en ellas una parte de verdad de la que él no es responsable. En el peor de los casos, se sube alegremente a un tren que otros vienen empujando hace mucho tiempo. Refiere a que los jugadores de fútbol son “famosos”, es decir, “venden”, y, por ello, son objetos de deseo y admiración. Sin entrar en un análisis antropológico y/o semiótico, existe el consenso de que alguien “famoso” es un individuo, grupo u organización que goza de popularidad; algo o alguien que genera un interés mediático de largo alcance y que, de su mano, ha cosechado una legión de seguidores. Es decir que, más allá de los motivos que lo llevaron a ocupar ese lugar (a veces por un talento en particular, pero, como sucede a menudo por carecer de él) alguien “famoso” es quien, como decía Andy Warhol, tiene sus 15 minutos en la marquesina.

    Hasta no hace mucho, esta consagración a prueba de fronteras, idiomas o culturas estaba reservada casi en exclusividad a músicos o actores. Pero desde que las grandes empresas advirtieron que detrás de cada grito de gol se escondía un potencial fanático cautivo (para el marketing, un cliente perfecto), el dinero empezó a migrar hacia esas latitudes. La FIFA se fundió en un abrazo con los grandes medios y las organizaciones interesadas en poner dinero para promocionar sus productos. Y de ese saludo de tres potencias emergió el nuevo jugador de fútbol elevado a la categoría de dios del Olimpo. A impulsos de un negocio de millones de dólares (varios de los cuales caen a la cuenta bancaria del futbolista) el jugador se ha transformado en celebridad. A tal punto que hoy tiene casi la misma importancia su rendimiento durante un partido o cómo se prepara para un campeonato, que su nuevo auto último modelo o si tiene un nuevo romance.

    Un buen termómetro para comprobar que los futbolistas se han abierto paso a los codazos en el star system es analizar en el mundo de la publicidad quiénes son los que hoy ponen su cara y cuerpo al servicio de una gama nada despreciable de productos. Desde afeitadoras hasta yerba, pasando por servicios de TV por cable, equipos celulares, computadoras o motocicletas son presentados con el rostro sonriente de distintos jugadores de fútbol. Esto ha ayudado a expandir su reinado y gracias a esto han llegado a lugares que eran inimaginables. Es común ver niños colombianos, japoneses, chinos o indios corriendo con las camisetas de Lionel Messi o Cristiano Ronaldo. No se ha comprobado que alguno luzca la casaca de Scotti o de clubes uruguayos.

    Lo anterior permite concluir sin esfuerzo que Scotti tiene razón al afirmar que él y sus pares gozan de cierta aureola de reconocimiento público y que “venden”. Mientras que en las grandes mecas del fútbol mundial (España, Italia, Inglaterra o incluso Argentina o Brasil) esto equivale a una exposición mediática que muchas veces alcanza niveles de frivolidad y divismo vergonzoso, en Uruguay sucede algo más sencillo. Es un fenómeno sociológico interesante. Si bien la “fama” que pregona Scotti no es aquí más que un par de párrafos en un suplemento deportivo, igualmente lo que sucede con nuestros futbolistas será el comentario de los parroquianos en un bar, estará en la charla del almuerzo de obreros de la construcción y se colará en los debates en los corredores de los liceos. Así de amplio es el alcance del fútbol en Uruguay, país de pelota al piso, pique cortito y moña fugaz.

    Lo que importa no es tanto cuán famoso es un futbolista —mucho menos si antes hizo méritos como para ocupar ese lugar— sino, llegado el caso, qué uso le da a esa popularidad. Mientras hay quienes se gastan los tapones en un camino de excesos, frivolidad y exitismo, otros prefieren devolver a la sociedad el respeto y admiración que reciben. Algunos a través de silenciosas obras de beneficencia y otros prestando su imagen para campañas de bien público. Por esto, Scotti y el resto de los procesados perdieron una gran oportunidad. Deberían ser los primeros en saber que esta exposición pública que deviene en “popularidad” y de la que fugazmente gozan, no solo no debería volverlos objeto de beneficios de ningún tipo sino que, por el contrario, debería llevarlos a actuar con un grado de responsabilidad adicional.

    Entendido y aceptado el juego de la popularidad, deberían asumir que sus hechos y sus palabras van a tener —sobre todo en los más  jóvenes— una llegada aún mayor que la de cualquier otro actor social. Porque a la salida del Estadio, yendo a practicar o, como ésta vez, presentándose una vez más ante un juez tras un bochorno deportivo, siempre habrá micrófonos sedientos de sus palabras o cámaras auscultando sus movimientos. Y todo el andamiaje del fútbol está aceitado para que sus reflexiones se propaguen más rápido que un tiro libre. Y es seguro que sus dichos harán nido en las neuronas de los más chicos mucho antes que los de la maestra o aún los de los padres. Así funcionan los frenéticos mecanismos de difusión que vivimos. Tan frenéticos y abrumadores que no dejan espacio para una pausa que ayude a dimensionar los temas en su justa medida.

    Si Scotti en lugar de tan infelices comentarios hubiese dicho algo parecido a “cometimos un error y la Justicia debe actuar como con cualquier hijo de vecino”, el mensaje sería otro. Se perdió la oportunidad de usar su “fama” para transmitir un mensaje de respeto a las instituciones. Desperdició la ocasión de vestir como ejemplo una camisa y un pantalón para respetar las formas más elementales. Le estaría diciendo, sobre todo a los más jóvenes —quienes lo escuchan devotamente por ser el capitán de Nacional— que las leyes están para ser cumplidas y que a la hora de actuar no distingue cuán lejos o cerca estás de una cámara de televisión.

    Antes, se perdió la oportunidad de trabajar con sus compañeros de equipo para evitar la trifulca sin nombre del último clásico. Se perdió la oportunidad de cultivar el respeto por el otro y por el deporte, sinónimo de convivencia. En definitiva, se perdió y nos hizo perder, como sociedad, parte de esa llama que se va extinguiendo y que pretende, testaruda, seguir pensando que el fútbol, aunque lo han travestido de negocio, no es más que un juego. Les hizo perder la esperanza a los que confían alguna vez en volver a las canchas, que ese día quizás no está tan lejos.

    En su  libro “Vamos que vamos”, Ana Laura Lissardy realizó un detallado perfil de los integrantes de la selección uruguaya en el Mundial de Sudáfrica. En el caso de Scotti, Lissardy dice que fue visto en el grupo como “un hombre que encarna el equilibrio y la mesura”, un futbolista “al que algunos piden consejos y escuchan con atención”. Incluso cita un cable de una agencia donde se afirma que Scotti era “la referencia de sosiego y el equilibrio del equipo uruguayo” y que aportaba “sensatez y sentido del equilibrio”. Tomando estos antecedentes, quizás sus palabras en radio Universal no fueron más que un lapsus; un tropezón en su conducta. Pero no dejan de ser un aprendizaje.

    Hace un tiempo Jaime Roos señaló, con acertada metáfora, que el fútbol había metido a patadas a Uruguay en la geografía del mundo. Algunos —en esto Scotti no está solo— actúan en sentido inverso y sin metáfora. Con patadas similares hacia el otro lado, parecen estar alejándonos de la civilización. Y no hacen más que confirmar los malos presagios que, como bien dice Ronzoni, deberíamos tener presente: no olvidar la moraleja de la escena final de “El planeta de los simios”. Conscientes de ello o no, muchos nos están conduciendo hacia allí.

    PD: Antes de que algún simio trasnochado pretenda ver en lo dicho fanatismos contrarios, aclaro que soy hincha de Nacional por herencia y elección desde hace casi 43 años. Exactamente desde el 17 de marzo de 1971, cuando nací. Justamente por eso, siento una enorme pena ver futbolistas a los que les queda “a la medida” una remera sin mangas, una bermuda y zapatillas pero les queda muy holgada la camiseta de Nacional.

    Mauricio Rodríguez

    CI 1.788.662-3