¿El planeta o el arte?: dilema de falsa oposición

¿El planeta o el arte?: dilema de falsa oposición

La columna de Emma Sanguinetti

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Nº 2199 - 10 al 16 de Noviembre de 2022

La imagen era impactante y con la lógica de estos tiempos se viralizó de inmediato. Dos veinteañeras arrojaban sopa de tomates a Los girasoles (1888) de Vincent van Gogh en la National Gallery de Londres. Luego, se adherían con pegamento a la pared y gritaban: “¿Vale más una pintura que la vida?”. Eran activistas de Just Stop Oil, una coalición de grupos ambientalistas que busca detener la exploración y producción de combustibles fósiles con acciones radicales de alto impacto.

A los pocos días le tocó el turno a los Almiares (1890) de Claude Monet del Museo Barberini de Postdam, al que le lanzaron un bote viscoso de puré de papas. Una semana después, un muchacho pegó su cabeza a Joven de la perla (1665) de Johannes Vermeer en el Mauristhuis de La Haya, mientras increpaba al público: “¿Cómo se sienten al ver algo bello aparentemente destruido?”. El viernes pasado le arrojaron sopa de verduras a El sembrador (1888) de Van Gogh en el Palazzo Bonaparte de Roma, en donde se exhibía a préstamo del Museo Kröller-Müller de Otterlo, en el marco de la exposición que celebra los 170 años del nacimiento del pintor. Y menos de 24 horas después, irrumpieron en el Museo del Prado de Madrid y pegaron sus manos en el espacio que separa La maja desnuda (1795-1800) de La maja vestida (1800-1807) de Goya y grafitearon con aerosol sobre la pared.

Queda claro que estamos ante una catarata de acciones que escala día a día y que nadie sabe ni cuándo ni cómo se va a detener, porque las redes amplifican, los medios difunden y los museos se debaten impotentes ante las reducciones de personal por la pandemia y el posible aumento presupuestal de seguridad.

El movimiento Just Stop Oil se creó en Inglaterra en febrero de este año y opera como una red internacional de grupos de acción directa, entre los que están Ultima Generazione de Italia, Dernière Renovation de Francia y Futuro Vegetal de España, entre otras. Toman por asalto los museos, pero además interrumpen partidos de fútbol, bloquean el tránsito o sabotean las estaciones de servicio. Lo paradójico del caso es que Just Stop Oil es financiado con dinero que procede del petróleo. Su principal fuente de ingresos es el Fondo de Emergencia Climática, una ONG liderada por Aileen Getty, nieta del magnate petrolero J. Paul Getty (1892-1976), que según el New York Times ha donado, hasta el momento, 7 millones de dólares al movimiento. Y si la ironía no le es suficiente, digamos que su abuelo fue el fundador del Museo Getty de Los Ángeles y su padre, John Paul Getty Jr. (1932-2002), uno de los más generosos donantes de la National Gallery, donde casualmente habitan los agredidos girasoles. Para los Getty, el petróleo y el arte son cosa de familia y la señora está en su derecho de hacer filantrópicamente con su fortuna lo que quiera, no obstante, los activistas no parecen estar en particular incómodos con los millones que los financian.

Alex De Koning —vocero de Just Stop Oil— dijo al ser cuestionado sobre el origen de los fondos y los sueldos que reciben por militar: “Lamentablemente, lo que estamos haciendo, frente a una industria multimillonaria, es caro. Necesitamos gente que nos financie… Es evidente que con voluntarios no se puede hacer mucho”. Punto y aparte.

No es una novedad que el arte ha sido siempre blanco de ataques. En 1972 un hombre se la agarró a martillazos con la Pietá (1499) de Miguel Ángel; en 1990 un joven le tiró ácido a La ronda nocturna (1642) de Rembrandt y en 1914 la sufragista Mary Richardson acuchilló a la Venus del espejo (1647) de Velázquez. La lista podría seguir, pero lo que importa es que esas agresiones tenían un mismo denominador común: individuos aislados que, en un rapto de locura o de furia, se sintieron ofendidos por una obra de arte. Lo que está ocurriendo ahora es bien distinto; es un plan organizado, financiado y ejecutado con un fin que nada tiene que ver ni con la obra ni con el arte en sí mismo. Y aunque es un hecho que las pinturas escogidas están protegidas con cristal y por lo menos hasta ahora no han sido dañadas, no es posible aceptar mansamente el argumento, pues se estaría negando la violencia implícita del acto y la carga simbólica que trae consigo. Tener que ver cómo se le arroja a un cuadro sopa, puré o lo que a usted se le ocurra es per se un acto agresivo inadmisible por más legítimas que sean las causas y por más que el cuadro no sufra daños físicos.

Hemos llegado a la absurda situación en la que la innegable urgencia de la crisis climática sea, para estos jóvenes, motivo suficiente para que una obra maestra se convierta en rehén instrumental de la difusión masiva de un mensaje. Y por eso no dudan ni titubean y gritan: “Monet es el escenario, el público es la audiencia”. Pues hay que decir que ni Monet ni ningún artista es escenario de nadie más que de sí mismo. La falsa oposición de creer que para proteger el planeta hay que agredir una obra de arte es casi un insulto al intelecto, y lo es más para aquellos que creemos que la situación ambiental actual nos exige. Pero es a la vez también un peligro —y no menor— por la seriedad y convicción con que proclaman el desafío, en una suerte de exhibicionismo frívolo, una escenificación heroica para la verdad única, formas que —optimismo mediante— uno aspiraba a que fueran etapa superada, al menos en la cultura occidental.

En realidad, lo que han hecho es cruzar un límite y perder una oportunidad. El arte es uno de los más poderosos transmisores de mensajes sensibles. Las obras hablan, proyectan ideas, provocan reflexiones y sentimientos y han sido siempre factores de cambio. Pienso en el errante Guernica (1937) de Picasso durante los años de la Guerra Civil de España, en las monumentales instalaciones de Ai Weiwei o en la impactante performance 7.000 robles (1982) de Joseph Beuys, metáfora que hasta hoy sigue generando conciencia ambiental. Claro que para escoger ese camino hay que creer en el valor intangible y trascendente del arte, y no es el caso. De otro modo, la mera potencia visual de la obra los detendría. Lo que resta es el sabor amargo de un patético espectáculo.