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Cosquín sin apellido: crónica de un domingo lleno de sol y música en la rambla de Punta Carretas
El Cosquín Rock hace tiempo que no es solo rock. Es un festival que se estira y mezcla, y se permite ser más amplio que su propio nombre; la sexta edición reunió a una treintena de artistas el domingo 22
Cosquín Rock, el domingo 22 en la rambla de Punta Carretas.
La combinación de atardecer y rambla es un ícono montevideano por antonomasia. Si a la postal le sumamos domingo, termo, mate y la que seguramente sea la banda de rock uruguaya más popular de la historia, la escena es inmejorable: La Vela Puerca tocando todavía con el sol alto en la rambla del Club de Golf hace el paralelismo psicocósmico perfecto; el día, como la grilla, no cede del todo al ritual rockero. Porque el Cosquín hace tiempo que no es solo rock. Es un festival que se estira y mezcla, y se permite ser más amplio que su propio nombre. Un Cosquín a secas. Y el ejercicio de entrar y salir de climas bien distintos es un deporte disfrutable. De hecho, la épica aparición de Wos con su rap improvisado en el himno puerco Zafar fue uno de los momentos cumbre de toda la jornada. El contraste generacional y la emoción por ver cómo la llama sigue viva quedaron estampados en el rostro emocionado de Seba Teysera, que miraba con amor paternal al joven rapero argentino ante la multitud embanderada y extasiada.
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Cosquín Rock, el domingo 22 en la rambla de Punta Carretas
Pablo Vignali / adhocFOTOS
La lluvia del sábado obligó a cambiar sobre la marcha la partitura del Cosquín Rock. Postergar un día un festival tan grande era un desafío logístico mayor. Cuatro escenarios, más de un centenar de personas en la organización, varias decenas de locales gastronómicos, una veintena de locales comerciales asociados al evento, servicios higiénicos, técnicos, médicos, de transporte y de seguridad. El cambio de fecha también implicó ajustar la grilla horaria, que se adelantó una hora para evitar que terminara ya entrada la madrugada.
Julieta Rada en Cosquín Rock, el domingo 22 en la rambla de Punta Carretas.
Pablo Vignali / adhocFOTOS
La producción estuvo astuta y para evitar que el pogo sucediera en el barro, cubrió los sectores más cercanos al escenario con un piso de plástico como el que se coloca en los shows de estadios. Afortunadamente, el sol del domingo estuvo a pleno y secó el piso del enorme predio costero. El cambio de locación permite mayor fluidez en los desplazamientos entre los diversos escenarios y el resto de las instalaciones, que se extienden a lo largo de casi mil metros de la rambla del Golf, desde el memorial del Holocausto a la Punta Brava. Incluso, la considerable distancia entre los escenarios evitó las indeseables interferencias acústicas.
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Flor Sakeo en Cosquín Rock, el domingo 22 en la rambla de Punta Carretas.
Pablo Vignali / adhocFOTOS
Solo cabe un señalamiento a la programación definida conjuntamente por el productor argentino José Palazzo —creador del festival en Córdoba en 2001— y la productora uruguaya Piano Piano: la reiteración, año tras año de una importante porción de las bandas y solistas de Uruguay y Argentina. Sería muy estimulante una edición con una alternancia de nombres en el primer cartel o un buen contingente de debutantes.
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Ciro y Los Persas en Cosquín Rock, el domingo 22 en la rambla de Punta Carretas.
Pablo Vignali / adhocFOTOS
El escenario Pilsen albergó muy buenos conciertos de artistas que ensanchan el terreno estilístico del festival, que excede ampliamente los límites del rock. Una de las más celebradas en ese espacio fue Flor Sakeo, la ascendente roquera uruguaya, que dio un concierto verdaderamente caliente, seguramente uno de los más grandes que ha dado en su breve pero intensa carrera.
En una cuerda más íntima, Florencia Núñez también recibió el calor del público, en un ámbito que no es el más natural para la rochense pero en el que supo pararse con aplomo. Luego de los argentinos Koino Yokan y los uruguayos Tussiwarriors, llegó el turno de Milongas Extremas, el entrañable grupo que fusiona como ninguno en Uruguay el rock y las guitarras criollas, que dio un recital vibrante, verdaderamente emocionante.
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Wos en Cosquín Rock, el domingo 22 en la rambla de Punta Carretas.
Pablo Vignali / adhocFOTOS
El escenario 360 ubicado frente a la puerta de ingreso al predio ofició de tarjeta de presentación del festival y de los artistas que allí tocaron: permitió a gran parte del público conocer, aunque fuere por unos pocos minutos, antes de seguir hacia los estrados principales, a nombres que están empezando a sonar fuerte, como Rueda de Candombe y SUSI Orquesta.
Una sucesión ascendente en intensidad musical inauguró el Cosquín temprano en la tarde. Se inició con Manu Martínez, Camila Ferrari, Malapraxxis y Julieta Rada, una acumulación de solistas femeninas al inicio de la grilla que contrarió a algunas voces referenciales de la música uruguaya; una de ellas fue Laura Canoura, quien protestó en sus redes contra el criterio de género aplicado en la grilla horaria.
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Divididos en Cosquín Rock, el domingo 22 en la rambla de Punta Carretas.
Pablo Vignali / adhocFOTOS
El primer nombre fuerte en términos históricos fue Abuela Coca, banda señera, 30 años atrás, en la manifestación local de esa fusión de rock, reggae y otros estilos de ascendencia afrolatina, que venían propagando en aquel tiempo bandas como Los Fabulosos Cadillacs y Mano Negra. La Abuela abrió el camino para La Vela, No Te Va Gustar, Once Tiros y una gran camada de bandas que cultivaron esa estética festiva. Y esa sucesión cronológica se plasmó en el escenario, con la banda del Chole y el Brown tocando un rato antes de la banda de los Sebastianes Teysera y Cebreiro.
En el medio, El Kuelgue demostró ser una de las mejores y más creativas bandas de la actualidad. El ecléctico pop-rock de Julián Kartún y compañía fue, una vez más, muy aplaudido, especialmente en sus cruces hacia el jazz y el music hall, en todo momento con la comedia y la ironía como telón de fondo. La impronta teatral del grupo liderado por el hijo del prócer de las tablas argentinas Mauricio Kartún se traduce todo el tiempo en los chistes, los guiños internos y las coreografías que dan un tono humorístico permanente al set kuelguero.
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Abuela Coca en Cosquín Rock, el domingo 22 en la rambla de Punta Carretas.
Pablo Vignali / adhocFOTOS
La cúspide del rock llegó temprano. Divididos a las ocho de la noche recorrió su historia con canciones e incluyó Aliados en un viaje de su nuevo disco. El trío funciona como una maquinaria perfecta, pero hay algo en la batería que empuja todo. Catriel Ciavarella tiene un pulso animal en su forma de tocar, que hace que uno pueda arriesgar a decir que es lo que le pone toda la densidad a lo que sale del parlante. Mientras la Vela empieza a pecar de muy repetitiva, el show de Divididos fue uno de los más contundentes.
Después, Ciro y Los Persas y Ciro siendo Ciro. Energía y charm intacto, puro oficio y un vínculo con el público que se explica solo. Por su actuación nadie pensaría que horas antes había fallecido Dani Buira, histórico baterista de Los Piojos, pero el show fue una descarga vital. “Para vos, Dani, cada vez que suene un tema de Los Piojos vas a estar con nosotros”, lanzó Andrés Ciro Martínez, seguido de la emoción del público que no dejaba de insistir (como él) en la celebración. Esa era la forma de respuesta a los golpes de la vida.
Bastaba hablar con cualquiera del público frente a cualquiera de los artistas que en todos los casos había alguien emocionado atravesado por una canción. Pero para quienes roquearon con Ciro (y no siguieron con Trotsky) llegó el subidón colectivo que cambia la temperatura de todo. Lo puso Illya Kuryaki and the Valderramas.
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La Vela Puerca en Cosquín Rock, el domingo 22 en la rambla de Punta Carretas.
Pablo Vignali / adhocFOTOS
Con la formación original y la presencia magnética de los músicos uruguayos Matías Rada en guitarra y Francisco Fattoruso en el bajo, el show fue toda una cápsula noventosa que superó baches técnicos en Jaguar House y luego sonó a la perfección. Fue, quizá y sin quizá, lo mejor de este Cosquín.
El dúo saltó y bailó e hizo saltar y bailar, haciendo un recorrido breve pero efectivo: Ula Ula como guiño masivo, Águila amarilla como infaltable homenaje al Flaco Luis Alberto Spinetta y enseguida la ruptura de esa solemnidad, apareció el groove, el desborde de Coolo y Abarajame.
El cierre del festival en el escenario principal terminó de confirmar la hipótesis del principio. Estaba El Plan de la Mariposa en la mejor hora de la noche. Una banda indie, expansiva, intensa, a la altura, sí, pero síntoma. Porque su lugar en la grilla dice tanto del festival como de su música.
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El Kuelgue en Cosquín Rock, el domingo 22 en la rambla de Punta Carretas.
Pablo Vignali / adhocFOTOS
Para quien todavía no los vio, son toda una sorpresa. El prejuicio (alimentado por el nombre de la banda, su apariencia y la de sus fanáticos) espera un clima más contemplativo, pero lo que aparece es otra cosa. Hay pogo. El Plan de la Mariposa tiene muy buen pogo. Manejan una épica emocional que conecta justo con esa generación que ya no necesita etiquetarse como roquera para vivir el rock.
El cruce de la banda con Sebastián Cebolla Cebreiro, de la Vela, en El túnel de la vida terminó de cerrar ese círculo que al final de cuentas se da perfecto entre escenas. Una lógica que la SUSI Orquesta, de Nacho Algorta, llevó al límite al reunir a 22 músicos sinfónicos con Hugo Fattoruso, que sostenía el pulso desde el sintetizador; Mandrake Wolf y Agarrate Catalina, quienes se fundieron en Amor profundo, y a esa misma ola se subieron Ernesto Tábarez, Mariano Martínez y hasta El Reja, para hacer un cierre cantando Hablando a tu corazón de Charly García.
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Cosquín Rock, el domingo 22 en la rambla de Punta Carretas.
Pablo Vignali / adhocFOTOS
Mientras Trotsky Vengarán encendía uno de los pogos más intensos con sus banderas en alto en el escenario Pilsen, DJ Sanata (Gonzalo Cammarota) llevaba la fiesta hacia otro lugar en el escenario 360°. Vasos con luces, tiaras con luces, escenarios con luces. Todo estaba encendido.
Entre fernets, filas largas en los baños y el movimiento de una industria que busca lucir el talento local y regional, el Cosquín Rock ya no necesita ser solo rock para seguir siendo Cosquín.