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    ¡Es la política, estúpido!

    N° 1666 - 14 al 20 de Junio de 2012

    En estos días, Europa está viviendo momentos de definición que determinarán si el euro podrá subsistir en su forma actual y si se profundizará el proceso de integración económica y política; o si por el contrario el mismo llegará a su fin y nos encontraremos a corto y mediano plazo con una realidad diferente.

    Si bien la atención está centrada en el resultado de la elección del domingo 17 en Grecia, no menos importantes han sido los acontecimientos de los últimos días en España, que se ha visto obligada a pedir un apoyo económico de hasta 100.000 millones de euros para capitalizar a su sistema financiero. Eso, lejos de calmar la esquizofrenia de los inversores, acentuó las preocupaciones del mercado respecto a la solvencia de la cuarta economía de Europa, llevando a que las tasas de interés de la deuda española alcanzaran esta semana niveles récord y arrastrando también fuertemente a la suba el costo del financiamiento de Italia.

    Ante esta situación, los primeros ministros de España e Italia han acentuado esta semana la presión para que el Banco Central Europeo (BCE) vuelva a comprar deuda de sus países a los efectos de reducir las tasas de interés y asegurar el financiamiento de los respectivos déficit, mientras se implementan las políticas de ajuste, mensaje que es resistido fuertemente por la cúpula del BCE y, en especial, por los miembros del Directorio de la entidad de Alemania y otros países del norte de Europa.

    Para entender las causas últimas de la actual crisis económica y financiera europea, vale la pena recordar que el euro fue creado por motivos políticos y no por razones económicas. Es por ello que, desde el comienzo del euro a inicios de 1999, el proyecto de la moneda común europea adoleció de serios defectos de diseño. El más claro fue la ausencia de una política fiscal común coexistiendo con un único banco central y una moneda única; así como la ausencia de mecanismos comunes para salvaguardar el sistema financiero.

    Si bien durante muchos años el euro pudo funcionar a pesar de esos defectos de diseño originales, la crisis financiera internacional desatada por el colapso “sub-prime” en 2008, expuso todas las vulnerabilidades de la moneda común.

    Para colmo, desde el punto de vista económico muchas cosas no sucedieron como se esperaba o se habían planificado con la introducción del euro. Y ello está en la raíz de la actual crisis europea. Para comenzar, la convergencia de la inflación a la baja (a los niveles de Alemania) no se tradujo en una convergencia de los niveles de competitividad, lo que a su vez generó un aumento de los desequilibrios comerciales intrarregionales a nivel del área euro.

    Por otra parte, en lugar de que la integración financiera promoviera un significativo aumento de la inversión que potenciara el crecimiento, la convergencia de las tasas de interés a los niveles de Alemania (al menos hasta la crisis del 2008) provocó en varios países (Irlanda, España, etc.) un boom crediticio e inmobiliario insostenible y con consecuencias desestabilizadoras.

    Finalmente, la esperada adopción de políticas fiscales “sanas” u “ortodoxas” a nivel de toda el área euro nunca se produjo, y la profunda recesión del período 2007-2009 expuso los enormes problemas que plantea la inexistencia de una autoridad fiscal común.

    Así llegamos a la situación actual, donde el área euro aparece plagada de enormes desequilibrios financieros a nivel de los diferentes países individuales (más allá de que, en su conjunto, los indicadores globales del área euro son mejores que los de Estados Unidos o Japón), con muy escaso crecimiento y con una compleja situación política que demora y dificulta cualquier posible salida de la crisis.

    El caso de Grecia es el ejemplo más extremo de los desequilibrios que se fueron acumulando durante muchos años entre los diversos países del área euro. Pero, en mayor o menor grado, el problema es el mismo en el resto de los países altamente endeudados (Portugal, Irlanda, Italia y España), cuyas poblaciones se enfrentan a la perspectiva de tener que disminuir sustancialmente su nivel de vida hasta que sea compatible con los niveles de productividad de cada país.

    “Salvar” al euro en su forma actual (y a todo el proceso de integración europeo) requeriría que los contribuyentes alemanes (así como los franceses, los holandeses, los finlandeses y los del resto de los países en mejor situación financiera) estuvieran dispuestos a pagar más impuestos y a transferir los recursos a sus vecinos “pobres” del Mediterráneo; algo que parece difícil, por no decir imposible, dado que requeriría de un “suicidio político” para cualquiera que planteara algo parecido.

    Los fantasmas de la Segunda Guerra Mundial estaban detrás de las acciones de los líderes que fueron articulando la integración europea y la creación de la moneda única. El problema hoy es que la inmensa mayoría de los actuales líderes europeos (a vía de ejemplo, Angela Merkel es la primera canciller alemana nacida después de la guerra), así como también la inmensa mayoría del electorado, nació después de los horrores de aquel conflicto y, por lo tanto, no tienen los mismos incentivos que en su momento tuvieron los creadores de la Comunidad Económica Europea (CEE), de la Unión Europea y del proyecto del euro.

    De ahí que es virtualmente imposible que aparezca la “solidaridad” necesaria para “salvar” al euro en su estructura actual. Sin un cambio dramático del electorado en los países del “core” de Europa, lo más probable es que en 3, 4 o 5 años haya varios países que abandonen la moneda común, que probablemente será usada sólo por Alemania y el resto de los países con mejor situación financiera. Lo que ocurra el domingo 17 en Grecia podrá acelerar o demorar un proceso que, de todas formas, aparece como inevitable.

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