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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáQuiero disentir con el concepto que según su última columna intitulada “Es vox populi” proviene de nuestro presidente Luis Lacalle Pou (LLP). Para estribar en ese concepto, que en nada cambia lo sustancial de su columna, con la que coincido, nada mejor que transcribir el párrafo que pretendo relativizar y cuestionar: “Contaba (LLP) que un amigo suyo le decía, con razón, que los uruguayos no se han equivocado al elegir a su presidente, que cada época tuvo y tiene el jefe de Estado más propicio para su tiempo…”. Y continuó ejemplificando con los expresidentes Sanguinetti y Mujica respecto de su instinto para erigirse como los “más propicios” en calzar la banda y “llegar al principal lugar de decisión pública” con ese “olfato previo sobre cual era el sentir popular mayoritario en ese momento”. Coincido con Ud. en los dos ejemplos de Sanguinetti y Mujica, pero en el repaso mental que este nuevo aforismo presidencial me provocó realizar, debo discrepar y cuestionar tal generalización, dado que tanto el expresidente Lacalle Herrera como el expresidente Jorge Batlle no hicieron gala de ese olfato previo cuando intentaron privatizar, liquidar y “vender las joyas de la abuela”, como en su momento el propio Sanguinetti caracterizó a nuestras empresas públicas. Ambos presidentes (Lacalle Herrera y Batlle), con idéntico dogma ideológico, patearon contra el clavo del “vox populi” y se autoinfligieron sendas derrotas en los referéndums de 1992 (Antel, ley de empresas públicas: 79,1 %) y 2003 (ley de desmonopolización de Ancap: 62,3 %), los que tiraron por tierra sus intenciones, repercutiendo seguramente entre otras causas en los resultados electorales de fines de sus gobiernos, cambiando de partidos. En 1994 la derrota del Partido Nacional a manos del Partido Colorado; y en 2004 la derrota del Partido Colorado a manos del Frente Amplio. Creo, además, que otros corsets ideológicos del herrerismo y el jorgismo llevaron a esos dos presidentes a no ejercer ese “olfato” (intuición del líder) en cada momento y, por ejemplo, aquellas visiones tipo receta de manual del “Uruguay país de servicios-Uruguay plaza financiera” llevaron a las peores crisis económicas y sociales a nuestro país y que, a contrapelo del relato oficial que finalmente quedó bastante instalado, no se debieron únicamente a causas exógenas, sino que, entre varios errores vernáculos, estuvo la ausencia del Estado uruguayo arbitrando las medidas que las más elementales buenas prácticas de la economía y el sistema financiero exigían. Por tanto, Sr. Director, el señor presidente quiere instalar un relato casi bucólico del Uruguay posdictadura que entiendo necesario poner en cuestión, problematizando generalizaciones como la citada, tan útiles para simplificar y reducir, pero que en nada ayudan a interpretar fielmente nuestra historia. No me animaría a decir, tan tajante y suelto de cuerpo, que “los uruguayos no se equivocaron” al elegir a Lacalle Herrera y a Batlle Ibáñez, porque nada en política es absoluto, y todo es relativo. Habría que revisar las plataformas electorales que esos dos exmandatarios pusieron a consideración del pueblo para determinar si al pedir el voto incluían la venta de Antel (1989) y la liquidación de Ancap (1999). Pero aún si lo hubieran hecho, los dos presidentes fueron a contrapelo de las grandes mayorías y de ese “sentir popular” que se pretende presentar algo así como un instinto infalible por parte de los presidentes del 85 a la fecha. A ellos dos les faltó olfato. Sin duda. Los números de voluntades contrarias a sus dos leyes no mienten, como tampoco mienten los números de aprobación con que ambos mandatarios finalizaron (Lacalle Herrera en el entorno de 25% y Jorge Batlle en el entorno de 15%). Esto hace caer la afirmación del principio. No es cierto que los uruguayos no nos hayamos equivocado al elegir a nuestros presidentes y me inclino más por compartir las culpas que por la autocomplacencia siempre más cómoda, dado que, si ellos se equivocaron tan fulero, nosotros, el pueblo, también erramos al otorgarles la conducción de un país que quería conservar sus “joyas de la abuela” en lugar de rematarlas al mejor postor. En realidad, nadie hace todo bien, ni todo mal. Incluso el soberano. Buen disparador su columna, para estas reflexiones, quizás generando otras, y para traer a don José Batlle y Ordóñez diciendo “no es que el pueblo nunca se equivoque, sino que es el único que tiene el derecho de equivocarse”. Personalmente, prefiero este otro aforismo, bastante más cercano al “vox populi, vox dei” que el que el presidente hizo suyo.
Pablo Inthamoussu
CI 2.018.139-1