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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáEn la edición del 12/1/2023 del semanario que Ud. dirige figura publicada en este misma sección una carta firmada por el Sr. Rafael Rubio. En ella, el Sr. Rubio confirma haber concurrido a la presentación de un libro de mi autoría (Jugando con fuego, Universidad Claeh, Montevideo, 2022) y a continuación incluye diversos comentarios sobre el contenido de dicho texto. Ante el interés y la dedicación demostrada por el corresponsal, me considero obligado a responder a sus interpelaciones; es lo menos que merece un lector atento, que se toma el trabajo de comunicar sus apreciaciones sobre el texto publicado, tanto al público en general como al propio autor. Por otra parte, para quienes asumimos la tarea ardua de redactar un texto con el propósito de convocar la atención pública sobre un determinado problema, resulta decisivo conocer hasta qué punto logramos que nuestros lectores nos entiendan y compartan, al menos en parte, nuestras alarmas y preocupaciones. Así, pues, empiezo por agradecer al Sr. Rubio el testimonio de sus reacciones con respecto a mis propuestas analíticas sobre el funcionamiento del sistema político uruguayo.
En todo caso, y dado que los comentarios en cuestión se nuclean en torno a dos ejes temáticos —el presidencialismo y los sistemas binarios de partidos políticos, por un lado, y, por el otro, la confrontación capitalismo-socialismo tal como se da en nuestro sistema político—, creo conveniente dividir mi respuesta en dos partes. En esta primera instancia abordaré exlusivamente el primer eje temático y en una próxima carta me concentraré en la segunda cuestión.
1. Un primer equívoco fácilmente rectificable. El Sr. Rubio me atribuye una apuesta excesiva “a la estructura parlamentarista como si con ella se fueran a solucionar todos los problemas percibidos y que estos son causados por la estructura presidencialista”. Además, encuentra incompatible esa supuesta conclusion “fundamentalista” con una disposición “relativizadora” del autor, disposición que se manifestaría a través de la transcripción del siguiente pasaje de mi texto: “(…) en este punto debo adelantarme a pedir disculpas por lo que puede ser leído como un exceso de de soberbia caprichosa, como la pretensión de imponer mi versión personal acerca de cómo deberían haberse alineado los partidos políticos uruguayos” (op. cit. Pág. 117). Tal atribución resulta desautorizada por los siguientes elementos de juicio.
I) por lo pronto, mi identificación de componentes inapropiados y distorsionantes registrables en determinados marcos institucionales democráticos incluye, y en primera línea, el caso de Gran Bretaña, un sistema que, a pesar de ser parlamentarista, incurre en el pecado inexcusable propio de los diseños mayoritaristas: embretan a los ciudadanos en una opción binaria entre dos convocatorias partidarias y propician la configuración de un sistema de partidos con rasgos oligopólicos y oligocráticos. Para peor, dada la adjudicación uninominal de los mandatos legislativos disputados en cada instancia electoral (un componente atávico heredado de las instituciones vigentes en la Edad Media), resulta posible que el partido que obtiene la mayoría de los mandatos legislativos haya recibido menos respaldos ciudadanos del electorado en su conjunto. De paso, conviene recordar que otros marcos institucionales con regímenes parlamentaristas, también incurren en distorsiones mayoritaristas emparentadas. Tal es el caso, por ejemplo, de la democracia italiana a partir de la sanción en el año 2006 del sistema de mayorías forzadas en los niveles regional y nacional, conocido como “el porcelum” o en términos vulgares “la porcata”. Así, pues, mi texto no deja el más mínimo lugar para autorizar la conclusión que me atribuye el Sr. Rubio, es decir, que el parlamentarismo es la solución de todos los problemas y que el presidencialismo es el origen de todos los males. En todo caso, el juego de oposiciones que aparece una y otra vez en dicho texto no se ordena en torno al eje de “presidencialismo versus parlamentarismo”, sino que se articula a través de tres ejes complementarios:
a) mayoritarismo versus pluralismo;
b) coaliciones preelectorales versus coaliciones poselectorales;
c) mandatos fijos versus mandatos revocables.
II) A modo de confirmación directa y definitiva de lo anterior, cabe agregar pasajes enteros de Jugando con fuego en los que la conclusión que me atribuye el Sr. Rubio resulta explícitamente desautorizada. El lector atento podrá rastrear esos pasajes en las páginas 74, 88-89 y 93 de mi texto. En el pasaje mencionado en segundo lugar (88-89) se introduce una distinción categorial decisiva para manejarse en este terreno: los experimentos democráticos acumulan recursos sintácticos, semánticos y pragmáticos. Mientras que los primeros abarcan la dimensión regulatoria del funcionamiento de las instituciones democráticas, lo que podríamos llamar los aspectos procedimentales, los segundos, en cambio, incluyen el repertorio de los contenidos sustantivos aplicables en las instancias de procesamiento democrático de los asuntos de la agenda de incumbencia pública: fundamentos, diagnósticos, propuestas programáticas, relatos y reconstrucciones de las trayectorias recorridas. Tal distinción se aplica rendidoramente en el caso de la democracia estadounidense: mientras que los componentes sintácticos están diseñados deliberadamente para promover un procesamiento democrático sin continuidad memoriosa, en el que cada caso es tratado por separado —issue by issue— y con base en coaliciones puntuales, en cambio, la declaratoria de la independencia, la Constitución original y sus sucesivas enmiendas, así como la serie de fallos de la Suprema Corte de Justicia se convalidan como un legado acumulativo de componentes semánticos, prolijamente articulados a través de una trayectoria endógenamente orientada de revisiones y ajustes.
III) Puedo equivocarme, pero creo que un lector atento encuentra en mis textos todas las pistas disponibles para intepretar los alcances de mi diagnóstico sobre los peligros que amenazan la salud y el vigor de las democracias contemporáneas. Por un lado, los experimentos democráticos con componentes mayoritaristas y plebiscitarios, que operan con base en coaliciones preelectorales y con mandatos fijos, aparte de no cumplir con los compromisos democráticos con la isegoría y la isonomía, están más expuestos a desviaciones y distorsiones, en particular cuando la pobreza de sus repertorios semánticos acumulados priva a la ciudadanía de referentes imprescindibles para movilizarse e interponer barreras efectivas a las convocatorias radicalizadas y los liderazgos fanáticos. Por otro lado, los experimentos democráticos con componentes pluralistas que operan con base en coaliciones poselectorales y mandatos revocables, si bien no están a salvo y para siempre de la irrupción de convocatorias impacientes y de atajos antidemocráticos, suministran incentivos sistemáticos para una renovación de sus sistemas de partidos y elencos políticos, así como para la emergencia de voces independientes y de una ciudadanía exigente y celosa de sus prerrogativas.
2. Un par de equívocos fácilmente disipables. El Sr. Rubio me atribuye el error de “acusar de ‘inmoralidad política’ a quienes tienen una visión presidencialista”, a partir de lo cual me considera culpable de “cercenar la libertad política” y asocia ese exceso “fundamentalista” con “la pretensión de imponer mi visión personal acerca de cómo deberían haberse procedido a alinearse los partidos políticos uruguayos”. En este caso, la lectura del comentarista incurre en un doble yerro interpretativo de los alcances de mi texto. En primer lugar, parece confundir mis referencias a “cómo terminaron alineándose los partidos políticos uruguayos” a su supuesta opción por el régimen presidencialista —opción que como veremos un poco más adelante no estaba en las preferencias de los principales dirigentes políticos uruguayos en la segunda década del siglo XX—, cuando a lo que yo apuntaba en ese pasaje era a la composición de nuestro sistema de partidos, a la identidad a través del tiempo de sus integrantes o, en términos más llanos, a la continuidad de la vigencia de la convocatorias de los partidos tradicionales y, por lo tanto, a las dificultades que ha tenido dicho sistema de proceder a la renovación de sus integrantes. En segundo lugar, el comentarista da por cierto que acuso de inmoralidad a las personas que apuestan u optan por el diseño presidencialista, cuando, por el contrario, lo único que me propongo —y no dejo mucho margen para interpretaciones alternativas— es destacar la incompatibilidad entre dicho diseño, por un lado y, por el otro, aquellos compromisos de moralidad política que debe asumir cualquier comunidad democrática, tal como resultan inequívocamente identificados por Justino Jiménez de Aréchaga en su libro magistral La libertad política.
Con respecto al primer equívoco, no parece necesario esforzarse en ampliar los elementos de juicio ya disponibles, ya que el contexto de mis afirmaciones sobre las rigideces que padece nuestro sistema de partidos políticos y cómo ello dificulta su renovación no deja mucho lugar a dudas con respecto al alcance específico y contiene referencias expresas a las falencias que han padecido nuestros partidos políticos por su incapacidad de justificar las transformaciones radicales de sus convocatorias ideológicas y de sus propuestas programáticas. Ni siquiera se han considerado obligados a tomarse el trabajo de reconstruir esa secuencia de transformaciones con una continuidad orientada de sucesivos ajustes. Y no me refiero solo a los partidos tradicionales. A diferencia de lo que ha ocurrido en otros sistemas de partidos políticos en un marco de competencia pluralista, el Partido Comunista uruguayo ha sobrevivido como una especie de fósil en el que siguen vigentes documentos elaborados en los años 50 del siglo pasado y en el que han sido cuidadosamente purgados todos los intentos de hacerse cargo de los horrores del socialismo soviético o de aprovechar los aportes renovadores de los marxistas analíticos (Cohen, Elster, Römer, Van Parijs, etc.), tanto en el análisis económico, de epistemología de las ciencias sociales, como en la propuestas de ir avanzando hacia una gestión alternativa de la cooperación social. Con todo, debo reconocer que, tal como resulta explícito en la pág. 117 de mi libro, mis conclusiones en este punto pecan de cierta arrogancia e incurren en la injusticia de menospreciar el compromiso ideológico y el involucramiento militante de miles de ciudadanos uruguayos que siguen respaldando a aquellos partidos que, desde mi perspectiva, no sobrevivirían en un marco de competencia política más exigente, con márgenes de impunidad mucho más reducidos para las inconsistencias, las ambigüedades y los atajos perezosos. Y para terminar de aclarar los alcances de mis afirmaciones sobre este punto, me apresuro a señalar que en ese marco de competencia política exigente tampoco sobrevivirían ciertas fracciones de los partidos tradicionales, las que como el batllismo y el herrerismo también ameritan ser consideradas como fósiles testimoniales.
Con respecto al segundo equívoco, parece necesario agregar algunas aclaraciones complementarias, en la medida en que, si no resulta totalmente despejada esa confusión, parecería quedar avalada la acusación del Sr. Rubio —a mi juicio, infundada— de que incurro en la descalificación moral de personas a las cuales admiro y que en algunos casos me siento honrado con su amistad. Así, por ejemplo, tuve la oportunidad de intercambiar con Alejandro Atchugarry —alguien a quien ubico entre los mejores uruguayos de todos los tiempos— algunos mensajes sobre su diagnóstico de los bloqueos del sistema político uruguayo y sus propuestas para solucionarlos, entre las que se destaca la inclusión del balotaje entre los dos candidatos presidenciales más votados. El análisis y las propuestas del Dr. Atchugarry figuran en una entrevista concedida a la revista mensual Postdata, del 13 de enero de 1995. Aproveché esa oportunidad para marcar mis discrepancias rotundas con su enfoque, sin ocultarle que en mis seminarios confrontaba su postura al respecto con la asumida por el Dr. Horacio Cassinelli Muñoz, opuesta al balotaje. Por cierto, su respuesta estuvo a la altura de la grandeza de su alma: me agradeció que lo hubiera tenido en cuenta en mis cursos y se comprometió a revisar su enfoque a la luz de mis comentarios. En ese mismo sentido, valoro mucho, tanto en términos morales como intelectuales, a Adolfo Garcé y a Daniel Chasquetti, a quienes cuento entre el círculo de mis amistades, lo cual no impide que ellos discrepen con mis enjuiciamientos críticos acerca de los regímenes presidencialistas ni que sigan considerando que la opción presidencialismo-parlamentarismo es una cuestión que no corresponde dirimir en términos normativos, sino estrictamente prudenciales o instrumentales. En otras palabras, el Sr. Rubio puede descartar de plano que mi denuncia de inmoralidad política ponga en cuestión o roce en lo más mínimo a la idoneidad moral e intelectual de quienes apuestan a las fórmulas de gobiernos presidencialistas ni tampoco de quienes se limitan a aceptar dichas fórmulas como un diseño institucional que permite conjugar democracias sanas y vibrantes. Mi denuncia va dirigida a la incompatibilidad entre la sintaxis institucional presidencial y sus implicaciones semánticas y pragmáticas, por un lado, y, por el otro, los compromisos que asume una comunidad democrática con la libertad y la igualdad política.
Y bien, llegado a este punto, compruebo que me he extendido demasiado y, para no abusar de la hospitalidad de las autoridades del semanario, postergo el resto de mi respuesta a los comentarios del Sr. Rubio para una segunda misiva.
Carlos Pareja
CI 575.187-6