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    “Los justos de Israel”

    Sr. Director:

    La última columna de Mario Vargas Llosa publicada en la edición de Búsqueda del 30 junio 2016 —“Los Justos de Israel”—, podría pasar como una más entre tantas, en el incontenible fárrago de condenas a que Israel se ve sometida día tras día y desde hace décadas a través de la prensa internacional. Indagar en las causas últimas de ese fenómeno nos llevaría tan lejos como a desentrañar la raíz de los prejuicios.

    Sin embargo, la laureada y lúcida pluma del autor de “Pantaleón y las Visitadoras”, sumada a su condición de amigo histórico de la causa de Israel —tengo a la vista su memorable discurso en ocasión de recibir del Premio Derechos Humanos del Congreso Judío Latinoamericano, allá en 1978—, justifican esta breve digresión.

    Viniendo de Vargas Llosa, no ponemos en tela de juicio siquiera un ápice de todo cuanto relata el columnista. Episodios como los que él narra, forman parte del precio —comprensible quizás, pero no por ello justificable— que desgraciadamente la realidad de una guerra impone: no todo es como uno quisiera, ni siquiera del lado de Israel.

    Pero a diferencia de la inmensa mayoría de los textos que a diario leemos sobre Israel —plagados de calumnias, verdades a medias y afirmaciones fuera de contexto—, nuestro punto ahora no es el acierto o desacierto de las expresiones del Premio Nobel. Lo que nos duele —esa es la palabra— es que un amigo de la causa judía sume su voz al jolgorio colectivo.

    Va de suyo que Israel es un Estado imperfecto: ¿quién no lo es? Va de suyo que la ocupación ha resultado, al decir de A.B. Yehoshua, una verdadera trampa (aunque si no hubiera sido la ocupación, no me cabe la más mínima duda que la máquina propagandística antijudía habría encontrado “bondadosos sustitutivos”, para usar la feliz expresión de Couture). ¿Quién no lo sabe?

    Sin embargo, tratándose de Vargas Llosa, la pregunta es otra: ¿qué necesidad? ¿Qué necesidad que un amigo de Israel sume su reclamo (fundado) al de tantos otros, estos sí completamente infundados y sin otra raíz que la propaganda, el prejuicio y vaya uno a saber cuánta cosa más? ¿Por qué no seguir el ejemplo de sus amigos, los también escritores y pacifistas Amos Oz y A.B. Yehoshua, que optan por volcar sus críticas a Israel puertas adentro, pero bien se cuidan de que su nombre y su prestigio no sean manipulados por esa usina de la mentira que son los enemigos de Israel?

    Habiendo tanto que decir de Israel —sus logros en el campo de las ciencias, sus Premios Nobel, su condición de start-up nation, los cánticos a la paz que escuchamos en todas las escuelas judías por doquier, la atención sanitaria de ciudadanos palestinos en hospitales israelíes, la ayuda humanitaria a Siria, a Gaza y a tantos otros países—, uno se pregunta por qué: por qué apuntar el bisturí precisamente al lado más oscuro de Israel, por qué Vargas Llosa presta su pluma y su nombre a lo que en el fondo fue y sigue siendo una gran injusticia.

    Le saluda respetuosamente,

    Jonás Bergstein

    CI 1.316.0179-4