Nº 2268 - 14 al 20 de Marzo de 2024
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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáDías atrás, el Centro de Estudios para el Desarrollo (CED) trajo al economista y político argentino Ricardo López Murphy a exponer sobre Argentina en la era Milei. Sus reflexiones, siempre inteligentes y punzantes, fueron un repaso de la difícil coyuntura económica, social y política que atraviesa su país.
“Si uno tiene que entender a Argentina, hay tres cosas fundamentales. Precio de la soja, cómo le va a Brasil y la tasa de interés del mundo. Ustedes pueden tener el mejor equipo político, el mejor equipo económico, pero, si les va mal en la soja, la tasa de interés cae y Brasil tiene una crisis, no hay capacidad que los salve”, aseguró el diputado argentino, del partido Republicanos Unidos. También dijo que el problema de su país es la “total desorganización” de su sociedad y el no saber dónde se está parado. En ese sentido, antes de enumerar varias virtudes de Uruguay —como ser un sistema económico modernizado, sano, con buenas relaciones y un “gobierno sensato”—, el exministro de Economía y de Defensa afirmó, según una crónica publicada por el diario El País: “Para que Argentina se reconstruya tiene que parecerse más a ustedes”.
López Murphy, quien años atrás fue asesor del Banco Central del Uruguay y tiene una relación muy próxima con dirigentes políticos y economistas uruguayos, recurre así a una comparación que ya ha hecho en el pasado y que, de otros políticos, analistas y observadores del exterior, se escucha y lee con frecuencia: Uruguay respeta las “reglas de juego”, y Argentina no; Uruguay es predecible en su institucionalidad y su funcionamiento de sistema de partidos, y Argentina no; Uruguay es “sano” desde el punto de vista macroeconómico, y Argentina no; Uruguay tiene, en general, “buenas relaciones” con el mundo, y Argentina no.
Para un argentino, puede ser válido referirse a Uruguay como un ejemplo a imitar en ciertos aspectos. Pero, para los uruguayos, ¿está bien contentarse con que nuestro país sobresalga positivamente frente a un vecino que, durante años, ha sido vapuleado por sus propios gobernantes cuando, como dice el actual presidente Javier Milei, a comienzos del siglo pasado tenía una de las economías más prósperas del mundo?
Lo cierto es que, en los últimos tiempos, más allá de un relativo progreso general, la economía de Uruguay ha crecido poco y muy por debajo de su potencial, la inversión continúa siendo insuficiente —particularmente en innovación— y persisten algunos problemas que frenan su desarrollo, como ciertas regulaciones que limitan la actividad privada, la baja calidad de la educación y, más recientemente, la inseguridad pública.
Uruguay debiera querer parecerse en algunas cosas a Finlandia, a Nueva Zelanda o a Irlanda, aunque de otros varios países de avanzada también tiene de dónde tomar lecciones. Es cierto que cuenta con muchos puntos a favor para lograrlo y que tiene un largo camino recorrido en ese sentido pero, si no logra encarar en serio algunas ataduras estructurales, podrá jactarse frente a Argentina —al menos hasta que el vecino, ojalá, se ponga de pie—, pero nunca podrá graduarse de país desarrollado.
Y tiene todo el potencial como para hacerlo, como muy bien dijo López Murphy. Es un punto de partida inmejorable, pero para poder despegar primero tendría que adquirir la velocidad necesaria. Con un poco menos de conformismo y un poco más de sentido de la urgencia.