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    ¿Por qué no rinden los obreros?

    N° 1755 - 06 al 12 de Marzo de 2014

    “Diez años atrás, un albañil levantaba diez metros de pared por día; hoy, apenas supera la mitad”.

    Este comentario me lo hizo un arquitecto que ya no sabe qué hacer para reducir el costo del metro cuadrado de construcción y poder ofrecer una casa a precios razonables. Otro empresario me informó que para instalar molinos de viento generadores de electricidad, las empresas uruguayas demoran más del doble que las competidoras de España y Portugal.

    ¿Por qué no rinden los obreros? De acuerdo con mi propia experiencia (que no es poca) y con decenas de conversaciones mantenidas con empresarios, consultores, dirigentes sindicales y profesionales de distintas ramas, puedo intentar dar una respuesta basado en estos puntos:

    a) Una pérdida de hábitos y orgullo por el trabajo bien hecho. Antes era muy común encontrarse con un mozo, un electricista o un oficial terminador, que realmente estaban orgullosos de lo que hacían. No importaba si la tarea requería grandes capacidades o básicas; lo importante era realizarla con esmero. Hoy se está sustituyendo el orgullo “individual” por la mediocridad “colectiva”. Nadie se hace responsable por nada.

    b) La legislación laboral excesivamente protectora del trabajador. El 95% de la gente cree que la legislación “protectora” es la mejor defensa del trabajador, pero no es así. Lo que más defiende al buen trabajador es su propio desempeño y un mercado libre y fluido, que abre oportunidades y compite por los mejores. Hoy los empresarios piensan diez veces antes de contratar a un nuevo empleado y buscan evitarlo mediante software, maquinaria o procesos. El invento está matando al inventor.

    c) La educación. Los bajos niveles de formación que reciben las personas en prácticamente todos los niveles de enseñanza se reflejan luego en el desempeño laboral. Menos capacidades, peores empleos. Peores empleos, menos ingresos. Menos ingresos, menor motivación. Menor motivación, menos rendimiento. Un círculo vicioso.

    d) Los sindicatos. Fieles a su ideología, han puesto el foco en aumentar la cantidad de personal más que la calidad, oponiéndose a todo intento de productividad. En muchos casos fomentan realizar las tareas a ritmo cansino para que la empresa tenga que contratar mucha “mano de obra” y pocas “neuronas para obrar”. Ya lo dijo Richard Read: “no quiero al lumpen en mi sindicato, quiero al laburante”.

    e) Los empresarios. Son muy pocas las empresas que tienen condiciones laborales que estimulan la realización del trabajo bien hecho. Como no se llevan indicadores de gestión ni hay un claro sistema de evaluación del desempeño, para los trabajadores “da lo mismo que seas cura, colchonero, rey de bastos, caradura o polizón”. Todos cobran lo mismo. Nadie recibe un “reconocimiento”. Los empresarios no lo hacen por falta de dinero, sino de talante (cuando no de talento).

    La empresa es un ámbito de creación de valor y de transmisión de valores. Allí pasamos la mayor parte del día, no solo para “parar la olla”, sino para realizarnos como personas.

    Cuando ese ámbito se inunda de dejadez, de desconfianza y de una nebulosa visión del futuro, pierde el obrero que baja su rendimiento, pierde el cliente que no recibe un buen trato y pierde el empresario que no logra enderezar el barco. En definitiva, perdemos todos.

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